Todos escuchaban atentos la historia del
abuelo; sentados frente al hogar que crepitaba en la chimenea. Julio, el mayor
de sus nietos, había sido el encargado de alimentar el fuego que calentaba e
iluminaba aquella habitación.
Sabía el anciano que sería su última
Navidad junto a sus nietos. Su salud y su edad le aseguraban que eso sería así,
que debía disfrutar del poco tiempo que le quedaba entre los suyos. Y aquel era
uno de aquellos momentos que deseaba; una tarde junto a todos sus nietos, a
escasas horas de la cena navideña, la cena de Nochebuena; la única cena en la
que se juntaban todos sus hijos. La única ocasión en la que se reunían para
celebrar junto a él el nacimiento de Jesucristo.
-Pero hoy no solamente se celebra el
nacimiento en Belén –sorprendió el anciano sentado en su silla preferida de
mimbre-. Aquí, en este pueblo, celebramos otra cosa.
-¿Qué es lo que se celebra, abuelo?
–preguntó el más pequeño, ya cercano a los ocho años.
-¿Una muerte? –dijo quien tenía trece
años.
-¿Un amor verdadero? –quiso saber una de
las nietas.
-Ni una cosa ni la otra –dijo el hombre
sonriendo.
I
Los dos jóvenes saltaron al jardín
después de haber caminado por los tejados de todas las casas adyacentes.
Estuvieron unos instantes completamente inmóviles, esperando que alguna luz
apareciera en el interior de la casa, pero ésta no apareció.
Sabían que sus huellas iban a quedar en
la nieve, mas lo que no deseaban era que las autoridades ni nadie del pueblo
les viera cometiendo el robo.
Quien llevaba el plan en su cabeza, hizo
una señal a su compañero y juntos se acercaron hasta la tapia más alejada de la
casa a la que hacía unos segundos habían mirado para ver aparecer la luz. Los
dos amigos saltaron aquel muro y cayeron sobre más nieve. Sus pasos quedaban
marcados en el blanco suelo, al igual que había quedado en los tejados; pero
allí nadie iba a enterarse de aquello.
No le había gustado nada trepar y caminar
sobre las tejas, algunas sueltas y resbaladizas, pero su compañero le había
insistido una y otra vez. Hasta que tuvo que acceder a aquellas presiones.
Según sus palabras, iban a hacerse ricos con lo que iban a conseguir aquella
noche.
En aquella oscuridad en la que sus ojos
no eran capaces de apreciar nada por el momento, tropezó con algo que pronto se
deshizo de la nieve que lo cubría. Ante él apareció una cruz de hierro que
pronto le hizo comprender dónde se encontraban.
-Por Dios Santo, Mateo –dijo en la
oscuridad a su amigo y compañero de aquella noche-. Nos has metido en el
cementerio.
-¿Cómo quieres llegar a la capilla sin
pasar por la puerta? Cállate, que nos pueden oír.
Su compañero tenía toda la razón. Podrían
escucharles. Junto a la puerta del camposanto, se encontraba una pequeña
vivienda en la que pasaba sus días el enterrador del pueblo. Todo el mundo
sabía cómo se las gastaba aquel cascarrabias y si los pillara en aquella
excursión nocturna, seguramente les molaría a palos. No tenía ningún miedo,
siempre había comentado que los que estaban allí enterrados no hacían ningún
ruido. Solamente los humanos vivos eran capaces de despertarle del sueño.
Continuaron caminando entre las viejas
tumbas, las que se encontraban en la parte posterior de la capilla, la cual se
encontraba en el mismo centro del cementerio.
Cuando llegaron a la pared de la capilla,
se pegaron a ella, como para confundirse con ella. Debían entrar en la capilla,
por la puerta que se encontraba cerrada con una verja y frente a la entrada del
cementerio. Cualquier persona que pasara por la calle podría verles si lanzaban
sus ojos hacia el interior de donde descansaban sus seres queridos. Se trataba
del momento más delicado de aquella aventura. No había ninguna tumba que les
protegiera, tras la que se pudieran esconder, pues los vecinos habían deseado
desde hacía años que la imagen que se encontraba en el interior de la capilla
pudiera verse desde la puerta del cementerio, sin ningún obstáculo que
impidiera su admiración.
Y ahora era cuando él debía realizar el
trabajo que conocía a la perfección. Desde que un perro hubo pasado la noche en
el interior de la capillas después de haber abierto la verja, se había decidido
por orden del alcalde a colocar un candado. No estaba orgulloso de su condición
de persona capaz de abrir puertas con una facilidad extraordinaria, pero
gracias a sus manos iban a ser ricos.
Tras unos minutos introduciendo finas
agujas en el ojo del candado, y mientras su compañero miraba en todo momento
hacia la casa del enterrador, la verja estuvo abierta.
Le hizo a un lado de un empujón y entró
en la capilla. Sentado en el suelo, el excelente cerrajero observó a quien le
había llevado hasta allí, ante la imagen de la Virgen y el niño. Y no
realizó lo que había pensado en un principio. Estaba convencido de que iban a
robar la corona de oro de la
Virgen, pero Mateo no había cogido aquel objeto de oro. En
sus manos se hallaba el cristo; el niño Jesús en pañales.
-Mateo, deja al niño. Hemos venido a por
la corona –susurró levantándose. Habían hecho algo de ruido al abrir la verja y
aunque creía que no podía haber llegado a oídos del enterrador, no estaba
seguro de ello.
-No amigo, lo único que hay de oro en
esta capilla no es la corona, sino el niño.
Ante sus ojos, Mateo rascó con la punta
de una navaja sobre la rodilla de la imagen del pequeño y apareció una capa de
oro.
-¿Nunca te habías preguntado por qué pesa
tanto este niño Jesús? Se trata de una imagen de oro macizo.
II
Varios gritos le sacaron del sueño en le
que se encontraba sumido, asustándole. Uno de ellos, el que más le atemorizó,
fue dentro de su casa. Su esposa había comenzado a chillar y lo llamaba
desesperadamente. Corrió hasta donde se encontraba la joven mujer y la halló en
el suelo, sentada, llevándose las manos a la tripa en cuyo interior llevaba a
su primogénito.
-Vete a buscar a la partera –chilló la
esposa presa de los dolores-. Ya viene.
Bajo sus piernas, se encontraba un charco
de un líquido viscoso, pero él no se atrevió a preguntar. Su suegra había
hablado con la joven y seguramente todo aquello que estaba ocurriendo fuera
algo normal. El no sabía nada de lo que tenía que hacer. Estaba aún más
asustado que cuando se había levantado y solamente pudo obedecer a los gritos
de su esposa, quien volvió a chillarle que fuera a buscar a la mujer que
deseaba tener a su lado.
Salió a la calle y allí escuchó los otros
gritos que le había sacado de su sueño.
“Han robado al niño de la capilla del
cementerio” escuchó decir mientras se encaminaba hacia la casa de la partera.
“Qué vergüenza”
“Han llamado a la Guardia Civil.
Cogerán al culpable”
Algunos le preguntaron incluso si había
escuchado algo, si sabía algo, pero como excusa para no responder, colocó en
sus labios el embarazo de su joven amada.
Cuando llegó a la casa en la que vivía la
mujer que solicitaba su esposa, llamó golpeando la puerta con sus puños
cerrados. Esperó unos segundos a que se escuchara algo en el interior de la
vivienda o que en cuarterón de la puerta se abriera, pero no ocurrió nada de
aquello. Lo único que se abrió fue una ventana de una casa vecina, donde una
anciana asomó la cabeza para poder darle la noticia.
-Fuencisla no se encuentra en casa,
muchacho.
-¿Dónde está? Necesito que venga a mi
casa. Mi esposa se encuentra de parto.
-Creo que se ha acercado hasta el
cementerio. He escuchado que esta noche han robado algo. No sé quien ha podido
romper el sueño de los muertos.
Aquellas últimas palabras las
dijo cerrando ya la ventana, pero llegaron a oídos del propio ladrón, de quien había ayudado a abrir
la puerta de la capilla.
III
La mayoría de los habitantes del
pueblo se encontraban allí, en el interior del pequeño camposanto. Muchos
contemplaban las tumbas de sus familiares, pero lanzaban miradas hacia la
capilla, lugar en el que había sucedido el robo.
No podía entrar a causa de la
cantidad de gente que se agolpaba en a puerta y tuvo que empujar a algunos
hombres, pero no llegó siquiera a cruzar los muros que delimitaban el
cementerio. El pequeño recinto se encontraba lleno y no podía distinguir cerca
suyo a la señora a quien había ido a buscar.
“Herminio lo ha encontrado así”
dijo un hombre a su lado.
Herminio, el enterrador. Cuando
hubo abierto la puerta del cementerio, se había percatado de que la capilla no
estaba cerrada. Tontos; no habían cerrado la verja. De haberse acordado de
cerrar aquella puerta de hierro, puede que el robo hubiera pasado más
desapercibido.
Levantó la cabeza y lo que vio no
le gustó en absoluto. Dos hombres ataviados con el traje de Guardia Civil se
hallaban en la puerta de la capilla. Por suerte, no podían saber la identidad
de los ladrones, pero sí podían sospechar y llegar hasta ellos. Mucha gente les
había visto por la noche. Mateo y él habían paseado por las calles a pesar del
frió que hacía; todo ello antes de comenzar a subir por los tejados de las
casas y así acercarse al cementerio sin dejar huellas en la nieve caída de las
calles.
Aquellos dos hombres uniformados iban a
preguntar y sus nombres saldrían en las conversaciones. Tenían que deshacerse
de la imagen del niño.
IV
No pudo saber cuánto tiempo
estuvo allí, intentando pasar desapercibido para los vecinos, buscando a la
señora, lo que pudo hacer tras mucho tiempo llamándola por su nombre.
-Mi esposa se ha puesto de parto.
Debe acompañarme.
Muy amablemente, la señora le
siguió hasta su casa, pero la imagen que se encontró fue desoladora. La joven
se encontraba tumbada en una cama. Varias vecinas, que la habían escuchado
gritar de dolor, habían entrado en la casa para ayudarla en lo que pudieran. No
estaba consciente, pero respiraba con tranquilidad.
Una joven de apenas trece años,
llevaba en los brazos varias sábanas manchadas de sangre. Apretó el paso cuando
vio entrar en la estancia a su vecino, el joven esposo de la joven que se
encontraba en la cama.
Quien parecía más mayor de todas
aquellas mujeres, se acercó hasta el hombre mientras la señora partera se
colocaba ante la esposa yaciente. Negó con la cabeza varias veces y dejó pasar
a su hija, de edad parecida a la de él. Llevaba en las manos un bulto envuelto
en una sábana ensangrentada. No hizo falta que le dijeren de qué se trataba aquello
que portaba su vecina, ya lo sabía: era el cuerpo sin vida de su hijo.
-Lo siento mucho.
Tomando el cuerpo de su hijo,
salió a la calle y gritó desesperado, rogando al cielo que aquello no fuera
verdad. Pero solamente le escucharon los vecinos que no se hallaban en el
camposanto. Pocos pudieron escuchar sus gritos de dolor por la pérdida.
V
Despidió a la última vecina que
había velado el cuerpo del niño y se dispuso a cerrar la puerta. Su joven
esposa se encontraba en la cama, sin querer levantarse y después de haberse
tomado varias infusiones que una vecina le había obligado a beber. Rota por el
dolor de haber dado a luz a un niño muerto.
No quería molestarla y se
alegraba de que se encontrara adormilada. Se sentaría en su sillón de mimbre y
pasaría allí la noche. Se maldijo varias veces, recordando que si hubiera
encontrado a la partera en su casa, el pequeño podía haberse salvado. Todo por
culpa de su amigo Mateo. ¿Por qué se había dejado llevar por él y le había
hecho caso? ¿Por qué tuvo que ir al cementerio y robar la imagen del niño
Jesús? Pero también era culpa suya. Puede que la idea hubiera salido de la
cabeza de Mateo, mas él le había seguido en todo momento. Se había tratado de
dinero fácil, pues había sido simplemente un robo que había llamado la atención
a los vecinos. Tanto lo había hecho, llamarles la atención, que habían acudido
en masa al camposanto y hasta allí había ido la comadrona, por lo que no había
podido estar en su casa para poder salvar a su hijo.
-No puede ser –dijo a la noche sin
poder cerrar la puerta de su vivienda.
Había visto a alguien que llegaba
corriendo, con un objeto envuelto entre las manos. Por sus medidas y su forma
de correr, conoció a Mateo en aquella sombra que seguía corriendo hacia su
casa. Estuvo a punto de cerrar la puerta, pues no deseaba verle, pero no pudo
cerrar: sabía qué era lo que traía entre las manos.
-Siento lo de tu hijo, pero
tienes que hacerme un gran favor. Cógelo.
Le tendió el objeto que traía
abrazado y entre los dos, bajo un paño, apareció el rostro dorado del niño
Jesús de la capilla del cementerio.
-¿Estás loco? ¿Qué quieres que
haga con esto?
-Guárdalo bien y en cuanto pase
el peligro, lo podremos vender.
-Y ¿por qué yo?
-Están siguiéndome.
Miró hacia la calle por la que
había venido y tras dar varias palmadas a su amigo, se marchó corriendo,
empujándole hacia el interior de la casa.
-Entra en casa y cierra la
puerta, insensato.
Hizo lo que le ordenó Mateo y
cerró la puerta, quedándose unos momentos mirando por el cuarterón a medio
abrir. Por delante de su vivienda, pasaron corriendo varios hombres uniformados
que los escuchó gritar instantes después.
-Alto a la Guardia Civil.
Se escucharon dos truenos y
después el silencio. Pero el cielo se encontraba completamente limpio, sin
ninguna nube. Se dejó caer en el suelo con la talla en su regazo, conocedor de
lo que acababa de ocurrir en la calle.
La Guardia Civil
acababa de disparar a su compañero y rezó para que solamente estuviera herido.
Algunos vecinos les habían visto aquella noche anterior y seguramente fueran
los dos primeros sospechosos y la huida de Mateo les hubiera puesto sobre la
pista. En poco tiempo, los agentes de la ley acabarían llamando a su puerta.
Observó detenidamente el rostro
del pequeño Jesús que tenía en brazos, cuyo robo había acelerado la muerte de
su propio hijo. Con aquella imagen en la casa sería su vida y la de su esposa
las que estarían bajo sospecha. Si Mateo hablaba, estarían perdidos. Debía
deshacerse de aquella imagen.
Se levantó y salió por el corral
trasero, debiendo saltar un muro de medio cuerpo de altura para encontrarse en
el exterior, fuera de la defensa que podía ser su casa.
VI
¿Qué era lo que podía hacer? No
podían cogerle con aquella imagen entre sus manos, por esa razón pensó en ir
hasta el cementerio y dejar el objeto de oro en la capilla de donde lo
sustrajeron.
Decidió realizar de nuevo el
mismo recorrido que había hecho junto a Mateo la noche del robo.
Mientras caminaba por los
tejados, pudo escuchar las voces de algunos vecinos que se preguntaban la razón
de los disparos. Pudo ver a lo lejos, en la misma calle en la que él vivía, que
los guardias levantaban a su amigo a base de golpes y le gritaban para que
respondiera.
Si los vecinos se encontraban
distraídos con aquel espectáculo, seguramente pudiera colocar en su verdadero
lugar, en los brazos de la Virgen,
a aquel pequeño que tenía envuelto en paños.
Estuvo a punto de caer de uno de
los tejados, pero siguió su camino hasta llegar al cementerio, por el mismo
lugar que en la noche del robo.
Tropezó con varias cruces,
incluso tiró al suelo una de hierro que provocó gran estruendo al chocar contra
una piedra.
Corrió hacia la capilla sabiendo
que aquel ruido despertaría al enterrador y que éste llamaría a la Guardia Civil,
aprovechando que se encontraba en el lugar. Puede que ese tiempo que tardara en
dar la voz de alarma fueran los suficientes como para abrir la capilla y
colocar al niño Jesús, desprendiéndose de la única prueba que les inculparía a
los dos amigos.
Pero se equivocó. La puerta de la
capilla se encontraba cerrada. No podía darse la vuelta, volver a casa y mucho
menos tirar la talla en cualquier lugar. No deseaba que la imagen quedara
tirada en cualquier lugar, pudiendo caer en manos poco cuidadosas con el
pequeño. Sonrió con tristeza cuando recordó que su gran idea era la de vender
aquella imagen. Pero ahora todo había cambiado. Deseaba que todo volviera a
como era antes, a su vida con su esposa y a la imagen del niño en los brazos de
su madre. Se le cayeron al suelo varias veces las agujas que intentaba utilizar
para manipular el candado de la puerta. Volvió a recogerlas y cuando las
introdujo en la cerradura, una voz grave y autoritaria le ordenó que no se
moviera.
Giró la cabeza para poder mirar a
la persona que le había hablado. A su espalda se encontraba el enterrador con
un rastrillo en las manos, blandiéndolo como si fuera un arma; dispuesto a
utilizarla.
-Date la vuelta muy despacio y
devuélveme a Cristo –dijo el hombre.
Se dio la vuelta, obedeciendo de
inmediato lo que le habían ordenado. Se había equivocado. No había sido el
enterrador quien había dado la voz de alarma a la Guardia Civil. Otro
vecino había sido el responsable de que ante él se encontraran ahora los
hombres uniformados y varios vecinos que lo miraban con odio en el rostro.
-Deje la imagen en el suelo –pidió
uno de los guardias apuntándole con el arma.
Se agachó para dejar la imagen y
en cuanto la posó en el suelo, ésta comenzó a llorar.
-Es un milagro –dijo uno de los
vecinos señalando a la capilla.
Pero los ojos del hombre se dirigieron
al bulto que acababa de dejar en el suelo. Un bulto que además de llorar,
comenzó a moverse. Se agachó y descubrió la imagen cuando la despojó de los
paños que lo cubrían. Ante él apareció un bebé que se agitaba. Lo tomó en
brazos y se giró hacia el lugar que señalaban la mayoría de los que se
encontraban allí, que por unos instantes parecían haberse olvidado de él.
Asombrado, acurrucando al pequeño que tenía en brazos, pudo llegar a ver el
interior de la capilla, donde en brazos de la Virgen, se encontraba la imagen del niño Jesús;
el mismo niño que habían robado.
¿Milagro? Para todos los vecinos
que estaban allí, el milagro era que el niño había aparecido en las manos de su
madre tallada. La puerta se encontraba cerrada y nadie había podido superar
aquella verja ante la cual se encontraba aquel hombre con el niño.
Para él, el milagro se encontraba
en sus brazos. No sabía la razón, pero conocía en aquel pequeño que lloraba, al
hijo que había nacido muerto hacía solamente unas horas antes.