martes, 25 de septiembre de 2012

La luz en el mar


Había llegado hasta aquel lugar solamente con la idea de verlas olas rompiendo contra las rocas de los acantilados que se encontraban bajo mis pies. A escasos centímetros de la punta de mis botas, se abría el vacío que terminaba en la espuma del mar que se perdía entre las rocas.
Tragué saliva al comprender que me encontraba a escasa distancia de una muerte segura y retrocedí varios pasos.
En mi pequeña huida hacia la vida, choqué con una joven que tenía agarrada de la mano a una niña que con cara de cansancio miraba hacia el lugar desde el que yo venía. Me hice a un lado y las dejé continuar su caminar. Se acercaron al filo de la tierra y estuvieron allí varios minutos. Las manos de la joven ahora aferraban a la niña por la cintura y se había agachado para poder hablar con ella.
Cuando volvieron al lugar en el que yo me encontraba, que no era otra cosa que el aparcamiento en el que aparecía una señal que indicaba que aquello era un lugar para realizar buenas fotografías, me acerqué a su posición. Me intrigaba algo que había visto en aquellos momentos: la niña había cambiado por completo su rictus. Sonreía como cuando se le da un niño un caramelo, o en el día de su cumpleaños, cuando se encuentra con todas las personas que le quieren y éstas le entregan algo con todo su afecto.
-Perdone un momento –dije colocándome a su lado-. Pero no puedo evitar fijarme en que la pequeña ha lanzado algo al acantilado.
También lo había visto, la niña había lanzado algo al aire, algo que se había perdido en el vacío, hacia el mar.
-¿Es usted un guardia? –preguntó la joven sonrojándose-. ¿Nos va a multar?
-No, no soy ningún guarda –dije con una sonrisa en la cara que tranquilizó a la joven-, pero me ha llamado la atención.
-Tiramos un trozo de un traje de boda, es una tradición de mi familia que se remonta mucho tiempo atrás. Somos una familia muy numerosa y siempre que alguien pasa por el altar, rompe una parte de su vestido de novia, una zona de la cola y se la tira a este lugar.

I

Sonaron las campanas de boda y todos los habitantes de la pequeña aldea costera esperaban impacientes a la salida del lugar santo para dar la enhorabuena a los recién casados. La joven pareja salió sonriendo y recibieron los halagos de sus convecinos. Él, un joven pescador, patrón de una pequeña barcaza y ella, la hija del panadero, quien recorría junto a su padre todas las casas del pueblo repartiendo las hogazas y otras viandas que pudieran necesitar los aldeanos, tales como huevos y harina.
El traje de novia que llevaba la joven Ángeles, había sido de un antepasado suyo y algunas gentes lo reconocieron como el mismo vestido que había llevado su madre y la madre de ésta en el día de su boda.
Por desgracia, la anterior persona que había utilizado aquella prenda no se encontraba allí, había fallecido hacía algunos años y ni siquiera había tenido la posibilidad de conocer al joven con el que su hija se acababa de desposar. No así su padre, quien la llevó hasta el altar de aquella ermita, alejada del pueblo desde la cual se podía ver toda la aldea y a poca distancia, el faro, que rompía la oscuridad de la noche con una luz salvadora.
-Es una pena que no haya podido venir a esta celebración Xuso –dijo una mujer a otra que la acompañaba mientras señalaba al faro.
-Es una verdadera lástima. Tan amigo que es de los novios y no ha podido venir. Es la desgracia de ser el encargado del faro. Pasa allí las noches vigilando que el faro no se apague y cuando sale el sol, es cuando puede dormir el pobre muchacho. Además, para más fatalidad, ayer el faro se apagó y me ha dicho su madre, que lleva toda la noche y todo el día preocupado, intentando saber qué es lo que ha podido fallar.
-Yo siempre he escuchado que estaba enamorado de la Ángeles –dijo otra señora que se había unido a aquel grupo.
-¿Quién te ha dicho eso? –se escuchó decir entre ellas-. Seguro que ha sido la Mariana, que siempre se está inventando cosas.
Callaron cuando la pareja de recién casados pasaron a su lado y ellas se apresuraron a besar a la novia y al novio, volviendo a su conversación en cuanto se hubieron alejado un poco. No deseaban ser escuchadas por alguien que fuera ajeno a aquel grupo que se estaba formando.
-Dices del pobre Xuso, pero la niña también se va a pasar temporadas sin ver a su esposo. Me han dicho que si en el puerto están buscando buenos marinos para barcos de mayor pesca.
-¿Estás segura?
-Lo juro por Dios –se envalentonó la mujer cuando lo dijo-. Que me lo han dicho y sé que puedo fiarme de ello. Y también me han comentado que si el Pablo está interesado en ello.
-Tan joven y ya tan sola –dijo una de ellas observando a la pareja alejarse de la ermita a cuya sombra se resguardaban aquellas mujeres.

II

-¡Xuso! –gritaron los hombres cuando llegaron hasta el faro.
Llegaban abrigados, tapándose la cara por la acción del viento y el agua que azotaba aquella costa. Las gotas eran como agujas que se clavaban en el rostro y el caminar era un auténtico penar, pero debían llegar hasta el faro.
-¡Xuso! –volvieron a gritar.
Pero el viento y las olas rompiendo a varios metros bajo ellos les impedía escucharse a ellos mismos, por lo que al farero era imposible que le llegaran sus gritos. Cuando uno de ellos llegó a la puerta del faro, se la encontró abierta y subió hasta donde se encontraba la vivienda del joven Xuxo, a quien se encontró caído en el suelo, sin sentido. Cuando lo levantó, observó un profundo corte en la cabeza y rápidamente impidió que saliera más sangre tapándoselo con un paño que había encontrado sobre la mesa donde se encontraba lo que parecía la cena del farero.
-Xuso, el faro se ha apagado –dijo uno de los tres que habían llegado hasta allí, una vez vieron que el joven recuperaba la consciencia.
-¿Cómo? ¿Qué ha pasado?
-Hemos venido corriendo, Xuso, el faro se ha apagado y como no lo encendía, hemos venido corriendo a ver lo que pasaba. Es una noche de perros, no se ve nada y el mar está muy embravecida.
-Debo encenderlo –dijo soltándose de quien le tenía cogido de las manos.
Subió rápidamente las escaleras de caracol que le conducían a lo más alto del faro y allí, encendió de nuevo la luz que iluminaba a los barcos que se aventuraban a pasar por aquella costa que tantas vidas se había llevado. El aceite se había apagado y la llama no había iluminado la noche como tantas otras. De nuevo había ocurrido lo mismo que la noche anterior a que se desposaran sus amigos. Pero por suerte, aquella noche no había sido como aquella. La noche anterior a la boda, desde la cual ya habían pasado dos años, no se parecía en nada a aquella. Esta vez, el mar estaba fuera de sí. Golpeaba con fuerza las piedras de los acantilados y Xuxo sentía la humedad que transportaba el aire con cada golpe de mar.
-Solamente espero que nadie se encontrara esta noche por aquí –dijo el farero a uno de los tres hombres, quien había subido por si necesitaba ayuda.
A pocos metros sobre ellos, una gran llama alimentada por aceite, iluminaba ya la costa y los peligros que en ella se encontraban y esperaban a los marinos.
Y fue gracias a aquella luz, por lo que vieron algo que se movía entre las rocas. Parecían ser los restos de una pequeña embarcación.
-¡Dios mío!
No dijo nada más. Xuso bajó corriendo las escaleras del faro, dejando impresionados a los tres que hasta allí habían llegado para alertarle. No podían creerse que hacía unos segundos, el muchacho se encontraba sin sentido y con un gran golpe en a frente. Solamente había algo que podía hacerle reaccionar de aquella manera. Lo vieron bajar por un pequeño sendero hasta las mismas rocas, donde gente había perecido en noches como aquella. Gritaban para que no bajara, que no fuera loco, pero no escuchaba. El mar silenciaba todo grito que se realizara en sus inmediaciones, pero puede que Xuso sí les escuchara y no quisiera parar.
En las rocas, siendo golpeado por el aire y el agua, consiguió llegar hasta un pequeño madero, que distinguió como parte de la quilla de una barca y tiró de él. Tuvo que tirar fuerte, pues algo se encontraba aferrado a él. Intentó sacarlo del agua, pero no pudo hacerlo solo y esperó la llegada de los otros tres, que deseaba que llegara pronto. Si tardaban mucho más, su cuerpo no podría aguantar las acometidas de las olas que intentaban lanzarlo contra las rocas. Cuando llegaron, temerosos de la furia del mar, encontraron a Xuso con aquel trozo de barca agarrado y apoyado en una de las piedras, siendo golpeado por el oleaje. Su cara mostraba el esfuerzo que estaba realizando por mantenerse agarrado a aquella tabla, que a la vez impedía que cayera entre las rocas y acabara allí su vida. La herida que tenía en la frente volvía a sangrar y el líquido rojo se confundía con el agua salada que le golpeaba la cara.
Entre los cuatro, pudieron tirar con mucha más fuerza de aquella parte de la barca y observaron horrorizados lo que en ella se había quedado agarrado. Un hombre, con la ropa totalmente destrozada y el cuerpo de igual manera, se había aferrado a la tabla, pensando que aquella iba a ser su salvavidas.
Con peligro de caerse al mar enfurecido y que éste les arrebatara la vida golpeándoles con toda su furia, avanzaron sobre las piedras para tomar en brazos al náufrago. Las piernas del hombre se encontraban en un giro grotesco e incluso, uno de los pies había desaparecido y en su lugar se encontraba un muñón sanguinolento que comenzó a teñir de rojo el lugar donde le colocaron para poder descansar, ya en la parte más baja del sendero que subía hacia el faro.
-Es Ramón –dijo uno de ellos reconociendo el rostro destrozado por los golpes recibidos.
Xuso se acercó rápidamente al herido y comprobó que se trataba de su mejor amigo. Bajo aquel cuerpo destrozado por la crueldad del mar, se hallaba el joven que había casado hacía un tiempo y que no había podido asistir a su boda. Colocó su rostro cerca de la boca del náufrago y escuchó que llamaba a su joven esposa Ángeles. No sabía dónde estaba, deliraba por la cercanía de la muerte y ésta no tardó en llevárselo. Otra víctima de aquella costa traicionera que daba la vida igual que la quitaba.
Las lágrimas comenzaron a descender por las lágrimas de Xuso. Frente a él, la vida de su amigo se había escapado, siendo la luz del faro que él gobernaba lo que le había hecho estrellarse contra las rocas.

III

La noticia llegó hasta la aldea, donde cayó como una tempestad que arrasara los corazones de los habitantes. Todos miraron hacia el faro, hacia aquella maldita luz sobre el mar que no se había mantenido encendida en aquel fatídico instante, en aquella noche. A la gente parecía no importarle que los tres que habían ayudado a Xuso a sacar a Ramón del agua, juraran que el joven se encontraba inconsciente en su casa.
-Todo ha sido una suma de coincidencias –dijo la joven viuda tras varios días de llanto sin consuelo-. No has tenido la culpa de haber caído en casa y quedarte inconsciente.
Lo decía abrazada a quien se ocupaba del faro, quien lloraba desconsolado después de presentarse en casa de la joven para pedirla su perdón. No se había atrevido a acercarse a la vivienda hasta una semana después, creyéndose responsable de la muerte de Ramón, quien había sido su mejor amigo.
-No debes culparte por ello.
-Los marineros depositan sus vidas en mí y en el faro. He fallado a Ramón, te he fallado a ti, Ángeles. Lo siento mucho.
Volvió a abrazarlo con fuerza y a consolarlo. ¿Cómo podía ser que él estuviera tan destrozado y ella se hubiera resignado tan pronto? Eso era lo que decían las mujeres que el día de la boda hablaban del supuesto amor de Ramón por la chica, pero no escuchaban a la joven llorar todas las noches. El llanto la robaba horas de sueño y cuando su padre y hermana pequeña conocieron la noticia de sus noches en vela, decidieron llevársela de nuevo a la casa familiar. En aquella casa que había compartido con su esposo aún se encontraba su presencia, lo que destrozaba la fortaleza de la muchacha.

IV

Fue entonces, cuando necesitó la compañía de alguien que evitara que su corazón se destrozara en cuanto su mente dejaba de estar ocupada. Había llegado hasta a llorar, a derrumbarse, cuando se encontraba repartiendo las viandas con su padre.
Una mañana tomó una decisión que alegró a su familia, iría a ver a Xuso, quien no había vuelto a pisar las calles del pueblo desde aquella tarde que se hubo acercado para implorar su perdón. ¿Por qué debía sufrir aquella condena por parte de las gentes del pueblo? Pocos eran los que pensaban lo mismo que ella: Xuso no había tenido la culpa de la muerte de su marido, quien llegaba aquella noche a las costas después de varias semanas faenando en la flota de la capital. Xuso no había tenido la culpa de todo aquello, solamente había sido un cúmulo de fatalidades. De aquella forma, yendo ella hasta su vivienda, daba por janzado el asunto del accidente de su marido. Cerraba las bocas de las personas que imploraban una venganza por parte de ella que no iba a llegar. Ángeles no lo deseaba.
En un principio, Xuso se encontró dubitativo, pues no sabía cómo reaccionar a aquella visita, pero poco a poco fue acostumbrándose a que Ángeles fuera varios días a la semana a hacerle alguna visita. De aquella forma, ninguno de los dos se encontraría en la terrorífica soledad que a menudo jugaba con ellos y con sus ganas de seguir viviendo.
Siempre que ella se marchaba hacia la aldea, unas horas antes de que la noche cubriera con su manto el horizonte, se despedían con un beso en la mejilla. Mas una tarde, los labios de ella no buscaron las mejillas de Xuso, sino sus labios y los encontraron, siendo correspondidos por éstos.
-No puede ser –dijo la joven apartándose del farero, quien había quedado asombrado por la reacción de quien había sido la esposa de su mejor amigo.
-Ramón no está, Ángeles, debes continuar tu vida.
Sollozando, se abrazó a él y de nuevo buscó el rostro del joven. Se encontraba confundida, sus sentimientos se entrechocaban en su interior y no sabía cómo hacerles caso. Habían pasado varios meses desde que hubo visitado a Xuso por primera vez y más de un año desde que había enviudado. Aquella noche no volvió a su casa, algo que no extrañó a su familia, conocedora del sentimiento que estaba creciendo en el interior de Ángeles. La pasó junto a Xuso, observando las estrellas en lo alto del faro, con el fuego del aceite. No yacieron juntos aquella noche, ni ninguna que llegó después. Decidieron casarse y no tocar sus cuerpos hasta que llegara la noche de bodas.

V

Y llegó el día en el que los dos unirían sus manos ante un siervo de Dios y de la Vírgen de los Mares, quien se encontraba en lo alto del altar de aquella ermita en la que Ángeles se había casado hacía exactamente dos años. Aquella vez había sido un marinero, ahora era el mejor amigo de éste, quien había esperado pacientemente el tiempo fijado por ella para unirse.
De nuevo, todos dieron la enhorabuena a la joven, deseando, sin decírselo, que aquella vez saliera todo perfecto, que no tuviera la misma mala suerte que con su anterior matrimonio.
-Mírala, va muy hermosa –dijo una de las mujeres que hacía dos años se encontraba en el mismo lugar-. Se ha vuelto a poner el traje de la otra vez. El mismo Xuso se lo ha pedido, como homenaje a su amigo. Es un gran muchacho.
-¿Pero tú no decías que no vino a la anterior boda porque estaba enamorado de ella? –recordó otra, sacando los colores a su compañera.
-Sí, y como habéis visto, tenía razón. Siempre la ha querido y ahora ya son los dos felices –sentenció quien había hablado en primer lugar.
Aquella tarde, fueron todos los familiares a celebrarlo y el padre de Ángeles sacó su mejor vino, varias botellas que había cosechado él mismo de las parras que se encontraban en una pequeña tierra que tenía a escasos metros de la casa en la que vivía ahora con su hija menor.
Brindaron varias veces y dejaron que el novio bebiera un poco más de la cuenta. Se decía que no solía tener momentos de divertimento a causa de su trabajo, siempre vigilante por las noches; por lo que decidieron que sería el momento de que se tomara un descanso y estuviera con la gente del pueblo, quien le había repudiado en un primer momento.
Bebió varios vasos y mientras Ángeles bailaba con familiares, Xuso hablaba con otros.
-Por Ramón –dijo levantando el vaso de vino para brindar. Sus ojos brillaban a causa de la acción del alcohol en su cuerpo y una extraña sonrisa se veía en su rostro.
-Por Ramón –le siguieron los demás en voz baja para evitar que Ángeles lo escuchara. No deseaban que llegara a su oídos el nombre de su fallecido primer esposo. Aquel era su día y debía disfrutarlo.
-Que murió por mi culpa, por no poder ver la luz que yo mismo apagué.
-¿Qué dices? –preguntó uno de ellos, el primero en reaccionar, asombrado por las palabras y que rápidamente intentó rectificarle-. No hombre, se apagó, tú no tuviste la culpa.
-Que no, que no. Yo apagué el faro. Sabía que venía esa noche y estuve observando la costa desde la caída del sol. Cuando vislumbré su barca, apagué el faro, dejándole a merced del mar. Ese mar que siempre había querido tanto, más que a su joven esposa. Yo iba a cuidarla, a amarla, pero tuvo que elegirle a él. ¿Yo no era nadie para ella? Yo la amo más que a nada en mi vida y volvería a hacerlo si llegara el caso.
Varios de los que se encontraban alrededor de él, retrocedieron. Sabían que estaba algo bebido, pero todo aquello que contaba era perfectamente posible. No solo las mujeres más avispadas eran capaces de saber que Xuso siempre se había sentido atraído por Ángeles.
-Pero Xuso, yo te encontré en tu casa, tenías una brecha en la frente. Estabas inconsciente.
-Me encontraste como yo deseaba que me encontraras. Yo mismo me hice esa herida golpeándome con fuerza contra la mesa de la cocina. Sabía que vendríais a avisarme. Todo el mundo sabía que Ramón estaba por llegar, todo el mundo se preocupaba de él, pero nadie se preocupó del farero, quien no había aparecido por el pueblo en dos semanas.
-Bajaste arriesgando tu vida.
-Lo sé. Era lo único que podía hacer para parecer inocente.
Antes de que pudiera decir nada más, cayó al suelo sin sentido. Era mucha la cantidad de vino que había ingerido y el cuerpo le pedía descansar, aunque después tuviera un mal despertar.

VI

Ya había anochecido cuando abrió los ojos y se encontró a dos amigos de la familia de su ya esposa junto a él. No tenían buena cara y lo miraban como un extraño. Negaban una y otra vez mientras hablaban entre ellos y lo señalaban. No sabía lo que había pasado allí. Recordaba la boda y el vino, pero después, nada de nada.
-¿Dónde está Ángeles? –preguntó a los dos que parecían haber velado sus sueños, en un banco.
-Se ha ido al faro –respondieron a la vez, como si supieran exactamente lo que debían decir.
Cogió un burro, el animal que siempre le llevaba y le traía al pueblo y se encaminó hacia el faro.
La noche era clara, la luna brillaba como nunca él recordaba y gracias a esa calma en el cielo, pudo distinguir a Ángeles en lo alto del faro, cerca de la llama de aceite, que ella misma había encendido. Debía darla las gracias y se juró a sí mismo no volver a beber de aquella manera: había descuidado su trabajo y a su esposa el primer día de matrimonio. ¿Qué clase de marido iba a ser? El mejor, eso lo tenía claro. No iba a dejarla nunca. La iba a amar, la iba a cuidar...
Cuando subió donde se hallaba su mujer, la encontró aún con el vestido de novia. Las lágrimas regaban sus mejillas y su pelo se había despeinado, tanto que su melena parecía ahora rizada por la acción del aire que soplaba a aquella altura.
-Lo sé todo –dijo apartándole con la mano cuando Xuso quiso acercarse a ella y abrazarla.
-¿Qué todo? No te entiendo, cariño.
-¡No me llames así! Me han contado todo lo que has confesado que ocurrió la noche en la que murió Ramón. ¡Tú apagaste el faro! ¡Tú lo mataste!
-Espera Ángeles, no...
Intentó dar varios pasos hacia ella, pero retrocedió cuando la vio subirse al pequeño muro que impedía que cayeran al vacío, hacia las rocas donde el mar rompía con fuerza, algo que no sucedía aquella noche.
-No te acerques a mí. Me has estado engañando todo este tiempo. Te perdoné, hice ver al pueblo que no tenías culpa de nada e incluso te he amado como lo hice con Ramón, puede que incluso más.
Su voz, quebrada por el dolor, se hizo casi silenciosa. Parecía que hablaba para sí, el horror impedía que tuviera fuerzas para gritar. ¿Era verdad? ¿Amaba más a aquel chico que a su anterior esposo? No podía ser, Xuso había dejado que Ramón muriera a manos del mar y todo ¿para qué? ¿Para conseguirla a ella? Claro que lo amaba más, había estado más tiempo con ella, durante esos meses en el faro que Ramón en toda su vida. El mar lo había apartado de ella desde que se habían convertido en dos muchachos que se gustaban.
-Te quiero Ángeles –dijo Xuso arrodillándose como para implorar perdón-. Sé que obré mal, que no debí hacerlo, pero ¿cómo podía hacer que te dieras cuenta que Ramón nunca te había amado tanto como yo lo he hecho? Siempre te he querido. No sabes las horas y horas, aquí solo, sabiendo que eras de él y que yo podría darte todo lo que quisieras. Lo hice por ti. Por que te quiero, porque te amo.
-Yo también te amo y por eso me siento una traidora. Amo a quien regaló la vida de mi esposo a un mar embravecido. Y sólo hay una condena para esta traición.
Antes de que Xuso pudiera reaccionar, Ángeles se subió al pequeño muro que impedía una caída fortuita desde lo alto y se dejó caer. Las manos del farero solamente pudieron agarrar un pedazo del vestido de novia, que se rasgó. Los asustados ojos de Xuso observaron cómo su amada caía hasta acabar sobre las rocas donde había perecido su marido hacía ya un tiempo. Quiso bajar, intentar arañar una mínima esperanza de saber si se encontraba aún viva, pero una ola, con mayor furia que sus hermanas de aquella noche, arrastró el cuerpo hacia el mar, perdiéndose a los pocos minutos entre la marea.
Habiendo perdido lo único que le importaba, lleno de una locura que jamás hubiera imaginado, volcó todo el aceite que tenía sobre aquella zona donde se encontraba y lo prendió fuego.
Aquella noche, el faro de aquella aldea fue el más luminoso de toda la costa. Su luz no provenía solamente de la llama que iluminaba todas las noches, su luz era toda su zona superior, donde el fuego poco a poco fue haciéndose dueño y señor de todo el edificio.

*             *             *

-Los que se acercaron hasta allí al día siguiente, contemplaron que el faro había desaparecido, que en su lugar se encontraba una gran cantidad de escombros y ceniza. Entre algunas rocas, encontraron un trozo de tela, aquel trozo que Xuso había cogido intentando detener el salto de su entonces esposa.
No respondí de ninguna manera, estaba convencido que aquella chica aún no había terminado.
-Ángeles tenía una hermana, quien tuvo a mi abuela años después. Ese es el parentesco que nos une a Ángeles. Me ha tocado a mí traer el trozo de mi vestido de boda para recordar lo que pasó aquella noche a la hermana de mi bisabuela.
Continuaron su camino, dejándome a escasos metros del acantilado, donde hace muchos años, una joven se lanzó contra las rocas, pensando que había traicionado a su anterior esposo. Ella no había tenido la culpa, su corazón había buscado un hombre que ella había pensado bueno. Solamente había hecho caso a su corazón.