lunes, 1 de noviembre de 2010

Reflejos

El viaje me había llevado hasta aquel lugar, donde según leyendas y mitología, unas columnas se levantaban hacia el cielo. Allí se habían encontrado las famosas columnas de Hércules, muy alejadas de la torre que el mismo personaje griego tenía en el norte de España. Ya no quedaba nada de aquella formación, si es que alguna vez habían existido, lo que sí se quedaba era la leyenda.

Pero no me encontraba en aquel lugar para hablar de aquellas columnas. Estaba entre la fantasía y la realidad. Hay muchas cosas que superan la realidad y llegan a ser increíbles. En esta vida todo es una incógnita. ¿Creer o no creer? Aquellas columnas no habían dejado rastro, o yo pensaba eso, pero sí me encontraba frente a una casa que muchos aseguraban ser portadora de una maldición. Aquello parecía haber dejado más huella que aquellos pilares. La portadora de la maldición no había sido la casa en sí misma, ni siquiera había sido la creadora de aquella mala prensa, sino las personas que habían vivido allí hacía años, muchos años.

Varias voces habían sido las que me contaron la historia de aquella familia. Mayores, jóvenes, ricos y pobres. Pero si he de hacer caso a todas aquellas personas que me lo contaron, me sería imposible realizar una narración más o menos fiel a la época de la cual databa la gran casa.

Por lo que recogiendo partes de cada una de las palabras que me regalaron, puedo hacer esta historia llena de reflejos.

I

La pequeña, de nuevo escuchaba los pasos de su padre por la casa. Aún no había salido el sol y faltaban todavía varias horas para que lo hiciera. Eso solamente podía significar una cosa: su padre debía soltar amarras de nuevo y hacerse a la mar en su barco mercante para poder llevar a su familia el dinero que les mantenía en aquella casa. Muchos puertos había conocido y en uno de ellos había encontrado a quien era su esposa entonces, con quien se había desposado con él después de que quedara viudo. Había quedado destrozado después de la muerte de su joven esposa, quedando a cargo de su pequeña hija. Rosalía había quedado huérfana de madre al poco de cumplir los dos años, por lo que el marinero había buscado una nueva cónyuge y madre para su hija.

Largas eran a veces las temporadas que el hombre pasaba fuera de su Cádiz natal, lejos de su mujer y sobre todo, lejos de su pequeña Rosalía. La niña era la alegría de la casa, siendo querida por su padre y sobre todo por su nueva madre, con quien pasaba casi todo el tiempo en casa.

-Padre, no quiero que os vayáis –dijo la niña, de siete años, sorprendiendo a su padre por aquella petición.

-Hija mía –dijo el hombre abrazando a su pequeña-, debo continuar con el trabajo que sé realizar. Por esa razón debo partir. No estarás sola, tu madre estará contigo.

-Lo sé, pero quiero que os quedéis en casa.

El hombre levantó a su hija y la abrazó de nuevo, besándola en la frente y en las mejillas. Sabía lo que aquello significaba y hacía algún tiempo que aquellas palabras no salían de la boca de su hija.

-Ella te quiere como si fuera tu madre, no tienes de qué preocuparte. Ella cuidará de ti.

-Pero no .... No quiero que te os vayáis.

-Debo irme, Rosalía. Debes entenderlo –dijo dejándola en el suelo y levantando un poco la voz a modo de orden. Observó la cara de su hija, desconsolada y pensó que debía hacer algo para no dejar a su hija de aquella manera-. ¿Qué te parece si te traigo algo cuando vuelva a casa?

-¿Haríais eso por mí? –preguntó la niña en el momento en el que su madrastra aparecía en el lugar, a quien había despertado la conversación entre padre e hija.

-¿Qué es lo que más deseas?

-Un espejo.

-¿Un espejo? –quiso saber el hombre, aceptándolo después de varios segundos-. Aquí lo tendrás.

La pequeña Rosalía corrió hacia su dormitorio tras besar a su padre en la mejilla. En su carrera se hizo a un lado para dejar paso a su madre, quien se acercó al marinero.

-Tráela uno grande. Te hecha mucho de menos cuando no estás. Yo cuidaré de ella.

Tras un largo beso y un abrazo, el marinero se separó de su mujer para marchar hacia el puerto.

II

Aquella vez no fue muy larga la espera y tal y como lo había prometido, el marinero apareció con un espejo para su hija. Un gran reflejo de dos metros de alto por uno de ancho, sería ahora el nuevo inquilino de la habitación de Rosalía. En cuanto estuvo libre del papel que lo envolvía, Rosalía pudo verse reflejada de cuerpo entero en el espejo. Viendo la cara de satisfacción de su hija, la pareja se abrazó sabiendo que habían hecho algo bien.

Antes de ser colocado en su lugar donde pasaría años, el padre advirtió a la pequeña que en aquel espejo solamente podían verse reflejadas las vírgenes. Ante la gran expectación de la niña, tuvo que decirla que aquella era una leyenda antigua del lugar del que provenía el espejo.

-Papá –dijo una noche Rosalía, varios días después de que su padre hubiera vuelto con el gran espejo que descansaba en su habitación-. ¿Me prometes traerme un nuevo espejo en cada viaje?

-Claro que sí, pequeña.

Aquello no le gustó a su esposa. Conocía el trabajo de su marido y sabía que al cabo del año podía realizar varios viajes. ¿Iba a llenar la casa de espejos por el capricho una cría? Aquella niña no debería ser tan mimada y así se lo hizo saber a su marido antes de otra partida, ya la quinta desde aquella petición de la niña.

-¿Por qué debes regalarle un espejo en cada viaje que realizar? Vas a llenarlos la casa de ellos.

-Es mi hija, no puedo negarle ese gusto. Es lo único que me queda de su madre y si por ello debe estar la casa reflejada por completo en su interior, así será. Espero que me entiendas.

-Claro que te comprendo, esposo mío. Pero, ¿no te das cuenta que de esta manera la estás convirtiendo en una niña consentida? No soy capaz de hacerme con ella y más de una vez me ha contestado diciéndome que yo no soy su madre. Yo la quiero, pero debes hablar con ella.

III

Con la promesa de que hablaría con su hija, el marinero se marchó. La mujer pudo ver cómo la actitud de Rosalía hacia ella, creyendo que el hombre ya había hablado con su hija. Se disculpaba si consideraba que algo había hecho mal. Las dos llegaron a conocerse durante aquellas largas jornadas en la casa, tal y como deseaba el marinero.

Con una sonrisa en los labios, mostraban la bienvenida al único hombre que habitaba en aquella casa, pues Rosalía aún no había conocido varón. Lo prometido era deuda y un nuevo espejo le acompañaba cada vez que regresaba a la casa. En cuanto llegaba a sus manos, Rosalía salía rauda a colocarlo en algún lugar de la casa y esperaba a la noche para que su padre estuviera junto a ella y le contara todo lo que había vivido en el nuevo viaje.

IV

Lo que en un principio había sido la noche de llegada, pronto se convirtieron en todas las noches, quedando su esposa sola en el lecho mientras su marido y la hija de este se encontraban encerrados en el cuarto de la ya mujercita. Rosalía había cumplido los veinte años hacía unos meses y ya había sido pretendida por varios gaditanos, subyugados por su belleza. Mas la joven no parecía estar interesada en todos ellos. Para ella, esperar a su padre y admirar los espejos que éste le traía, era lo mejor que podía hacer en sus ratos libres.

Los celos roían ya por aquel entonces el cuerpo de la esposa cada vez que el marido entraba en la casa con el reluciente regalo bajo el brazo. Hacía unos años, habría pensado que su marido le podía ser infiel en aquellas largas rutas que a veces debía realizar, pero ahora tenía a la tentación metida en casa.

Todas las noches que su marido estaba en casa y no dormía junto a ella, lloraba en silencio hasta que las lágrimas llegaron a secársele, hartas de tanta frecuencia.

V

Era hermosa la imagen que el espejo devolvía de la joven que se peinaba delante de él. Como su padre le había pedido, se había recortado un poco el pelo y ahora solamente le llegaba hasta los hombros. Deslizaba el peine con sumo cuidado y éste le devolvía aquellas caricias.

-Hola madre –saludó Rosalía cuando vio a la mujer entrando por la puerta, a su derecha-. Ahora mismo acabo y me acerco al mercado.

-No hace falta –dijo la madre sentándose en una silla, a espaldas de Rosalía-. Me acercaré yo un poco más tarde. No te preocupes por ello. ¿Es ese el primer espejo que trajo tu padre?

Rosalía dejó el peine a un lado y giró su cabeza para mirar a su madre. Jamás se había referido a los espejos y eso que en la casa había que buscar un hueco en una pared que no estuviera ocupado por una luna que reflejara todo lo que ocurría a su alrededor.

-Sí, es el primero, el más hermoso de todos. Y según le dijeron, solamente las vírgenes pueden verse reflejadas en él.

-Ya sabes cómo es tu padre. Fantasías que le cuentan y él las vuelve a recitar. Suele decir que es una manera de evitar que se pierdan las costumbres.

-Pero es verdad –dijo la joven señalando el espejo.

Su madre rozó su mejilla en una caricia, lo que las hizo a las dos sonreír.

-Eres hermosa, Rosalía. Una joven hermosa que no necesita ningún espejo para ver su belleza. Es de todos sabido que los jóvenes de edad casadera de esta ciudad suspiran por tu compañía y tú no puedes dejar escapar esta juventud. No vas a ser hermosa y joven para siempre.

-Lo sé –dijo bajando la cabeza en señal de sumisión-, pero padre dice que no debo precipitarme, que ahora estoy bien aquí. Creo que si yo me fuera de esta casa, padre lo sentiría mucho y se volvería loco.

La caricia de la mujer en la mejilla de la joven se convirtió de repente en un puño que impactó con brutal fuerza sobre un pómulo de Rosalía, quien perdió el equilibrio en la silla donde se encontraba y cayó al suelo. Su madre se levantó y la agarró por el cuello, levantándola como un pelele con el que juegan los niños en la calle.

-Eso es lo que tú y tu padre hacéis todas las noches ¿no es cierto?

Otro golpe, este mucho más fuerte que el anterior, partió el labio de Rosalía, que dejó que el miedo se apoderara de ella. Tumbada en el suelo, dejó que sus ojos comenzaran a soltar lágrimas y que su cuerpo comenzara a sentir dolor. ¿Qué le acababa de ocurrir a su madre? Ella solamente escuchaba sentada en la cama las anécdotas que su padre la contaba. Los viajes de su padre eran toda su vida e ilusión.

-¿Crees que no veo las caricias y los besos que te regala cuando llega de sus viajes? –seguía diciendo mientras lanzaba patadas a la chica, que intentaba detenerlas con sus manos desnudas, lo que la llegó a producir heridas en los brazos y una muñeca abierta-. No eres más que una ramera que tiene en este puerto, como tantas otras tendrá.

Ciega por el odio, tomó uno de los espejos pequeños que iluminaban aquella habitación y tras romperlo contra el suelo, lo clavó varias veces en el pecho de Rosalía, quien manoteaba deseando agarrarse a la madre que la estaba matando.

-Madre...

-¡Cállate! –gritó la mujer y para hacerla callar, le pasó el filo del espejo roto por el cuello de la muchacha, que se llevó las manos a la garganta.

-Madre –volvió a decir entre espasmos.

Conociendo que la vida se la escapaba con la sangre que estaba perdiendo por las heridas recibidas, Rosalía alargó uno de sus brazos hacia el primer regalo de su padre, quedando su mano a escasos centímetros de él y sus ojos vidriosos y sin vida mirándolo fijamente.

-Yo no soy tu madre –dijo la mujer respondiendo a la joven, quien había pedido su ayuda y una respuesta por aquella acción.

La madre dejó caer el trozo de espejo ensangrentada sobre el cuerpo de la joven y observó el espejo. ¿Cómo era posible todo aquello? Veía reflejado en la cara pulida el cuerpo de Rosalía, pero nada más. Se encontraba frente al espejo, pero solamente veía a la chica muerta a sus pies, unos pies que no existían en la imagen reflejada. Por unos momentos pensó que la fantasía de su marido era realidad.

VI

Ataviada con ropas oscuras de su marido y amparada por la oscuridad de la noche, la señora sacó de la casa un saco en el que había algo que asustaría a los soldados si la daban el alto y miraban en su interior. Debía rezar para que no aparecieran hasta que hubiera enterrado el cuerpo de Rosalía fuera de la ciudad. Para ello se ayudó del carro y del caballo que tenían en la casa.

Antes del alba, ya había regresado a la casa, donde tuvo que quemar toda la ropa que había llevado para realizar aquella tarea y limpiar la habitación de Rosalía Tragando saliva por el miedo que aquello la infundía, tuvo que restregar la sangre del suelo sin poder verse en el reflejo del espejo, pues para él parecía no existir.

Una semana después, el marinero apareció en la bahía de Cádiz y raudo y veloz se plantó en su casa con un espejo bajo el brazo. ¿Qué número hacía aquel? Había perdido la cuenta de todos, pero seguramente Rosalía lo sabría. Debía preguntárselo.

Cuando abrió la puerta, su esposa salió a recibirle y le dio la bienvenida con sendos besos en la mejilla. El hombre esperó unos minutos a que su hija apareciera y le diera un beso y un abrazo. Tenía tantas cosas que contarla. Aquel viaje había sido una gran aventura por la costa de África, donde había hecho un buen negocio.

-¿No está Rosalía en casa? –quiso saber el hombre al percatarse de la tardanza de su hija.

-No, no está –respondió la mujer bajando la cabeza.

-Bueno, pues guardaré el espejo. Se trata de un objeto único según me contaron en las playas de Túnez. Se lo daré cuando vuelva –se separó de su esposa y caminó hacia su alcoba para dejar allí el regalo.

-De eso quería hablarte, esposo mío –dijo la mujer comenzando a llorar-. Se ha ido y no va a volver. Durante esta larga ausencia tuya, conoció a un joven varón, del que se enamoró perdidamente. Entre los dos mancillaron su honor, y el tuyo, esposo –mintió dando mayor fuerza a sus palabras con el llanto y los balbucéos-. Se marcharon sin decir hacia dónde, conocedores de tu dolor cuando lo supieras.

-Rosalía –mencionó el padre sin mirar a ningún lugar en concreto.

-Sí. No pude hacer nada. La pedía que fuera cautelosa, pero se encaraba conmigo, me contestaba y me repetía una y otra vez que yo no era su madre, que su cuerpo era suyo y de nadie más.

El hombre abrazó a la mujer y la besó con ternura. Ebrio de furia, tomó un antiguo bastón que había pertenecido a su padre y lo descargó con fuerza sobre el espejo que había traído hacía unos momentos. Los trozos del espejo se esparcieron por el suelo, realizando un sonido que asustó a la madre. Cuando volvió a golpear otro de los espejos, la mujer supo que ya no iba a parar hasta que rompiera todos los que se encontraban en la casa. En cada golpe, el hombre deseaba reintegrar su orgullo mientras gritaba:

-Niña ingrata. Esto es lo que merecen mis regalos hacia ti.

Golpeaba con furia los espejos, incluso pisaba algunos de ellos si caían al suelo, siempre con la intención de hacerlos añicos.

Cuando llegó a la habitación en la que Rosalía había vivido durante toda su vida y vio el gran espejo, que había significado el primer regalo, corrió hacia él con el bastón golpeando a los demás espejos que encontraba a su paso. Levantó el arma, lista para descargarla con todas sus fuerzas sobre aquella obra, la única que ya quedaba en la casa, pero frenó su carrera y dio un grito de terror.

Reflejada en el espejo aparecía la imagen de Rosalía, en pie, ataviada con su mejor vestido, mirándole fijamente desde el otro lado del cristal. Bajó el bastón en el momento en el que aquella imagen se lo pidió, levantando una mano como para tranquilizarlo.

Aquella imagen cambió con tanta rapidez que el hombre pensó que jamás había existido. Lo que veía ahora era el cuerpo inerte de su querida hija, con el pecho ensangrentado y un corte en el cuello, tirada en aquella misma habitación, justo donde se encontraba él en aquellos momentos.

-Ese maldito te ha hecho eso. Juro por Dios que acabaré encontrándolo –gruñó entre dientes, pero comenzó a llorar cuando poco a poco fue apareciendo junto al cadáver la imagen de su actual esposa, empuñando un cristal roto.

-¿Estás bien? –escuchó decir el hombre a su mujer, quien entraba en la habitación.

-¿Por qué lo hiciste? –preguntó el hombre señalando hacia el espejo, donde se podía ver la escena del crimen ocurrido en aquel lugar.

-¿Hecho qué? Solamente es un reflejo, eso no es verdad. No hay nada que lo demuestre. Tu hija se fue con uno chico que le había arrebatado su ...

-¡Basta de mentiras! –gritó amenazándola con el bastón, colocándolo a pocos centímetros de su cara-. Sé que eso es verdad, no me mientas, porque lo sabré.

-La amabas más que a mí. Yo soy tu esposa y ella es tu hija. Yacíais juntos todas las noches en las que te encontrabas en casa. ¿Cómo crees que me sentía sabiendo que mi propio marido prefería la cama de su hija antes de la de su mujer?

El marinero se arrodilló delante de su mujer, sollozando mientras gritaba toda la verdad.

-El odio y los celos te cegaron desde el principio y no lo quise admitir. ¿No era yo quien regresaba y tras dar el regalo a mi hija y hablar con ella durante un tiempo de mi viaje volvía junto a ti a la cama? No pasaba más de una hora con Rosalía y jamás la he tocado como has llegado a pensar. Yo te amaba y quería a mi hija, pero el amor de una y de la otra eran totalmente diferentes. Jamás toqué a mi hija, nunca conoció varón y por eso le regalé este espejo en mi primer viaje. Por eso ella llegaba a reflejarse.

La esposa, conocedora ahora de toda la verdad, fue apartando de su mente los celos que la habían corroído lo más profundo del alma y pudo recordar todos los años de felicidad con su marido. Felicidad que se truncaba cuando éste se marchaba en el barco, pero que se veían mitigados por la presencia de Rosalía, con quien compartía una gran amistad además del amor de la madre. Pero por las noches, cuando ella se encontraba sola en la cama y su marido en el barco, los celos se apoderaban de su mente y borraban toda aquella felicidad para modificar la realidad a su antojo. Lloró desconsolada e intentó abrazar a su marido, quien se apartó de sus brazos, rechazándola suavemente.

-Por todo lo que te he querido, te pido que huyas y no vuelvas a este lugar.

-Pero...

-Hazlo antes de que llame a la guardia. Si te encuentran los soldados, la muerte será tu destino. Ya no eres bienvenida en esta casa.

* * *

Dicen que cuando marchó, no pudo resistir mirar hacia aquel gran espejo y contemplar de nuevo la imagen de Rosalía, quien la miraba con lágrimas en los ojos como si se encontrara en aquella habitación junto a los dos.

El marinero volvió a marchar aquella misma madrugada para jamás volver. Su navío fue presa de la furia del océano y lo engulló tras horas de lucha. Los supervivientes aseguraron que el experto lobo de mar hizo caso omiso de sus gritos cuando el barco zozobraba.

Y la casa sigue ahí. En el mismo lugar desde hace más de un siglo. Cerrada como vivienda. Abierta en la curiosidad de las personas. Muchos de esos curiosos, jóvenes en su mayoría, juran y perjuran haber entrado en sus estancias y haber encontrado el único espejo que sigue en pie, el primer regalo. En él, han visto aparecer a Rosalía, quien observando que no era su padre quien la aguardaba al otro lado, desaparecía sollozando. Esos llantos acompañaban a los curiosos hasta el mismo umbral de la puerta de la casa.

Rosalía aún espera un último espejo, el que se hundió junto a su padre en el mar. Hasta que no lo vea, ella seguirá joven y hermosa para siempre.