Vislumbré desde aquel camino que sube hacia lo alto la obra que para muchos, gracias a un dicho popular, había sido una obra grandiosa. Un cuadrado con cuatro torres que se erigían por encima de los tejados de las edificaciones colindantes. Una parrilla volteada para hacer honor a un mártir que había muerto en un artefacto similar, aunque mucho más pequeño.
San Lorenzo del Escorial se encontraba a mis pies y junto a él todo el misterio que había en su interior. Tumbas de reyes, grandes fortunas y libros prohibidos e incunables en su majestuosa biblioteca, por no hablar del mapa telúrico, el que diseminaba por todo el globo las líneas de fuerzas que tanto habían atraído al monarca que había mandado erigir aquel lugar. La locura de aquel emperador, en cuyas tierras jamás se ponía el Sol, era la verdadera leyenda del lugar. Casi enloquecido hasta sus últimos días, aseguraba que aquella obra no estaba realizándose en aquel lugar por mero azar. No más lejos de la realidad. Juraba y perjuraba que aquel gran mausoleo, donde sería el mismo enterrado, se encontraba en aquel lugar por una poderosa razón: trabajaba como un gran sello para cerrar la puerta del infierno, que para muchos adivinos y esotéricos de la época, se encontraba en el monte Abantos, cercano a la localidad, en cuya ladera me encontraba yo.
Pero no solamente fue aquella la única leyenda del lugar. Muchos podían creerla o no, para otros eran solamente historias de locos y viejos de las aldeas cercanas. No quiero hablar de la locura de aquel hombre tan poderoso a causa de sus extraños cachivaches de otras culturas y las piezas de diversos santos, sobre todo huesos. Y tampoco de esa obsesión por varios pintores, cuyas pinturas parecía necesitar como una auténtica droga para seguir viviendo en sus últimos días. Algunos aseguraban que en sus últimos momentos se había encerrado junto a todas sus reliquias y sus cuadros para esperar a la mujer alta, a la muerte.
Las cuatro torres, cada una en una esquina de la gran estructura, apuntaban al cielo, pero mis ojos no las miraban a ellas. Me fijaba en la parte más baja, donde se encontrarían los obreros de aquel gran templo de la cristiandad española en sus años de imperio. En pocos segundos, mientras degustaba un bocadillo de tortilla de patatas, me pareció ver ante mis ojos una escena del pasado.
I
-Señor, dicen algunos hombres que lo han vuelto a ver. Negro como la noche, como la boca del infierno. Aseguran que solamente podían distinguírsele los ojos, que brillaban como los el fuego del averno.
El joven obrero se había acercado a su capataz corriendo, buscándole como si fuera la salvación de todos los que allí se encontraban.
-¿De nuevo unos obreros ebrios han visto visiones? Les he dicho muchas veces que el vino acabará con ellos sin remedio.
Ya estaba harto de que cada poco tiempo algún aprendiz apareciera para darle una noticia que ya recorría todo el campamento. De nuevo, el perro negro había hecho su aparición y él, como persona al mando en aquellos momentos, debía acercarse a los asustados obreros para tranquilizarlos y mandarles de nuevo al trabajo. Pero esta vez parecía ser distinto, los ojos del muchacho estaban llenos de lágrimas secas, había llorado. Conocía las correrías de aquel extraño perro y nunca había llegado el anunciante de aquella manera. El animal aparecía a altas horas de la noche y perseguía a los hombres y mujeres que se encontraran cerca del recinto de las obras si tenían la desgracia de hallarse fuera de las tiendas.
El aprendiz de carpintero se quedó ante su superior como esperando terminar algo referente a la noticia dada.
-¿Pasa algo Diego?
-Se ha llevado a dos hombres, mi señor. Dos albañiles que están realizando los trabajos de una de las torres.
Eso trastocaba todos los planes. El maestro de obras se encontraba en cama, aquejado de fiebres altas, y toda la responsabilidad caía sobre él en aquellos momentos. Felipe, el emperador, conocía la enfermedad del máximo responsable de la obra y no parecía tener problema alguno en deshacerse de la gente que no cumplía las expectativas que él mismo marcaba. En todos los lugares se libraban batallas y los soldados eran necesarios. Cada vez que pensaba en aquello, los tercios de Flandes, tragaba saliva. No deseaba su carne en el frente. Con un simple gesto le indicó al aprendiz que lo llevara hasta el lugar de los hechos.
Los obreros se hallaban a varios metros de la construcción en tiendas y barracas que les servía de vivienda mientras durara su trabajo o su vida. En cuanto vieron aparecer a quien respondía ahora ante Felipe II, se abalanzaron sobre su persona, alguno incluso llegó a cogerle de las ropas y zarandearle. Era tal la desesperación que se estaba viviendo, el miedo que tenían, que ni unas palabras de ánimo podrían calmar a aquella muchedumbre.
-No podemos continuar así –gritó uno entre la multitud-. Esta vez ha llegado demasiado lejos.
Él lo sabía, no hacía falta que nadie se lo dijera, ya se lo había explicado el joven que habían mandado para que se lo comunicara, el mismo que ahora caminaba a su lado, totalmente pegado a él, como si tuviese miedo hasta de sus propios compañeros. Parecía ser en aquellos momentos una sombra de carne y hueso. El capataz, con mirada seria, se dirigió a los hombres allí congregados, ahogados en el miedo.
-Debemos calmarnos, puede que hayan desertado, que se hayan marchado. Nadie ha visto al perro llevárselos –gritó esperando que aquellas palabras fueran capaces de calmar los ánimos de aquellas gentes.
-Yo lo he visto –se escuchó entre las cabezas.
Se adelantó un hombre tuerto, con barba de una semana y una cicatriz en mitad de la cara. Algunos lo conocían de vista y también sabían que aunque solamente tuviera uno de sus ojos, podían confiar en todo lo que veía. Jamás se había inventado cosa alguna.
-Me encontraba orinando fuera de la barraca cuando lo vi. Era negro como la noche y solamente lo pude distinguir por sus ojos. Brillaban como dos diamantes, pero no eran tan bonitos. Por suerte no llegó a verme, pues me escondí para poder seguirle los pasos. Entró en la tienda en la que dormían los dos hombres desaparecidos y después de un forcejeo, salió arrastrando uno de los cuerpos. Le había seccionado el cuello, de eso estoy seguro. Se lo llevó fuera del campamento, hacia el monte y volvió a por el otro cuerpo –dijo el hombre, ahora rodeado de curiosos y temerosos obreros, como si se tratase de un cuentacuentos, aunque realmente este cuento nadie lo quisiera escuchar-. Hizo lo mismo. Se lo llevó como al otro.
-¿Por qué no lo impediste? –dijo uno de sus compañeros.
-Me hubiera matado a mí también y no podría contaros ahora mismo lo sucedido. De esta manera conocemos lo que ha pasado y podemos ponerle fin.
II
-Sí, mi señor. Apareció ya una noche, la recuerdo perfectamente, la misma noche en la que se comenzaron a excavar las dimensiones del lugar. Se trataba de un perro totalmente negro que en un principio parecía observar y buscar comida en la obra, como si esperara a que los hombres le echaran algo para hincarle el diente. Pero a medida que pasaban los días, se acercaba más y más a los hombres, hasta que un día intentó atacar a un maestro carpintero que se encontraba en el lugar. Tuvo suerte, solamente fue un mordisco en el muslo y se recuperó con rapidez.
Lo contaba sin mirar a los ojos de quien se encontraba delante. Su espalda se hallaba un poco inclinada en una reverencia eterna, algo que siempre debía hacer cuando se encontrara delante de aquel hombre, eso es lo que le habían enseñado. El emperador, sentado en su silla de viaje escuchaba sin mucha atención las palabras de aquel hombre. Estaba más concentrado en su dolor de gota que en los posibles ataques de un perro del que todos aquellos obreros hablaban. Y es que no era la primera vez que escuchaba aquella historia, parecía ser un cuento de viejas repetido hasta la saciedad. Se lo hizo saber al hombre que no se atrevía a mirarle a la cara.
-Creo recordar que ordené yo mismo dar caza a aquel animal y matarlo ¿no es así?
-Lo hicimos, mi señor. Lo descuartizaron y esparcieron sus restos por las cuatro esquinas del monasterio. Pero esos partes de su cuerpo desaparecieron y ha vuelto. Muchos dicen que es el mismo perro y otros tantos aseguran que es el perro del mismísimo diablo, quien no quiere que construyamos este lugar y nos los manda para advertirnos y atacarnos. La pasada noche desaparecieron dos hombres.
-Habrán huído. La gente es miedosa y supersticiosa.
-Uno de los hombres asegura que vio al perro llevarse los cuerpos y esta misma tarde han aparecido, desmembrados y mordidos por lo que parece ser una autentica jauría de perros salvajes. Los hombres no quieren seguir trabajando.
Felipe II, el hombre en cuyo imperio jamás se ponía el sol, no dijo absolutamente nada, simplemente se quedó mirando al nuevo cabecilla de los obreros, a quien ellos mismos habían puesto como portavoz, quien debía atreverse a hablar con él. En cuanto aquel hombre se encontró con los ojos de su emperador, supo lo que deseaba: cazar de nuevo a la bestia para poder verla en persona. Todos conocían su extraña afición de rebuscar por el mundo objetos de extraño y dudoso valor. Puede que aquel extraordinario animal fuera lo único que le faltaba por conocer.
-Un soldado de mi guardia os ayudará a buscarlo en su terreno –sentenció el monarca dejando desolado al portavoz, quien estaba seguro de tener que capitanear aquella búsqueda en cuanto lo hubo visto en los ojos del emperador.
-Pero mi señor, su terreno...
-El monte Abantos. Si realmente creéis que es el perro del demonio, en ese lugar tendrá su guarida. Quiero la cabeza de ese animal en mi colección.
Diciendo estas últimas palabras, señaló a los porteadores de la silla en la que él se encontraba sentado, que volvieran a izarla y que lo alejaran de allí. Ya no tenía nada que hacer en aquel lugar, le habían dado todos los datos del edificio y por ello se encontraba algo disgustado por la tardanza que llevaban. Pero no podía hacer nada más. ¿Un duro castigo? Seguramente eso no llegara a ningún lado. Lo que tenían aquellos hombres era miedo, terror a un perro que nada tenía que ver con el lugar de la construcción del monasterio.
III
Cuando el hombre armado con la lanza lo levantó a altas horas de madrugada, el joven obrero se despertó sobresaltado, tranquilizándose después en cuanto vio la cara del soldado.
-Por Dios, me habéis asustado –dijo Tomás levantándose del suelo, de donde había caído tras ser desvelado.
Aquella noche los dos habían dormido junto a los demás obreros, como para darles el apoyo que no les llegaba de su monarca. Antes de que pudiera levantarse del todo, el soldado le entregó una lanza. Tomás no dirigió ninguna mirada más a aquel soldado, salió al exterior con el arma en las manos y observó la luna que dominaba todo el firmamento.
-Pero ¿qué horas son estas de cazar a la bestia?
-La indicada. Según los hombres, ha sido en estos momentos de la noche cuando atacaba a los obreros.
-Deben faltar más de cuatro horas para que salga el sol –dijo para sí Tomás.
El soldado no dijo nada, solamente le golpeó en la espalda como para animarlo. Le tendió una espada que debería llevar además de la lanza con la que se estaba apoyando como si fuera una vara. En un primer momento, no pudo siquiera sujetar la espada, la cual cayó con estrépito sobre el pedregoso suelo. Algunos hombres despertaron, pero no quisieron conocer lo que allí ocurría. Estaban seguros de que les tocaría ir con ellos si preguntaban. Aunque fuera una acción secreta, todos los hombres conocían la existencia de aquella misión. Puede que el monarca Felipe estuviera loco por asegurar que en la cima del monte Abantos se encontraba la puerta hacia el inframundo, el camino al infierno, pero de todos modos no necesitaban conocer la verdad.
En cuanto vieron a los dos hombres alejarse, muchos de los obreros dieron por terminadas sus horas de descanso y comenzaron a discutir sobre la marcha de la misión. La cima no estaba lejos y puede que pronto tuvieran noticias de ello. No solamente era locura del rey, muchas gentes del lugar aseguraban que aquel lugar era un gran punto de fuerza, un lugar en el que se unían varias líneas de fuerzas que cruzaban toda la tierra. Un lugar mágico, ya fuera para lo bueno y para lo malo.
Era ya tarde y los aullidos aún no se habían escuchado, llenos de maldad y sedientos de miedo. Era un mal presagio, pensaron todos los obreros. Y Tomás también lo pensaba mientras se internaban en la frondosa naturaleza que los llevaría hasta la misma cima. Puede que aquel animal conociera sus intenciones y los esperara en cualquier lugar para atacares y acabar con ellos. Por esa razón, desde que las hojas del primer árbol le hubieron tapado la visión de la luna, había desenvainado la espada y la sostenía como podía, pero en todo momento fuera de su vaina.
El soldado de su majestad no hablaba, no decía absolutamente nada, ni una palabra. Caminaba con paso seguro y mantenía en todo momento el ritmo de su respiración. Se encontraba en tensión, pero mucho más tranquilo que Tomás, quien era un puñado de nervios. No podía creer que estaba haciendo aquello. ¿Cómo lo habían engañado? Pero antes de que pudiera responderse él mismo, el soldado puso su lanza ante él, evitando que siguiera su camino. Quiso saber lo que ocurría, pero solamente recibió el silencio de la noche y el canto de algún ave rapaz que los observaba.
-Ahí está –dijo el soldado y se lanzó a correr tras una presa que Tomás fue incapaz de vislumbrar, quedándose sólo en aquel lugar oscuro y húmedo.
Pronto, el ruido de las pisadas de quien hasta ese mismo momento había sido su compañero, dejaron de escucharse y se quedó a solas en la única compañía de los árboles y el tenue brillo de la luna que intentaba escapar de entre las nubes.
IV
Por más que lo llamaba, no contestaba nadie. Ya le importaba poco si alguien más le escuchaba, solamente deseaba encontrar de nuevo al soldado. Hacía ya un buen rato que había salido en pos del perro y aún no había dado señales de vida. Podía haberse perdido, o podía ser él el perdido, aquel monte era traicionero.
Aunque lo tacharan de cobarde, decidió emprender la bajada para llegar hasta la construcción donde encontraría a sus compañeros obreros. No conocía su situación exacta, pero estaba seguro de no tener ningún problema en cuanto se encontrara fuera del alcance de los árboles. Pero un ruido le hizo girarse de nuevo hacia la cima cuando ya había comenzado su retirada, ¿o era una voz? No estaba seguro de aquello, pero una silueta que apareció justo por encima de su posición le hizo parar su caminar definitivamente. Allí, a pocos metros de su cuerpo se hallaba el perro por el que habían subido hasta aquel lugar. Su pelo, totalmente negro, se confundía con la oscuridad, pero podía distinguirlo con claridad, como si algo en el perro brillara, además de su más que probable sedoso pelo. Sus ojos, de un color que jamás llegó a recordar, lo miraron de arriba abajo, como si estuviera sopesando las posibilidades que tendría de cazarlo, y pronto abrió una boca llena de blancos dientes que parecían mostrar una sonrisa casi humana.
Tomás mostró al animal la espada desenvainada, que hasta hacía un momento había utilizado junto a la lanza como bastón para poder moverse en aquel lugar, lanzándose tras el can, que comenzó a correr hacia lo que parecía ser lo más alto del monte. Por primera vez desde que había comenzado aquella noche, Tomás no sentía nada de miedo, era un verdadero valiente en busca de su presa.
Pero antes de que pudiera siquiera avanzar veinte metros, el perro había desaparecido. Gritó lleno de frustración cuando se vio de nuevo solo. Era aquel un grito lanzado para expulsar toda la tensión que llevaba dentro. Cualquiera que hubiese escuchado aquel aullido, huiría del lugar imaginando alguna bestia de cuento. Pero vio algo que le hizo calmarse. Una figura en el suelo había aparecido por el mismo lugar por el que había escapado el perro. Otro animal de las mismas características se hallaba muerto en el suelo y junto a él, la espada que llevaba el soldado ensangrentada. La sangre podía ser del propio perro, que mostraba una herida profunda en el lomo. Aquel no podía ser el perro que había seguido él, sino, dónde se encontraba el soldado. Puede que hubiese más de un perro.
Cayó al suelo siendo empujado por algo. Descubrió cómo unas zarpas intentaban inmovilizarlo mientras un hocico con afilados dientes intentaba acercarse a su cuello. Se deshizo no sin problemas del animal, a quien hirió en una de sus patas delanteras, huyendo con aullidos lastimeros. Tomás pudo verlo desaparecer de nuevo entre los árboles, pero ahora no tenía miedo, se encontraba envalentonado y deseaba seguirlo para matarlo. Donde el soldado, quien no aparecía, había fallado, él saldría victorioso. Siguió durante varios metros el rastro del perro, pero cayó de rodillas cuando las piernas le fallaron. Se llevó la mano al hombro derecho y comprobó que el perro lo había herido de tal manera que había creído tocar el hueso de su brazo. En la refriega no lo había sentido y ahora era todo su cuerpo el que lo estaba traicionando. No había ningún dolor, pero estaba seguro de no poder continuar.
Antes de que sus piernas le fallaran del todo por aquella noche, Tomás sentó recostado en el tronco de un árbol y cerró los ojos para descansar.
V
Pudo sentir la tierra temblar a su alrededor y por esa razón abrió los ojos. No se había movido del sitio, estaba recostado en el mismo árbol, pero podía asegurar que allí no había antes el claro que se encontraba ahora ante él. Los árboles invadían todo lo que veía cuando había cerrado los ojos.
No podía levantarse, se encontraba muy débil y apenas podía respirar, pero por raro que pareciera, aún tenía consciencia. Recordaba todo lo ocurrido y llegaba a comprender todo lo que acontecía, a pesar de toda la sangre que seguía perdiendo por la grave herida de su hombro.
Ante sus entrecerrados ojos, la tierra comenzó a abrirse, saliendo de ella un animal negro, un lobo como el que había herido él mismo con anterioridad.
-Todas las noches aparece un nuevo perro para impedir la construcción del sello –dijo una voz a su lado. Tomás giró la cabeza y contempló a un anciano que sentado en una roca acariciaba al perro que acababa de acercársele-. Durante las cruzadas, los soldados cristianos vieron cómo personas que no formaban parte de ningún ejército, luchaban por salvar sus casas y sus familias. Como aquellos hombres, estos animales me ayudan a luchar para no perder este portal.
Dejó de acariciar al perro y éste se marchó ladera abajo, perdiéndose en el bosque frondoso. Tomás sabía que su destino era el monasterio.
-Vuestro rey comenzó a construir el monasterio para tener vigilada la puerta. Quien la controle tendrá un gran poder en el mundo. Y debes saber que no estoy dispuesto a perder ese poder.
El anciano se levantó ayudándose con uno de los árboles, el cual se dobló para facilitar al hombre su incorporación. Tomás supo entonces que no solamente los perros eran parte del ejército que lucharía contra los obreros. El anciano indicó el agujero por el que había salido el perro, ahora convertido en unas escaleras que bajaban hacia lo desconocido. Sin saber el porqué, Tomás se levantó y caminó hacia el lugar. No podía dejar de andar por más que se esforzara y que pidiera a sus piernas que corrieran en dirección contraria. Lo que emanaba de aquel lugar era mucho más fuerte que su voluntad. Pero ¿por qué lo hacía agachado? Su pregunta fue respondida cuando se pasó la lengua por los dientes.
El próximo en atacar la construcción sería él mismo.
* * *
Verdad o mentira, aquel lugar siempre me había parecido un sitio encantado, un rincón en el mundo que escondía un secreto en su construcción. ¿Sería verdad que un mismo perro atacó durante días la obra?
Sabía que nadie iba a demostrármelo, por lo que simplemente di una vuelta por el exterior al monasterio y seguí mi camino. Felipe II, el hombre más poderoso del mundo, no había logrado tapar del todo la puerta al inframundo, la puerta por la que salía el mal. Y todo el mundo lo sabe.