La pareja que se hallaba a mi lado no era más que un grano de arena en la multitud del gentío que abarrotaba aquella plaza de mercado. Las señoras iban y venían de lado a lado, acarreando las bolsas en las que llevaban la compra o tirando del carro que hacía la misma función que las anteriores, pero con ruedas. Algunos maridos, la mayoría ya jubilados, pululaban tras sus señoras sin saber lo que hacer: éste no es su hábitat, su lugar de residencia fuera de las paredes de su casa. La mayoría entraba en los bares a jugar la partida de mus tras la comida y allí se pasaba la tarde. Ahora, siendo los lugartenientes de las amas de casa, se sentían extraños e incluso inútiles, aunque en las tertulias siguientes siempre cambiaran los papeles: ellos eran quienes realizaban las compras y sus esposas los acompañaban. Así era la naturaleza del varón, en su fuero interno jamás admitiría que algo de la vida cotidiana se escapaba a su sabiduría.
Pero yo no me había fijado en todas aquellas personas que sin mirar a su lado buscaban el mejor precio del pescado que allí se mostraba en mostradores llenos de hielo picado para evitar el calentamiento de la carne de los peces que se hallaban colocados de tal manera que siempre mostraban su mejor cara. Mis ojos se habían posado en la joven pareja que no caminaban, se hallaban parados a mi lado, a escasos tres metros de mi persona. El joven varón tenía agarrada a su chica por la cintura y parecía contarla algo gracioso a oído, pues ella no paraba de reírse y abrazarse a él cada poco tiempo. Más de una vez juntaron sus labios, sin importarles que la gente que les rodeaba les mirara. Ellos sentían algo en su interior y unos ojos como los míos jamás les harían retroceder en sus sentimientos.
Sonreí con tristeza al contemplarlos. ¿Cuántas parejas se habían roto por el siempre y simple hecho de tener en cuenta el pensamiento de las personas que se encuentran a su alrededor? Allí, de pie junto al puesto en el que una mujer se acababa de llevar cinco tajadas de salmón, pude ver una de aquellas realidades, aunque ésta hubiese ocurrido hacía ya unos cuantos años y yo me hubiera encontrado de actor secundario.
I
Llevaba en la mano la carta que mi gran amiga me había escrito desde el pueblo en el que pasaba las vacaciones de verano. ¿Cuántas veces me había pedido con fervor que me acercara sobre aquella época a aquel lugar para hacerla una visita? Puede que fueran incontables y aunque teníamos ya los dieciséis años, no éramos más que amigos. No existía ninguna otra relación en nuestras vidas, simplemente nuestra amistad, una muy buena amistad. Conocía sus secretos y ella conocía los míos. Éramos un libro abierto el uno para el otro. Sabía que existía un joven del pueblo, Alberto, un chico por el que mi amiga suspiraba en la soledad. Me lo había contado más de una vez y más de dos en sus cartas y con mucha fe, yo la pedía que acabara con el miedo que la embargaba y se lanzara a por el chico. No lo había hecho, era mucho mayor el miedo que sentía. ¿Qué si sabía el chico que mi amiga María sentía algo por él? Claro que sí, no iba a ser tan tonto, pero podía decirse que no le mostraba el mismo interés que ella le ofrecía. Llorando, me lo había contado infinidad de veces, pero por más que otras amigas le dijeran que se olvidara de aquel chico, ella seguía haciéndole un hueco en su corazón. Un hueco que siempre se rompía.
II
Iba a ser una gran sorpresa para mi amiga. De nuevo me había pedido que me acercara a su pueblo y por enésima vez, le había dicho que no podía dar satisfacción a su petición. Pero aquel verano iba a ser una excepción, al final sí que podía viajar hasta aquel lugar en el que ella pasaba sus vacaciones. Las buenas notas que había sacado aquel año me daban la oportunidad de salir de mi ciudad. Muchos años había esperado a tener aquellas clasificaciones que me otorgaran alguna recompensa. Pero como había dicho, iba a ser una gran sorpresa para mi amiga y aquello ya era una gran recompensa.
Fueron varias horas de autobús, con un libro de bolsillo en la mano, leyéndolo en su totalidad, para después tomar otro autobús, este de línea, que me llevaría hasta aquel pequeño pueblo de unos setecientos habitantes, por los datos que mi amiga me daba en sus cartas. En el segundo viaje, terminado el libro, memoricé las últimas cartas de María. Cartas llenas de un amor no correspondido hacia aquel muchacho al que por fin iba a conocer. Nunca había leído tanta pasión y dolor en las palabras de una amiga. Me sentí por un momento celoso; nadie había sentido algo por mí como aquella amiga hacia aquel muchacho a quien deseaba conocer.
III
Bajé del autobús y cogí la bolsa de viaje en la que llevaba toda la ropa para pasar allí cuatro días, ni uno más, eso fue lo que me dijeron mis padres. Como si fuéramos compañeros de toda la vida, levanté la mano para despedirme del conductor y de los ocupantes de aquel autobús que hacía menos de un año aún se hallaba en la cadena de montaje. Me hallaba en un pueblo que no conocía y sin un teléfono móvil como los que aparecerían unos años después, cuando todo el mundo estaría casi obligado a tener uno de ellos. Gracias a Dios, María me había detallado con todo lujo de detalles las calles del pueblo y sobre todo el camino a seguir desde la parada del autobús hasta su propia casa, como si hubiese pensado con anterioridad que yo apareciera en aquel pueblo para darle una sorpresa. Como para ayudarme más si cabía en aquella tarea, en una de sus últimas cartas, me había mandado un mapa detallado. Me conocía bastante bien; persona capaz de perderse en su propio barrio.
Como una persona nueva en un pueblo pequeño en el que todo el mundo se conoce, me sentí el objetivo de todas las miradas de las personas con las que me iba encontrando. Algunas cuchicheaban algo sobre mi persona, intentando sacar de mis facciones algún parecido con familias del pueblo. A los pocos segundos pude ver a dos hombres negar con la cabeza, ellos ya se habían dado por vencidos en su misión de los parecidos familiares. Puede que ya hubieran caído en la cuenta de que yo no era un habitante del lugar, era un forastero, como solían decir. No quería pararme a preguntar a la gente que me miraba, el camino ya estaba fijado en la carta que llevaba en la mano, sobre todo en el mapa que más quisieran poseer muchas guías de turismo. Me contaba dónde se hallaban hasta los corrillos en los que se encontraban aquellas gentes, por lo que no pude contener una sonrisa al comprobarlo. Tuve que pasar por delante de la iglesia del lugar, santiguándome ante ella, algo que solía hacer en aquella época ante toda iglesia o catedral, cuando aún era un cristiano reconocido. Por la calle que salía de aquella plaza en la que se encontraba el lugar sagrado a mano izquierda, se encontraba la casa de mi amiga y hacia allí me dirigí con la cabeza bien alta. Ahora fue un grupo de jóvenes quien se quedó mirando desde la plaza mi caminar. Lo hicieron hasta que salí de su campo de visión. Solamente quedaba girar de nuevo hacia la derecha por una calle pequeña y allí encontraría la casa de la cual sí que tenía alguna fotografía.
Miré directamente hacia el sol, como para poder comprobar la hora que era. Las gafas oscuras impidieron a los rayos hacerme cerrar los ojos, por lo que pude ver con claridad cómo una figura se hallaba sobre un tejado, mirando hacia el lado de la calle. Se encontraba entre el astro rey y mi cuerpo, por lo que no pude contemplar realmente bien el cuerpo de aquella figura que ahora parecía estar mirando al suelo. Observé cómo aquella persona que se hallaría a unos cien metros de mi posición, levantaba los brazos hasta dejarlos en cruz y caminar hacia el borde del tejado, como un funambulista en mitad de su espectáculo. Dejé caer la mochila con estrépito, comenzando a gritar, reconociendo lo que aquella persona estaba a punto de hacer. La figura aún caminaba hacia el abismo de la calle y no parecía escuchar mis voces que le llamaban a la orden; como si mis palabras pudieran hacer retroceder a la persona que se dirigía hacia el fin.
Horrorizado, fui testigo de cómo el pie que se encontraba por delante de aquella persona perdía el apoyo y arrastraba todo el cuerpo hacia el asfalto. No había la suficiente altura como para que el cuerpo girara en torno suyo, pero la suficiente como para que el golpe pudiera ser fatal. El cuerpo quedó tendido boca abajo, pudiendo reconocer un cuerpo joven cuando me acerqué hasta el lugar. Como si fuera una mala señal, observé el cuerpo y levanté la vista hacia la casa desde la que se había dejado caer la víctima. Allí se encontraba la casa de mi amiga, la misma de la cual yo tenía una fotografía.
Asustado, tomado por el miedo más inhumano que había podido sentir en toda mi vida, volteé el cuerpo y contemplé a mi joven amiga muerta. Grité todo lo que pude, pidiendo auxilio, alguien podía escucharme y realizar algo que la salvara, mas la sangre que se había dado cita en el asfalto era portadora de una mala noticia. Mis manos se habían llenado de sangre, de sangre de mi amiga. No me importó, la abracé con fuerza, cogiendo el cuerpo y acunándolo como si fuera un niño pequeño. Sus inertes extremidades rozaban el suelo cada vez que la movía de un lado a otro. Pero algo me hizo separarme de ella, justo unos momentos antes de que aparecieran sus padres, saliendo de la casa, alertados por los gritos que había lanzado yo al aire pidiendo la ayuda que no llegaba. Algo me había tocado el hombro. No había sido una mano, había sido como un pequeño golpe, casi imperceptible. Me giré para ver lo que me había golpeado con aquella suavidad y observé cómo un papel doblado volaba hacia el suelo siendo transportado por el aire. Antes de que llegara al gris del asfalto, cogí el papel, momento en el que los padres salieron de la casa. Los gritos y los lloros no se hicieron esperar, siendo el padre de mi amiga quien se abrazó a mí, conociendo mi buena amistad con ella, sin importarle lo que estaba haciendo en aquel lugar. Fue después cuando me preguntó qué era lo que estaba haciendo allí.
IV
Ya todo está perdido. No creo que me haga más caso aunque yo lo intente una y otra vez. ¿Cuántas noches he soñado con sus besos, con sus caricias? Besos y caricias que jamás he tenido y jamás tendré. Nunca he sido una chica a quien él pueda mirar, siempre he estado ahí, pero ni siquiera se ha girado para ver que me encontraba cerca de su presencia, mirándole en todo momento. ¿Por qué es todo tan difícil? Por que lo que siento es amor, un amor no correspondido hacia la persona por la que paso algunas noches sin poder dormir ni descansar, pensando qué es lo que podría decirle al día siguiente.
Mi gran amor, mi gran Alberto jamás tendrá una amante en la clandestinidad como me ha tenido a mí, sin siquiera tenerle a mi lado. Amigos, siento defraudaros, pero no puedo seguir con esta locura.
A ti, extraño que recogerás mis últimas palabras, impide que sean leídas por mis familiares, ellos jamás lo entenderían. Padre, madre, os quiero.
Aquello era lo que ponía en aquella hoja que me había caído desde el cielo, más concretamente desde el tejado en el que mi amiga había estado subida. Por suerte o por desgracia, la misiva no la había tomado un desconocido, sino yo, quien me consideraba uno de sus mejores amigos. No iba dirigida a mi persona, sino a un desconocido. No deseaba causar más dolor a las personas queridas.
Como ella había pedido, escondí la nota para evitar mayor dolor a sus padres, quienes se preguntaban el por qué su hija había reaccionado así aquel día. Su padre se lanzaba las culpas, confesándome que la había regañado aquella mañana. Habían tenido una discusión, pero jamás pensó que fuera a acabar de aquella manera. Su madre simplemente se hallaba completamente callada e inmóvil, viendo cómo los vecinos aparecían por la casa para darles el pésame. Y es que la noticia había surcado ya todo el pueblo.
No podía seguir más tiempo en aquel lugar, por lo que decidí salir a dar una vuelta por el pueblo. Necesitaba respirar aire puro y aunque después volviera a la casa, pues sus padres me habían pedido que me quedara aquella noche allí, que no buscara ninguna otra cama. Yo me había puesto en contacto ya con mis padres, quienes aparecerían al día siguiente para devolverme a mi vida en la ciudad. Al igual que los hijos, nuestros padres eran conocidos y no había sido la primera vez que se habían juntado en algunas celebraciones del barrio.
Salí de la casa en la que poco a poco iban entrando personas a las que - como es lógico - yo no conocía de nada. Pero no era un goteo continuo como el que había sufrido la familia al principio, ahora parecían agolparse a las puertas de la casa para entrar, para dar el pésame a unos padres destrozados por la repentina muerte de su hija, cuyo cuerpo había sido trasladado al tanatorio más cercano.
V
-¿Eres tú ese chico? ¿El amigo vasco de María?
Me di la vuelta al escuchar aquellas palabras que sin duda se dirigían hacia mi persona. Que yo supiera, era el único del norte que me hallaba en aquel lugar y justo por donde me encontraba en aquellos momentos, solamente estaba yo, además claro de aquel grupo de jóvenes que ahora me miraban con una cara que no podía saberse si estaban asustados o enfadados.
-Sí tú –dijo una chica cuando vio que me llevaba una mano al pecho para indicarme yo mismo como para responderles sin decir una sola palabra. Aquellos chicos jóvenes, ¿podían ser los amigos de María?- ¿Qué haces por aquí?
-Necesito dar una vuelta.
-No, me refiero a qué estás haciendo en este pueblo –dijo un chico saliendo de detrás de la muchacha, quien se hizo a un lado, como dejando paso a quien debía enfrentarse al extraño forastero con el que se habían encontrado. Por unos momentos pensé que me encontraba metido en una película para adolescentes.
-He venido...
-Sé a lo que has venido y creo que ya es hora de que te marches y la dejes en paz.
En esos momentos pude conocer a Alberto, aquel chico por el que mi mejor amiga se había dejado caer del tejado. No lo habría sabido si no llega a ser por la chica que se había quitado de en medio, quien le llamó por su nombre para que me dejara en paz. Podía ver que aquella chica estaba muy afectada, puede que su pregunta no fuera con mala intención, simplemente había sido mal formulada. Seguramente necesitara hablar y llorar con alguien, pero aquel gigantón, comparado conmigo, que se encontraba en aquel grupo de chicos y chicas parecía no estar dispuesto a dejarles esa tregua.
No podía ser verdad que aquel chico fuera así: una chica había muerto y lo había hecho por él, aunque ni siquiera se lo imaginara. Puede que si le contara la verdad todo fuera distinto, dejaría de amenazarme con sus ojos inyectados en un odio que no veía lógico. Puede que alguna vez ese extraño temperamento me llevara a un mal final, pero estaba dispuesto a que ese chico se tragara su orgullo. No podía dejar que todo aquel grupo creyera que mi amiga se había tirado por una absurda razón.
-Lo siento, Alberto –dije llamándolo por su nombre-. Era mi mejor amiga y por esa misma razón conocía su fascinación hacia tu persona, pero veo que no puedo decir lo mismo.
No me dejó siquiera continuar hablando. No lo vi llegar, pero lo sentí cuando su puño se estampó en mi estómago, haciéndome doblar de rodillas y posarme en el suelo, haciendo que mi frente tocara las baldosas de la plaza en la que nos encontrábamos. Pude escuchar cómo la chica que me había hablado al principio se acercaba a los dos e impedía al grandullón seguir golpeándome, algo que estaba dispuesto a hacer. Me había hecho callar antes de darle realmente donde más le dolía, pero yo no estaba tan loco como para levantarme y volver a caer. No me hacía falta más para saber que había perdido la batalla. Pero el daño seguramente ya estaba hecho. Le había confesado delante de todos sus amigos lo que María sentía por él.
-¿Estás bien? –dijo la chica en un susurro mientras escuchaba a los demás del grupo marcharse del lugar, dejándonos solos a los dos.
-Me duele un poco el estómago, pero creo que es algo normal después de algo así. –dije sonriendo, creyendo que aquella ironía podía arrancar una sonrisa a la cara de aquella chica.
-Alberto es un bruto y jamás dirá que alguien tiene razón. Por desgracia tengo que aguantarle todos los días: es mi hermano. Me llamo Yolanda.
Me presenté y a los pocos minutos ya la conocía casi a la perfección. Aquella chica era la gran amiga que María tenía en aquel lugar, su compañera de juegos y confesora. Estábamos de acuerdo con que la locura de nuestra amiga por el hermano de Yolanda había llegado a lo más alto, pero ella me confesó que su hermano era el culpable de aquello.
-Aunque me duela decirlo, porque soy su hermana, Alberto puede que haya tenido la culpa de este final. Ultimamente era mucho más agradable con ella. Creo que hasta estuvieron saliendo una corta temporada. Ella no me dijo nada y él mucho menos, ¿qué iba a contar a su hermana pequeña? Puede que algo saliera mal en esos días en los que yo estuve ausente. Justamente hace dos días mi hermano y ella quedaron para hablar y ayer María no quiso salir de casa. Dijo que se encontraba muy mal, que tenía fiebre y que prefería quedarse en la cama. No sé lo que pudo pasar.
VI
Ella me dejó en aquella plaza para encaminarse a la casa de María, donde aún no había presentado sus respetos a los padres. Me dijo que prefería hacerlo ahora, cuando ya estuviera la calle más vacía, cuando las personas que solamente iban al lugar por ser un acontecimiento ya se hubieran ido. Como amiga de la chica, para los ojos de los habitantes del pueblo debería estar allí, pero sus padres lo entenderían. No quería encontrarse con personas que la señalaran por la calle.
Me dejó cuando ya estaba oscureciendo y aún no deseaba ir a la casa. Era demasiado pronto para mí el volver a ver a los destrozados padres. Necesitaba caminar más, por lo que me levanté del banco de madera en el que me encontraba sentado y eché a andar hacia una de las calles poco iluminadas que salían desde aquel lugar. Caminé por aquella calle hasta que pude comprender hacia dónde se dirigía la estrechez entre las casas. A lo lejos pude ver un murete que se elevaba unos dos metros sobre el suelo y por detrás de ella se alzaban cruces que mostraban a cualquier visitante el lugar en el que se encontraba el camposanto, lugar en el que al día siguiente sería enterrada mi gran amiga.
No quise seguir caminando hacia el lugar, no estaba dentro de mis deseos ver aquel lugar por la noche, por lo que me giré en redondo. Lancé un grito y retrocedí varios pasos ante la aparición que tenía ante mí. Alberto se hallaba frente a mi persona, mirándome con rictus serio. Pensé por unos momentos que volvería a golpearme y esta vez no estaría su hermana para salvarme. Me coloqué, tal y como había visto en las películas, en una posición óptima para defenderme de cualquier ataque. Cualquiera que me viera no sabría el por qué había adoptado aquella posición tan ridícula.
-Tranquilízate, no vengo a terminar lo de antes –dijo.
En aquellos momentos pensé en lanzarme a su cuello y golpearle hasta quedar sin sentido o dejar de sentir mis nudillos contra su carne, pero no lo hice. Quedé quieto esperando a que siguiera hablando, por lo que le sugerí que continuara con un movimiento de manos.
-No puedo seguir mintiendo, tío. Todos los del pueblo se lo creen a pies juntillas, pero creo que tú estás enterado de todo. Es algo difícil de explicar. Nos gustábamos mutuamente y hasta creo que María llegaba a quererme, pero no estaba dispuesto a que mis amigos me tacharan de ...
-¿Cómo? –aquello era nuevo para mí y Alberto comprendió que yo no conocía la causa por la que habían dejado de salir, hacía pocos días, según había dicho Yolanda-. Así que la dejaste por lo que podían pensar tus amigos ¿qué pensabas en esos momentos?
-Te lo juro, yo la quería, pero no estaba dispuesto a que me apartaran del grupo. Ella no era bien vista entre mis amigos del instituto, era pequeña para las necesidades de mis amigos. No sabes lo difícil que es ser respetado por un grupo numeroso en un instituto.
-¿Ahora serás respetado por tus amigos? Después de haber dejado morir a la chica a quien querías. Eso para mí, te convierte en su asesino.
Creí que iba a abalanzase sobre mí por haberle hablado de aquella manera, pero reaccionó de otra manera que nunca hubiera imaginado. Se echó las manos a la cabeza y tapó su boca como para no hablar. Sus ojos se desorbitaron y comenzó a temblar de arriba abajo. ¿Qué le producía aquel estado? ¿Se había dado cuenta por fin de la locura que había hecho? Puse mis ojos en mis zapatillas y pude ver cómo una extraña niebla los comenzaba a cubrir.
Entonces no grité. Escuché a Alberto huir, correr por el mismo camino que había llegado yo hasta aquel lugar, en el que ahora me encontraba frente a María. No podía saber si aquella figura era etérea o podía tocarse, mas comprendí que cuando el terror es grandioso, uno no tiene fuerzas ni para siquiera gritar. Vestida completamente de blanco, con un vestido largo que me recordó a los de las novias, sostenía mi mirada, aunque podía decirse que era yo quien lo hacía. Me encontraba delante de un espectro que mostraba sus rasgos faciales como si aún estuviera con vida.
No te metas en esto, no quiero que salgas herido.
Aquello lo escuché dentro de mi mente, el ente no había abierto la boca, pero ahora dirigía su mirada hacia el camino recorrido por el que el chico había huido. Antes de poder reaccionar de alguna forma, sentí como una fuerza sobre humana me levantaba y me lanzaba varios metros en el aire para caer sobre unos matorrales, cercanos a la pared del cementerio. Aturdido por la sensación y el golpe, aunque más asustado que otra cosa, pude ver cómo aquella dama de blanco levitaba siguiendo la calle.
VII
Fue una suerte tener aún conmigo, en el bolsillo trasero del pantalón aquella carta y el mapa con la que había llegado hasta la casa de mi amiga. En aquella misma hoja me había detallado la dirección de la vivienda del chico con quien estaba saliendo y yo no lo sabía. Había sido un secreto, ella no nos lo había contado a sus amigos forasteros. Puede que supiera que los compañeros de Alberto no aceptarían su relación. Menuda sandez, dejar de lado a la persona que se quiere por las palabras de los demás. ¿Es que había que seguir siempre las normas? Pensaba que no y por esa razón me levanté como pude del matorral para leer la carta gracias a las luces de las farolas de las calles. Debía darme prisa si quería llegar a tiempo. Aquella aparición solamente significaba una cosa, una cosa que estaba dispuesto a impedir.
Corrí como pude, llevándome una mano al costado hasta que llegué a la casa; había sido golpeado en aquella zona. Una casa grande de tres pisos, una de las más altas de aquel pueblo, que tenía una terraza en su parte superior me dio la bienvenida a una pequeña plaza donde se encontraba una fuente que seguramente no echara agua, pues el grifo había sido arrancado por algún vándalo. No parecía que hubiera nadie, ni siquiera el chico, por lo que entré en la casa por una puerta que se encontraba abierta. Sorprendido me quedé cuando empujé aquella puerta de entrada y comprobé que se encontraba sin cerrar. Penetré en la oscuridad del interior de la casa, sin ninguna luz que me ayudara a conocer mi situación. No se me pasó por la cabeza que pudiera entrar alguien y me preguntara qué era lo que estaba haciendo en aquel lugar.
Sentí como me empujaban y cómo una mano me cogía la cara, tapándome la boca. A los pocos segundos me soltaron, conociendo entonces la identidad de mi agresor. Alberto se encontraba a mi lado ahora que me había dejado de agarrar y miraba a todos lados como buscando algo que yo no era capaz de encontrar en la oscuridad.
-Está ahí afuera, ¿no la has visto? –preguntó lleno de terror, mirándome con los ojos totalmente abiertos, temiendo que de un momento a otro se le salieran de las órbitas.
-No he visto nada.
Caminó hacia el interior de la casa y comenzó a subir las escaleras, hasta llegar al tercer piso, donde me encontré con una habitación digna de un verdadero hijo protegido por sus padres. Jamás podría tener yo una habitación como aquella. Una gran televisión me estaba mirando desde un lateral, dos sillones se hallaban frente a frente y una mesa de ordenador con un portátil nos miraba desde el fondo del lugar, junto a la puerta que comunicaba con la terraza. Aquella habitación era por lo menos el doble que la mía, donde yo tenía también un ordenador y una cama, aunque todo mucho más apretado.
Crucé la habitación abriendo la puerta, dejando que mi rostro fuera golpeado por un viento frío que se había levantado, siendo posible por la altura a la que nos encontrábamos en aquellos momentos.
-Ella ha vuelto como has visto –dije acercándome a la barandilla de la terraza, viendo la calle que se encontraba unos metros por debajo de mis pies.
-Pero no puede ser, eso no puede ser real.
-Estás muy equivocado, todo esto es real y ella desea lo que le pertenece – dije recordando algo que un antepasado me había dicho en una ocasión.
-Yo no tengo nada que la pertenezca a ella, viene a por ti –dijo acercándose a mí, poniendo en mi hombro su dedo índice como para advertirme de lo que pudiera decir-. Tú eres su gran amigo y seguramente el verdadero culpable de todo esto. No olvides que la conocías a la perfección. Puede que realmente tú estuvieras enamorado de ella…
En un acto reflejo le agarré de la camiseta que llevaba y le golpeé contra la barandilla que me impedía tirarle en aquella ocasión. Pude ver cómo en la calle, aparecía de nuevo la imagen de mi amiga, un espectro totalmente blanco que parecía mirarnos, expectante. Lo solté y di unos pocos pasos hacia atrás, intentando apartarme de la imagen de mi amiga.
-No puedo pegarte delante de ella, jamás me lo perdonaría –me excusé para poder alejarme un poco más.
-Ella está muerta y no va a volver –dijo con una sonrisa en la cara-. Todo se acabó.
Fueron unos segundos, pero me parecieron una verdadera eternidad. De nuevo, me lancé sobre él, empujándole de los hombros, provocando que perdiera el equilibrio y cayera hacia el otro lado de la terraza. Su cuerpo se estrelló contra el suelo y pude ver cómo el espectro de mi amiga se acercaba al cuerpo inerte de quien acababa de expirar, para después mirarme. Me di la vuelta y caminé hacia el interior de la casa. Debía salir de aquel lugar antes de que apareciera alguien. Y es que no había podido evitarlo, se estaba riendo de la muerte de mi amiga, de la chica que le había amado con locura. Y mientras caía, sabiendo lo que abajo le esperaba, pudo gritar lo que con anterioridad yo le había llamado: asesino. Yo no dije nada en voz alta, pero cuando pude ver que María estaba mirándome, con los ojos llenos de lágrimas, solamente pude pensar una cosa:
Asesino para ti, Cupido para mi amiga.