Quedamos impresionados por aquella multitud que se encontraba rodeando a aquel joven vestido como si de un juglar se tratara. Rodeando a su vez a aquellas personas que deseaban enterarse de lo que decía el muchacho, se exponían artículos medievales (o eso aseguraban) en puestos más o menos modernos. Allí, en el patio de aquel castillo, que ahora solamente servía para el disfrute de los turistas y el orgullo de los vecinos, aquella celebración anual congregaba a personas realmente variopintas. Pero en aquella edición aquel joven juglar había sido la gran atracción del certamen. Sus colores chillones le daban más un aspecto de bufón que de un juglar que pudiera recorrer todos los caminos de la España medieval con historias que salieran de sus labios. Historias épicas que todos añoraban conocer.
Gracias a mi estatura, pude ver bien el espectáculo que el joven había formado alrededor suyo. Esperaba que la gente se acercara más, e invitaba a los niños pequeños a que se sentaran en un corro. Miré a mi espalda y observé a dos caballeros que con sus espadas se batían en duelo por una dama que miraba desde lo alto de la torre, o eso decían ellos. Desde la posición en la que me encontraba era bastante difícil determinar si realmente allí arriba se encontraba una dama o simplemente era un maniquí ataviado con los trajes de la época. La voz del juglar hizo que me olvidara de aquella batalla, algo que también hicieron los dos caballeros, olvidándose de las rencillas y de las espadas por unos momentos.
-Hay que dar gracias a Dios por dejarme contemplar estos bellos ojos en una cara tan angelical –dijo imitando a lo que todos habíamos visto en las películas. La cara de aquella joven que se encontraba en primera fila se sonrojó y poco a poco fue perdiéndose entre los demás curiosos, víctima de la vergüenza. Pero no dejó que se escapara mucho más-. No señora mía, no os marchéis. Pues este humilde juglar desea contaros la más grandiosa leyenda que todo hombre y mujer debe conocer. Vos, bella dama, y los demás presentes podéis acompañarme en un viaje que engrandecerá vuestro corazón, pues no es mentira todo lo que os voy a relatar. Sin moverse del sitio se puede viajar, pues mis palabras y vuestra imaginación pueden llevaros al lugar al que me refiero. No penséis que voy a contar lo que Don Rodrigo Díaz de Vivar realizó por esas tierras de Castilla. Aquí, seremos testigos de una gran aventura que nadie ha conocido jamás. Privilegiados sois por escuchar estas palabras.
Miró a los niños que se habían acercado hasta los primeros lugares, donde los infantes se estaban sentando haciendo el corro que el joven tan amablemente había pedido.
-La historia que ahora narraré está protagonizada por una bruja y una princesa. No tendréis miedo a las brujas ¿verdad?
Los niños soltaron una grandiosa negación, seguida de unas carcajadas. Se les estaba metiendo en el bolsillo y sabía que era lo mejor que debía hacer. El público era quien mandaba y los niños eran los más exigentes de todos. Tras aquella invitación a hablar a los niños, los adultos, o menos niños, comenzamos a aplaudir como si alguien invisible nos lo hubiera requerido.
-Grandes heroínas y feroces caballeros tenemos en la primera línea de la batalla, por lo que la villa se encuentra salvada –dijo convenciéndonos de que era el momento de otro aplauso merecido. Pero casi sin tiempo a dejarnos aplaudir, levantó la mano como para hacernos permanecer en silencio-. Atentos todos los aquí presentes, pues esta es una historia que camina de boca en boca allá de donde yo vengo, en un lugar lejano en el tiempo. Escuchad atentamente, pues solamente se cuenta una vez por vida. Jamás mis labios volverán a decir palabra alguna sobre este acontecimiento.
I
Armados todos acudieron a la llamada del rey, dispuestos a seguir las instrucciones de su monarca. Ansiosos, en el patio del castillo, se encontraban los caballeros esperando la llegada de su soberano. Y llegó, montado en su corcel blanco, ganador de mil batallas sin haber perdido ninguna en toda su vida militar. Las rodillas de los grandes caballeros se hincaron en el suelo para realizar su reverencia al señor de todas aquellas tierras en las que ellos vivían. Mas cuando el señor desenvainó su espada para mostrársela a todos los congregados, los caballeros se levantaron y montaron en sus cabalgaduras. Un gran ejército se preparaba para algo jamás creído por los habitantes del reino, que vivía en paz bajo la protección del monarca y sus caballeros, tan venerados por el pueblo como el mismo monarca.
Pero no sólo se encontraban allí los campeones del reino. Caballeros e hidalgos de los lugares más remotos de la tierra conocida se habían sumado a la petición de ayuda de aquel soberano. Cientos de caballeros y hasta algún que otro cruzado, que había vuelto de Tierra Santa herido, creaban la gran hueste que partía de aquella ciudad amurallada. Arqueros venidos de lejanas tierras habían rendido pleitesía al señor. Pero lo más numeroso de aquel ejército eran los hijos de la tierra, los campesinos y sus hijos que armados con utensilios de labranza habían conformado un grupo militar. Todo aquello era poco por salvar a la reina, afectada por un mal interior. La señora, querida por todos sus súbditos, se encontraba en avanzada fase de gestación, lo que la muerte de una llevaría a la muerte de la otra, de la pequeña que aún no había nacido.
La insistencia de un cuervo por entrar en el dormitorio de la reina, hizo al rey pensar en una maldición. El ave de mal agüero parecía querer ver con sus propios ojos el sufrimiento de la reina. Alguien también dijo que aquel animal podía tratarse de un espejo por el que alguien observaba y se regocijaba con la enfermedad mortal de la señora.
Apareció una anciana diciendo a un caballero que su abuela le había contado la existencia de una malvada bruja oculta en el gran bosque. Una leyenda centenaria entregaba a aquella malvada mujer una fuerza y unos poderes capaces de realizar cualquier acción, además de la eternidad. Aquella historia llegó hasta oídos del rey y decidió acabar con aquella mujer.
El gran bosque era morada de monstruos y todo tipo de leyendas que amedrentaban al más valiente, por aquella razón necesitaba el ejército que se había congregado en el patio del castillo. Entre el follaje de los árboles podía encontrarse con algo que ni en sus pesadillas hubiesen imaginado. Monstruos de dos cabezas, de cuatro brazos, que escupían fuego y fantasmas de los que habían intentado cruzar el bosque sin fortuna, dejando su vida en él.
II
Matar a la bruja parecía ser el mejor remedio para curar a su mujer. Si la muerte finalmente se llevaba a la reina, la venganza se habría consumado con la desaparición de la bruja antes de que la reina pereciera. Por aquella razón, justo en la linde del bosque, se dirigió a quienes lo acompañaban, ciegos de venganza. Podrían quedarse con cualquier cosa que encontraran en el bosque, pero que no dañaran a la bruja. Aquel ser demoníaco con forma de mujer debía ser juzgado y ajusticiado ante el pueblo. No quería que nadie le arrebatara el placer de ver a una bruja de rodillas antes de cercenarla la cabeza con su espada.
Su hijo, por ahora el único heredero a la corona, no estaba de acuerdo con su padre. Si la bruja no era muerta por los que la encontraran en primer lugar, podría enviar un ejército de muertos hacia ellos, aniquilándolos en muy poco tiempo. Mas para no romper la imagen de autoridad de su padre, prefirió callar y seguirle, montado en su caballo.
El ruido de la multitud de espadas al desenvainarse, alertó a los animales que se encontraban cerca de los dominios del bosque, prohibido para muchos. No había cantos de guerra, muy ligados a las batallas. El miedo recorría el cuerpo de todos, ya fueran nobles y plebeyos, que se unían en el terror. Todos habían escuchado alguna vez historias sobre lo que se encontraba en aquel lugar. Muchos hubiesen deseado retirarse, pero sería una deshonra para los nobles y una muerte segura para los villanos.
Infantería, arqueros y lanceros, avanzaron sin demora por el bosque, sabiendo que alguno de ellos no saldrían vivos de aquella pequeña cruzada. Todo parecía inmóvil, hasta que unas ramas de árboles parecieron moverse, atacando a los soldados. Presas del pánico, algunos aldeanos quisieron escapar, tropezando y cayendo bajo las pezuñas de los caballos que llegaban en carrera tras ellos. Luchaban con toda su furia contra aquellas ramas que deseaban atacarles. Algunos acabaron heridos en los ojos, perdiendo el rumbo y perdiendo poco después la vida.
Tras aquel primer ataque arbóreo, un gruñido les hizo ponerse a todos en guardia. Una manada de lobos les acechaba. Un cruzado dijo que los estaban atacando y así lo supieron cuando éstos se abalanzaron sobre ellos. Las espadas subían y bajaban, caían al suelo y volaban. Fue el turno de los arqueros, alcanzando a aquellas hambrientas bestias que les iban cerrando poco a poco. Pero tuvieron que retroceder, cada vez eran más los caninos que les acechaban. El primero que lo sintió no pudo hacer nada para que sus compañeros no cayeran junto a él en la grieta, donde el infierno se confundía con la tierra.
III
Fue el hijo del rey quien ordenó a tres caballeros de su entera confianza, que le acompañaran. Llegaron hasta un claro tras utilizar sus escudos y sus espadas, donde se alzaba una pequeña choza en la que su pequeña chimenea lanzaba un humo negro hacia el cielo, lo que les indicaba que aquel lugar se encontraba habitado. Sin bajarse de los caballos, se colocaron delante de la puerta y se prepararon para presentar batalla. Venderían cara su vida.
-Mirad mi señor –dijo uno de los hombres señalando hacia el río que atravesaba por detrás de la cabaña.
Desde su posición podían contemplar a una joven dentro de las aguas, bañándose. Antes de que el hijo del rey pudiera ordenar algo, dos de los caballeros hicieron a sus caballos abalanzarse hacia el río. Aunque les gritó, ninguno de los dos soldados escucharon a su superior y ni siquiera se dieron cuenta de que sus caballos eran tragados por el agua, al igual que ellos.
-¿Habéis visto eso, mi señor? –preguntó asustado el soldado al príncipe.
-Lo he visto –dijo el príncipe bajando de su caballo y desenvainando la espada para acercarse a la orilla del río donde habían perecido sus hombres- pero hemos venido a acabar con ella.
-Vuestro padre nos encomendó que la cogiéramos y que se la llevásemos.
-Mi padre está equivocado. Si se la llevamos viva no saldremos de este bosque con vida y tú lo sabes.
Se acercó hacia el río, y alzó la espada. No deseaba adentrarse en las aguas, lanzaría su arma para acabar con ella a distancia. Perdería el arma que había pertenecido a su familia desde hacía años, pero estaba dispuesto a esa pérdida.
-Lo siento, mi señor, pero vuestro padre dijo que debería frenaros –dijo el soldado clavándole un puñal en uno de sus muslos. Sabía que de aquella forma no lo mataría, pero lo pararía en su decisión. Seria el momento de cogerle y llevarlo de nuevo hasta el castillo, donde lo curaría.
El soldado se dio la vuelta y cayó al suelo atacado por un animal que se abalanzó sobre él, arrancándole parte del cuello. El príncipe vio todo aquello desde el suelo, conociendo que la herida le impedía mover su pierna. El lobo, tras satisfacer el hambre que lo acometía, observó al muchacho, mostrándole los colmillos llenos de sangre. Pero algo le hizo retroceder y marchar aullando lleno de terror.
El príncipe movió los ojos y observó cómo la joven que se encontraba en el río se acercaba hacia él, ataviada con una capa, que se había adherido a su cuerpo desnudo por la acción del agua. Se agachó junto a él y lo besó con una dulzura como nunca había sentido en sus labios. Eso ocurrió momentos antes de caer sin sentido en el suelo.
IV
Tres semanas habían pasado desde que el rey perdiera aquella batalla en el bosque y tres semanas sin que su hijo diera señales de vida. No había noticias de su hijo ni de los tres soldados que había aleccionado para que lo pararan en su locura. Siempre habían sido los más leales a su hijo, pero quien ordenaba era él y sabía que ninguno de ellos dudaría cuando llegara el momento. Debían herirle para poder traerle hasta la fortaleza y allí curarlo.
Tampoco había respuesta de los demás caballeros que había mandado durante ese período de tiempo sobre la existencia de la bruja. Su esposa seguía afectada de aquel mal que poco a poco iba comiéndola por dentro.
Una mañana, harto de esperar noticias buenas, ordenó a varios jinetes y soldados que lo siguieran: él mismo se internaría en el bosque para encontrar a su hijo o a la bruja.
Esta vez el bosque no atacó, ni siquiera animales pequeños se cruzaron en su camino. Parecía como si la naturaleza lo llevara directamente hacia donde deseaba, sin ningún impedimento. Años después, confesaría que había visto cómo algunos árboles se giraban para impedir que se dirigiera por lugares concretos.
Y llegó al río, donde se encontraba la pequeña casa que de inmediato relacionó con la anciana bruja. Viendo que no había nadie en los alrededores, espoleó a su caballo e hizo que con las patas delanteras rompiera la pequeña puerta de la choza, partiéndola en cientos de astillas que volaron hacia el interior de la vivienda.
Una joven se encontraba cerca de la chimenea de la vivienda, ataviada con una manta y sosteniendo en sus manos ropa que parecía estar secando al calor de la lumbre. Se levantó al ver entrar al caballo y a quien lo montaba, que esgrimía una espada cuyo fin era acabar con ella. Presa del terror, la joven se echó las manos a la cara, esperando el golpe final. Ciego de ira, el rey bajó su espada con fuerza hacia el delicado cuerpo de la joven. Ya no deseaba atrapar a la bruja. Esperaba encontrarse con una anciana, no con una hermosa joven. Debía acabar con ella allí mismo. Su hermosura supondría un peligro en la corte, pues podría ser fruto de conspiraciones hacia su persona, sin ni siquiera decir una palabra que pudiera cegar la mente de su más leal consejero.
Pero su acero no llegó ni a rozar la piel de la muchacha. Otra espada se había interpuesto entre la joven y su destino de metal.
-¿Qué hacéis, hijo? –preguntó el rey impresionado por la súbita aparición de su hijo, perdido desde hacía tres semanas. Él era quien se había interpuesto en su veredicto sobre aquella joven.
-Esta no es la bruja que habéis venido a buscar, padre. Ella ha sido quien ha curado mis heridas que uno de mis fieles caballeros me provocó cuando me dispuse a matarla. Debo agradecérselo, pues ella no es a quien buscábamos.
-Yo veo a una bruja que gracias a sus artes nos está haciendo creer que es una hermosa joven y que intenta enfrentarnos a padre e hijo –dijo sin perder un ápice de fuerza en la espada que aún seguía cruzada con la de su hijo.
Un ligero ruido procedente del bosque, hizo a los dos acompañantes girarse para ver quién se acercaba hasta su posición. Llamaron a su soberano cuando divisaron a una anciana que, apoyada en una retorcida rama que utilizaba como bastón, había entrado en el claro, a pocos metros de donde se encontraban ellos.
Pero el rey no pareció escuchar las palabras de sus siervos, simplemente gritaba pidiendo una explicación a la joven, mas ella, tras el príncipe, no respondía. Al no encontrar respuesta a sus gritos, el rey empujó a su hijo con una patada y levantó de nuevo el arma para acabar con la vida de la joven.
-Detenéos –dijo una voz que impidió que terminara con aquella joven. El rey se volvió hacia la voz, impresionado por lo que ocurría allí. Su brazo no respondía a su cuerpo: como si él no tuviera control sobre la mano que empuñaba la espada-. No os preocupéis, majestad. No os ocurre nada, solamente son mis palabras las que impiden que acabéis con esa inocente.
-¡Acabad con ella! –ordenó el soberano a sus hombres, quienes corrieron hacia la anciana, cayendo en una trampa para osos, quedando sus cuerpos en el fondo de un agujero realizado por algún cazador-. Maldita bruja, pagaréis todo lo que estás haciendo.
-Yo no he hecho nada, mi señor. Vuestros hombres han sido los causantes de su propia muerte, ya sean éstos que habéis enviado contra mí o los que intentaron entrar con total violencia a este bosque hace unos días. Como habitante de este lugar, yo sirvo a mi rey, pero protejo a mis seres queridos –dijo la anciana señalando a la joven-. Ella nunca os hablará, pues no tiene el don de la palabra. Es inocente, al igual que vuestra esposa y la hija que espera. Conozco la enfermedad de la reina.
-El cuervo.
-Sí, el cuervo son mis ojos cuando se encuentran lejos.
-Ayudadme a curarla y os dejaré libre.
-Soy libre viviendo en este lugar. Vivo en este lugar, comiendo de lo que me da el bosque, ayudando a quienes me lo piden.
En aquel momento, el claro se vio rodeado de soldados, quienes llevaban sus picas preparadas para atacar a la anciana. Con una sola palabra del rey, los hombres levantaron las armas, apoyándose en ellas, esperando una nueva orden.
-Ayudad a mi esposa.
-Lo haré con una condición –dijo la mujer-. Deseo que esa joven viva en el castillo y se convierta en la dama de compañía de la niña que nazca del vientre de vuestra esposa. Ella le enseñará el valor del bosque, que como habéis comprobado, puede ser un gran aliado y a la vez quien nos dé sustento.
-Yo pongo otra condición –puntualizó el rey-. Vuestra protegida se quedará en el bosque hasta que nazca mi hija. Ninguno de mis hombres podrá tocarla. Eso os lo juro. Si mi hija no nace, quedaréis apresada en las mazmorras. Si intentáis escapar, esa joven será perseguida y ejecutada.
Ordenó a los soldados que llevaran a la anciana sin violencia hasta el castillo y también se lo dijo a su hijo, quien pareció no escuchar a su padre, pues quedó de pie junto a la joven. Lanzó una mirada a la joven, quien observaba al príncipe, dándole las gracias con los ojos, sin utilizar palabra alguna. ¿Para que temer que aquella joven volviera al castillo convertida en una bruja si podía librarse de ella en aquel momento? Si era la protegida de la anciana, seguramente supiera conjuros como el que le había paralizado el brazo. Era un peligro para el reino.
Se giró para marchar hacia el bosque, ordenando al único piqueros que había quedado que le entregara su arma. Tal y como le había jurado a la anciana, ninguno de sus hombres tocaría a la joven; él mismo sería quien diera muerte a la chica. Lanzó la pica como tantas otras veces lo había hecho en su juventud, pero erró el objetivo.
La joven se encontraba en el suelo, tras ser empujada por el príncipe, quien se encontraba ahora con una pica sobresaliéndole del pecho. Cayó al suelo siendo rápidamente socorrido por la agradecida joven, quien asustada no sabía lo que debía hacer. Alzó la mirada cuando escuchó la voz del rey.
-El corazón te ha traicionado, hijo. La hechicería ha hecho que des tu vida por algo que no crees –dijo volviéndose al piquero y arrebatándole la vida con su espada. De esa manera impedía que el único testigo de aquello pudiera decir algo-. Nunca has merecido el reino que te pertenecía por sangre y ahora estoy más seguro de ello. Espero que le des un buen entierro, pequeña –dijo marchándose.
No deseaba matar a su hijo, pero había desobedecido a sus órdenes y se encontraba bajo el influjo de la magia. Con la muerte del príncipe ya era suficiente, la joven no tendría el valor de enfrentarse al reino.
Dio la vuelta al caballo y se alejó del lugar pensando en lo que iba a hacer en el futuro más inmediato. En cuanto su hija viera la luz, él mismo acabaría con la anciana, librando al reino de la brujería.