jueves, 16 de junio de 2011

La venganza de una madre

Siempre se ha dicho que los hombres no estamos tan apegados a los hijos como las madres. Ellas lo sienten, lo llevan dentro de sí y por qué no decirlo: son las que más sufren durante el embarazo. Por esas razones y por muchas más, ellas se sienten mucho más apegadas a los hijos de que los padres. ¿Qué es lo que la ocurre a una mujer cuando se encuentra encinta? Su mente es todo un misterio. No se sabe cómo va a reaccionar ante las cosas de la vida.
¿Por qué estaba pensando en aquello? Una madre embarazada iba acompañada por su hija pequeña, encontrándose a pocos metros de mi posición. Iban hablando y parecían ser cosas muy divertidas, pues la sonrisa de la niña no dejaba lugar a dudas. Enseñaba sus dientes de leche, alguno de ellos ya había dejado su posición para el nuevo esmalte. Fue la niña quien me miró y sonrió más si cabe. La hice un movimiento divertido con la mano, en la distancia, y ella se apretó contra su madre, llena de vergüenza.
Les vi alejarse y volví con mis pensamientos. Aquella niña me había recordado una historia o leyenda que se contaba cerca de un hotel. Se contaba en voz baja, como si pudiera volver a suceder cuando alguien ajeno a la conversación la escuchara. Nadie estaba dispuesto a que volviera a ocurrir la tragedia, pero no podían dejar de comentarla a cualquiera que no la conociera.
A mí, el relato, me lo contó una joven que trabajaba cerca del lugar donde aseguran que ocurrieron los hechos. Aquella joven deseaba algo más que contarme un relato, pero tuvo que conformarse con ello. Yo no había llegado hasta aquella casa de citas para consumir su mercancía, solamente me había encontrado allí tras un largo paseo por la ciudad antigua.

I
La vida de la señora de la casa estaba llegando a su fin. Su hijo, el único que había tenido en aquella vida tan traidora, era el único hombre que se hallaba delante de la cama. Muchos varones habían pasado por su vida, pero ninguno se había quedado más de una noche seguida en el lecho de aquella señora, de aquella gran señora.
Todas las personas que vivían en la ciudad conocían la existencia de la casa de la señora. Algunos la visitaban con frecuencia, otros se rasgaban las vestiduras cuando escuchaban el nombre de la mujer. Quisieran o no, todos habían escuchado alguna vez las maravillas de las muchachas que se encontraban alojadas en la casa en aquella primera década del siglo veinte. El antiguo palacete de unos condes, de quienes ella se jactaba de ser su heredera, servía como lugar de trabajo para sus jóvenes trabajadoras. Nunca habían sido bien vistas en la sociedad, ni siquiera cuando ella era joven y comenzó a vender su cuerpo.
Las jóvenes que se encontraban alrededor del lecho de la señora sabían que quien iba a dirigir sus vidas a partir de la expiración de la mujer era aquel joven de dieciocho años. Desde hacía un tiempo, varios meses, ya había comenzado a tomar decisiones que hacía apenas un año ni siquiera hubiera imaginado pensarlas. Su madre lo había protegido de tal manera que había tenido que aprender todo lo que ella sabía tras años de experiencia.
Cuando la señora dejó de respirar, tumbada en la cama que tantas veces había utilizado en su juventud como herramienta de su trabajo, los presentes bajaron la cabeza en señal de respeto hacia la difunta. Una de ellas, la más joven, rompió a llorar y tuvo que salir del lugar. Gracias a la mujer que acababa de morir, aquella muchacha había sacado a su familia de la podredumbre en la que se encontraba. Se sentó en el suelo, en el pasillo de aquel segundo piso y dejó que la tristeza y la rabia saliera de su cuerpo. ¿Qué iba a hacer ahora? Había escuchado alguna vez que el hijo de la dueña se había encaprichado de ella y que deseaba que yacieran juntos. No deseaba hacerlo y así se lo había comentado a quien había sido su ama, quien la prometió que su hijo no la tocaría un solo pelo mientras ella tuviera un pie en aquella casa. Pero ahora la señora había muerto.
¿Tenía que dejarse hacer por el hijo, ahora dueño de la mansión? No podía hacer nada. Volver a casa y devolver a su familia al pozo del que los había sacado o convertirse por una noche en la amante del chico a quien ella amaba. No quería acostarse con él. Su corazón latía con fuerza cada vez que le veía aparecer y no estaba dispuesta a convertirlo en un cliente más, aunque éste no pagara por sus servicios aquella noche.
Contempló a todas las meretrices saliendo de la alcoba de su antigua dueña. Pasaron junto a ella sin mirarla, tenían trabajo que hacer. El último en salir de la habitación fue el joven Alfonso, el chico rubio que había conocido hacía ya un año.
-¿Inés? Necesito hablar contigo –dijo agachándose y mirándola con una sonrisa triunfante en la cara.
Inés supo que su madre le había impedido en todo momento acercarse a ella. Ahora el camino estaba libre de obstáculos y ella era toda suya.

II
Llevaba una semana sintiéndose mal e impedía que cualquier hombre se acercara a ella.
-No puedes seguir así –dijo una de las más veteranas-. Si Alfonso se entera de que estás enferma, te echará de aquí y no estás en condiciones de buscar otro trabajo por aquí. Todos te conocen como habitante de esta mansión. No encontrarás nada a menos que marches lejos de aquí, donde nadie te conozca.
Inés dejó a su compañera con las palabras en la boca para correr y vomitar en el baño. Hasta allí se acercó otra joven, quien se encontraba barriendo en aquellos momentos.
Ellas mismas debían realizar las tareas de la mansión. La limpieza y la comida corrían a cargo de ellas como pago por el techo y los productos que degustaban en los almuerzos y cenas. Por la mañana y por la tarde eran las horas dedicadas a aquellas operaciones, pues era la noche la que llenaba la mansión de hombres buscadores de una piel humana a la que abrazarse.
-Inés, tú no estás enferma –dijo quien acababa de llegar, con la escoba en la mano-. Te he visto varios días y puedo asegurar que estás encinta. Tienes los mismos síntomas que tuvo mi madre cuando estaba embarazada de mi hermana pequeña. ¿Qué es lo que ha ocurrido?
-¿No te enseñó la señora a utilizar el cuero?
-Sí, claro que lo hizo, pero ha habido un hombre con el que no lo he utilizado.
Las dos meretrices que llevaban más tiempo en aquel lugar se llevaron las manos a la cara, sin saber lo que decir. Su compañera se encontraba en un serio aprieto. Una embarazada entre ellas no estaba bien visto y en cuanto Alfonso supiera de aquella situación, seguramente se deshiciera de la joven. Lo más seguro es que la echara de allí.
-El amo te echará de aquí, lo sabes ¿no?
-Si estoy embarazada como dices, lo que se encuentra en mi vientre es de él.

III
Cuando varias mujeres no desean que un secreto que se encuentra entre ellas vea la luz, es imposible conocerlo. Entre todas las habitantes de la mansión taparon el embarazo de su compañera, evitando que Alfonso se encontrara con ella en la casa. Cuando llegaba la hora de entregar al amo el dinero que habían ganado con sus cuerpos, cada una se quitaba una parte para entregársela de parte de la joven Inés. Aunque preguntara por ella, las mujeres le contestaban que era la encargada de comprar, pues llevaba una temporada que se encontraba resfriada y tomar el aire le vendría muy bien.
Pero una tarde apareció un hombre que quiso hablar con el señor Alfonso en persona. Estaba seguro de haber visto a una de las más jóvenes prostitutas embarazada y eso era inmoral. El párroco había puesto el grito en el cielo y había decidido hablar directamente con el joven. Alguna de las mujeres le impidió el paso, e incluso le ofreció su cuerpo gratis como pago por su silencio. Pero el párroco no se dejó vender por los cuerpos de las mujeres, a quienes apartó de mala manera hasta llegar a los aposentos de Alfonso, quien se encontraba leyendo la poesía que se encontraba en un libro que había pertenecido a su madre.
-Siempre tuve en buena estima a vuestra madre, aunque supiera a lo que se dedicaba. Todos los días tenía un momento para acercarse hasta la iglesia y allí expiar sus pecados, que eran muchos. Pero era una mujer recta y pura en sus actos, no como lo hacéis vos.
-¿Cómo decís? –preguntó Alfonso dejando el libro sobre la silla en la que se encontraba hacía unos segundos, antes de levantarse indignado por las palabras del párroco-. Al igual que mi madre, colaboro con la iglesia. Todas las semanas aparece en vuestra parroquia una pequeña bolsa de dinero que corresponde a las culpas de estas mujeres. Este lugar se encuentra en la misma posición que cuando mi madre se encontraba entre nosotros. No estoy dispuesto a escuchar estas palabras y le pido por favor que abandone esta habitación.
-Inmoral es tener a una embarazada entre vuestras rameras –dijo el párroco dándose la vuelta para marchar de la habitación.
Alfonso, en un rápido movimiento, cogió al hombre de un hombro y le obligó a darse la vuelta. Sus ojos buscaban la verdad en la mirada del anciano. Pero solamente vio indignación y furia por tratarse de un pecado mortal lo que el pensaba que se realizaba en aquel lugar.

IV
Alfonso esperó en la puerta como tantas veces lo había hecho. Veía la calle, a los transeúntes pasar y las miradas de todos que lo observaban con atención. Algunos sonreirían para sus adentros, pues seguramente fueran asiduos a aquel lugar. Otros, los mas, pensarían que aquello era un acto de rebeldía hacia las leyes del cielo.
Alguna de las chicas salió sin que su protector dijera nada al respecto. No eran esclavas, podían salir y entrar de la mansión cuando quisieran. Solamente habló cuando Inés se acercó hasta la puerta. La pidió que volviera a entrar, que necesitaba hablar con ella.
Dentro de la mansión, la acorraló en un pequeño rincón y la preguntó qué era lo que le estaba ocultando. Inés sollozando negó todo. No deseaba que Alfonso supiera lo que estaba dentro de ella. Una de sus compañeras le había dicho que existía una mujer capaz de sacar al bebé de su vientre y así evitar el rechazo de su amo. Aseguraban que había ayudado a más de una hija del pueblo cuando siendo solteras habían quedado preñadas.
-No me mientas, sé que estás embarazada y que deseas ese niño.
-No, escúchame. Si quiero a ese niño es porque…
No pudo terminar su frase. La mano de Alfonso golpeó su rostro y la tiró al suelo. Se dio la vuelta y la ordenó que volviera a su habitación, donde esperara su visita y su castigo. Inés intentó de todas maneras hablarle, decirle que deseaba a aquel niño por ser de él. Alfonso salió de la casa, mientras que en su cabeza, estaba dispuesta a acabar con todo aquello.

V
La última en entrar en la mansión, acompañada por uno de sus clientes, se dirigió directamente hacia su habitación, pero se la encontró cerrada. Pidió disculpas al nervioso joven que se había acercado a ella en las inmediaciones de la casa, pero pareció no escuchar sus palabras. Su mente se encontraba ya dentro del cuerpo de la meretriz. Decidió acercarse a la habitación de Inés, pues había escuchado que su compañera había salido y no parecía querer volver en varias semanas. Pensó que por fin se había decidido visitar a aquella anciana de la que le habían hablado.
Abrió la puerta y se echó en los brazos de aquel joven que estaba dispuesto a pagar por su trabajo. No fue lujuria lo que le instó a colgarse de los brazos del chico, sino el terror que se apoderó de ella cuando sus ojos habían visto la escena más horrible recordaría toda la vida.
Ante ella, tumbada en la cama se encontraba el cuerpo de su compañera. Sus gritos se escucharon en toda la mansión, lo que despertó a algunos y alertó a otros.
Alfonso fue el primero en llegar hasta el lugar, donde pudo ver a Inés tumbada sobre el catre. Su cuello se encontraba marcado por una gran herida abierta por la cual se había escapado la vida de la joven. Sus ojos muertos miraban el techo de la habitación. Y en su vientre se encontraba otra herida mucho más profunda.
El dueño de la casa mandó cerrar la puerta y ordenó que llamaran a la guardia para que se acercaran hasta el lugar y pudieran poner algo de luz sobre aquella muerte.

* * *

-La habían degollado en su propia cama y después la habían arrancado algo que se encontraba en sus entrañas. Algunos de los guardias aseguraban que podía ser un nonato lo que la hubiesen arrebatado de su interior y por esa razón le preguntaron a Alfonso por el estado de la joven. Alfonso negó en todo momento que supiera que la chica se encontraba encinta.
-Entonces se libró de toda culpa. Fue él quien ordenó matarla ¿no es así? –pregunté a la joven que me había contado la historia.
-No se libró del todo. La justicia que no es de este mundo acabó por condenarlo.
Quedé en silencio, esperando una respuesta que deseaba que llegara de inmediato, pero la chica, como para no perder la fortaleza de lo que me había narrado, quiso tardar unos momentos en contarme lo que ella tenía en la cabeza.
-Una mañana le encontraron con un profundo corte en la garganta y otro que le abría el pecho desde el estómago hasta el cuello. Junto al cadáver se encontraba el arma utilizado y también una nota en la que aparecía sangre que no pertenecía a aquel hombre. Nadie supo quién podía haber hecho aquella barbaridad. Se preguntó a las chicas que trabajaban en la mansión, pero ninguna de ellas supo decir nada. Nadie había pasado la noche junto al hombre.
-¿Nadie?
-Bueno, algunas de ellas, después de que la policía se fuera del lugar y el cuerpo fuera levantado por el juez, hablaron con sus compañeras. Aseguraron que aquella noche, la noche en la que había sido asesinado el dueño de la mansión, habían visto a una chica en la casa. Una chica que se parecía mucho a Inés, como si hubiera vuelto de entre los muertos.