sábado, 3 de marzo de 2012

El cuélebre

Animales fantásticos han poblado nuestras tierras desde tiempos inmemoriales. Todos ellos, sacados de la fantasía popular, pero ¿qué es la fantasía sino una realidad cambiada? ¿Quién nos asegura que realmente no existieron esas criaturas que adornaban los sueños de la población? Muchas de aquellas personas eran analfabetas, trabajaban con sus manos y con eso eran capaces de levantar una familia, y con eso bastaba. No eran tiempos para eruditos ni escribas. Se trataba del tiempo del boca a boca, de las historias que los ancianos contaban a sus nietos al calor de la lumbre y éstos lo narraban a quienes conocían. De esta forma, si alguien había visto o se había encontrado con algo fuera de lo normal, ya era noticia. Y de esa manera llegó hasta mis oídos la siguiente historia.

I

-¡Árbol va!

Aquel grito hizo que todos los que se encontraban alrededor callaran, dejando que el ruido provocado por el pino al caer fuera lo único que se escuchara. El silencio era total hasta unos segundos después de que el árbol se hubiera golpeado contra el suelo. Se trataba de un ritual que siempre se llevaba a cabo.

-Cortamos un árbol, éste nos da la vida. Gracias a él, nosotros podemos sobrevivir y por esa razón se lo agradecemos de esta forma, respetando su caída. Él cae para que nosotros sigamos en pie.

Esas fueron las palabras del padre de Bartolomé cuando éste le preguntó hacía años por aquel silencio que repetían cada vez que tiraban un árbol. De aquella frase ya habían pasado doce años y padre e hijo trabajaban ahora juntos. La madera era su vida y gracias al bosque, tendrían sustento.

Una tarde, cuando el sol ya había desaparecido del cielo, Bartolomé se retrasó al llegar a casa. No era raro que aquello ocurriera. Su padre bien sabía que el chico era un torbellino de dudas y preguntas. No había día que no se quedara mirando la puesta de sol, pensando dónde moría aquella gran bola de fuego para poder volver a la vida al día siguiente. ¿Acaso había una infinidad de aquellas bolas que terminaban apagadas en los mares lejanos?

Cuando entró por la puerta, su padre deseó que se hubiera perdido en el bosque y que no hubiera regresado a casa.

-Insensato, ¿qué es lo que has hecho? –le preguntó antes de lanzarle un golpe en la cara con la mano abierta, algo que hizo retroceder a su hijo-. ¿Quieres traer la desgracia a esta familia? ¿No ha sido suficiente la muerte de tu madre y el daño sufrido por tu hermana en el incendio?

Bartolomé observó a su padre, quien tenía los ojos llenos de furia y volvió la mirada hacia su hermana mayor, quien se había acercado hasta allí al escuchar los gritos de su padre.

El muchacho no entendía nada. ¿Qué tenía aquello de malo? Solamente era una piedra azul que se había encontrado en el camino a casa, a medio tapar por unas plantas.

-Trae acá eso antes de que nos arruines.

Bartolomé vio a su padre arrebatarle aquella piedra sin que él pudiera hacer nada. Era su padre y vivía bajo su casa, sus normas. El hombre lanzó la piedra a las llamas de la hoguera que había encendido su hija para dar calor a aquella estancia. La piedra fue recibida con alegría por el fuego, que rápidamente la envolvió con sus danzantes dedos.

-Padre, es una piedra –dijo la hija, pero el hombre no dejó de mirar hacia la piedra que se hijo había encontrado.

Se escuchó un chasquido y al poco, pudieron ver cómo la piedra se abría y de ella intentaba salir una especie de serpiente envuelta en llamas. Aquella criatura lanzó varios chillidos antes de que el padre de familia acabara con ella con la ayuda de un largo gancho metálico, con el cual la golpeó hasta que reinó de nuevo el silencio.

-Ni una palabra a nadie sobre lo que ha ocurrido aquí –ordenó el hombre a sus hijos, acariciando a su hija en la cara, tocando con sus dedos el rostro que había destrozado el incendio.

II

Cuando cayó el último árbol de aquella jornada, el hombre miró a lo lejos. No podría ser. ¿Había visto un movimiento a lo lejos? Claro que sí. Zorros, incluso lobos, poblaban aquellos lares, podía haber sido cualquiera de aquellas criaturas. Negó con la cabeza y sonrió. Era una tontería estar tan asustado. Pero al final, el pánico le heló la sangre cuando un compañero llegó corriendo hasta donde él se encontraba.

-Tu hijo –acertó a decir entre respiraciones forzadas a causa del esfuerzo por la carrera.

-¿Mi hijo? ¿Qué le ha ocurrido? –gritó lleno de pavor.

El hombre solamente pudo decir una palabra antes de desmayarse. La visión que lo había visitado había sido horrible y su mente deseaba escapar de la realidad a cualquier precio, aunque solamente fueran unos momentos.

III

Llegó a casa sin aliento, pues había hecho el camino corriendo. Su hija le vio tomar la mejor hacha que tenía en la vivienda y quiso saber lo que ocurría.

-Padre, ¿qué es lo que ocurre? ¿Dónde está Bartolomé?

El hombre no respondió. Solamente miraba el filo del instrumento de trabajo, con ojos que parecían perdidos en la lejanía. Caminó hacia la puerta, mas la joven se interpuso en su camino. De nuevo, volvió a realizar aquellas preguntas y esta vez sí que obtuvieron respuesta.

-El cuélebre. El cuélebre se lo ha llevado.

-Voy a ayudaros padre.

-No. Te quedarás aquí.

-No os obedeceré. Yo conozco como usted, padre, estos montes. Los he recorrido una y mil veces durante toda mi vida. No tengo un marido, no tengo hijos. Lo único que tengo en este mundo son usted y mi hermano. No me quedaré en casa esperando a que los dos acaben muertos o perdidos.

Como única respuesta, el hombre le entregó el arma a su hija y él se fue a buscar otra al corral, donde algunos animales le dieron la bienvenida.

IV

La media noche había pasado ya, pero aún quedaban muchas horas de oscuridad. Padre e hija habían tomado caminos diferentes para abarcar más distancia. Decían las leyendas que la guarida del cuélebre se encontraba en un lugar concreto, pero aquella zona era tan grande como podían serlo tres aldeas como en la que vivían. Razón de más para separarse y buscar.

Todo aquellos alrededores se encontraban sembrados de cuevas y en muchos lugares, aquellas oquedades no se veían a causa de la vegetación que parecía desear taparlas a los ojos de los curiosos que no buscaran con ahínco.

En silencio recorrían las distancias, esperando escuchar el grito de la otra persona, signo de que se había encontrado la morada de aquella serpiente alada.

La joven observó unas hierbas mucho más aplastadas que en otros lugares cercanos, algo que la hizo sospechar y seguir aquellas hierbas hasta la entrada de una cueva. Desde su posición anterior no la habría visto, hubiera pasado a pocos metros de ella sin saber que allí había algo parecido. Miró hacia los lados por si veía la figura de su padre, pero al no encontrarlo, decidió entrar ella sola.

Al principio, por mucho que intentara alumbrar con la tea que llevaba, las paredes parecían desear impedir que se pudiera ver algo en aquel lugar. Pero tras varios pasos hacia la oscuridad, las paredes comenzaron a devolver un brillo que por momentos resultó cegador para la muchacha, quien tuvo que cerrar los ojos para que no resultaran dañados.

“Mejor que apagues esa luz. No te hará falta aquí dentro”. Escuchó decir en la cueva

Obedeció, pues hasta con los ojos cerrados, aquella luminosidad resultaba dolorosa. Soltó la tea y al poco, pudo abrir los ojos y contemplar lo que le rodeaba. Un orificio en el techo dejaba entrar un haz de luz proveniente de la luna, reflejándose por todas las paredes, revestidas de miles de piedras preciosas, al igual que el techo de aquella estancia.

Corrió hacia el centro de aquella gran sala cuando reconoció a su hermano tirado en el suelo. Se encontraba acurrucado y no miraba hacia ella, pero haciendo acopio de todas sus fuerzas, pudo levantarle y comprobar aliviada que sólo se encontraba sin sentido. Pero si él no la había hablado...

“No te preocupes. No está muerto. Aunque debería estarlo”

De nuevo escuchó aquella voz, pero esta vez supo que no habían sido sus oídos los que la habían captado anteriormente. Aquella voz la hablaba desde dentro de su propia cabeza.

“Vuestro padre acabó con la vida de mi cría. Sería justo que yo acabara con la vida de su vástago”

Arrastrando a su hermano, retrocedió cuando vio a una enorme serpiente salir por una de las paredes. Su cabeza era tan grande como su cuerpo humano, mientras que su longitud sólo podía imaginársela. Aquel ser no había podido salir del todo a aquella gran sala redonda donde se encontraban los cristales de colores.

La muchacha tragó saliva al pensar que aquel ser era capaz de llenar aquella sala, donde podían entrar tres centenares de personas sin estorbarse unas a otras.

-No permitiré que le hagas daño –dijo mostrando el hacha.

“Los humanos siempre con vuestras armas. Podría comeros en un momento y ni siquiera os enteraríais”

Como para mostrar que podía ser de aquella manera, abrió las fauces y mostró sus largos colmillos que eran como las piernas del joven, de mayor altura que su hermana. Supo que podría entrar de pie en la boca de aquella serpiente si se lo propusiera, pero aquello sería su fin.

-Déjale marchar.

“Jamás. Vuestro padre ha matado a mi cría”

-Te prometo que nunca más volverá a ocurrir. Seremos mucho más cuidadosos, e incluso ayudaremos a tus crías si vemos algún huevo.

“Tu padre lo mató después de echarlo al fuego. Lo pude ver y sentir todo en mi mente. No conocéis verdaderamente el daño que eso puede producir. Una parte de tu ser muere sin sentido para que una criatura vulgar como los humanos sigan destrozando lo que ha costado mucho levantar”

-Lo sé. Pero os prometo, os juro que no volverá a suceder. Dejadlo ir y os daré algo a cambio.

“Veo que me tratas ahora de otra manera. ¿Qué es lo que me darás a cambio?

-A mí.

La serpiente se arrastró un poco más y se acercó hasta pocos palmos de la joven, quien temblaba por la proximidad de aquella bestia. Sus ojos la estudiaron detenidamente y pudo ver cómo el reptil parecía sonreír.

“Crees que por ser mujer, en tu casa no tienes ningún futuro. Vives en un mundo de hombres en el cual solamente existís para parir hijos y ayudar a esos hombres que os menosprecian. Debes saber que o sois esclavas de ellos. Sois las que entregáis la vida, las creadoras de vida. Sois como yo”

-¿No soy bastante para pagar el precio que deseáis por la libertad de mi hermano? –preguntó la chica.

“No he puesto precio en ningún momento, pero sí me sirves. Eres valiente y decidida. Pero te pondré una condición. Si la aceptas, tu padre y tu hermano serán libres y morirán en sus camas de ancianos. Si no la aceptas, el cuerpo de quien tienes a tu lado será destrozado y yo mismo cazaré a tu padre. Tú, en cambio, te marcharás de la cueva sin daño alguno”

-¿Cuál es la condición?

“No me sirves tal y como eres, completamente humana. Te haré de nuevo hermosa, haciendo desaparecer esas horribles marcas de tu piel y además te daré la vida eterna”

Aquellas palabras hicieron retroceder a la muchacha, quien se echó las manos a la cara cuando se vio reflejada en una de las piedras de la pared. Aquella horrible marca que la desfiguraba había desaparecido y su piel volvía a ser suave.

-¿Por qué queréis ayudarme?

“Serás hermosa y eterna para engendrar a decenas de hijos de distintos hombres. Y cuando éstos hijos lleguen a nacer, me los entregarás a mí. No, no te asustes. No los voy a devorar. Ellos serán el tesoro que siempre he deseado: un grupo de crías a las que inculcar mi sabiduría. Mis huevos solamente me regalan serpientes de un tamaño mayor al que vosotros conocéis, pero son incapaces de razonar. El paso de los siglos ha acabado con mi estirpe. Seguiré colocando huevos, pero sólo me servirán para traerme comida y el oro que tanto desean los humanos.

-¿Se harán como tú esos vástagos que salgan de mi vientre?

Observó el cuerpo de la serpiente, realizando anillos que la rodeaban poco a poco. En cualquier momento se cerrarían y provocarían que su cuerpo se rompiera en aquel abrazo.

“No. En apariencia seguirán siendo humanos”

-Yo también tengo una condición.

“No creo que estés en una postura favorable”

-Vais a hacerme inmortal y veré morir a todos mis seres queridos. Creo que me merezco una condición.

“Habla”

Los colmillos de la bestia llegaron a rozar las mejillas de la muchacha, quien se estremeció al notar alrededor de su cuerpo los anillos de la serpiente.

-No volverás a atacar a los hombres y no saldrás de esta zona del bosque.

“A menos que ellos ataquen a mis crías”

El silencio de la joven pareció ser el momento que deseaba el cuélebre, pues sacó su lengua bífida y la pasó por el cuerpo de la joven, a quien arrebató su ropa, curando de aquella manera toda la piel que había sufrido quemaduras en aquel incendio.

“Volverás a tu casa y verás morir a todos los que te rodean. Sobrevivirás a todos tus amantes y cuando te quedes encinta, saldré de este lugar e introduciré parte de mi veneno en tu cuerpo. A ti no te pasará nada, pero a tu hijo lo convertiré en un ser superior a los que le rodeen. No soy un monstruo.

V

Tal y como había predicho aquella gran serpiente alada, la joven fue sobreviviendo a sus amantes, ahora numerosos por la belleza de la joven. El primero en marcharse de su familia fue su padre, anciano ya y con un corazón que acabó fallándole al final. Se fue sin conocer la maldición que llevaba su hija, pues la muerte se llevó al padre de familia poco después de aquella noche. Nunca preguntó por la curación milagrosa de su hija, pues sus ojos seguían viendo la quemadura de su rostro, al igual que su hermano. Gracias a Dios, el antiguo leñador no tuvo que soportar el pánico que sentía su hijo cuando se miraba las manos llenas de arrugas y cortes por el trabajo, mientras su hermana seguía joven y hermosa como nunca.

-Estás embrujada, hermana. Mírame a mí. Ya soy un anciano, como nuestro padre cuando nos dejó y tú sigues igual de joven. ¿Cuántos años han pasado ya?

-Sesenta y dos.

-Buena cuenta llevas. En todos estos años te he casado muchas veces, pues no son pocos los que vienen a esta casa en busca de tu belleza. Ya no debemos pagar nada por tus casamientos y parece que la gente no se da cuenta de que no envejeces. ¿Por qué nunca me has querido contar lo que ocurrió aquella noche con aquella bestia?

Miró a su hermano, postrado en la cama desde hacía varias semanas. Los dos sabían que poco a poco, aquel cuerpo que una vez había sido joven, estaba marchitándose. Las manos temblorosas llegaron hasta el hermoso rostro de la aún joven hermana, pues ya no eran muy fiables sus ojos. Sus dedos recorrieron la piel de la chica. Aquella horrible marca había desaparecido y por más que tocara la piel sana, seguía sin convencerse de ello. El rostro de su hermana era joven y hermoso.

-Mi esposa siempre tuvo celos de tu rostro, hermana.

Ella se sentó en la cama, junto a su hermano y lo tomó de las manos. No había nadie en la casa, pues la mentada esposa del hombre había fallecido y el hijo de ambos había emigrado a otro lugar, lejos de aquella vivienda donde su tía no envejecía.

-Creo que ya es hora de que sepas por qué estoy así.

-Puede que me merezca una explicación -cerró los ojos y escuchó atentamente lo acontecido en la gruta aquella noche en la que él se había encontrado en una cueva junto a su hermana, sin recordar nada de lo que había pasado con anterioridad. Unas lágrimas recorrieron sus mejillas, dando a entender que añoraba aquellos tiempos-. Pero no logro comprender algo, hermana. Has tenido muchos amantes y esposos en todos estos años y jamás te has quedado encinta.

-Lo sé hermano. El pacto con el cuélebre era que yo debería entregarla a mis vástagos, pero no lo podré hacer nunca si no puedo llegar a tenerlos. En aquel incendio no solamente sufrió daño mi piel. Mi interior sufrió las consecuencias arrebatándome la fortuna de ser madre. El cuélebre sanó mi piel, pero mis entrañas siguen siendo las mismas. Lo noté cuando me curó la cara, sólo había curado mi piel, mi mejilla dañada aún estaba dormida en su interior.

-Lo siento por ti, pero me alegro por todos nosotros. Nos salvataste. Gracias a ti, esa bestia no saldrá de su madriguera.

Besó la frente de su hermano y le dejó descansar. Aún le quedaban unos días para poder disfrutar de su compañía.

Como todos los días, caminaba por el bosque buscando lo que parecían ser piedras. Las cogía y las escondía en lugares alejados de los ojos de cualquiera que pudiera verlas. Sabía que así, con una piedra que había resultado ser un huevo, había comenzado su inmortalidad. No estaba dispuesta a que nadie hiciera daño a las crías que aún se hallaban en aquellos huevos, pues eso haría salir de su letargo al cuélebre. Con aquellas precauciones y aquel desgraciado accidente, iba a pasar una eternidad sin volver a ver a ese ser.

* * *

Muchos dicen ver en los bosques a una hermosa joven que parece buscar piedras, pues algunas veces las coge y se las lleva, adentrándose en la espesura del lugar. No hace ningún comentario, simplemente desaparece.

Algunos aseguran que es rubia, otros morena, alta, o puede que de estatura mediana; pero todos están de acuerdo en algo: es hermosa y tras verla, una sensación de alivio les invade.