martes, 10 de febrero de 2009

La cruz de la ermita

Bajo la luz de una vela mi mano escribía un poema extraño. Un poema sobre una historia que me rondaba la cabeza una y otra vez. Me había despertado soñando con aquella cosa extraña, pero por más que intentaba conciliar de nuevo el sueño, no venía en mi busca. Había escapado como un perro que se ve libre de la correa que le une a su maltratador amo. Por aquella razón me había puesto a escribir aquello que pululaba por mi cabeza con la confianza que al escribirlo, me viera libre de aquel extraño asedio al que estaba sometido mi cerebro, ya preparado y enseñado tras mucho tiempo a creer todo lo que no viera. Así había aprendido en los nueve pares de zapatillas que había echado a perder por el camino.
La tinta negra que embadurnaba el papel encontrado en uno de mis bolsillos iba tomando forma para que se pudiera leer aquel poema. Pero la historia era otra que en un poema no se podía plasmar, más que con algunos retoques.

I
La tormenta caía sobre el pueblo en el que se encontraba aquella chica, que miraba una y otra vez al cielo negro que se iluminaba cada cierto tiempo. Rezaba para que acabara aquella tromba de agua. Lo único que quería ella era salir aquella noche con su cuadrilla. Sus padres no la dejarían salir con aquel tiempo y ella lo sabía. No estaban dispuestos a que cogiera de nuevo una pulmonía como la que acababa de pasar. Ellos sí habían rezado al Cristo que se encontraba en la ermita del pueblo para que ella se curara, allí, separada de la urbe por cinco kilómetros de camino de piedras. Verdaderamente, llegar hasta el lugar era un suplicio para los pies que portaban los cuerpos que iban al lugar, sobre todo si no se iba con calzado apropiado.
Pero ella quería salir, por más que lloviera, estaba dispuesta a desobedecer a sus padres y escaparse de casa para encontrarse con sus amigos en aquel viejo granero donde siempre se juntaban. Era su lugar de encuentro todas las noches, lejos de las miradas de la gente que los podía incordiar en los momentos en los que deseaban estar a solas y hablar de sus cosas. Aquellos momentos eran los mejores para todos, sobre todo los viernes, que era cuando llevaban unos cuantos días sin verse. El trabajo, los estudios y demás problemas los impedían verse todos juntos para charlar de sus preocupaciones. El sábado también se juntaban en el lugar, pero ya no era tan esperado como el viernes, muchos se separaban para ir con sus respectivas parejas, cosa que a ella no le gustaba mucho. Siempre había dicho que prefería a los amigos antes que a los novios. Por aquella razón, debía salir. Era el último viernes de mes y necesitaba entablar una conversación con sus amigos, costase lo que costase. No le importaba que por aquello fuera castigada por el mes que iba a comenzar. Debía ir. Y por aquella razón, se lo pedía al Cristo colgado en la cruz que nunca había visto. Si él no hacía que cesase la lluvia, ella misma se escaparía, aunque fuera por la ventana por la que estaba mirando ahora el cielo, que acababa de iluminarse por enésima vez en el tiempo que ella llevaba allí asomada
Giró la cabeza y observó el reloj en la mesilla de noche. Faltaban pocos minutos para que sus amigos salieran de sus respectivas casas encaminándose hacia el cuartel general, como lo denominaba ella a veces.
Lo tenía decidido y por aquella razón, despacio, sin hacer ruido se encaminó hacia donde guardaba las zapatillas para colocárselas debidamente y salir de la casa, también sigilosamente como un ladrón que intenta escapar de la casa deshabitada por unos momentos, cuando acaban de entrar los dueños del edificio.

II
Bajo la lluvia cruzaba las calles tapada por su inseparable impermeable negro, el cual era prácticamente inapreciable en los lugares oscuros. Caminaba directamente hacia el lugar en el que tenían el cuartel general y poco le importaba ahora que lloviera con fuerza. Ella podía esconderse sin problemas en una calle oscura sin miedo a que la reconocieran, era lo bueno de tener un impermeable oscuro.
Cuando quedaban pocos metros para llegar al granero una luz que provenía de un lugar lejano la hizo parar. Una luz que se movía, pero teniendo siempre la raíz en el mismo lugar. Sabía que aquello solamente podía ser una cosa: un incendio.
Penetró rápidamente en el granero y llamó a todos los compañeros que se encontraban allí dentro. No estaban todos, solamente tres, pero se revolucionaron al escuchar las palabras de la chica. Salieron bajo la intensa lluvia a la calle y vieron aquel incendio.
Uno de ellos dijo que era casi imposible que algo estuviera ardiendo con lo que caía. Para comprobarlo, sacó su mechero e intentó encenderlo. La llama apareció unas décimas de segundo, antes de apagarse por la intensa lluvia.
Estíbaliz, la chica que se encontraba también en el granero miró al pueblo y decidió algo que cambiaría el rumbo de todos los que habitaban en el pueblo.
- Chicos, vamos nosotros a apagarlo.
- No creo que solos podamos - dijo el otro, Juanjo -. Sería una locura ir allí, hasta donde se encuentra aquel foco bajo esta lluvia.
- Estíbaliz tiene razón - dijo Diana abrochándose hasta arriba su chubasquero oscuro -. ¿Qué nos puede pasar? Con lo que está lloviendo seguramente se apague casi cuando hallamos llegado. Todos tenemos chubasqueros, no creo que nos mojemos mucho por ir hasta allí.
- No me gusta nada esa idea - dijo Julián como si quisiera dar tiempo para que vinieran los demás e hicieran entrar en razón a las dos chicas que parecían dispuestas a ir a aquel lugar aguantando toda la lluvia que caía. Viendo que no aparecía nadie y que ningún habitante del pueblo parecía vislumbrar aquella hoguera, tuvo que dar la razón a las dos chicas, aunque eso le pesase en el alma después de que todo sucediera -. Venga, vamos, pero sigo diciendo que es una locura ir hasta allí.
Estíbaliz al escuchar aquello se agarró con fuerza al chico y lo besó, cosa que al chico no le gustó nada. ¿Por qué le había dado un beso sabiendo los dos que el novio de la chica era tan celoso? Por suerte ninguno de los otros dos se lo diría nunca al otro chico mayor. Le pasó una mano por el hombro y le indicó el camino para ir hacia el lugar en el que se veía a duras penas aquella rosa que no dejaba de moverse. A duras penas a causa de la intensa lluvia que no les dejaba levantar mucho la cabeza, las gotas se estrellaban con fuerza contra su cara. No estaban muy dispuestos a mojarse, por lo que decidieron correr un poco bajo la lluvia, aunque el piso por el que iban a comenzar a pisar no era muy bueno para ello. Solamente tenían que pisar un poco mal para doblarse el tobillo y caer sobre las piedras que parecían estar de punta, aunque no tuvieran, cuando una persona caía sobre ellas. En pocas palabras, un camino traicionero como lo decía tantas veces la madre de Estíbaliz.
Desde aquella posición en la que se encontraban podían casi averiguar el lugar al que iban a ir. Por aquella razón, Juanjo dio una voz para que sus compañeros lo esperaran y escucharan lo que tenía que decirles, para él algo muy importante, puede que para ellos no tanto.
- Este es el camino de la ermita vieja y según el lugar en el que está el fuego, me da que pensar que se está quemando ese edificio - dijo jadeando a causa del cansancio -. Y si es la ermita, aunque yo sea muy católico, que se queme. No estoy dispuesto a correr todo lo que nos separa de la ermita para llegar y saber que está quemadita. Además, está solitaria allí, alrededor no hay ni una hierba que pueda quemarse. No sé cuantas veces habéis subido allí arriba, pero está rodeada de arena.
- ¿No hay peligro de incendio alrededor? - preguntó Julián.
- Nada de nada - dijo el otro chico dejando que la lluvia le mojara la cara -. Lo único que puede quemarse es el Cristo que hay dentro.
Se quedaron en silencio un rato, hasta que Diana dijo algo que realmente no quería decir, aunque todos la escucharon claramente mirándola estupefactos por lo que acababan de oír.
- Vamos a sacarlo de allí.

III
Las llamas estaban consumiendo los alrededores de la ermita, pero sin penetrar en el interior, como si quisieran preservar lo que se encontraba dentro de ella. O puede que estuvieran esperando a algo más, como si quisieran coger en sus garras algo de más valor que lo que podían llevarse en aquellos momentos.
Los cuatro amigos miraron desde unos pocos metros aquella imagen, las llamas subiendo por las paredes, como un verdadero castillo donde los enemigos debían subir por las empalizadas. Se observaron uno a uno, esperando a que alguno de ellos dijera lo que iban a hacer, esperando a que algún loco de ellos dijera que iban a entrar. Pero ninguno lo dijo, pero los cuatro lo pensaron a la vez cuando la puerta se entreabrió y vieron una silueta envuelta en llamas que pasaba corriendo en el interior de la ermita. La puerta volvió a cerrarse de golpe, ocultando de nuevo lo que se movía allí dentro, fuera lo que fuera.
- Era un animal - dijo Estíbaliz dándose la vuelta para comenzar a irse.
Julián la agarró por el brazo y la hizo volverse. El sabía lo que había visto y no quería creerlo. ¿Quién podía estar en aquellos momentos dentro de la ermita? Aquel lugar era un buen refugio para la gente que se perdía en aquel bosque cortado por la carretera y el claro en el que se encontraban ellos y por aquella razón, el cura del pueblo la dejaba abierta. No había absolutamente nada de valor para que se llevaran, solamente la cruz, pero era demasiado pesada para podérsela llevar. Podía ser una persona o quizá un chico como ellos, alguien joven que todavía no había comenzado a vivir.
- Voy a entrar - dijo el chico -. Juanjo, vete al pueblo a buscar ayuda y que manden una ambulancia.
Juanjo obedeció por primera vez en su vida una orden de su amigo, porque aquella vez estaba dispuesto a ayudar en lo que fuera. También había visto lo que se encontraba dentro de la ermita y no quería tener razón, aunque su cabeza le dijera cada poco tiempo que estaba en lo cierto.
Julián se abalanzó contra la puerta y la desencajó de sus oxidadas bisagras. Dentro del edificio solamente veía llamas, que comenzaban a entrar por las ventanas apostadas a los lados de la ermita. Allí dentro parecían encontrarse todas las llamas del infierno, moviéndose al compás de una música de un órgano que no existía, tapándole todo punto de visión, como si todo lo que estaba ante él no fuera más que un holograma fabricado por su cerebro. Las llamas sí que parecían ser reales.
De pronto y sin conocer el lugar por donde vino, seguramente por detrás de él, pero pasando la puerta tirada de un salto, apareció Diana empujándole e internándose entre las llamas, como si supiera el lugar exacto donde debía buscar. Julián gritó su nombre cuando la vio realizar aquella locura y continuó haciéndolo forzando mucho más la voz cuando no veía rastro alguno de la chica. Aterrado por lo que acababa de presenciar, tuvo que marcharse del lugar entre las llamas cuando un crujido llegó a sus oídos, pero sin dejar de mirar a las llamas que habían engullido a su amiga.
Llegó a la lluvia que parecía haber dejado de caer con tanta fuerza y abrazó a Estíbaliz que aterrorizada como él se encontraba totalmente mojada. Los dos comenzaron a llorar, esperando en vano a que la chica saliera de allí. Un grito de dolor salió de la boca del chico cuando ante sus propios ojos vieron caer una parte del edificio hacia el interior.
Esta vez fue Estíbaliz quien intentó llegar hasta la puerta, pero después de haber fallado la primera vez, Julián la agarró por la cintura echándola después al suelo para que solamente una persona acabara consumida por las llamas traicioneras como le habían parecido a él a pocos metros de la puerta. Comenzaron a gritar el nombre de la chica una y otra vez, sin respuesta, mientras la lluvia cesaba por momentos. Y ahora se acaba el agua pensaban los dos, sabiendo que no podrían hacer nada hasta que las llamas no se apagaran.
Se dieron la vuelta cuando escucharon a sus espaldas el ruido de un motor. Algunos coches se encontraban en una caravana que lideraba el camión de bomberos. Era una suerte que uno de los bomberos de la provincia fuera del pueblo y tuviera allí el vehículo. Cuando llegaron al lugar, todos los ocupantes de todos los vehículos bajaron y solamente una persona fue hacia los dos chicos. Julián y Estíbaliz vieron la cara del padre de Diana mirándoles, esperando una respuesta, justo cuando las mangueras se esparcían todo lo que se encontraba en el depósito del camión rojo, iluminado por las llamas y las luces de los coches que se encontraban detrás de él.
- ¿Dónde está Diana? - gritó su padre, haciendo que los chicos bajaran la cabeza.
Juanjo llegó con su padre y se puso al lado del padre de la chica, pudiendo escuchar aquel grito que había lanzado el hombre. No sabía nada de lo que había ocurrido allí, cuando él se había ido, recordaba que Diana estaba junto a los otros dos. Asustado, levantó la cabeza y abriendo los ojos, lo más que podía, gritó al padre de la chica agarrándole de la camisa que llevaba puesta.
- Está allí.
Nadie había visto lo que los ojos de Juanjo habían captado allí, en lo más oscuro del edificio. Agachada entre los escombros del trozo que se había precipitado hacia el interior, se encontraba una persona que nadie llegaba a reconocer. Parecía estar agarrada a algo que se encontraba entre su pecho y sus brazos apretados contra su cuerpo. Cuando las llamas de su alrededor fueron apagadas, la persona se levantó tambaleando, dejando el bulto en el suelo, para después agacharse a recogerlo. De esta manera pudieron ver a una persona llevando en brazos a otra.
- Diana lo ha conseguido - dijo Julián, pero borró la sonrisa que le había salido de la cara cuando miró a su primo, uno de los ayudantes, que bajaba la cabeza.
Cuando estuvo a la luz de los faros de los coches pudieron comprobar que Diana era el bulto que aquel chico llevaba en brazos. Iba de un lado a otro, puede que a causa del peso de la chica, pero cuando la dejó en el suelo y fueron los estudiantes de medicina del lugar a por ella, pudieron contemplar de cerca la carne del chico. La piel no existía, solamente era una pequeña capa de sangre que intentaba tapar las zonas que el fuego había consumido. Un joven convertido en monstruo que había salvado a la chica.

IV
Cuando abrió los ojos lo primero que le vino a la mente fueron unas palabras que alguien le había dicho mientras el fuego la iba rodeando. Unas palabras llenas de calma y sabiduría que parecían haberla adormecido, pero realmente quien la había adormecido era el humo que la dejaba sin oxígeno. Miró la habitación en la que se encontraba y pudo comprobar que estaba en casa, en su habitación. Tras los cristales podía ver la lluvia que seguía cayendo con fuerza en el exterior. A decir verdad no había dejado de llover desde hacía mucho tiempo. ¿Cuánto hacía que no dejaba de llover? Se extrañó al no recordar cuánto tiempo llevaba sin dejar de caer agua. Miró su ropa, en una silla que se encontraba al lado de su cama. Estaba completamente seca, pero ella recordaba perfectamente que había salido con sus amigos, es más, se había escapado de casa para poder ver a sus amigos y después habían ido a la ermita. Pero la pregunta que la rondaba la cabeza era muy sencilla: ¿qué hacía en su casa cuando había sido sacada del edificio en llamas casi asfixiada.
No sabía lo que podía haber sucedido después, pero quería enterarse de todas maneras, ella debía estar por lo menos en el hospital, a menos que sus padres hubieran optado por llevarla a casa, como castigo ejemplar, si ella no corría peligro alguno. Tembló al pensar aquella idea, encerrada en su propia casa por sus propios padres después de intentar ayudar a una persona que se estaba quemando. ¿Qué sería de aquella persona?
Se levantó de un salto de la cama, se encontraba mucho mejor que por la noche y aquello no le parecía gustar mucho, como si hubiera dormido más días de los que pensaba. Puede que no se encontrara en Sábado como ahora pensaba. Se dirigió a la cocina y allí vio a su madre. Acto seguido la preguntó por lo sucedido en la noche que tenía ella grabada en la cabeza.
- ¿Qué dices? Ayer te quedaste dormida y no saliste a ningún sitio - dijo su madre convencida de lo que estaba diciendo.
- No, la ermita se estaba quemando.
- Diana, has tenido un mal sueño, la ermita está en pie. Ayer tu padre y yo vimos que te movías mucho en la cama y supimos que estabas soñando algo poco agradable y ahora ya lo sé.
- No puede ser.
- Si no te lo crees, dile a tu padre que le lleve a la ermita. Verás que todo ha sido un mal sueño.

V
Incrédula vio la ermita en pie desde el interior de su coche y tras pasear una y otra vez entre los bancos del edificio, pudo comprobar que todo lo sucedido había sido en su cabeza, nunca aquella ermita se había quemado y mucho menos había sido salvada por un extraño.
Con la cabeza baja salió de la ermita para entrar en el coche, donde tuvo que esperar a su padre que se había arrodillado en la puerta, algo rara vez visto en aquel hombre, pues no era muy dado a hacer aquellas cosas. Cuando entró en el automóvil sonrió a su hija y puso rumbo a su casa, justo en el momento en que un hombre llegaba a la ermita buscando refugio para taparse de la lluvia.
Entró en el edificio y se sentó en el último banco, no quería ponerse más cercano al altar, le daba reparo colocarse ante la cruz estando solo. Muchas leyendas habían dicho que aquel Cristo había descendido de la cruz más de una vez, pero eran leyendas, a las que no había que hacer mucho caso. Creencias de un pueblo que quiere dar un halo de misterio a lo que le rodea, sobre todo siendo este tipo de edificios.
Pero algo le hizo acercarse a la cruz. Al principio había creído que era una gotera que se encontraba justo detrás de la cruz con el Cristo, pero comprendió que no podía ser, pues encima de dicha estatua se encontraba un cristal y no parecía tener fisura alguna. La curiosidad del hombre hizo que diera la vuelta a la cruz y desde allí detrás, teniendo la puerta abierta de fondo, gritó con horror por lo que apreciaban sus ojos. Salió corriendo del lugar y no paró hasta llegar al pueblo bajo aquella intensa lluvia. Entró en el primer bar que vio y tras unas cuantas copas pudo contar con claridad lo que había visto.
- Creía que era una gotera, pero me fijé bien y supe que no podía ser, por lo que fui hasta la cruz y me puse tras ella. Fue algo espantoso, nunca había visto una cosa así. El Cristo estaba sangrando por la espalda, las gotas de sangre caían a un pequeño charco que estaba tras él. Pero lo más horroroso era que no sangraba como dicen que sangran otras imágenes santas, éste no. Sangraba a través de ampollas y heridas producidas por un foco de calor como si fuera un hombre de verdad que hubiera estado en un incendio. Lo primero que me vino a la cabeza fue la imagen de un bombero sacando a alguien de una casa en llamas y su traje totalmente quemado, abrasándole la piel.
La camarera miró a todos los que se encontraban alrededor del hombre y tras mirarlos con complicidad, todos rieron diciendo al recién llegado que aquello que había visto debía ser una alucinación provocada por la tormenta y la ola de calor que estaba haciendo. Para hacerle callar con sus peros, la camarera le invitó a un buen plato de judías acompañadas por una botella de vino, pues sabía que su mejor amiga se encontraba ahora en casa, totalmente recuperada de su catarro, cosa que había dudado cuando la había visto el día anterior por la noche bajo la lluvia.

* * *

Casi con dolor de cabeza terminé aquella historia extraña, tanto que nunca volví a contarla, para nadie. La guardé en lo más oscuro de mi corazón, donde los recuerdos se van pudriendo poco a poco.