Todos nos hemos quedado alguna vez asombrados por la espectacularidad que desprenden algunos cálices en las iglesias. Devotos de todos los tiempos y de todos los siglos han deseado tener entre sus manos la copa frente a la que los párrocos recordaban la última cena de Jesucristo. Algunos aseguran que con aquel objeto entre las manos, hasta el hombre más humilde se siente poderoso.
No se trata de las leyendas del Rey Arturo en busca del Santo Grial, aquella también es la copa en la que el hijo de Dios vertió vino para después llevárselo a la boca y que después, José de Arimatea rellenó con la sangre que caía de la cruz. Todo eso son leyendas que han perdurado sin que el paso del tiempo les haya quitado la más mínima pizca de ilusión. Puede que en el subconsciente de esas personas y en la leyenda del rey de reyes, se encuentre la razón de ese sentimiento de poder cuando dicen tener entre sus manos una réplica del cáliz sagrado.
Pero no era el de la leyenda el que me miraba desde lo alto del altar mientras el párroco lo dejaba para retirarse y arrodillarse después de beber de él. Vino que en esos momentos era la sangre de Cristo, de quien nos debía librar en su segunda venida.
Allí me encontraba, con la curiosidad a flor de piel, esperando a que ocurriera algún milagro. ¿Milagro? No es que ocurriera uno realmente en la historia que me contaron. Una historia en la que ese mismo cáliz era uno de los principales protagonistas. Pronto, el párroco volvió a depositarlo en el sagrario, ubicado tras el altar y cerrado con una llave que disimuladamente se introdujo por debajo de la sotana.
Años antes, unas manos volverían a abrir aquel lugar, donde el candado aún no había sido colocado y el cáliz había sido robado.
I
El anciano párroco dijo la última misa de su vida, el último acto frente a sus fieles, antes de caer muerto en la sacristía, donde unas horas después le encontraría la esposa del lechero, quien siempre se acercaba a la iglesia para confesar los pecados que decía haber cometido.
Aquella noticia llegó rápidamente a todos los oídos de los habitantes del pueblo, lo que llenó de tristeza los corazones de los paisanos. También llegó a oídos del obispado, quien rápidamente envió a un joven párroco para llevar a cabo el funeral y el entierro del anciano cura. Desde el momento en el que el cuerpo de aquel hombre fuera acogido por la tierra, su lugar sería ocupado por el joven Tomás.
En un principio, los habitantes se sintieron algo cohibidos por la juventud de aquel joven. ¿Cómo iba a reaccionar aquel joven párroco sin haber ejercido con anterioridad en otra parroquia? El joven Tomás comprobó que las personas no acudían al oficio de los domingos tanto como antes, tal y como se lo había comentado el propio obispo. Le habían encomendado aquella misión, continuar con el rebaño del antiguo párroco, pero estaba fracasando.
Pasaban los días y Tomás veía cómo cada vez que comenzaba la eucaristía, eran menos los feligreses que se hallaban en el templo sagrado. Podía contar con los dedos de su cuerpo las personas que se encontraban durante el oficio.
II
Esperanza no era más que una joven de dieciséis años cuando vio por primera vez al párroco que había llegado hasta su pueblo para enterrar al anciano cura que la había visto crecer. Lo observó serio mientras pronunciaba todas las palabras para que el Señor acogiera en su seno al anterior párroco y le pareció un verdadero ángel. Don Álvaro les había contado más de una vez la historia de los ángeles y en aquel momento, Esperanza acababa de ver a uno de ellos que había bajado a la tierra junto a los hombres.
Mientras sus vecinos iban perdiendo en entusiasmo por acudir a la iglesia, ella sentía que debía acercarse al ángel, pues su corazón latía con fuerza cada vez que le veía pasar por delante de su casa. Suspiraba cada vez que veía la silueta del párroco y creía morir cuando alguna mujer se acercaba a él para confesarle sus pecados.
Ella quería confesar que soñaba todas las noches con su cuerpo, con él, que era su amante nocturno y que desearía que dejara de serlo solamente en sueños. Deseaba sentir su calor y que sus labios recorrieran su cuerpo.
Todos los días, al acabar la liturgia, intentaba acercarse a él. Necesitaba hablar con el joven cura, pero siempre se arrepentía y salía corriendo hacia la casa en la que servía.
III
Pasaron los días y las semanas y por mucho que Esperanza, por su parte, y el propio Tomás intentaran implicar a los vecinos a que volvieran a la iglesia, la menor afluencia a las misas por parte de los vecinos llegó a oídos del obispado, quien quiso poner cartas en el asunto.
Un emisario se acercó hasta el lugar para averiguar la causa de aquella separación entre el pueblo y la Iglesia. Supo entonces que la gente había dejado de acudir a la iglesia a causa de la juventud del párroco. Personas acostumbradas a reverendos de edad mucho más avanzada, no veía con buenos ojos a quien era el sustituto de don Álvaro.
Para evitar perder a los feligreses y con ello una suma de dinero a base de los donativos de los propios aldeanos, se decidió sustituir al joven Tomás por un sacerdote de mayor edad y así lo hizo saber el joven párroco en una de las misas. Algunos de los asistentes asintieron con la cabeza, viendo que sus súplicas habían sido escuchadas, mientras que otros no eran partícipes de ninguna de las dos medidas: les daba igual quien fuera quien les guiara por los caminos del Señor.
Esperanza no podía creerlo, estaban a punto de alejar a su amante secreto de ella. Lo llevarían a un lugar donde seguramente no volvería a verlo jamás.
-Padre – dijo un día acercándose a él tras la misa, perdiendo todo el miedo que la atenazaba cada vez que se encontraba cerca de él-, debéis oponeros a ello. Ellos os trajeron a este lugar, nosotros lo hemos aceptamos. Os queremos aquí.
-Lo sé, hija, pero como puedes comprobar, hay muchos que no ven con buenos ojos mi juventud.
-Yo soy joven padre. Puede que su edad no sea un obstáculo; puede que con ello puede llamar a la iglesia a gente de su misma edad.
-No es tan fácil, Esperanza. No es tan fácil –había dicho el padre Tomás girándose para entrar en la sacristía.
Esperanza quedó impresionada. Jamás le había llamado por su nombre. Ella nunca le había dicho cómo se llamaba, pero él lo sabía. Le dio un vuelco el corazón y viéndose sola, quiso salir de la parroquia, pero algo llamó su atención. El sagrario se encontraba abierto y en su interior se podía ver el cáliz de la iglesia. Una pieza de oro que don Álvaro había asegurado que era una copia exacta del mismo que utilizó Jesucristo en su última cena.
Corrió hacia el altar y asegurándose que nadie la estaba observando, tomó el cáliz y se lo guardó en la pequeña bolsa que siempre llevaba. Lo guardaría en un lugar donde no lo encontraran.
Mientras aquella copa estuviese en paradero desconocido, don Tomás no se movería de aquel lugar y ella podría estar a su lado.
IV
Fue el mismo Tomás quien se percató de la ausencia del cáliz cuando fue a oficiar la misa de la tarde. Sobresaltado, se dirigió a los feligreses que se encontraban allí, entre ellos Esperanza, diciendo que habían robado el cáliz de la parroquia. Todos ellos se echaron las manos a la cabeza, algunos hombres y señoras sollozaron, conocedores del valor que tenía el sagrado objeto.
Al poco, se presentó allí la Guardia Civil, quien quiso saber lo que estaba ocurriendo allí. Uno de los feligreses había ido corriendo a avisar a la guardia, sin contarles realmente lo que había ocurrido.
-Así que alguien ha tomado prestado el cáliz de la iglesia –dijo uno de los guardias dirigiéndose directamente al padre Tomás.
-No quiero acusar a nadie, señor, pero pienso que es la única posibilidad. Todo el mundo en este pueblo conoce la existencia de esa copa.
-Por lo que ha podido ser cualquiera –sentenció el guardia sonriendo.
Ya había estado en situaciones parecidas a aquella y por esa razón sonreía. El obispado le daba carta blanca para registrar todas las casas de la aldea. Todos los vecinos deberían seguir las instrucciones de la guardia sin siquiera pensar en lo que estaban haciendo. Ellos mandaban, los demás debían obedecer como si les fuera la vida en ello. Todo era poco por recuperar una reliquia que debería estar en el obispado, tal y como reclamaban desde el palacio episcopal.
V
Se decidió que los registros comenzaran al día siguiente, al alba, lo que provocó que pocos vecinos pudieran dormir tranquilamente. Nadie sabía dónde se encontraba la copa, pero temían que por esa misma razón fueran el objeto de las iras de la guardia, encontrándose bajo el mando del obispado.
Habían pedido a don Tomás que acompañara a los guardias en los registros, por si se encontraba algo parecido, que pudiera verificar su autenticidad. Aquella era la razón por la que a media noche se encontraba aún despierto, paseando por la iglesia, rezando para que ninguno de sus feligreses hubiera sido el ladrón.
-Padre, ¿tiene un momento? –preguntó Esperanza al entrar en la Iglesia.
-Claro, hija. ¿Qué es lo que deseas?
-Vengo a devolverle esto –dijo sacando de entre sus faldas la copa que había desaparecido del sagrario.
-Pero Esperanza, ¿cómo has podido realizar una acción así? –preguntó el párroco cogiendo la copa de las manos de la joven-. Robar es algo muy grave.
-Lo sé, padre, pero era la única forma de evitar que os marcharais de aquí. Os necesitamos en este pueblo.
Esperanza se abrazó a don Tomás, que la recogió en sus brazos mientras la acariciaba la cabeza. La joven se encontraba arrepentida y sollozaba en los hombros del párroco.
-Lo que has hecho está mal, pero debo darte las gracias por ello. Veo que en este pueblo hay alguien que es capaz de pecar por ayudar a su prójimo. Lo tuyo no es un pecado, es una valentía.
-Es un pecado, padre. Porque os amo.
Don Tomás se apartó de la joven Esperanza, quien no se atrevía a mirar a quien tenía delante. Ante ella se encontraba el hombre con el que soñaba todas las noches, el mismo que ahora la miraba horrorizado al escuchar aquellas palabras.
-Debes estar confundida, hija. Lo que sientes por mí no es amor, simplemente afecto por ser el párroco de este lugar, a quien ves todos los días y escuchas en la misa. Es un error.
-No es un error cuando por las noches pienso en usted, padre –dijo acercándose a él, colocándose a escasos centímetros de su cuerpo-. Os deseo padre.
Los labios de Esperanza estuvieron a punto de encontrarse con los del asustado padre Tomás, pero se separaron cuando se escuchó entrar a alguien más en el templo. Los dos vieron aparecer a un guardia que se acercaba corriendo hacia su posición.
-Padre, han parado cerca del río un carro y se cree que puede estar allí el cáliz robado.
-No hijo, dejad tranquilo a ese hombre –dijo el padre Tomás mostrando el cáliz que le había entregado Esperanza-. Aquí está el objeto robado.
Los ojos del guardia se lanzaron directamente hacia la joven, pero el párroco se interpuso en su visión, negando con la cabeza para después confesarse autor del robo.
-No hagáis caso a esta joven –dijo cuando Esperanza quiso protestar-. Ella ha sido quien me ha hecho entrar en razón. Pensaba que robando el cáliz me quedaría en este lugar, pero he comprobado que hay personas que no merecen un párroco como yo. Se merecen algo mejor.
Se colocó junto al guardia y éste le indicó que saliera de la iglesia. Antes de abandonar el lugar, Tomás se giró para observar a la joven y sonrió. Había tenido un error, un grave error, pero ella sería capaz de salir adelante. Las palabras que ella le había brindado, contándole su pasión, no se borrarían de su cabeza y aquello no era natural para un párroco.
* * *
Acabó don Tomás ajusticiado en el garrote vil. El pueblo al completo se congregó en la plaza, donde se había colocado el instrumento de tortura para acabar con la vida del cura ladrón. Todos esperaban con impaciencia que el tornillo acabara con la vida del ladrón, pero cuando ocurrió aquello, Esperanza se había marchado de la plaza con lágrimas en los ojos. Quiso redimir su pecado de la única forma que veía posible: dando su vida por los demás.
¿Piensan ustedes que un joven párroco podría seguir los destinos de Jesucristo después de escuchar de labios de una joven que lo amaba, que lo deseaba y que soñaba todas las noches con él? Aquellas palabras fueron un verdadero puñal para el padre y pensó que su vida como párroco ya había terminado. Ella merecía seguir viviendo, pues sentía que en su corazón había toda una vida por salvar.