Había llegado hasta aquel lugar solamente
con la idea de verlas olas rompiendo contra las rocas de los acantilados que se
encontraban bajo mis pies. A escasos centímetros de la punta de mis botas, se
abría el vacío que terminaba en la espuma del mar que se perdía entre las
rocas.
Tragué saliva al comprender que me
encontraba a escasa distancia de una muerte segura y retrocedí varios pasos.
En mi pequeña huida hacia la vida, choqué
con una joven que tenía agarrada de la mano a una niña que con cara de
cansancio miraba hacia el lugar desde el que yo venía. Me hice a un lado y las
dejé continuar su caminar. Se acercaron al filo de la tierra y estuvieron allí
varios minutos. Las manos de la joven ahora aferraban a la niña por la cintura
y se había agachado para poder hablar con ella.
Cuando volvieron al lugar en el que yo me
encontraba, que no era otra cosa que el aparcamiento en el que aparecía una
señal que indicaba que aquello era un lugar para realizar buenas fotografías,
me acerqué a su posición. Me intrigaba algo que había visto en aquellos
momentos: la niña había cambiado por completo su rictus. Sonreía como cuando se
le da un niño un caramelo, o en el día de su cumpleaños, cuando se encuentra
con todas las personas que le quieren y éstas le entregan algo con todo su
afecto.
-Perdone un momento –dije colocándome a
su lado-. Pero no puedo evitar fijarme en que la pequeña ha lanzado algo al
acantilado.
También lo había visto, la niña había
lanzado algo al aire, algo que se había perdido en el vacío, hacia el mar.
-¿Es usted un guardia? –preguntó la joven
sonrojándose-. ¿Nos va a multar?
-No, no soy ningún guarda –dije con una
sonrisa en la cara que tranquilizó a la joven-, pero me ha llamado la atención.
-Tiramos un trozo de un traje de boda, es
una tradición de mi familia que se remonta mucho tiempo atrás. Somos una
familia muy numerosa y siempre que alguien pasa por el altar, rompe una parte
de su vestido de novia, una zona de la cola y se la tira a este lugar.
I
Sonaron las campanas de boda y todos los
habitantes de la pequeña aldea costera esperaban impacientes a la salida del
lugar santo para dar la enhorabuena a los recién casados. La joven pareja salió
sonriendo y recibieron los halagos de sus convecinos. Él, un joven pescador,
patrón de una pequeña barcaza y ella, la hija del panadero, quien recorría
junto a su padre todas las casas del pueblo repartiendo las hogazas y otras
viandas que pudieran necesitar los aldeanos, tales como huevos y harina.
El traje de novia que llevaba la joven Ángeles,
había sido de un antepasado suyo y algunas gentes lo reconocieron como el mismo
vestido que había llevado su madre y la madre de ésta en el día de su boda.
Por desgracia, la anterior persona que
había utilizado aquella prenda no se encontraba allí, había fallecido hacía
algunos años y ni siquiera había tenido la posibilidad de conocer al joven con
el que su hija se acababa de desposar. No así su padre, quien la llevó hasta el
altar de aquella ermita, alejada del pueblo desde la cual se podía ver toda la
aldea y a poca distancia, el faro, que rompía la oscuridad de la noche con una
luz salvadora.
-Es una pena que no haya podido venir a
esta celebración Xuso –dijo una mujer a otra que la acompañaba mientras
señalaba al faro.
-Es una verdadera lástima. Tan amigo que
es de los novios y no ha podido venir. Es la desgracia de ser el encargado del
faro. Pasa allí las noches vigilando que el faro no se apague y cuando sale el
sol, es cuando puede dormir el pobre muchacho. Además, para más fatalidad, ayer
el faro se apagó y me ha dicho su madre, que lleva toda la noche y todo el día
preocupado, intentando saber qué es lo que ha podido fallar.
-Yo siempre he escuchado que estaba
enamorado de la Ángeles –dijo otra señora que se había unido a aquel grupo.
-¿Quién te ha dicho eso? –se escuchó
decir entre ellas-. Seguro que ha sido la Mariana, que siempre se está
inventando cosas.
Callaron cuando la pareja de recién
casados pasaron a su lado y ellas se apresuraron a besar a la novia y al novio,
volviendo a su conversación en cuanto se hubieron alejado un poco. No deseaban
ser escuchadas por alguien que fuera ajeno a aquel grupo que se estaba
formando.
-Dices del pobre Xuso, pero la niña
también se va a pasar temporadas sin ver a su esposo. Me han dicho que si en el
puerto están buscando buenos marinos para barcos de mayor pesca.
-¿Estás segura?
-Lo juro por Dios –se envalentonó la
mujer cuando lo dijo-. Que me lo han dicho y sé que puedo fiarme de ello. Y
también me han comentado que si el Pablo está interesado en ello.
-Tan joven y ya tan sola –dijo una de
ellas observando a la pareja alejarse de la ermita a cuya sombra se
resguardaban aquellas mujeres.
II
-¡Xuso! –gritaron los hombres cuando
llegaron hasta el faro.
Llegaban abrigados, tapándose la cara por
la acción del viento y el agua que azotaba aquella costa. Las gotas eran como
agujas que se clavaban en el rostro y el caminar era un auténtico penar, pero
debían llegar hasta el faro.
-¡Xuso! –volvieron a gritar.
Pero el viento y las olas rompiendo a
varios metros bajo ellos les impedía escucharse a ellos mismos, por lo que al
farero era imposible que le llegaran sus gritos. Cuando uno de ellos llegó a la
puerta del faro, se la encontró abierta y subió hasta donde se encontraba la
vivienda del joven Xuxo, a quien se encontró caído en el suelo, sin sentido.
Cuando lo levantó, observó un profundo corte en la cabeza y rápidamente impidió
que saliera más sangre tapándoselo con un paño que había encontrado sobre la
mesa donde se encontraba lo que parecía la cena del farero.
-Xuso, el faro se ha apagado –dijo uno de
los tres que habían llegado hasta allí, una vez vieron que el joven recuperaba
la consciencia.
-¿Cómo? ¿Qué ha pasado?
-Hemos venido corriendo, Xuso, el faro se
ha apagado y como no lo encendía, hemos venido corriendo a ver lo que pasaba.
Es una noche de perros, no se ve nada y el mar está muy embravecida.
-Debo encenderlo –dijo soltándose de
quien le tenía cogido de las manos.
Subió rápidamente las escaleras de
caracol que le conducían a lo más alto del faro y allí, encendió de nuevo la
luz que iluminaba a los barcos que se aventuraban a pasar por aquella costa que
tantas vidas se había llevado. El aceite se había apagado y la llama no había
iluminado la noche como tantas otras. De nuevo había ocurrido lo mismo que la
noche anterior a que se desposaran sus amigos. Pero por suerte, aquella noche
no había sido como aquella. La noche anterior a la boda, desde la cual ya
habían pasado dos años, no se parecía en nada a aquella. Esta vez, el mar
estaba fuera de sí. Golpeaba con fuerza las piedras de los acantilados y Xuxo
sentía la humedad que transportaba el aire con cada golpe de mar.
-Solamente espero que nadie se encontrara
esta noche por aquí –dijo el farero a uno de los tres hombres, quien había
subido por si necesitaba ayuda.
A pocos metros sobre ellos, una gran
llama alimentada por aceite, iluminaba ya la costa y los peligros que en ella
se encontraban y esperaban a los marinos.
Y fue gracias a aquella luz, por lo que
vieron algo que se movía entre las rocas. Parecían ser los restos de una
pequeña embarcación.
-¡Dios mío!
No dijo nada más. Xuso bajó corriendo las
escaleras del faro, dejando impresionados a los tres que hasta allí habían
llegado para alertarle. No podían creerse que hacía unos segundos, el muchacho
se encontraba sin sentido y con un gran golpe en a frente. Solamente había algo
que podía hacerle reaccionar de aquella manera. Lo vieron bajar por un pequeño
sendero hasta las mismas rocas, donde gente había perecido en noches como
aquella. Gritaban para que no bajara, que no fuera loco, pero no escuchaba. El
mar silenciaba todo grito que se realizara en sus inmediaciones, pero puede que
Xuso sí les escuchara y no quisiera parar.
En las rocas, siendo golpeado por el aire
y el agua, consiguió llegar hasta un pequeño madero, que distinguió como parte
de la quilla de una barca y tiró de él. Tuvo que tirar fuerte, pues algo se
encontraba aferrado a él. Intentó sacarlo del agua, pero no pudo hacerlo solo y
esperó la llegada de los otros tres, que deseaba que llegara pronto. Si
tardaban mucho más, su cuerpo no podría aguantar las acometidas de las olas que
intentaban lanzarlo contra las rocas. Cuando llegaron, temerosos de la furia
del mar, encontraron a Xuso con aquel trozo de barca agarrado y apoyado en una
de las piedras, siendo golpeado por el oleaje. Su cara mostraba el esfuerzo que
estaba realizando por mantenerse agarrado a aquella tabla, que a la vez impedía
que cayera entre las rocas y acabara allí su vida. La herida que tenía en la
frente volvía a sangrar y el líquido rojo se confundía con el agua salada que
le golpeaba la cara.
Entre los cuatro, pudieron tirar con
mucha más fuerza de aquella parte de la barca y observaron horrorizados lo que
en ella se había quedado agarrado. Un hombre, con la ropa totalmente destrozada
y el cuerpo de igual manera, se había aferrado a la tabla, pensando que aquella
iba a ser su salvavidas.
Con peligro de caerse al mar enfurecido y
que éste les arrebatara la vida golpeándoles con toda su furia, avanzaron sobre
las piedras para tomar en brazos al náufrago. Las piernas del hombre se
encontraban en un giro grotesco e incluso, uno de los pies había desaparecido y
en su lugar se encontraba un muñón sanguinolento que comenzó a teñir de rojo el
lugar donde le colocaron para poder descansar, ya en la parte más baja del
sendero que subía hacia el faro.
-Es Ramón –dijo uno de ellos reconociendo
el rostro destrozado por los golpes recibidos.
Xuso se acercó rápidamente al herido y
comprobó que se trataba de su mejor amigo. Bajo aquel cuerpo destrozado por la
crueldad del mar, se hallaba el joven que había casado hacía un tiempo y que no
había podido asistir a su boda. Colocó su rostro cerca de la boca del náufrago
y escuchó que llamaba a su joven esposa Ángeles. No sabía dónde estaba, deliraba
por la cercanía de la muerte y ésta no tardó en llevárselo. Otra víctima de
aquella costa traicionera que daba la vida igual que la quitaba.
Las lágrimas comenzaron a descender por
las lágrimas de Xuso. Frente a él, la vida de su amigo se había escapado,
siendo la luz del faro que él gobernaba lo que le había hecho estrellarse
contra las rocas.
III
La noticia llegó hasta la aldea, donde
cayó como una tempestad que arrasara los corazones de los habitantes. Todos
miraron hacia el faro, hacia aquella maldita luz sobre el mar que no se había
mantenido encendida en aquel fatídico instante, en aquella noche. A la gente
parecía no importarle que los tres que habían ayudado a Xuso a sacar a Ramón
del agua, juraran que el joven se encontraba inconsciente en su casa.
-Todo ha sido una suma de coincidencias
–dijo la joven viuda tras varios días de llanto sin consuelo-. No has tenido la
culpa de haber caído en casa y quedarte inconsciente.
Lo decía abrazada a quien se ocupaba del
faro, quien lloraba desconsolado después de presentarse en casa de la joven
para pedirla su perdón. No se había atrevido a acercarse a la vivienda hasta
una semana después, creyéndose responsable de la muerte de Ramón, quien había
sido su mejor amigo.
-No debes culparte por ello.
-Los marineros depositan sus vidas en mí
y en el faro. He fallado a Ramón, te he fallado a ti, Ángeles. Lo siento mucho.
Volvió a abrazarlo con fuerza y a
consolarlo. ¿Cómo podía ser que él estuviera tan destrozado y ella se hubiera
resignado tan pronto? Eso era lo que decían las mujeres que el día de la boda
hablaban del supuesto amor de Ramón por la chica, pero no escuchaban a la joven
llorar todas las noches. El llanto la robaba horas de sueño y cuando su padre y
hermana pequeña conocieron la noticia de sus noches en vela, decidieron
llevársela de nuevo a la casa familiar. En aquella casa que había compartido
con su esposo aún se encontraba su presencia, lo que destrozaba la fortaleza de
la muchacha.
IV
Fue entonces, cuando necesitó la compañía
de alguien que evitara que su corazón se destrozara en cuanto su mente dejaba
de estar ocupada. Había llegado hasta a llorar, a derrumbarse, cuando se
encontraba repartiendo las viandas con su padre.
Una mañana tomó una decisión que alegró a
su familia, iría a ver a Xuso, quien no había vuelto a pisar las calles del
pueblo desde aquella tarde que se hubo acercado para implorar su perdón. ¿Por
qué debía sufrir aquella condena por parte de las gentes del pueblo? Pocos eran
los que pensaban lo mismo que ella: Xuso no había tenido la culpa de la muerte
de su marido, quien llegaba aquella noche a las costas después de varias
semanas faenando en la flota de la capital. Xuso no había tenido la culpa de
todo aquello, solamente había sido un cúmulo de fatalidades. De aquella forma,
yendo ella hasta su vivienda, daba por janzado el asunto del accidente de su
marido. Cerraba las bocas de las personas que imploraban una venganza por parte
de ella que no iba a llegar. Ángeles no lo deseaba.
En un principio, Xuso se encontró
dubitativo, pues no sabía cómo reaccionar a aquella visita, pero poco a poco
fue acostumbrándose a que Ángeles fuera varios días a la semana a hacerle
alguna visita. De aquella forma, ninguno de los dos se encontraría en la
terrorífica soledad que a menudo jugaba con ellos y con sus ganas de seguir
viviendo.
Siempre que ella se marchaba hacia la
aldea, unas horas antes de que la noche cubriera con su manto el horizonte, se
despedían con un beso en la mejilla. Mas una tarde, los labios de ella no
buscaron las mejillas de Xuso, sino sus labios y los encontraron, siendo
correspondidos por éstos.
-No puede ser –dijo la joven apartándose
del farero, quien había quedado asombrado por la reacción de quien había sido
la esposa de su mejor amigo.
-Ramón no está, Ángeles, debes continuar
tu vida.
Sollozando, se abrazó a él y de
nuevo buscó el rostro del joven. Se encontraba confundida, sus sentimientos se
entrechocaban en su interior y no sabía cómo hacerles caso. Habían pasado
varios meses desde que hubo visitado a Xuso por primera vez y más de un año
desde que había enviudado. Aquella noche no volvió a su casa, algo que no
extrañó a su familia, conocedora del sentimiento que estaba creciendo en el
interior de Ángeles. La pasó junto a Xuso, observando las estrellas en lo alto
del faro, con el fuego del aceite. No yacieron juntos aquella noche, ni ninguna
que llegó después. Decidieron casarse y no tocar sus cuerpos hasta que llegara
la noche de bodas.
V
Y llegó el día en el que los dos unirían
sus manos ante un siervo de Dios y de la Vírgen de los Mares, quien se
encontraba en lo alto del altar de aquella ermita en la que Ángeles se había
casado hacía exactamente dos años. Aquella vez había sido un marinero, ahora
era el mejor amigo de éste, quien había esperado pacientemente el tiempo fijado
por ella para unirse.
De nuevo, todos dieron la enhorabuena a
la joven, deseando, sin decírselo, que aquella vez saliera todo perfecto, que
no tuviera la misma mala suerte que con su anterior matrimonio.
-Mírala, va muy hermosa –dijo una de las mujeres
que hacía dos años se encontraba en el mismo lugar-. Se ha vuelto a poner el
traje de la otra vez. El mismo Xuso se lo ha pedido, como homenaje a su amigo.
Es un gran muchacho.
-¿Pero tú no decías que no vino a la
anterior boda porque estaba enamorado de ella? –recordó otra, sacando los
colores a su compañera.
-Sí, y como habéis visto, tenía razón.
Siempre la ha querido y ahora ya son los dos felices –sentenció quien había
hablado en primer lugar.
Aquella tarde, fueron todos los
familiares a celebrarlo y el padre de Ángeles sacó su mejor vino, varias
botellas que había cosechado él mismo de las parras que se encontraban en una
pequeña tierra que tenía a escasos metros de la casa en la que vivía ahora con
su hija menor.
Brindaron varias veces y dejaron que el
novio bebiera un poco más de la cuenta. Se decía que no solía tener momentos de
divertimento a causa de su trabajo, siempre vigilante por las noches; por lo
que decidieron que sería el momento de que se tomara un descanso y estuviera
con la gente del pueblo, quien le había repudiado en un primer momento.
Bebió varios vasos y mientras Ángeles
bailaba con familiares, Xuso hablaba con otros.
-Por Ramón –dijo levantando el vaso de
vino para brindar. Sus ojos brillaban a causa de la acción del alcohol en su
cuerpo y una extraña sonrisa se veía en su rostro.
-Por Ramón –le siguieron los demás en voz
baja para evitar que Ángeles lo escuchara. No deseaban que llegara a su oídos
el nombre de su fallecido primer esposo. Aquel era su día y debía disfrutarlo.
-Que murió por mi culpa, por no poder ver
la luz que yo mismo apagué.
-¿Qué dices? –preguntó uno de ellos, el
primero en reaccionar, asombrado por las palabras y que rápidamente intentó
rectificarle-. No hombre, se apagó, tú no tuviste la culpa.
-Que no, que no. Yo apagué el faro. Sabía
que venía esa noche y estuve observando la costa desde la caída del sol. Cuando
vislumbré su barca, apagué el faro, dejándole a merced del mar. Ese mar que
siempre había querido tanto, más que a su joven esposa. Yo iba a cuidarla, a
amarla, pero tuvo que elegirle a él. ¿Yo no era nadie para ella? Yo la amo más
que a nada en mi vida y volvería a hacerlo si llegara el caso.
Varios de los que se encontraban
alrededor de él, retrocedieron. Sabían que estaba algo bebido, pero todo aquello
que contaba era perfectamente posible. No solo las mujeres más avispadas eran
capaces de saber que Xuso siempre se había sentido atraído por Ángeles.
-Pero Xuso, yo te encontré en tu casa,
tenías una brecha en la frente. Estabas inconsciente.
-Me encontraste como yo deseaba que me
encontraras. Yo mismo me hice esa herida golpeándome con fuerza contra la mesa
de la cocina. Sabía que vendríais a avisarme. Todo el mundo sabía que Ramón
estaba por llegar, todo el mundo se preocupaba de él, pero nadie se preocupó
del farero, quien no había aparecido por el pueblo en dos semanas.
-Bajaste arriesgando tu vida.
-Lo sé. Era lo único que podía hacer para
parecer inocente.
Antes de que pudiera decir nada más, cayó
al suelo sin sentido. Era mucha la cantidad de vino que había ingerido y el
cuerpo le pedía descansar, aunque después tuviera un mal despertar.
VI
Ya había anochecido cuando abrió los ojos
y se encontró a dos amigos de la familia de su ya esposa junto a él. No tenían
buena cara y lo miraban como un extraño. Negaban una y otra vez mientras
hablaban entre ellos y lo señalaban. No sabía lo que había pasado allí.
Recordaba la boda y el vino, pero después, nada de nada.
-¿Dónde está Ángeles? –preguntó a los dos
que parecían haber velado sus sueños, en un banco.
-Se ha ido al faro –respondieron a la
vez, como si supieran exactamente lo que debían decir.
Cogió un burro, el animal que siempre le
llevaba y le traía al pueblo y se encaminó hacia el faro.
La noche era clara, la luna brillaba como
nunca él recordaba y gracias a esa calma en el cielo, pudo distinguir a Ángeles
en lo alto del faro, cerca de la llama de aceite, que ella misma había
encendido. Debía darla las gracias y se juró a sí mismo no volver a beber de
aquella manera: había descuidado su trabajo y a su esposa el primer día de
matrimonio. ¿Qué clase de marido iba a ser? El mejor, eso lo tenía claro. No
iba a dejarla nunca. La iba a amar, la iba a cuidar...
Cuando subió donde se hallaba su mujer,
la encontró aún con el vestido de novia. Las lágrimas regaban sus mejillas y su
pelo se había despeinado, tanto que su melena parecía ahora rizada por la
acción del aire que soplaba a aquella altura.
-Lo sé todo –dijo apartándole con la mano
cuando Xuso quiso acercarse a ella y abrazarla.
-¿Qué todo? No te entiendo, cariño.
-¡No me llames así! Me han contado todo
lo que has confesado que ocurrió la noche en la que murió Ramón. ¡Tú apagaste
el faro! ¡Tú lo mataste!
-Espera Ángeles, no...
Intentó dar varios pasos hacia ella, pero
retrocedió cuando la vio subirse al pequeño muro que impedía que cayeran al
vacío, hacia las rocas donde el mar rompía con fuerza, algo que no sucedía
aquella noche.
-No te acerques a mí. Me has estado
engañando todo este tiempo. Te perdoné, hice ver al pueblo que no tenías culpa
de nada e incluso te he amado como lo hice con Ramón, puede que incluso más.
Su voz, quebrada por el dolor, se hizo
casi silenciosa. Parecía que hablaba para sí, el horror impedía que tuviera
fuerzas para gritar. ¿Era verdad? ¿Amaba más a aquel chico que a su anterior
esposo? No podía ser, Xuso había dejado que Ramón muriera a manos del mar y
todo ¿para qué? ¿Para conseguirla a ella? Claro que lo amaba más, había estado
más tiempo con ella, durante esos meses en el faro que Ramón en toda su vida.
El mar lo había apartado de ella desde que se habían convertido en dos
muchachos que se gustaban.
-Te quiero Ángeles –dijo Xuso
arrodillándose como para implorar perdón-. Sé que obré mal, que no debí
hacerlo, pero ¿cómo podía hacer que te dieras cuenta que Ramón nunca te había
amado tanto como yo lo he hecho? Siempre te he querido. No sabes las horas y
horas, aquí solo, sabiendo que eras de él y que yo podría darte todo lo que
quisieras. Lo hice por ti. Por que te quiero, porque te amo.
-Yo también te amo y por eso me siento
una traidora. Amo a quien regaló la vida de mi esposo a un mar embravecido. Y
sólo hay una condena para esta traición.
Antes de que Xuso pudiera reaccionar,
Ángeles se subió al pequeño muro que impedía una caída fortuita desde lo alto y
se dejó caer. Las manos del farero solamente pudieron agarrar un pedazo del
vestido de novia, que se rasgó. Los asustados ojos de Xuso observaron cómo su
amada caía hasta acabar sobre las rocas donde había perecido su marido hacía ya
un tiempo. Quiso bajar, intentar arañar una mínima esperanza de saber si se
encontraba aún viva, pero una ola, con mayor furia que sus hermanas de aquella
noche, arrastró el cuerpo hacia el mar, perdiéndose a los pocos minutos entre
la marea.
Habiendo perdido lo único que le
importaba, lleno de una locura que jamás hubiera imaginado, volcó todo el
aceite que tenía sobre aquella zona donde se encontraba y lo prendió fuego.
Aquella noche, el faro de aquella aldea
fue el más luminoso de toda la costa. Su luz no provenía solamente de la llama
que iluminaba todas las noches, su luz era toda su zona superior, donde el
fuego poco a poco fue haciéndose dueño y señor de todo el edificio.
* * *
-Los que se acercaron hasta allí al día
siguiente, contemplaron que el faro había desaparecido, que en su lugar se
encontraba una gran cantidad de escombros y ceniza. Entre algunas rocas,
encontraron un trozo de tela, aquel trozo que Xuso había cogido intentando
detener el salto de su entonces esposa.
No respondí de ninguna manera, estaba
convencido que aquella chica aún no había terminado.
-Ángeles tenía una hermana, quien tuvo a
mi abuela años después. Ese es el parentesco que nos une a Ángeles. Me ha
tocado a mí traer el trozo de mi vestido de boda para recordar lo que pasó
aquella noche a la hermana de mi bisabuela.
Continuaron su camino, dejándome a
escasos metros del acantilado, donde hace muchos años, una joven se lanzó
contra las rocas, pensando que había traicionado a su anterior esposo. Ella no
había tenido la culpa, su corazón había buscado un hombre que ella había
pensado bueno. Solamente había hecho caso a su corazón.