Cuentan las historias de estos lugares que tuvo lugar una tragedia en aquel castillo que observa las tierras que lo circundan, que rodean y que en aquellas épocas, eran trabajadas por los vasallos del señor que vivía en el castillo.
Eran ordenados con mano de hierro, aunque también era de rigor contar que el conde tampoco era un tirano. No pasaba por cuchillo ni destrozaba las espaldas de sus vasallos a base de latigazos como hacían otros. Solamente era duro con aquellas personas cuando se trataba de los descuidos de sus sirvientes. Hasta que ocurrió una desgracia.
Se decía que una vez mató a uno de sus vasallos, un aldeano que trabajaba una de las tierras más grandes del condado. Supo entonces el conde que aquel hombre había sustraído parte de la cosecha para llevárselo a su familia. Lleno de ira, pues él no recordaba haberse portado de mala manera con aquel hombre que trabajaba bajo su mando, apareció en su propia casa, acompañado por varios de sus soldados. Allí mismo, delante de su casa, fue ejecutado y lanzó una sentencia para que todos los allí presentes escucharan con claridad. Sentenció que desde aquella fatídica mañana, ningún hombre podría tomar los productos de las tierras. Éstos deberían llegar a manos del conde, donde, después de contarlo con minuciosidad, se les entregaría la parte que les correspondería. Anteriormente, cada familia tomaba una cantidad que previamente le había sido otorgada por el conde en un escrito que las dos partes tenían, aunque los aldeanos no supieran leer lo que en aquel papel pusiera. Aquello se rompió en el momento en el que la espada seccionó el cuello del hombre.
Tras aquella ejecución, las familias vieron que las viandas que llegaban a sus mesas no eran tan abundantes como antes. Algunos grupos familiares miraban con desolación la comida que les entregaban los soldados del conde. Aquel era el castigo por el robo de la comida de su vecino.
Los aldeanos más viejos del lugar juraban que aquella restricción pasaría pronto, pero lo que pasaron fueron los días y los meses, comiendo lo que poco a poco eran menos viandas.
-El señor proveerá –dijo el más anciano, tras enterrar a quien le precedía en edad-. Nuestro señor conde jamás ha sido tan estricto.
-No padre, la comida que nos pasan los soldados es cada vez más escasa. Los niños lloran por la noche por el hambre que tienen. No podemos seguir así.
-¿Y qué debemos hacer? No podemos levantarnos en armas. Nos masacrarían en cuanto tuvieran la más mínima duda sobre nuestras intenciones –dijo otro.
-¿Entonces?
-Solamente nos queda rezar al señor.
Y al parecer los escuchó.
I
Las puertas de madera que separaban el gran salón del patio del castillo sonaron por segunda vez en aquel anochecer. De nuevo fue el mismo sirviente quien se acercó a abrir la puerta.
Acababa de cenar y podía dar gracias al señor que por lo menos tuviera algo que llevarse a la boca. Por trabajar a las órdenes del conde, dentro del castillo, tenía la oportunidad de comer algo más que sus familiares que se hallaban fuera de las murallas. Alguna vez había ocultado algo de la copiosa comida del conde. Sabía que si llegaban a sorprenderlo tomando aquella comida, le cortarían las manos y lo colgarían en el centro de la aldea para ser la muestra de lo que allí se hacía a los ladrones.
-¿Otra vez tú? –preguntó a quien se encontraba en el umbral de la puerta.
-Buenas noches –dijo el hombre sin levantar los ojos-. Me he perdido y la noche me ha sorprendido en estos páramos. ¿Podría pasar la noche en su castillo?
-Ya me lo habéis dicho antes.
-¿Qué es lo que ocurre aquí? –quiso saber el conde al haber escuchado de nuevo la puerta-. ¿Quién es este hombre?
El siervo se hizo a un lado dejando que el conde pudiera ver a quien se hallaba al otro lado de la puerta.
Apoyado en un cayado, se encontraba un hombre que cubría su cabeza y parte de su cara con una capucha que se encontraba mal cosida a una capa deshilachada y sucia. Un olor que salía de aquella prenda de ropa hizo que el conde retrocediera dos pasos y ordenara a su criado que cerrara la puerta.
-Espere un momento –dijo el hombre poniendo una mano pustulosa en la hoja de la puerta, como si quisiera evitar que lo dejaran fuera-. Solamente necesito un lugar para pasar la noche. Os pagaré con lo que sea. Puedo ayudar en vuestras caballerizas.
-Ni hablar. Mataríais a los caballos solamente con vuestro hedor. Echadle de aquí antes de que nos muramos todos por el olor.
-No es buena idea. Pensadlo un poco.
-Ya lo hemos pensado –dijo desenvainando la espada que llevaba a la cintura-. Marchaos antes de que os ensarte y os deje al raso esta noche en una pica.
-Más os vale guardar la espada para poder utilizarla esta noche, mi señor –dijo el vagabundo sonriendo, mostrando la falta de dientes en su mandíbula superior.
La hoja de la espada se movió con rapidez, quitando la capucha al hombre, dejando al descubierto una cara desfigurada. Aquella horrible visión, hizo que el conde y su vasallo retrocedieran. Lo que en un principio había pensado que fuera una amenaza, realizada con la espada, se había vuelto hacia quien portaba el arma.
El vagabundo no se movió del lugar que ocupaba y volvió a poner palabras en su boca:
-Habéis negado la ayuda a quien necesita solamente un tejado bajo el que pasar la noche y que estaba dispuesto a pagar por ello –dijo sacando con su tenebrosa mano varias monedas de oro bajo la sucia ropa que llevaba-. Le habéis insultado solamente por su aspecto, por lo que yo os castigo -su dedo tembloroso señaló al conde mientras éste miraba incrédulo a su sirviente. ¿De dónde había salido aquel loco?-. Esta noche recibiréis la visita del ángel de la muerte. No preparéis vuestra espada, pues será en vano luchar contra él.
-Se acabó –dijo el conde hundiendo su espada hasta la empuñadura en el vientre del personaje que acababa de maldecirle. Cayó el cuerpo inmóvil y sin mirar al cuerpo que había quedado sin vida se volvió para volver al salón, donde se encontraba antes de la llamada a la puerta-. Deshaceos de eso y limpiad todo. Ha dejado un olor nauseabundo y espero la visita de la prima del rey. Quiero que esté todo perfecto para cuando ella venga.
II
Cuando abrió los ojos se vio completamente sudoroso y sus manos temblaban como nunca lo habían hecho con anterioridad. Se llevó las manos a la frente y comprobó que se encontraba húmeda. Había soñado. Había tenido un sueño muy violento, donde luchaba contra una forma que no podía recordar. Tras una larga lid, acababa en el suelo, siendo atravesado por su propia espada, mientras cerca, observando toda la escena y con una sonrisa en la cara, se encontraba el hombre a quien había quitado la vida a las puertas de su casa.
¿Sería aquella la maldición? ¿Había sido aquel sueño la forma de venganza de aquel hombre? No, aunque todos los que vivían bajo sus dominios eran verdaderamente temerosos de lo desconocido, habían llenado sus cabezas de leyendas antiguas, él no se consideraba un creyente de todas aquellas tonterías. No había brujas, ni ángeles justicieros. La sabiduría popular, como algunos lo llamaban, no tenía cabida en aquel lugar.
La puerta del salón se abrió, dejando entrar a su más leal sirviente, quien pidió permiso para hablar. Se había dormido en aquel salón, junto a la chimenea encendida, siendo atrapado por el sueño sin remedio.
-¿Qué es lo que pasa?
-La señora prima del rey se encuentra en el castillo, mi señor.
Se levantó del pequeño trono acolchado en el que se encontraba, y salió rápidamente para encontrarse con la visita que estaba esperando. Cuando la vio, la saludó cortésmente y la mostró el camino hacia el salón, donde ordenó que llevaran comida para que la joven cenara a su gusto.
Había conocido a la joven prima del rey en una fiesta que el monarca había preparado para celebrar el aniversario de su hijo, el pequeño príncipe. Allí fue donde la conoció, pero jamás pensó que la joven tuviera que entrar en su castillo. Se lo había comunicado hacía unas semanas.
Un mensajero había hecho su aparición en el condado llevando una misiva para quien regía aquellas tierras. En ella se le indicaba que la prima del rey debería pasar una noche en su castillo durante su viaje hacia la corte.
Se trataba de una joven hermosa y sana, extraño aquello procediendo de una familia cuyos hijos se casaban con sus hermanos y primos y tenían descendencia. Mientras comía, el conde hablaba sobre las tierras que se encontraban alrededor del castillo y que ofrecían la comida que ella podía degustar en aquellos momentos.
También habían venido junto a la joven cinco guardias de la mayor confianza del propio rey, a quienes la joven despidió por aquella noche, marchando ellos hacia las habitaciones de los sirvientes, en la zona más baja del cubo interior de aquel castillo.
Cuando terminó de cenar, el propio conde la guió hasta una espaciosa habitación, la cual le serviría de dormitorio aquella noche. Agradecida, se despidió del conde y éste marchó a su dormitorio, cercano a la de la joven. Justo cuando cerró la puerta, un trueno sonó en la noche.
III
Se encontraba mirando la noche lluviosa a través de la ventana mientras el fuego crepitaba en la chimenea. El mismo había dado de comer al ser rojo que calentaba la habitación. No podía dormir. Lo achacaba a los nervios de la aparición de la prima del rey. Deseaba que todo estuviera del agrado de la joven y que por ello hablara bien de él a su primo, el rey de las Españas. No quería afirmar que estaba nervioso por las palabras del vagabundo a quien había matado. Las tormentas le ponían muy nervioso y aquellas palabras retumbaban en su cabeza.
Se tumbó en la cama y se giró hacia la ventana. Deseaba estar en todo momento frente a aquel espacio desde el que se veía el exterior.
Se dio la vuelta casi en un salto cuando escuchó a los goznes de las puertas protestar al ser accionados. Su mano se lanzó rápidamente a su espada, esperando ver una figura alada armada con una espada de fuego, pero no fue aquello lo que apareció en el umbral. La joven huésped del conde preguntó si podía pasar, algo a lo que el hombre no pudo negarse.
Ataviada con un camisón blanco inmaculado, la joven se acercó hasta la cama y se tumbó en ella. Sin decir una palabra, abrazó al hombre y buscó sus labios para entregarle su cuerpo. No rechazó aquella oferta que le ofrecía la joven y por unos momentos no escuchó en su cabeza las palabras del vagabundo a quien había puesto fin con la espada que ahora descansaba cerca de la cama.
IV
Se había quedado adormilado, pero de nuevo, un trueno lo despejó. Vio el cuerpo de la chica, dormido a su lado. Recordaba que la chica se había portado como una verdadera experta en las lides amorosas, pero aquello debía quedar entre las paredes de aquel castillo. Jamás debería enterarse el rey de aquella noche, por lo menos ahora, cuando sabía que la joven estaba prometida a otro hombre mucho más poderoso que él.
Se levantó de la cama y cogió su arma, para sentarse en una silla que se hallaba cerca de la puerta. Limpió la hoja de la espada, algo que le tranquilizaba, mientras a su espalda, la tormenta se hacía más fuerte aún, iluminando en ocasiones la estancia.
En una de aquellas iluminaciones, le pareció ver una sombra que se encontraba en la misma habitación que él. Se levantó y cogió la espada, preparado para golpear a quien se encontraba acechándole. Lo vio moverse por toda la habitación, pero él no quiso despertar a la joven chica con la que había pasado la noche. Si ella se despertaba, puede que aquella sombra, el ángel de la muerte, quisiera cambiar de objetivo y fijarse en ella. Se trataba de un gran espadachín y no tendría problemas en acabar con aquella sombra.
Con movimientos rápidos, pero a la vez silenciosos, recorrió la habitación lanzando mandobles a la sombra, acertándola a la altura del cuello cuando se encontraba junto a la puerta. La cabeza de aquella sombra cayó al suelo y rodó hasta llegar a los pies del conde, quien colocó su bota sobre ella, reconociendo de inmediato las facciones de aquella cabeza cercenada.
Lanzó un grito de terror al ver bajo su bota a su mejor sirviente, a quien le había sido fiel durante años, el mismo que había sido testigo del asesinato de aquel vagabundo que había pedido cobijo por aquella noche. Se giró hacia la joven, pero ésta seguía en la cama, durmiendo plácidamente. Por suerte su grito no había sido tan alto, ¿o sí?
Por el pasillo se escuchaban carreras que tenían como destino la puerta abierta de sus aposentos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el cuerpo de su amigo se encontraba en el umbral de la puerta. Él había luchado con la sombra dentro de la habitación, con la puerta cerrada y en ningún momento había visto la puerta abrirse. Clavó la espada en el suelo al tiempo que los guardias que habían acompañado a la prima del rey entraban en los aposentos, rodeando al conde unos y otros acercándose a la cama, donde dormía la joven. ¿Dormía?
Uno de los guardias tomó a la chica en brazos y la sacó de la habitación, sin que ella pudiera decir nada. Entre sus pechos, una gran herida había sido la causante de la salida de mucha sangre, la misma sangre que el conde había limpiado del arma del asesinato y que aún llevaba en la mano.
El ángel de la muerte había llegado, tal y como había maldecido el vagabundo, pero no con la presencia que el conde había pensado. Y así lo repitió una y otra vez cuando fue llevado a presencia del rey, quien dictó la sentencia de muerte. Había violado a su prima y después la había dado muerte y ese sería el final que aquel hombre merecía.
Instantes antes de morir en la soga, el conde vio entre la gente que le increpaba, la horrible y deforme cara del vagabundo a quien había dado muerte aquella fatídica noche. Esta vez sonreía. Aquella sonrisa pareció cambiar por completo el físico de aquella persona, desapareciendo todo lo que le había repugnado al conde aquella noche. Y conoció al hombre que ahora se hallaba bajo la capa y la capucha. Lo había visto una vez, antes de que su cabeza se separara del cuerpo tras sentenciarlo a muerte por tomar algo de comida para su familia. Ahora sabía que las plegarias de los vasallos se habían hecho realidad, ahora sabía que Dios les había escuchado y que les había mandado un guerrero para acatar sus órdenes.