domingo, 30 de octubre de 2011

La visita

Cuentan las historias de estos lugares que tuvo lugar una tragedia en aquel castillo que observa las tierras que lo circundan, que rodean y que en aquellas épocas, eran trabajadas por los vasallos del señor que vivía en el castillo.

Eran ordenados con mano de hierro, aunque también era de rigor contar que el conde tampoco era un tirano. No pasaba por cuchillo ni destrozaba las espaldas de sus vasallos a base de latigazos como hacían otros. Solamente era duro con aquellas personas cuando se trataba de los descuidos de sus sirvientes. Hasta que ocurrió una desgracia.

Se decía que una vez mató a uno de sus vasallos, un aldeano que trabajaba una de las tierras más grandes del condado. Supo entonces el conde que aquel hombre había sustraído parte de la cosecha para llevárselo a su familia. Lleno de ira, pues él no recordaba haberse portado de mala manera con aquel hombre que trabajaba bajo su mando, apareció en su propia casa, acompañado por varios de sus soldados. Allí mismo, delante de su casa, fue ejecutado y lanzó una sentencia para que todos los allí presentes escucharan con claridad. Sentenció que desde aquella fatídica mañana, ningún hombre podría tomar los productos de las tierras. Éstos deberían llegar a manos del conde, donde, después de contarlo con minuciosidad, se les entregaría la parte que les correspondería. Anteriormente, cada familia tomaba una cantidad que previamente le había sido otorgada por el conde en un escrito que las dos partes tenían, aunque los aldeanos no supieran leer lo que en aquel papel pusiera. Aquello se rompió en el momento en el que la espada seccionó el cuello del hombre.

Tras aquella ejecución, las familias vieron que las viandas que llegaban a sus mesas no eran tan abundantes como antes. Algunos grupos familiares miraban con desolación la comida que les entregaban los soldados del conde. Aquel era el castigo por el robo de la comida de su vecino.

Los aldeanos más viejos del lugar juraban que aquella restricción pasaría pronto, pero lo que pasaron fueron los días y los meses, comiendo lo que poco a poco eran menos viandas.

-El señor proveerá –dijo el más anciano, tras enterrar a quien le precedía en edad-. Nuestro señor conde jamás ha sido tan estricto.

-No padre, la comida que nos pasan los soldados es cada vez más escasa. Los niños lloran por la noche por el hambre que tienen. No podemos seguir así.

-¿Y qué debemos hacer? No podemos levantarnos en armas. Nos masacrarían en cuanto tuvieran la más mínima duda sobre nuestras intenciones –dijo otro.

-¿Entonces?

-Solamente nos queda rezar al señor.

Y al parecer los escuchó.

I

Las puertas de madera que separaban el gran salón del patio del castillo sonaron por segunda vez en aquel anochecer. De nuevo fue el mismo sirviente quien se acercó a abrir la puerta.

Acababa de cenar y podía dar gracias al señor que por lo menos tuviera algo que llevarse a la boca. Por trabajar a las órdenes del conde, dentro del castillo, tenía la oportunidad de comer algo más que sus familiares que se hallaban fuera de las murallas. Alguna vez había ocultado algo de la copiosa comida del conde. Sabía que si llegaban a sorprenderlo tomando aquella comida, le cortarían las manos y lo colgarían en el centro de la aldea para ser la muestra de lo que allí se hacía a los ladrones.

-¿Otra vez tú? –preguntó a quien se encontraba en el umbral de la puerta.

-Buenas noches –dijo el hombre sin levantar los ojos-. Me he perdido y la noche me ha sorprendido en estos páramos. ¿Podría pasar la noche en su castillo?

-Ya me lo habéis dicho antes.

-¿Qué es lo que ocurre aquí? –quiso saber el conde al haber escuchado de nuevo la puerta-. ¿Quién es este hombre?

El siervo se hizo a un lado dejando que el conde pudiera ver a quien se hallaba al otro lado de la puerta.

Apoyado en un cayado, se encontraba un hombre que cubría su cabeza y parte de su cara con una capucha que se encontraba mal cosida a una capa deshilachada y sucia. Un olor que salía de aquella prenda de ropa hizo que el conde retrocediera dos pasos y ordenara a su criado que cerrara la puerta.

-Espere un momento –dijo el hombre poniendo una mano pustulosa en la hoja de la puerta, como si quisiera evitar que lo dejaran fuera-. Solamente necesito un lugar para pasar la noche. Os pagaré con lo que sea. Puedo ayudar en vuestras caballerizas.

-Ni hablar. Mataríais a los caballos solamente con vuestro hedor. Echadle de aquí antes de que nos muramos todos por el olor.

-No es buena idea. Pensadlo un poco.

-Ya lo hemos pensado –dijo desenvainando la espada que llevaba a la cintura-. Marchaos antes de que os ensarte y os deje al raso esta noche en una pica.

-Más os vale guardar la espada para poder utilizarla esta noche, mi señor –dijo el vagabundo sonriendo, mostrando la falta de dientes en su mandíbula superior.

La hoja de la espada se movió con rapidez, quitando la capucha al hombre, dejando al descubierto una cara desfigurada. Aquella horrible visión, hizo que el conde y su vasallo retrocedieran. Lo que en un principio había pensado que fuera una amenaza, realizada con la espada, se había vuelto hacia quien portaba el arma.

El vagabundo no se movió del lugar que ocupaba y volvió a poner palabras en su boca:

-Habéis negado la ayuda a quien necesita solamente un tejado bajo el que pasar la noche y que estaba dispuesto a pagar por ello –dijo sacando con su tenebrosa mano varias monedas de oro bajo la sucia ropa que llevaba-. Le habéis insultado solamente por su aspecto, por lo que yo os castigo -su dedo tembloroso señaló al conde mientras éste miraba incrédulo a su sirviente. ¿De dónde había salido aquel loco?-. Esta noche recibiréis la visita del ángel de la muerte. No preparéis vuestra espada, pues será en vano luchar contra él.

-Se acabó –dijo el conde hundiendo su espada hasta la empuñadura en el vientre del personaje que acababa de maldecirle. Cayó el cuerpo inmóvil y sin mirar al cuerpo que había quedado sin vida se volvió para volver al salón, donde se encontraba antes de la llamada a la puerta-. Deshaceos de eso y limpiad todo. Ha dejado un olor nauseabundo y espero la visita de la prima del rey. Quiero que esté todo perfecto para cuando ella venga.

II

Cuando abrió los ojos se vio completamente sudoroso y sus manos temblaban como nunca lo habían hecho con anterioridad. Se llevó las manos a la frente y comprobó que se encontraba húmeda. Había soñado. Había tenido un sueño muy violento, donde luchaba contra una forma que no podía recordar. Tras una larga lid, acababa en el suelo, siendo atravesado por su propia espada, mientras cerca, observando toda la escena y con una sonrisa en la cara, se encontraba el hombre a quien había quitado la vida a las puertas de su casa.

¿Sería aquella la maldición? ¿Había sido aquel sueño la forma de venganza de aquel hombre? No, aunque todos los que vivían bajo sus dominios eran verdaderamente temerosos de lo desconocido, habían llenado sus cabezas de leyendas antiguas, él no se consideraba un creyente de todas aquellas tonterías. No había brujas, ni ángeles justicieros. La sabiduría popular, como algunos lo llamaban, no tenía cabida en aquel lugar.

La puerta del salón se abrió, dejando entrar a su más leal sirviente, quien pidió permiso para hablar. Se había dormido en aquel salón, junto a la chimenea encendida, siendo atrapado por el sueño sin remedio.

-¿Qué es lo que pasa?

-La señora prima del rey se encuentra en el castillo, mi señor.

Se levantó del pequeño trono acolchado en el que se encontraba, y salió rápidamente para encontrarse con la visita que estaba esperando. Cuando la vio, la saludó cortésmente y la mostró el camino hacia el salón, donde ordenó que llevaran comida para que la joven cenara a su gusto.

Había conocido a la joven prima del rey en una fiesta que el monarca había preparado para celebrar el aniversario de su hijo, el pequeño príncipe. Allí fue donde la conoció, pero jamás pensó que la joven tuviera que entrar en su castillo. Se lo había comunicado hacía unas semanas.

Un mensajero había hecho su aparición en el condado llevando una misiva para quien regía aquellas tierras. En ella se le indicaba que la prima del rey debería pasar una noche en su castillo durante su viaje hacia la corte.

Se trataba de una joven hermosa y sana, extraño aquello procediendo de una familia cuyos hijos se casaban con sus hermanos y primos y tenían descendencia. Mientras comía, el conde hablaba sobre las tierras que se encontraban alrededor del castillo y que ofrecían la comida que ella podía degustar en aquellos momentos.

También habían venido junto a la joven cinco guardias de la mayor confianza del propio rey, a quienes la joven despidió por aquella noche, marchando ellos hacia las habitaciones de los sirvientes, en la zona más baja del cubo interior de aquel castillo.

Cuando terminó de cenar, el propio conde la guió hasta una espaciosa habitación, la cual le serviría de dormitorio aquella noche. Agradecida, se despidió del conde y éste marchó a su dormitorio, cercano a la de la joven. Justo cuando cerró la puerta, un trueno sonó en la noche.

III

Se encontraba mirando la noche lluviosa a través de la ventana mientras el fuego crepitaba en la chimenea. El mismo había dado de comer al ser rojo que calentaba la habitación. No podía dormir. Lo achacaba a los nervios de la aparición de la prima del rey. Deseaba que todo estuviera del agrado de la joven y que por ello hablara bien de él a su primo, el rey de las Españas. No quería afirmar que estaba nervioso por las palabras del vagabundo a quien había matado. Las tormentas le ponían muy nervioso y aquellas palabras retumbaban en su cabeza.

Se tumbó en la cama y se giró hacia la ventana. Deseaba estar en todo momento frente a aquel espacio desde el que se veía el exterior.

Se dio la vuelta casi en un salto cuando escuchó a los goznes de las puertas protestar al ser accionados. Su mano se lanzó rápidamente a su espada, esperando ver una figura alada armada con una espada de fuego, pero no fue aquello lo que apareció en el umbral. La joven huésped del conde preguntó si podía pasar, algo a lo que el hombre no pudo negarse.

Ataviada con un camisón blanco inmaculado, la joven se acercó hasta la cama y se tumbó en ella. Sin decir una palabra, abrazó al hombre y buscó sus labios para entregarle su cuerpo. No rechazó aquella oferta que le ofrecía la joven y por unos momentos no escuchó en su cabeza las palabras del vagabundo a quien había puesto fin con la espada que ahora descansaba cerca de la cama.

IV

Se había quedado adormilado, pero de nuevo, un trueno lo despejó. Vio el cuerpo de la chica, dormido a su lado. Recordaba que la chica se había portado como una verdadera experta en las lides amorosas, pero aquello debía quedar entre las paredes de aquel castillo. Jamás debería enterarse el rey de aquella noche, por lo menos ahora, cuando sabía que la joven estaba prometida a otro hombre mucho más poderoso que él.

Se levantó de la cama y cogió su arma, para sentarse en una silla que se hallaba cerca de la puerta. Limpió la hoja de la espada, algo que le tranquilizaba, mientras a su espalda, la tormenta se hacía más fuerte aún, iluminando en ocasiones la estancia.

En una de aquellas iluminaciones, le pareció ver una sombra que se encontraba en la misma habitación que él. Se levantó y cogió la espada, preparado para golpear a quien se encontraba acechándole. Lo vio moverse por toda la habitación, pero él no quiso despertar a la joven chica con la que había pasado la noche. Si ella se despertaba, puede que aquella sombra, el ángel de la muerte, quisiera cambiar de objetivo y fijarse en ella. Se trataba de un gran espadachín y no tendría problemas en acabar con aquella sombra.

Con movimientos rápidos, pero a la vez silenciosos, recorrió la habitación lanzando mandobles a la sombra, acertándola a la altura del cuello cuando se encontraba junto a la puerta. La cabeza de aquella sombra cayó al suelo y rodó hasta llegar a los pies del conde, quien colocó su bota sobre ella, reconociendo de inmediato las facciones de aquella cabeza cercenada.

Lanzó un grito de terror al ver bajo su bota a su mejor sirviente, a quien le había sido fiel durante años, el mismo que había sido testigo del asesinato de aquel vagabundo que había pedido cobijo por aquella noche. Se giró hacia la joven, pero ésta seguía en la cama, durmiendo plácidamente. Por suerte su grito no había sido tan alto, ¿o sí?

Por el pasillo se escuchaban carreras que tenían como destino la puerta abierta de sus aposentos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el cuerpo de su amigo se encontraba en el umbral de la puerta. Él había luchado con la sombra dentro de la habitación, con la puerta cerrada y en ningún momento había visto la puerta abrirse. Clavó la espada en el suelo al tiempo que los guardias que habían acompañado a la prima del rey entraban en los aposentos, rodeando al conde unos y otros acercándose a la cama, donde dormía la joven. ¿Dormía?

Uno de los guardias tomó a la chica en brazos y la sacó de la habitación, sin que ella pudiera decir nada. Entre sus pechos, una gran herida había sido la causante de la salida de mucha sangre, la misma sangre que el conde había limpiado del arma del asesinato y que aún llevaba en la mano.

El ángel de la muerte había llegado, tal y como había maldecido el vagabundo, pero no con la presencia que el conde había pensado. Y así lo repitió una y otra vez cuando fue llevado a presencia del rey, quien dictó la sentencia de muerte. Había violado a su prima y después la había dado muerte y ese sería el final que aquel hombre merecía.

Instantes antes de morir en la soga, el conde vio entre la gente que le increpaba, la horrible y deforme cara del vagabundo a quien había dado muerte aquella fatídica noche. Esta vez sonreía. Aquella sonrisa pareció cambiar por completo el físico de aquella persona, desapareciendo todo lo que le había repugnado al conde aquella noche. Y conoció al hombre que ahora se hallaba bajo la capa y la capucha. Lo había visto una vez, antes de que su cabeza se separara del cuerpo tras sentenciarlo a muerte por tomar algo de comida para su familia. Ahora sabía que las plegarias de los vasallos se habían hecho realidad, ahora sabía que Dios les había escuchado y que les había mandado un guerrero para acatar sus órdenes.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Siempre te querré

Estaba quedándome dormido en la silla en la que me había sentado a leer aquel libro que había pedido prestado en una biblioteca. ¿Sabían que podían no volver a ver aquella obra que ahora se encontraba en mis manos? Junto a mis piernas, una estufa eléctrica que me calentaba todo lo que podía mis pies casi gélidos. Y es que no hacía nada de calor en aquella estancia que había cogido en la casa rural que había aparecido ante mí como por arte de magia, como si quisiera que pasara allí la noche. La decisión estaba tomada, dormiría en aquella casa. Por muy fría que fuera, todo era mejor que una noche pasada al raso como ya me había tocado pasar en algún pueblo no muy lejano. Estaba quedándome dormido, como había dicho, pero levanté los ojos hacia la puerta cuando escuché unos pequeños golpes en la madera. Era como si quien estaba al otro lado quisiera que solamente la persona que se encontraba en el interior fuera quien los escuchara. Me levanté despacio de la silla me acerqué a la puerta para poder abrirla y no encontrar a nadie. ¿De nuevo estaban los fantasmas burlándose de mí o solamente había sido una mala jugada del cerebro? Pero no era ni una cosa ni la otra. Desde la oscuridad de la noche que se había adueñado del pasillo de la casa reformada en su parte superior, donde me encontraba yo en aquellos momentos, apareció la cara de una joven, seguida por un cuerpo delgado.

-Buenas noches, creo que me he confundido.

Lo dijo después de mirarme de arriba abajo, tal y como yo lo acababa de hacer con ella. Estaba seguro que estaba esperando ver a otra persona, no a mí.

-No creo que aquí encuentres a quien quieres, muchacha.

-Tengo que encontrarlo, como sea. No puedo vivir sin él.

Marchó y me dejó a la puerta de mi habitación, saliendo casi corriendo por el pasillo para desaparecer por las escaleras. No la había visto con anterioridad y por el camino que había llevado para huír de aquel lugar debía tratarse de la hija de los dueños de la casa.

Sonreí a la vez que cerraba la puerta. La joven y sus palabras me habían recordado una leyenda que se contaban de boca en boca en un pequeño pueblo en el que había pasado una noche. Salió de los labios de un anciano, uno de los más veteranos de aquel pueblo. Su casa de piedra, el tejado con goteras por el corrimiento de algunas tejas, lo que podía llamarse un mal sitio en el que pasar la noche, fue el lugar en el que se decidió a contarme la historia, delante de unos platos hondos con unas sopas de ajo que me resultaron muy sabrosas y perfectas para evitar caer muerto de frío. En cuanto nos los acabamos, los dos casi al mismo tiempo, el hombre quiso sentarse junto a la estufa que me había pedido que atizara y echara un poco más de leña. Las roñas que había metido en el fuego por petición del hombre crepitaban con tanta fuerza que en algunos momentos no llegaba a escucharle con nitidez, pero el calor que desprendían me hacía olvidar todo aquel ruido que formaban. El hombre se había sentado en un sillón de mimbre, el cual protestó cuando se sentó sobre él.

I

Los coches aún no existían ni siquiera en la mente de los hombres más listos y avanzados de la época. Solamente existían los carros de bestias y los caballos que tenían los nobles. En esa época que para algunos pueblos llegó a ser dorada, vivía en este lugar una joven llamada Isabel. Cuando ocurrió todo lo que aconteció, puede que aún fuera menor de edad, como se dice ahora. En aquellos tiempos puede que una persona fuera ya mayor con casi quince años. Su casa se encontraba donde ahora se encuentra el caserón. Vivía un romance con un joven oriundo de aquel pueblo, un muchacho llamado Manuel. Salían por la noche a explorar sus cuerpos, se querían aunque todo el pueblo ignorara su amor. Ni la tormenta más fuerte impedía a los dos jóvenes verse por la noche y yacer juntos en cualquier lugar, ya fuera en el granero de las casas, junto al río o en la colina cercana al pueblo. Los padres de la joven pensaban que el cansancio que su hija tenía por las mañanas, era debido a las malas noches que podía pasar. Tras la comida siempre se quedaba dormida en la silla junto al fuego de la casa.

El agua que cayó del cielo en una noche de invierno no les dejó en casa, aunque el joven Manuel la pidiera que se quedaran en sus respectivas casas. Aquella noche fue la mejor de todas las que hubieran estado los dos juntos. Siendo golpeados sus cuerpos desnudos por las gotas de lluvia que caían, los dos amantes yacieron juntos la bajo la copa de un árbol cuyo follaje se encontraba a media altura, sin que las ramas de aquel árbol de hoja caduca fueran capaces de parar la cortina de agua que se precipitaba hacia el suelo y hacia los dos. Totalmente mojados volvieron al pueblo para ir hacia sus casas, no sin antes parar en un cobertizo de una de las familias del pueblo para secar sus ropajes. Tendieron la ropa húmeda sobre la paja seca del lugar y se fundieron de nuevo en un abrazo que terminó con gemidos de placer por parte de los dos jóvenes. Terminada ya la pasión por aquella noche, los dos se despidieron, debiendo entrar en sus respectivas casas por las ventanas.

Al día siguiente por la mañana, la madre de Isabel se acercó a la chica para despertarla, debían ayudar a su padre a realizar los trabajos en las tierras. La joven parecía dormir plácidamente, mejor que otros días, mas su madre pudo comprobar con terror que su hija no estaba dormida, sino muerta. Su cuerpo, gélido como la herramienta dejada al raso por la noche, se encontraba arropado en su lecho.

La noticia de la muerte de la joven muchacha, querida en todo el pueblo por su persona, llegó hasta oídos de su amante, quien se encontraba junto a su abuelo en aquellos momentos. Intentó disimular su rabia, su desesperación, su llanto por conocer la noticia de la muerte de su amada, con quien había estado la noche anterior.

-No debes esconder tus sentimientos hacia esa muchacha, hijo mío –dijo su abuelo viéndolo sufrir en el silencio que él mismo se estaba imponiendo-. Si tú la amabas, es mejor que lo demuestres ante todo el pueblo. Si no lo haces, las malas lenguas que habitan en estos lugares, pueden manchar el buen nombre de esa joven.

II

Ante todos los que allí se hallaban, en el lugar de enterramiento, Manuel se encontró ante la fría tierra que cubría el rostro de su amada. Se arrodilló, siendo ahora el centro de todas las miradas, sobre todo de los padres de la joven difunta. Cogió en la mano un poco de tierra que ahora ya cubría el cuerpo de la joven y mirando hacia el cielo dijo lo primero que el corazón le dictó:

-Siempre te querré, tú serás mi única mujer. Si algún día dejo de cumplir la promesa que ahora mismo te hago, manda a alguien para que me reúna contigo. Siempre te querré.

Ante el asombro y el horror de unos pocos, el joven sacó una navaja bajo la faja que llevaba y se la llevó a la palma de la mano para hacer un corte poco profundo, pero suficiente como para hacerle sangrar. Dejó que unas pocas gotas se filtraran en la tierra removida para después levantarse y caminar hacia el exterior del recinto donde descansaban todos los difuntos. Allí lo esperaba su abuelo, quien le frenó en su camino hacia la casa en la que vivían.

-¿Cómo has podido hacer semejante cosa? Eres un insensato.

-Siempre la he querido abuelo, usted no lo entiende.

-Pero sí que entiendo que el juramento que has realizado es uno de los más peligrosos que puede hacerse.

-Solamente lo es si uno no es capaz de frenar sus sentimientos. Mi corazón siempre estará junto a ella, no al lado de otra mujer.

Diciendo esto, Manuel zanjó la conversación, dejando a su abuelo murmurando entre dientes algo que él no llegó a escuchar, ni siquiera estaba interesado en lo que dijera aquel hombre que lo miraba con la frente y las mejillas llenas de arrugas. Tenía las ideas muy claras ahora que todos los hombres y las mujeres de aquel pueblo le hubieran escuchado pronunciar aquellas palabras, aquel juramento.

Cuando llegó a casa, su hermana, tumbada por culpa de una gripe que la había postrado en la cama aquellos días, le preguntó qué era lo que estaba haciendo. Le veía coger algo de su ropa y meterla en un hatillo, pero por más que le preguntaba y le pedía que le dijera lo que estaba ocurriendo, su hermano mayor no le dijo nada. La chica volvió a tumbarse en la cama y la fiebre que la atacaba la hizo dormirse durante unos momentos.

Lo primero que vio nada más abrir los ojos, después de aquel sueño impuesto por el calor que emitía su cuerpo desde el interior, fue a su hermano mayor con el hatillo hecho. Sobre su hombro descansaba una rama, agarrada por su mano. Al final de la rama, la tela que atada por sus puntas se agarraba a la madera.

-Me voy –dijo a su hermana mientras la tocaba la frente-. Aquí ya no puedo hacer nada.

-Pero ¿a dónde vas a ir? –preguntó la niña esperando que su hermano cambiara de opinión.

-A cualquiera lugar. No me importa recorrer el mundo. Solamente necesito encontrar un lugar en el que pueda vivir feliz.

La niña quiso preguntarle si aquel no era un lugar feliz, si no era feliz junto a ella y a sus padres, pero no le dio tiempo. Manuel se marchó de la casa, dejando a su hermana a solas, esperando que sus padres llegaran pronto para poder evitar la marcha de su hermano mayor. Pero nadie escuchó sus plegarias. Para cuando sus padres cruzaron el umbral, Manuel ya había rebasado la frontera de la población.

II

Tuvo que pasar algunas noches al raso, pero no le importó. Pensaba que de aquella manera su cuerpo se curtiría y podría resistir mucho mejor las inclemencias del tiempo. Estaba dispuesto a trabajar duro para crearse otra vida. Una vida lejos de sus seres queridos, pero siempre con el recuerdo de su amada.

Comía de lo que la gente le daba, o lo cambiaba por algún trabajo que pudiera hacerles en aquellos momentos. Una anciana le pidió que cortara leña para ella de un árbol caído cerca de su casa. Armado con un hacha, Manuel trabajó toda la tarde para poder llevarse un mendrugo de pan a la boca para comer y unos huevos para cenar, además de conseguir un lecho en el que descansar. La señora le había pedido que se quedara con ella, que ella cuidaría de él, pues se parecía mucho al nieto que se había marchado hacía ya un tiempo a la guerra y aún no había vuelto. Pero el joven muchacho no quiso suplantar a nadie. Con pena, pero con el cuerpo repuesto por algunos días de buen descanso e igual comida, Manuel dejó atrás la casa de la anciana para adentrarse en una aldea donde le recibió un hombre con su rebaño de ovejas. Durante varios días, Manuel ayudó al hombre con las ovejas, sin siquiera pisar el pueblo del que el hombre hablaba a cada instante.

-Me vendrá bien un ayudante –dijo el hombre a Manuel, quien se sentía orgulloso al escuchar aquellas palabras-. Si lo deseas, puedes quedarte en mi casa mientras trabajes para mí. Veo en ti un buen futuro como pastor. Yo te enseñaré todo lo que tengas de aprender. Sé que no me arrepentiré de mi decisión y espero que tú tampoco.

Tras una semana en el campo, los dos volvieron al pueblo, donde el pastor fue recibido por su mujer con una sonrisa en la cara y un plato de lentejas en la mesa. Después tuvieron que ser dos platos, pues cuando vio a Manuel, a la mujer se le iluminaron los ojos y no permitió que el muchacho comiera en otro lugar que no fuera aquella casa. La amabilidad de la mujer hizo sentir al chico que se encontraba como en su propia casa y así se lo hicieron saber. A partir de ese momento sería uno más en la familia.

Pero la satisfacción de sentirse querido en aquel lugar, terminó en cuanto la puerta se abrió y hombre y mujer se levantaron de las sillas en las que estaban para saludar a quien acababa de entrar. Desde su posición, Manuel pudo ver a una hermosa joven que se abrazaba a la mujer, llamándola madre.

-Es nuestra hija, Blanca –dijo el hombre presentándosela a Manuel-. Ha estado sirviendo en la capital y ahora ha venido a ayudarnos en la casa.

Manuel solamente se atrevió a mirar a la joven durante unos momentos, para evitar poder recordar su cara durante más tiempo del que quisiera.

III

-¿Ocurre algo? –quiso saber Blanca acercándose a Manuel, quien se encontraba arreglando el tejado de la cuadra. Esperó a que el chico hubiera bajado por la escalera para poder preguntárselo-. Nunca me has dirigido la palabra más de lo necesario, como si no quisieras conocer más cosas sobre mí. Y ya ha pasado más de un año desde que vives en nuestra casa.

Manuel la miró fijamente a los ojos y no pudo hacer otra cosa más que contarle su vida anterior, la muerte de su amada y la promesa que le había hecho.

-Eso que me cuentas te honra. Aún después de la muerte sigues amándola, pero yo no voy a hacer que rompas esa promesa. Solamente deseo que seamos amigos. Si debemos vivir bajo el mismo techo, prefiero tener a un amigo que a un desconocido. Mi padre te ha tomado mucho cariño y no desea otra cosa que enseñarte el arte del pastoreo. Pasarás temporadas fuera de este lugar y cuando vuelvas, tendrás a una amiga en esta.

Manuel, agradecido por aquellas palabras, abrazó a Blanca, quien le dio un beso en la mejilla acompañado por una sonrisa amistosa. Dejó al muchacho seguir trabajando mientras ella se iba a ayudar a su madre.

IV

Los días habían pasado, al igual que los meses y pastor y ayudante ya estaban preparados para volver a su casa. Al hombre le esperaba su mujer y su hija, al joven le esperaba el recuerdo que jamás le había olvidado y una amiga con quien compartir las vivencias de aquellos días fuera del refugio de la casa donde ella esperaba.

Cuando llegaron a la casa, Manuel preguntó por Blanca al no encontrarla en la casa y fue la madre de ésta quien le dijo que no se hallaba en el pueblo, que había salido con una amiga para acompañarla hasta el pueblo más cercano, donde debía hacer un trabajo. Dijo que llegaría tarde, por lo que no la esperarían para cenar.

Tras comer todo lo que le pusieron en el plato, Manuel se retiró a su dormitorio, donde se quedó traspuesto en pocos minutos. Durmió plácidamente hasta que un ruido le despertó. En la oscuridad de la noche vio una figura humana que lo miraba sentada en la cama donde él se encontraba. Aturdido por el sueño que tenía, preguntó:

-¿Isabel?

Antes de que la figura pudiera contestar, si es que iba a hacerlo, se levantó y abrazó a la figura. Por unos segundos pensó que sus brazos se iban a aferrar a la nada, pues había escuchado a más de una persona decir que algunas noches parecía ver una silueta a los pies de su cama, pero que desaparecía en cuando encendía una vela. Se trataba de la oscuridad que jugaba con la vista de los hombres.

Pero aquella figura fue cogida por sus brazos y la asió hacia su cuerpo para poder sentirla. Buscó unos labios en ella y los encontró, deseosos de unirse con otros. Se deshizo de su ropa y tomó aquel cuerpo bajo el suyo, para después caer rendido.

Cuando uno de los gallos de la casa cantó al ver la luz del sol aparecer por el horizonte, Manuel abrió los ojos, encontrándose sobre el cuerpo desnudo de una joven. Recordó lo que había ocurrido. Isabel había llegado por la noche y ahora se encontraba junto a él. Era un milagro. Se incorporó y se echó las manos a la cabeza al comprobar que no se trataba de su amada Isabel, sino de Blanca, quien dormía plácidamente bajo su cuerpo.

Asustado y horrorizado por lo que había hecho, salió corriendo de la habitación tras vestirse y del mismo modo dejó la casa atrás para gritar lejos de los oídos de los aldeanos, ya cuando su cuerpo estaba protestando por la carrera que había tenido que sufrir. Su grito de rabia rebotó entre los árboles que se encontraban junto al pequeño río que regaba las tierras cercanas al pueblo.

-No grites –dijo una voz tras él.

Se giró, pero no encontró a nadie que hubiera podido decir aquellas palabras. Se encontraba solo en aquel lugar, pero había escuchado con total nitidez la voz de una persona que le había hablado.

-¿Quién eres? Muéstrate.

-No puedo mostrarme, pues no tengo un cuerpo al que puedas abrazar o amar.

Manuel cayó de rodillas al reconocer aquella voz. Isabel, su amada fallecida estaba hablándole y conocía todo lo que había ocurrido. Se sentía avergonzado y las lágrimas comenzaron a aflorar de sus ojos. No podía borrar de su memoria lo que había ocurrido por la noche, pero tampoco podía olvidarse de la promesa que había realizado frente a la tumba de su amada.

-Siento mucho lo que he hecho. Estaba seguro de que se trataba de ti, que habías venido a verme tras todo este tiempo. Ella no tiene la culpa, lo juro. Tal y como te prometí y te pedí, manda a algún ser para que me reúna contigo en la muerte, ya que no he sabido mantener mi promesa en la vida. Pero déjala a ella. Yo he sido el único culpable.

Bajó la cabeza, avergonzado, pero sintió cómo unos dedos invisibles le obligaban a levantar de nuevo la vista y mirar al frente. Una forma translúcida apareció delante de suyo, a pocos centímetros de su cara se hallaba la cara de Isabel, aunque pudiera ver a través de ella la arboleda que se levantaba a su espalda. Aquella hermosa faz sonrió y besó en la frente.

-Eres culpable de lo que siente tu corazón, pero yo no puedo pedir que sigas con esa maldita promesa. Has vivido junto a una buena muchacha, quien te quiere con locura, pero que respeta todo lo que sientes por mí, por una persona a la que no volverás a ver.

-Pero yo esta noche...

-Lo de esta noche –susurró aquella imagen poniendo unos dedos invisibles en los labios de Manuel-. No ha sido culpa de nadie. Yo misma he llevado a Blanca hasta tu cama. Ella no tiene nada que ver con lo que ha pasado.

Manuel miró a los ojos de aquella imagen, quien pareció sonreír, pero era una sonrisa que no demostraba una alegría total.

-Ella está esperándote. Vuelve junto a ella y sé feliz. No me olvides.

Manuel se levantó y comenzó a caminar hacia el pueblo, mientras una ráfaga de viento deshacía la figura etérea con la que había hablado.

-Nunca lo haré. Siempre te querré aunque ahora otra mujer esté en mi corazón.

V

Corrió hasta la casa, llegando al lugar antes de que las dos mujeres se levantaran. El padre ya no se encontraba allí. Seguramente hubiera salido con el rebaño a los pastos cercanos y al no encontrarse con Manuel en la cocina, como todos los días, habría salido de la casa él solo.

Entró a casa y continuó su camino hasta donde dormía, encontrando aún a la joven con la que había pasado la noche. Se sentó en la cama y la contempló detenidamente. Una hermosa joven que le había ofrecido su corazón y su cuerpo. Dormía plácidamente y la dejó de aquella manera tras besarla suavemente en los labios.

jueves, 18 de agosto de 2011

El cáliz robado

Todos nos hemos quedado alguna vez asombrados por la espectacularidad que desprenden algunos cálices en las iglesias. Devotos de todos los tiempos y de todos los siglos han deseado tener entre sus manos la copa frente a la que los párrocos recordaban la última cena de Jesucristo. Algunos aseguran que con aquel objeto entre las manos, hasta el hombre más humilde se siente poderoso.

No se trata de las leyendas del Rey Arturo en busca del Santo Grial, aquella también es la copa en la que el hijo de Dios vertió vino para después llevárselo a la boca y que después, José de Arimatea rellenó con la sangre que caía de la cruz. Todo eso son leyendas que han perdurado sin que el paso del tiempo les haya quitado la más mínima pizca de ilusión. Puede que en el subconsciente de esas personas y en la leyenda del rey de reyes, se encuentre la razón de ese sentimiento de poder cuando dicen tener entre sus manos una réplica del cáliz sagrado.

Pero no era el de la leyenda el que me miraba desde lo alto del altar mientras el párroco lo dejaba para retirarse y arrodillarse después de beber de él. Vino que en esos momentos era la sangre de Cristo, de quien nos debía librar en su segunda venida.

Allí me encontraba, con la curiosidad a flor de piel, esperando a que ocurriera algún milagro. ¿Milagro? No es que ocurriera uno realmente en la historia que me contaron. Una historia en la que ese mismo cáliz era uno de los principales protagonistas. Pronto, el párroco volvió a depositarlo en el sagrario, ubicado tras el altar y cerrado con una llave que disimuladamente se introdujo por debajo de la sotana.

Años antes, unas manos volverían a abrir aquel lugar, donde el candado aún no había sido colocado y el cáliz había sido robado.

I

El anciano párroco dijo la última misa de su vida, el último acto frente a sus fieles, antes de caer muerto en la sacristía, donde unas horas después le encontraría la esposa del lechero, quien siempre se acercaba a la iglesia para confesar los pecados que decía haber cometido.

Aquella noticia llegó rápidamente a todos los oídos de los habitantes del pueblo, lo que llenó de tristeza los corazones de los paisanos. También llegó a oídos del obispado, quien rápidamente envió a un joven párroco para llevar a cabo el funeral y el entierro del anciano cura. Desde el momento en el que el cuerpo de aquel hombre fuera acogido por la tierra, su lugar sería ocupado por el joven Tomás.

En un principio, los habitantes se sintieron algo cohibidos por la juventud de aquel joven. ¿Cómo iba a reaccionar aquel joven párroco sin haber ejercido con anterioridad en otra parroquia? El joven Tomás comprobó que las personas no acudían al oficio de los domingos tanto como antes, tal y como se lo había comentado el propio obispo. Le habían encomendado aquella misión, continuar con el rebaño del antiguo párroco, pero estaba fracasando.

Pasaban los días y Tomás veía cómo cada vez que comenzaba la eucaristía, eran menos los feligreses que se hallaban en el templo sagrado. Podía contar con los dedos de su cuerpo las personas que se encontraban durante el oficio.

II

Esperanza no era más que una joven de dieciséis años cuando vio por primera vez al párroco que había llegado hasta su pueblo para enterrar al anciano cura que la había visto crecer. Lo observó serio mientras pronunciaba todas las palabras para que el Señor acogiera en su seno al anterior párroco y le pareció un verdadero ángel. Don Álvaro les había contado más de una vez la historia de los ángeles y en aquel momento, Esperanza acababa de ver a uno de ellos que había bajado a la tierra junto a los hombres.

Mientras sus vecinos iban perdiendo en entusiasmo por acudir a la iglesia, ella sentía que debía acercarse al ángel, pues su corazón latía con fuerza cada vez que le veía pasar por delante de su casa. Suspiraba cada vez que veía la silueta del párroco y creía morir cuando alguna mujer se acercaba a él para confesarle sus pecados.

Ella quería confesar que soñaba todas las noches con su cuerpo, con él, que era su amante nocturno y que desearía que dejara de serlo solamente en sueños. Deseaba sentir su calor y que sus labios recorrieran su cuerpo.

Todos los días, al acabar la liturgia, intentaba acercarse a él. Necesitaba hablar con el joven cura, pero siempre se arrepentía y salía corriendo hacia la casa en la que servía.

III

Pasaron los días y las semanas y por mucho que Esperanza, por su parte, y el propio Tomás intentaran implicar a los vecinos a que volvieran a la iglesia, la menor afluencia a las misas por parte de los vecinos llegó a oídos del obispado, quien quiso poner cartas en el asunto.

Un emisario se acercó hasta el lugar para averiguar la causa de aquella separación entre el pueblo y la Iglesia. Supo entonces que la gente había dejado de acudir a la iglesia a causa de la juventud del párroco. Personas acostumbradas a reverendos de edad mucho más avanzada, no veía con buenos ojos a quien era el sustituto de don Álvaro.

Para evitar perder a los feligreses y con ello una suma de dinero a base de los donativos de los propios aldeanos, se decidió sustituir al joven Tomás por un sacerdote de mayor edad y así lo hizo saber el joven párroco en una de las misas. Algunos de los asistentes asintieron con la cabeza, viendo que sus súplicas habían sido escuchadas, mientras que otros no eran partícipes de ninguna de las dos medidas: les daba igual quien fuera quien les guiara por los caminos del Señor.

Esperanza no podía creerlo, estaban a punto de alejar a su amante secreto de ella. Lo llevarían a un lugar donde seguramente no volvería a verlo jamás.

-Padre – dijo un día acercándose a él tras la misa, perdiendo todo el miedo que la atenazaba cada vez que se encontraba cerca de él-, debéis oponeros a ello. Ellos os trajeron a este lugar, nosotros lo hemos aceptamos. Os queremos aquí.

-Lo sé, hija, pero como puedes comprobar, hay muchos que no ven con buenos ojos mi juventud.

-Yo soy joven padre. Puede que su edad no sea un obstáculo; puede que con ello puede llamar a la iglesia a gente de su misma edad.

-No es tan fácil, Esperanza. No es tan fácil –había dicho el padre Tomás girándose para entrar en la sacristía.

Esperanza quedó impresionada. Jamás le había llamado por su nombre. Ella nunca le había dicho cómo se llamaba, pero él lo sabía. Le dio un vuelco el corazón y viéndose sola, quiso salir de la parroquia, pero algo llamó su atención. El sagrario se encontraba abierto y en su interior se podía ver el cáliz de la iglesia. Una pieza de oro que don Álvaro había asegurado que era una copia exacta del mismo que utilizó Jesucristo en su última cena.

Corrió hacia el altar y asegurándose que nadie la estaba observando, tomó el cáliz y se lo guardó en la pequeña bolsa que siempre llevaba. Lo guardaría en un lugar donde no lo encontraran.

Mientras aquella copa estuviese en paradero desconocido, don Tomás no se movería de aquel lugar y ella podría estar a su lado.

IV

Fue el mismo Tomás quien se percató de la ausencia del cáliz cuando fue a oficiar la misa de la tarde. Sobresaltado, se dirigió a los feligreses que se encontraban allí, entre ellos Esperanza, diciendo que habían robado el cáliz de la parroquia. Todos ellos se echaron las manos a la cabeza, algunos hombres y señoras sollozaron, conocedores del valor que tenía el sagrado objeto.

Al poco, se presentó allí la Guardia Civil, quien quiso saber lo que estaba ocurriendo allí. Uno de los feligreses había ido corriendo a avisar a la guardia, sin contarles realmente lo que había ocurrido.

-Así que alguien ha tomado prestado el cáliz de la iglesia –dijo uno de los guardias dirigiéndose directamente al padre Tomás.

-No quiero acusar a nadie, señor, pero pienso que es la única posibilidad. Todo el mundo en este pueblo conoce la existencia de esa copa.

-Por lo que ha podido ser cualquiera –sentenció el guardia sonriendo.

Ya había estado en situaciones parecidas a aquella y por esa razón sonreía. El obispado le daba carta blanca para registrar todas las casas de la aldea. Todos los vecinos deberían seguir las instrucciones de la guardia sin siquiera pensar en lo que estaban haciendo. Ellos mandaban, los demás debían obedecer como si les fuera la vida en ello. Todo era poco por recuperar una reliquia que debería estar en el obispado, tal y como reclamaban desde el palacio episcopal.

V

Se decidió que los registros comenzaran al día siguiente, al alba, lo que provocó que pocos vecinos pudieran dormir tranquilamente. Nadie sabía dónde se encontraba la copa, pero temían que por esa misma razón fueran el objeto de las iras de la guardia, encontrándose bajo el mando del obispado.

Habían pedido a don Tomás que acompañara a los guardias en los registros, por si se encontraba algo parecido, que pudiera verificar su autenticidad. Aquella era la razón por la que a media noche se encontraba aún despierto, paseando por la iglesia, rezando para que ninguno de sus feligreses hubiera sido el ladrón.

-Padre, ¿tiene un momento? –preguntó Esperanza al entrar en la Iglesia.

-Claro, hija. ¿Qué es lo que deseas?

-Vengo a devolverle esto –dijo sacando de entre sus faldas la copa que había desaparecido del sagrario.

-Pero Esperanza, ¿cómo has podido realizar una acción así? –preguntó el párroco cogiendo la copa de las manos de la joven-. Robar es algo muy grave.

-Lo sé, padre, pero era la única forma de evitar que os marcharais de aquí. Os necesitamos en este pueblo.

Esperanza se abrazó a don Tomás, que la recogió en sus brazos mientras la acariciaba la cabeza. La joven se encontraba arrepentida y sollozaba en los hombros del párroco.

-Lo que has hecho está mal, pero debo darte las gracias por ello. Veo que en este pueblo hay alguien que es capaz de pecar por ayudar a su prójimo. Lo tuyo no es un pecado, es una valentía.

-Es un pecado, padre. Porque os amo.

Don Tomás se apartó de la joven Esperanza, quien no se atrevía a mirar a quien tenía delante. Ante ella se encontraba el hombre con el que soñaba todas las noches, el mismo que ahora la miraba horrorizado al escuchar aquellas palabras.

-Debes estar confundida, hija. Lo que sientes por mí no es amor, simplemente afecto por ser el párroco de este lugar, a quien ves todos los días y escuchas en la misa. Es un error.

-No es un error cuando por las noches pienso en usted, padre –dijo acercándose a él, colocándose a escasos centímetros de su cuerpo-. Os deseo padre.

Los labios de Esperanza estuvieron a punto de encontrarse con los del asustado padre Tomás, pero se separaron cuando se escuchó entrar a alguien más en el templo. Los dos vieron aparecer a un guardia que se acercaba corriendo hacia su posición.

-Padre, han parado cerca del río un carro y se cree que puede estar allí el cáliz robado.

-No hijo, dejad tranquilo a ese hombre –dijo el padre Tomás mostrando el cáliz que le había entregado Esperanza-. Aquí está el objeto robado.

Los ojos del guardia se lanzaron directamente hacia la joven, pero el párroco se interpuso en su visión, negando con la cabeza para después confesarse autor del robo.

-No hagáis caso a esta joven –dijo cuando Esperanza quiso protestar-. Ella ha sido quien me ha hecho entrar en razón. Pensaba que robando el cáliz me quedaría en este lugar, pero he comprobado que hay personas que no merecen un párroco como yo. Se merecen algo mejor.

Se colocó junto al guardia y éste le indicó que saliera de la iglesia. Antes de abandonar el lugar, Tomás se giró para observar a la joven y sonrió. Había tenido un error, un grave error, pero ella sería capaz de salir adelante. Las palabras que ella le había brindado, contándole su pasión, no se borrarían de su cabeza y aquello no era natural para un párroco.

* * *

Acabó don Tomás ajusticiado en el garrote vil. El pueblo al completo se congregó en la plaza, donde se había colocado el instrumento de tortura para acabar con la vida del cura ladrón. Todos esperaban con impaciencia que el tornillo acabara con la vida del ladrón, pero cuando ocurrió aquello, Esperanza se había marchado de la plaza con lágrimas en los ojos. Quiso redimir su pecado de la única forma que veía posible: dando su vida por los demás.

¿Piensan ustedes que un joven párroco podría seguir los destinos de Jesucristo después de escuchar de labios de una joven que lo amaba, que lo deseaba y que soñaba todas las noches con él? Aquellas palabras fueron un verdadero puñal para el padre y pensó que su vida como párroco ya había terminado. Ella merecía seguir viviendo, pues sentía que en su corazón había toda una vida por salvar.