lunes, 23 de diciembre de 2013

Ladrón en Navidad



Todos escuchaban atentos la historia del abuelo; sentados frente al hogar que crepitaba en la chimenea. Julio, el mayor de sus nietos, había sido el encargado de alimentar el fuego que calentaba e iluminaba aquella habitación.
Sabía el anciano que sería su última Navidad junto a sus nietos. Su salud y su edad le aseguraban que eso sería así, que debía disfrutar del poco tiempo que le quedaba entre los suyos. Y aquel era uno de aquellos momentos que deseaba; una tarde junto a todos sus nietos, a escasas horas de la cena navideña, la cena de Nochebuena; la única cena en la que se juntaban todos sus hijos. La única ocasión en la que se reunían para celebrar junto a él el nacimiento de Jesucristo.
-Pero hoy no solamente se celebra el nacimiento en Belén –sorprendió el anciano sentado en su silla preferida de mimbre-. Aquí, en este pueblo, celebramos otra cosa.
-¿Qué es lo que se celebra, abuelo? –preguntó el más pequeño, ya cercano a los ocho años.
-¿Una muerte? –dijo quien tenía trece años.
-¿Un amor verdadero? –quiso saber una de las nietas.
-Ni una cosa ni la otra –dijo el hombre sonriendo.

I


Los dos jóvenes saltaron al jardín después de haber caminado por los tejados de todas las casas adyacentes. Estuvieron unos instantes completamente inmóviles, esperando que alguna luz apareciera en el interior de la casa, pero ésta no apareció.
Sabían que sus huellas iban a quedar en la nieve, mas lo que no deseaban era que las autoridades ni nadie del pueblo les viera cometiendo el robo.
Quien llevaba el plan en su cabeza, hizo una señal a su compañero y juntos se acercaron hasta la tapia más alejada de la casa a la que hacía unos segundos habían mirado para ver aparecer la luz. Los dos amigos saltaron aquel muro y cayeron sobre más nieve. Sus pasos quedaban marcados en el blanco suelo, al igual que había quedado en los tejados; pero allí nadie iba a enterarse de aquello.
No le había gustado nada trepar y caminar sobre las tejas, algunas sueltas y resbaladizas, pero su compañero le había insistido una y otra vez. Hasta que tuvo que acceder a aquellas presiones. Según sus palabras, iban a hacerse ricos con lo que iban a conseguir aquella noche.
En aquella oscuridad en la que sus ojos no eran capaces de apreciar nada por el momento, tropezó con algo que pronto se deshizo de la nieve que lo cubría. Ante él apareció una cruz de hierro que pronto le hizo comprender dónde se encontraban.
-Por Dios Santo, Mateo –dijo en la oscuridad a su amigo y compañero de aquella noche-. Nos has metido en el cementerio.
-¿Cómo quieres llegar a la capilla sin pasar por la puerta? Cállate, que nos pueden oír.
Su compañero tenía toda la razón. Podrían escucharles. Junto a la puerta del camposanto, se encontraba una pequeña vivienda en la que pasaba sus días el enterrador del pueblo. Todo el mundo sabía cómo se las gastaba aquel cascarrabias y si los pillara en aquella excursión nocturna, seguramente les molaría a palos. No tenía ningún miedo, siempre había comentado que los que estaban allí enterrados no hacían ningún ruido. Solamente los humanos vivos eran capaces de despertarle del sueño.
Continuaron caminando entre las viejas tumbas, las que se encontraban en la parte posterior de la capilla, la cual se encontraba en el mismo centro del cementerio.
Cuando llegaron a la pared de la capilla, se pegaron a ella, como para confundirse con ella. Debían entrar en la capilla, por la puerta que se encontraba cerrada con una verja y frente a la entrada del cementerio. Cualquier persona que pasara por la calle podría verles si lanzaban sus ojos hacia el interior de donde descansaban sus seres queridos. Se trataba del momento más delicado de aquella aventura. No había ninguna tumba que les protegiera, tras la que se pudieran esconder, pues los vecinos habían deseado desde hacía años que la imagen que se encontraba en el interior de la capilla pudiera verse desde la puerta del cementerio, sin ningún obstáculo que impidiera su admiración.
Y ahora era cuando él debía realizar el trabajo que conocía a la perfección. Desde que un perro hubo pasado la noche en el interior de la capillas después de haber abierto la verja, se había decidido por orden del alcalde a colocar un candado. No estaba orgulloso de su condición de persona capaz de abrir puertas con una facilidad extraordinaria, pero gracias a sus manos iban a ser ricos.
Tras unos minutos introduciendo finas agujas en el ojo del candado, y mientras su compañero miraba en todo momento hacia la casa del enterrador, la verja estuvo abierta.
Le hizo a un lado de un empujón y entró en la capilla. Sentado en el suelo, el excelente cerrajero observó a quien le había llevado hasta allí, ante la imagen de la Virgen y el niño. Y no realizó lo que había pensado en un principio. Estaba convencido de que iban a robar la corona de oro de la Virgen, pero Mateo no había cogido aquel objeto de oro. En sus manos se hallaba el cristo; el niño Jesús en pañales.
-Mateo, deja al niño. Hemos venido a por la corona –susurró levantándose. Habían hecho algo de ruido al abrir la verja y aunque creía que no podía haber llegado a oídos del enterrador, no estaba seguro de ello.
-No amigo, lo único que hay de oro en esta capilla no es la corona, sino el niño.
Ante sus ojos, Mateo rascó con la punta de una navaja sobre la rodilla de la imagen del pequeño y apareció una capa de oro.
-¿Nunca te habías preguntado por qué pesa tanto este niño Jesús? Se trata de una imagen de oro macizo.

II


Varios gritos le sacaron del sueño en le que se encontraba sumido, asustándole. Uno de ellos, el que más le atemorizó, fue dentro de su casa. Su esposa había comenzado a chillar y lo llamaba desesperadamente. Corrió hasta donde se encontraba la joven mujer y la halló en el suelo, sentada, llevándose las manos a la tripa en cuyo interior llevaba a su primogénito.
-Vete a buscar a la partera –chilló la esposa presa de los dolores-. Ya viene.
Bajo sus piernas, se encontraba un charco de un líquido viscoso, pero él no se atrevió a preguntar. Su suegra había hablado con la joven y seguramente todo aquello que estaba ocurriendo fuera algo normal. El no sabía nada de lo que tenía que hacer. Estaba aún más asustado que cuando se había levantado y solamente pudo obedecer a los gritos de su esposa, quien volvió a chillarle que fuera a buscar a la mujer que deseaba tener a su lado.
Salió a la calle y allí escuchó los otros gritos que le había sacado de su sueño.
“Han robado al niño de la capilla del cementerio” escuchó decir mientras se encaminaba hacia la casa de la partera.
“Qué vergüenza”
“Han llamado a la Guardia Civil. Cogerán al culpable”
Algunos le preguntaron incluso si había escuchado algo, si sabía algo, pero como excusa para no responder, colocó en sus labios el embarazo de su joven amada.
Cuando llegó a la casa en la que vivía la mujer que solicitaba su esposa, llamó golpeando la puerta con sus puños cerrados. Esperó unos segundos a que se escuchara algo en el interior de la vivienda o que en cuarterón de la puerta se abriera, pero no ocurrió nada de aquello. Lo único que se abrió fue una ventana de una casa vecina, donde una anciana asomó la cabeza para poder darle la noticia.
-Fuencisla no se encuentra en casa, muchacho.
-¿Dónde está? Necesito que venga a mi casa. Mi esposa se encuentra de parto.
-Creo que se ha acercado hasta el cementerio. He escuchado que esta noche han robado algo. No sé quien ha podido romper el sueño de los muertos.
Aquellas últimas palabras las dijo cerrando ya la ventana, pero llegaron a oídos del  propio ladrón, de quien había ayudado a abrir la puerta de la capilla.

III

La mayoría de los habitantes del pueblo se encontraban allí, en el interior del pequeño camposanto. Muchos contemplaban las tumbas de sus familiares, pero lanzaban miradas hacia la capilla, lugar en el que había sucedido el robo.
No podía entrar a causa de la cantidad de gente que se agolpaba en a puerta y tuvo que empujar a algunos hombres, pero no llegó siquiera a cruzar los muros que delimitaban el cementerio. El pequeño recinto se encontraba lleno y no podía distinguir cerca suyo a la señora a quien había ido a buscar.
“Herminio lo ha encontrado así” dijo un hombre a su lado.
Herminio, el enterrador. Cuando hubo abierto la puerta del cementerio, se había percatado de que la capilla no estaba cerrada. Tontos; no habían cerrado la verja. De haberse acordado de cerrar aquella puerta de hierro, puede que el robo hubiera pasado más desapercibido.
Levantó la cabeza y lo que vio no le gustó en absoluto. Dos hombres ataviados con el traje de Guardia Civil se hallaban en la puerta de la capilla. Por suerte, no podían saber la identidad de los ladrones, pero sí podían sospechar y llegar hasta ellos. Mucha gente les había visto por la noche. Mateo y él habían paseado por las calles a pesar del frió que hacía; todo ello antes de comenzar a subir por los tejados de las casas y así acercarse al cementerio sin dejar huellas en la nieve caída de las calles.
 Aquellos dos hombres uniformados iban a preguntar y sus nombres saldrían en las conversaciones. Tenían que deshacerse de la imagen del niño.

IV

No pudo saber cuánto tiempo estuvo allí, intentando pasar desapercibido para los vecinos, buscando a la señora, lo que pudo hacer tras mucho tiempo llamándola por su nombre.
-Mi esposa se ha puesto de parto. Debe acompañarme.
Muy amablemente, la señora le siguió hasta su casa, pero la imagen que se encontró fue desoladora. La joven se encontraba tumbada en una cama. Varias vecinas, que la habían escuchado gritar de dolor, habían entrado en la casa para ayudarla en lo que pudieran. No estaba consciente, pero respiraba con tranquilidad.
Una joven de apenas trece años, llevaba en los brazos varias sábanas manchadas de sangre. Apretó el paso cuando vio entrar en la estancia a su vecino, el joven esposo de la joven que se encontraba en la cama.
Quien parecía más mayor de todas aquellas mujeres, se acercó hasta el hombre mientras la señora partera se colocaba ante la esposa yaciente. Negó con la cabeza varias veces y dejó pasar a su hija, de edad parecida a la de él. Llevaba en las manos un bulto envuelto en una sábana ensangrentada. No hizo falta que le dijeren de qué se trataba aquello que portaba su vecina, ya lo sabía: era el cuerpo sin vida de su hijo.
-Lo siento mucho.
Tomando el cuerpo de su hijo, salió a la calle y gritó desesperado, rogando al cielo que aquello no fuera verdad. Pero solamente le escucharon los vecinos que no se hallaban en el camposanto. Pocos pudieron escuchar sus gritos de dolor por la pérdida.

V

Despidió a la última vecina que había velado el cuerpo del niño y se dispuso a cerrar la puerta. Su joven esposa se encontraba en la cama, sin querer levantarse y después de haberse tomado varias infusiones que una vecina le había obligado a beber. Rota por el dolor de haber dado a luz a un niño muerto.
No quería molestarla y se alegraba de que se encontrara adormilada. Se sentaría en su sillón de mimbre y pasaría allí la noche. Se maldijo varias veces, recordando que si hubiera encontrado a la partera en su casa, el pequeño podía haberse salvado. Todo por culpa de su amigo Mateo. ¿Por qué se había dejado llevar por él y le había hecho caso? ¿Por qué tuvo que ir al cementerio y robar la imagen del niño Jesús? Pero también era culpa suya. Puede que la idea hubiera salido de la cabeza de Mateo, mas él le había seguido en todo momento. Se había tratado de dinero fácil, pues había sido simplemente un robo que había llamado la atención a los vecinos. Tanto lo había hecho, llamarles la atención, que habían acudido en masa al camposanto y hasta allí había ido la comadrona, por lo que no había podido estar en su casa para poder salvar a su hijo.
-No puede ser –dijo a la noche sin poder cerrar la puerta de su vivienda.
Había visto a alguien que llegaba corriendo, con un objeto envuelto entre las manos. Por sus medidas y su forma de correr, conoció a Mateo en aquella sombra que seguía corriendo hacia su casa. Estuvo a punto de cerrar la puerta, pues no deseaba verle, pero no pudo cerrar: sabía qué era lo que traía entre las manos.
-Siento lo de tu hijo, pero tienes que hacerme un gran favor. Cógelo.
Le tendió el objeto que traía abrazado y entre los dos, bajo un paño, apareció el rostro dorado del niño Jesús de la capilla del cementerio.
-¿Estás loco? ¿Qué quieres que haga con esto?
-Guárdalo bien y en cuanto pase el peligro, lo podremos vender.
-Y ¿por qué yo?
-Están siguiéndome.
Miró hacia la calle por la que había venido y tras dar varias palmadas a su amigo, se marchó corriendo, empujándole hacia el interior de la casa.
-Entra en casa y cierra la puerta, insensato.
Hizo lo que le ordenó Mateo y cerró la puerta, quedándose unos momentos mirando por el cuarterón a medio abrir. Por delante de su vivienda, pasaron corriendo varios hombres uniformados que los escuchó gritar instantes después.
-Alto a la Guardia Civil.
Se escucharon dos truenos y después el silencio. Pero el cielo se encontraba completamente limpio, sin ninguna nube. Se dejó caer en el suelo con la talla en su regazo, conocedor de lo que acababa de ocurrir en la calle.
La Guardia Civil acababa de disparar a su compañero y rezó para que solamente estuviera herido. Algunos vecinos les habían visto aquella noche anterior y seguramente fueran los dos primeros sospechosos y la huida de Mateo les hubiera puesto sobre la pista. En poco tiempo, los agentes de la ley acabarían llamando a su puerta.
Observó detenidamente el rostro del pequeño Jesús que tenía en brazos, cuyo robo había acelerado la muerte de su propio hijo. Con aquella imagen en la casa sería su vida y la de su esposa las que estarían bajo sospecha. Si Mateo hablaba, estarían perdidos. Debía deshacerse de aquella imagen.
Se levantó y salió por el corral trasero, debiendo saltar un muro de medio cuerpo de altura para encontrarse en el exterior, fuera de la defensa que podía ser su casa.

VI

¿Qué era lo que podía hacer? No podían cogerle con aquella imagen entre sus manos, por esa razón pensó en ir hasta el cementerio y dejar el objeto de oro en la capilla de donde lo sustrajeron.
Decidió realizar de nuevo el mismo recorrido que había hecho junto a Mateo la noche del robo.
Mientras caminaba por los tejados, pudo escuchar las voces de algunos vecinos que se preguntaban la razón de los disparos. Pudo ver a lo lejos, en la misma calle en la que él vivía, que los guardias levantaban a su amigo a base de golpes y le gritaban para que respondiera.
Si los vecinos se encontraban distraídos con aquel espectáculo, seguramente pudiera colocar en su verdadero lugar, en los brazos de la Virgen, a aquel pequeño que tenía envuelto en paños.
Estuvo a punto de caer de uno de los tejados, pero siguió su camino hasta llegar al cementerio, por el mismo lugar que en la noche del robo.
Tropezó con varias cruces, incluso tiró al suelo una de hierro que provocó gran estruendo al chocar contra una piedra.
Corrió hacia la capilla sabiendo que aquel ruido despertaría al enterrador y que éste llamaría a la Guardia Civil, aprovechando que se encontraba en el lugar. Puede que ese tiempo que tardara en dar la voz de alarma fueran los suficientes como para abrir la capilla y colocar al niño Jesús, desprendiéndose de la única prueba que les inculparía a los dos amigos.
Pero se equivocó. La puerta de la capilla se encontraba cerrada. No podía darse la vuelta, volver a casa y mucho menos tirar la talla en cualquier lugar. No deseaba que la imagen quedara tirada en cualquier lugar, pudiendo caer en manos poco cuidadosas con el pequeño. Sonrió con tristeza cuando recordó que su gran idea era la de vender aquella imagen. Pero ahora todo había cambiado. Deseaba que todo volviera a como era antes, a su vida con su esposa y a la imagen del niño en los brazos de su madre. Se le cayeron al suelo varias veces las agujas que intentaba utilizar para manipular el candado de la puerta. Volvió a recogerlas y cuando las introdujo en la cerradura, una voz grave y autoritaria le ordenó que no se moviera.
Giró la cabeza para poder mirar a la persona que le había hablado. A su espalda se encontraba el enterrador con un rastrillo en las manos, blandiéndolo como si fuera un arma; dispuesto a utilizarla.
-Date la vuelta muy despacio y devuélveme a Cristo –dijo el hombre.
Se dio la vuelta, obedeciendo de inmediato lo que le habían ordenado. Se había equivocado. No había sido el enterrador quien había dado la voz de alarma a la Guardia Civil. Otro vecino había sido el responsable de que ante él se encontraran ahora los hombres uniformados y varios vecinos que lo miraban con odio en el rostro.
-Deje la imagen en el suelo –pidió uno de los guardias apuntándole con el arma.
Se agachó para dejar la imagen y en cuanto la posó en el suelo, ésta comenzó a llorar.
-Es un milagro –dijo uno de los vecinos señalando a la capilla.
Pero los ojos del hombre se dirigieron al bulto que acababa de dejar en el suelo. Un bulto que además de llorar, comenzó a moverse. Se agachó y descubrió la imagen cuando la despojó de los paños que lo cubrían. Ante él apareció un bebé que se agitaba. Lo tomó en brazos y se giró hacia el lugar que señalaban la mayoría de los que se encontraban allí, que por unos instantes parecían haberse olvidado de él. Asombrado, acurrucando al pequeño que tenía en brazos, pudo llegar a ver el interior de la capilla, donde en brazos de la Virgen, se encontraba la imagen del niño Jesús; el mismo niño que habían robado.
¿Milagro? Para todos los vecinos que estaban allí, el milagro era que el niño había aparecido en las manos de su madre tallada. La puerta se encontraba cerrada y nadie había podido superar aquella verja ante la cual se encontraba aquel hombre con el niño.
Para él, el milagro se encontraba en sus brazos. No sabía la razón, pero conocía en aquel pequeño que lloraba, al hijo que había nacido muerto hacía solamente unas horas antes.

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