jueves, 1 de octubre de 2009

El hombre que iba a los entierros

-Se llamaba Fermín, como su padre y como el padre de su padre –me dijo un anciano, el último en salir del camposanto, o por lo menos el último en llegar hasta la zona asfaltada.
Le había visto cojear un poco por las piedras que se hallaban en el camino que probablemente sólo usaran valientes con todoterrenos y motoristas. Los baches creados por las lluvias que provocaban pequeños movimientos de tierra eran visibles desde mi posición. Doscientos metros de auténtico Calvario que terminaban junto a la puerta de aquel viejo cementerio. ¿El resto? Era una verdadera ruina comparada con aquel trecho.
Aquello que me había contestado fue la respuesta a la pregunta que le había hecho con anterioridad, justo cuando sus pies pudieron sentir el asfalto debajo suyo. Había entrado en el pueblo hacía un buen rato y por más que callejeaba, no había encontrado a nadie. Las persianas bajadas, las puertas cerradas, hasta la de la parroquia. Creí haber llegado a un pueblo fantasma, pero cual no fue mi sorpresa cuando escuché unas campanadas provenientes de las afueras del lugar, justo del cementerio del que habían comenzado a salir multitud de personas. Mujeres, hombres, niños, niñas.... de todas las edades y de toda condición. Hasta alcancé a ver a una joven llevando el carrito de un bebé.
-¿Por qué todo el mundo se hallaba en el cementerio? –había sido mi pregunta.

I
De nuevo el sonido a muerto de las campanas del campanario de la iglesia llenaron de angustia el corazón de los aldeanos. Ya todos, hasta los menos entendidos, conocían la cadencia con la que tocaban aquel tañir precursor de malas noticias. Las mujeres en la plaza preguntaban, los labradores paraban la yunta para recapacitar y los resineros se miraban, pues hasta su posición llegaba el lamento de la torre parroquial. A los pocos minutos, quienes estaban en la población conocerían la identidad de la persona que los había dejado. Del vecino a quien debían despedir.
-Otro que ha caído –dijo la señora del boticario-. Estas malditas fiebres están acabando con todo el mundo. No vamos a quedar ni uno vivo a este paso.
-Pero todas son personas mayores –replicó una de las lavanderas, quien llevaba el barreño lleno de ropa limpia bajo el brazo-. Se sabe que tienen menos fuerza que los jóvenes.
-Ya, pero recuerda a la mujer de Fermín, el herrero. La pobre, con veinte años casi recién cumplidos.
-Me da una pena el pobre. Todos los días va al cementerio y se pasa allí un buen rato contemplando la cruz de madera de su esposa.
Alguien la golpeó con el codo para que guardara silencio. Acercándose a ellas, Fermín caminaba con la cabeza agachada, como siempre solía hacer. Parecía llevar al pie de la letra aquello de no levantar cabeza desde la muerte de su joven esposa, hacía menos de dos meses por culpa de las fiebres que estaban asolando toda la comarca. Había dejado ya la fragua por hoy y se acercaba a su casa, en cuyo patio se encontraba el único pozo que había quedado en el pueblo. Los vecinos cogían agua de aquel lugar desde que el padre de Fermín, les dejara entrar por la pequeña puerta que daba al lugar. No sabían qué le había ocurrido al agua del pueblo, pero en aquel tiempo hubo gente que había muerto por ello. El pozo de Fermín, que recogía el agua de un manantial distinto a los demás fue el único potable y por esa razón el hombre les había dejado beber de su agua. Muchas personas podrían haberse aprovechado de aquella ocasión, pero el viejo Fermín era incapaz de aquello, al igual que su hijo. Jamás pidió algo a cambio de aquel gran favor que les estaba haciendo a sus vecinos.

II
-Esto no puede seguir así, padre Antonio –dijo un hombre, el que parecía llevar la voz de todos los vecinos de aquel corro que se había formado a la puerta de la iglesia. Corro que poco a poco iba haciéndose cada vez más grande gracias a las personas que si iban acercando hasta el lugar.
El joven párroco, vecino también del pueblo, asentía consciente del problema que le mostraban sus convecinos. Fermín había dejado de trabajar, la fragua se había quedado fría y los martillazos ya no resonaban en el yunque. Desde la muerte de su esposa, había ido dejando poco a poco aquella tarea hasta tenerla olvidada por completo. Pero no era aquello lo que disgustaba a la mayoría de los allí presentes. Las puertas de su patio, que nunca habían estado cerradas, se encontraban ahora bajo llave. Aquel pozo que su padre había cedido al pueblo, se encontraba ahora fuera del alcance de sus vecinos. Eso era lo que realmente temían aquellas gentes y así lo creyó saber el párroco.
-Habéis venido hasta mí solamente para que hable con él, ¿no es cierto?
Algunos bajaron la cabeza avergonzados, pero otros continuaban protestando a la puerta de la iglesia. Todos conocían la gran amistad que había reinado entre Fermín y su primo don Julián, el párroco, y deseaban utilizarla para sus fines, aunque fuera todo por el bien del pueblo.
Asintió una vez más, él se encargaría de hablar con su primo y ponerle al corriente de aquel problema que concernía a todos por igual. Y así lo hizo. Una tarde se encontró con Fermín y abordándole en la calle, junto a un caño seco desde tiempos que no recordaban, le transmitió las preocupaciones de sus vecinos. Algunos de ellos pudieron ver cómo el joven herrero negaba con la cabeza.
-Debo cerrar ese lugar por un tiempo. Ellos no han perdido a la mujer que amaban. Debo mantener el luto por su memoria.
-No hables así, Fermín –dijo el párroco cortándole casi -. Han perdido a seres queridos como tú, por la misma enfermedad que se llevó a tu mujer. Ellos necesitan el agua de tu pozo, te necesitan. ¿O prefieres condenarlos a una muerte segura? ¿Es eso lo que deseas, Fermín?
-No, claro que no.
-Pues vuelve a cuidar de la gente que te rodea. Ellos son parte de ti, cuídalos como si fueran tu familia. Si lo haces así, tu mujer se sentirá muy feliz al lado de Jesucristo nuestro señor.

III

Las palabras del párroco parecieron surtir algún efecto en el joven vecino, quien volvió a abrir la pequeña puerta de su casa para que la gente pudiera tomar del pozo el agua que necesitara. Todos los habitantes del pueblo le agradecieron aquel gesto, más por miedo a poder quedarse son agua que por que realmente se sintieran agradecidos.
Como le había dicho ya el párroco, Fermín se sentía ahora como el salvador de su pueblo, de la gran familia que ahora formaban sus vecinos. Y esa fue la razón por la que comenzó a parlamentar con todos los que se encontraban por la calle cuando él caminaba. Jamás en sus años de vida de aquel lugar había mantenido unas conversaciones tan duraderas con los vecinos.
Pero la vida acaba y algunas de las personas mayores del lugar fueron pereciendo en el invierno siguiente que les tocó pasar, Algunos de los que aún quedaban con vida, no habían recordado un invierno tan crudo como el de aquel año.
Fermín, dejaba sus quehaceres habituales para acompañar al cuerpo de los difuntos en su último viaje. Junto a don Julián, era el único que se encontraba en el cementerio durante todo el tiempo que duraba la misa que su primo realizaba para despedir al alma de la persona que los había dejado. Ya fuera lunes o domingo, con lluvia, con sol o con niebla y hasta con nieve, Fermín no faltó a ninguno de aquellos oficios. Durante los mismos, a modo de luto, cerraba la puerta que daba acceso al pozo, pero en cuanto volvía a casa, la abría para evitar confusiones y enfados de sus vecinos.
Pero las coincidencias y las malas lenguas quisieron que en varias ocasiones muriera alguna persona que conviviera con el vecino o vecina que se llevara el primer viaje de agua tras un entierro. Era como si con aquel agua, introdujera la muerte en su casa. Podía ser su mujer, su marido, sus padres, sus hijos, cualquiera que viviera bajo el mismo techo del portador de aquel primer agua. Ni en días, ni en semanas. La persona a quien la muerte venía a buscar expiraba en un tiempo no fijado, pero sí que era la próxima en dejar el mundo de los vivos.
-La muerte lo acompaña desde la misma puerta del cementerio hasta su corral –dijo uno de los vecinos, quien había visto morir a su hija y a su anciano padre. Por dos veces había sido el primero en cruzar el umbral en el que se encontraba aquel pozo que les daba la vida, pero que ahora parecía también otorgarles la muerte-. Debemos hacer algo. No podemos seguir así.
-No son más que habladurías, hijos míos –intentó tranquilizar don Julián.
-Es su venganza –dijo alguien entre los que se agolpaban de nuevo a las puertas de la iglesia-. Le plantamos cara cuando no nos dejaba entrar y ahora os lo paga así. Seguramente haya hecho un pacto con el demonio.
-No digáis eso –defendió don Julián-. No difaméis de vuestro vecino. Es una persona muy respetable, él nos da el agua que bebemos. Recordadlo.
Un murmullo comenzó a escucharse, algunos vecinos se encontraban hablando y miraban a don Julián con cara de expectación. Estaban comentando algo, seguramente para poner en práctica y estaban decididos a que el párroco los ayudara o diera su beneplácito.
-¿Por qué no le prohibimos acudir al cementerio? –gritó una mujer, siendo ella la valiente y encargada de pronunciar las palabras que los demás callaban-. Vemos cómo asiste a todos los entierros, como si se regocijara de nuestra pena y después, envenena el agua de su pozo para que el que primero lo tome caiga en las garras de la muerte.
-No olvidéis que él también ha perdido a su esposa –acertó a decir el párroco, viendo que sus convecinos estaban dispuestos a cualquier locura con tal de aplacar sus miedos-. ¿Váis a dejaros llevar por unas malditas coincidencias? Fermín es nuestro amigo y vecino y al igual que vosotros, bebe del pozo que se encuentra en sus dominios. Si lo que decís fuera verdad, cosa que dudo, él mismo estaría poniéndose en peligro. ¿Os estáis escuchando? Es una locura.

IV

El padre Julián tocó las campanas de la iglesia y todos conocieron la noticia: otra muerte en el pueblo. Intentaban algunos recordar quién había sido el primero en entrar a buscar el agua. Algunos de los habitantes de aquel lugar habían optado por buscar el agua en un manantial de la sierra, pero no era posible para todos. La gente mayor o sin posibilidad de llegar hasta aquel lejano lugar, debía esperar hasta que su cuerpo no pudiera aguantar de sed y debería entrar en aquel patio en el que le esperaba el pozo en el que se encontraba la muerte agazapada. Debían remontarse a cinco meses antes para recordar el último entierro. La persona que había entrado a por agua había tardado varios días en hacerlo, esperando que alguien penetrara antes o simplemente que el agua que tenía almacenada en casa le durara más tiempo. Sabía que adentrarse allí era como firmar con la muerte el viaje eterno. Algunos habían decidido robarlo a sus propios vecinos antes de enfrentarse con el pozo de Fermín, todo valía si no se era el primero en cruzar aquel umbral maldito. Una vez que alguien tomaba para sí en un cubo o directamente se llevaba a la boca el agua del pozo, todos los vecinos sin excepción hundían sus cubos sin miedo en el agua cristalina.
En su casa, Fermín se preparaba para asistir como siempre al oficio y tal y como hacía siempre que se ausentaba por aquella razón, cerraba las puertas del patio para evitar que los niños pudieran entrar en el solar y caer en el pozo. Se percataba de que poco a poco sus vecinos tardaban más tiempo en acudir a por el agua, pero lo achacó al trabajo de las personas y a que recogían bastante agua para tener en casa para emergencias. No conocía los chismes y cuentos que circulaban por el pueblo sobre su pozo maldito.
Pero aquella tarde fue la primera vez que se encontró al párroco a la puerta del cementerio, como si estuviese esperando su llegada. Le estrechó la mano y le sonrió, pero Fermín supo que aquella sonrisa no era normal, había algo en el párroco que le impedía sonreír como siempre lo había hecho, sobre todo con él. Algo estaba ocurriendo, algo que no le gustaba, ni a él ni al cura.
-Fermín, debo pedirte que no pases al recinto.
-¿Por qué? –se sorprendió el joven sin conocer las causas de aquella decisión.
-Me han pedido tus convecinos que no entres a este lugar. Están asustados por todo lo que está ocurriendo. ¿No escuchas nada de lo que corre por el pueblo? –preguntó al ver a su familiar con cara de no conocer nada de lo que le estaban hablando.
-Cuando paso junto a la gente, todos guardan silencio, pero no conozco la razón por la cual lo hacen.
-Tienen miedo de lo que está ocurriendo. Ese pozo tuyo, según dicen, está maldito. Todo el que bebe de él después de un entierro, acaba muerto. Por esa razón, no desean que molestes a los difuntos, ya que por culpa de tu pozo es por lo que se encuentran aquí.
-¿Esa es la razón por la que me impiden entrar en el cementerio? –preguntó Fermín con lágrimas en los ojos. Él, que jamás había deseado hacer mal a nadie, se encontraba con una prohibición de sus propios vecinos que temían a algo que estaba fuera de su alcance. ¿Cómo podía explicarles y que le creyeran que todo aquello no era obra suya?-. Si eso es lo que desean, así se hará. Es su voluntad.
Dando por finalizada aquella conversación y dejando en claro que iba a acatar aquella norma, Fermín se dio media vuelta y con paso rápido se encaminó de nuevo hacia el pueblo. Julián miraba a su familiar, marcharse apenado, con la cabeza baja. Él, que pensaba que su primo iba a luchar por encontrarse en aquel lugar, que iba a evitar la prohibición de sus vecinos, veía cómo se marchaba acatando los deseos de la gente del pueblo. Era como si hubiera jurado ante el mismísimo Dios que jamás volvería a pisar vivo aquella tierra en la que se descansaban los habitantes del pueblo que habían dejado de existir. Negaba con la cabeza una y otra vez mientras veía a su primo desaparecer en la lejanía y en las calles del pueblo.

V

Pero no acabó la tragedia en aquella zona. Las extrañas muertes continuaron su imparable caminar entre los vecinos y de nuevo utilizaban la misma fórmula. Julián había creído por unos instantes, tras aquella lejana conversación a las puertas del camposanto, su primo cerraría a cal y canto las puertas de su pozo. Pero no fue así. Los vecinos siguieron gastando el agua de aquel lugar que parecía ser infinita. Llegaron algunos meses de sequía y el único que siguió dando agua fue el que tenía Fermín en casa.
Ya habían pasado unos años desde que se le prohibiera entrar a Fermín en el cementerio, varios años sin que el propio herrero pudiera visitar la tumba de su esposa fallecida, algo que no podía entender el párroco. Por más que hablaba con los vecinos para que le levantaran aquel castigo, éstos no daban su brazo a torcer, estaban seguros de que Fermín tenía algo que ver con las muertes, aún lo seguían creyendo.
Mas un día nadie le vio acercarse hasta la fragua donde realizaba los trabajos. Había dejado de lado toda conversación con los vecinos, pero continuaba con su trabajo para poder comer. Mantenía con los habitantes del pueblo una distancia que poco a poco fue acrecentándose. Solamente les hablaba y saludaba cuando éstos llegaban a su trabajo para que les realizara alguna herramienta o similar. Pero no era rencor lo que mostraban sus ojos hacia aquellas personas, era más bien tristeza. Seguía sin entender por qué no le dejaban encontrarse frente a la cruz que indicaba el lugar en el que su esposa se hallaba enterrada. Aquel día nadie le echó de menos, solamente alguno que esperaba que sus aperos de labranza se encontraran listos aquella mañana. Fue el párroco don Julián quien entró en la casa del herrero y lo vio tumbado en la cama, sin vida. Con los brazos apoyados en su pecho, parecía dormir plácidamente, pero no era así. Sus ojos habían descargado gran cantidad de lágrimas que se habían secado en sus mejillas y formaban unas líneas que se perdían por debajo de su barbilla. Había llorado instantes antes de abrazar a la muerte. Y así lo hizo saber el párroco, para comprobar si aquella pérdida ocasionaba alguna reacción en sus vecinos. Pero no la hubo.

VI

Ni siquiera se molestó en tocar las campanas. Sabía que nadie iba a asistir a aquel oficio. Un oficio en el que el único asistente sería él. Nadie del pueblo había dado alguna muestra de querer acercarse siquiera al camposanto y demostraban de aquella manera que jamás habían perdonado algo que no debía perdonarse, pues no había nada que perdonar. Que el supiera, Fermín no había hecho nada que hiciera daño a los hombres y mujeres de aquel pueblo, los mismos que ahora en la hora de su entierro lo dejaban apartado. Solamente le dijeron unas palabras al párroco.
-Será enterrado fuera de los límites del cementerio – dijo uno de los vecinos -. Le acogerá la tierra perdida que era suya que se encuentra tras el sagrado lugar.
Por más que quiso protestar, no le hicieron ningún caso. Estaban dispuestos a que los restos de Fermín jamás pisaran la misma tierra de los que, según ellos, habían caído envenenados por el agua del pozo del joven.
Ahora se encontraba junto a la tumba, vestido totalmente de negro, como decía que había que despedir a los amigos. Pero se hallaba solo, algo que le entristeció mucho. No entendía la cabezonería de aquel pueblo. Miró hacia el cielo, viendo que el atardecer estaba muriendo, una hermosa puesta de sol que se perdería Fermín, con lo que le gustaban.
Cerró el libro y derramó varias lágrimas sobre la tierra removida donde se hallaba el cuerpo de su amigo y levantó la vista. Dio varios pasos hacia atrás cuando distinguió a un grupo de gente que se encontraba al otro lado de la tumba, frente a su persona. No les había escuchado llegar, pero sonrió para sus adentros. La gente no podía ser tan vengativa, en la muerte todos los hombres eran iguales y se lo mostraban de aquella manera, apareciendo en solemne silencio ante la tumba de quien les había dejado.
-Dios mío –fue lo único que pudo decir el párroco cuando se fijó en quien se encontraba en primer lugar de aquella comitiva que poco a poco se hacía cada vez más numerosa.
Aquel hombre que dejaba una rosa sobre la tierra llevaba varios años muertos, había sido el primer oficio de difuntos que había dado en aquel pueblo. Tras aquel hombre, pudo reconocer a otros caídos de aquel pueblo. Si se fijaba bien, podía ver a los que se encontraban detrás de cada uno a través de sus cuerpos. Todos ellos dejaban una rosa en aquel lugar. Jóvenes, ancianos, niños y hasta algún recién nacido que llevaba otro de aquellos espectros. Observó como una de aquellas figuras se arrodillaba y se llevaba las manos a la cara y sollozaba en silencio. Comprobó horrorizado que se trataba de la joven esposa de Fermín. No había perdido ni un ápice de su belleza, al igual que todos, se mostraban ante él tal y como habían dejado el mundo de los vivos.
-¿Por qué? –se escuchó decir el único ser vivo de los que se encontraban en aquel lugar.
La multitud no quiso decir nada, sabían que se encontraba el párroco frente a ellos y algunos le echaron una mirada, como la difunta esposa, pero no hicieron ningún comentario al respecto. En vez de aquello salieron de la pequeña parcela y pasaron de largo de la puerta del cementerio. Su camino era otro: el pueblo.
Asustado, pero a la vez lleno de curiosidad, los siguió. Como si los vecinos pudieran verlos, fueron colocándose tras el cura, siguiendo los pasos de aquella procesión. No querían hablar y se podía escuchar sus respiraciones. Por aquella razón, el párroco sabía que todos los habitantes de aquel lugar que se iban encontrando veían a la multitud que abría el camino.
Pararon delante de la puerta del recinto donde se encontraba el pozo y entraron algunos en él, para sacar varias ánforas llenas de agua. En silencio, los vecinos vieron aquella acción y siguieron de nuevo a los espectros en su camino de vuelta al camposanto. Pero de nuevo dejaron atrás la puerta de hierro que separaba el mundo de los vivos y de los muertos para acercarse a la tumba de Fermín, donde dejaron caer sobre la tierra el agua que llevaban en los recipientes. Realizada aquella acción, los antiguos habitantes de aquel lugar pasaron por delante de los atónitos vecinos y volvieron a sus moradas eternas.
-¿Qué es lo que ha pasado? –quiso saber una señora acercándose al párroco, quien sonreía.
-El primer agua es para los difuntos –dijo convencido de que era lo que acababan de ver.
-¿Cómo? –dijo una joven que se abrazaba a su joven retoño.
-Los difuntos nos han mostrado lo que hacen cada vez que muere alguien en este lugar. Le traen agua del pozo de Fermín para que beba durante su descanso. Nosotros no les dábamos tiempo a hacerlo, por lo que ese primer agua estaba maldito. Por esa misma razón, quien probaba el primer trago de agua de ese pozo, era la siguiente víctima de la maldición que tanto os gustaba pregonar. Habéis maldecido a un joven bueno que sólo deseaba ser uno más de nosotros. Nuestros difuntos nos han enseñado a ser personas, algo que habíamos perdido.

* * *

-Cada vez que una persona muere en este pueblo, acude todo el pueblo y la familia del último difunto se encarga de coger el agua del pozo y traérsela hasta su morada eterna.
-¿Y Fermín? –quise saber presa de la curiosidad.
-Se le quiso meter al cementerio, pero no se pudo. Por unas cosas u otras, Fermín sigue en un lugar alejado de sus vecinos. Puede que sea así mejor. Puede que sea Fermín quien no nos deja moverlo de allí, para que recordemos lo que pasó una vez. Que un hombre bueno fue apartado de los demás por una superstición.