domingo, 5 de diciembre de 2010

La madre muerta

La nieve se encontraba en el centro de la meseta y allí fue donde los dos valientes guerreros se miraron frente a frente, con varios metros de distancia entre ellos. Cada uno al frente de sus huestes, habían esperado varias jornadas para enfrentarse en aquel lugar elegido. No habían acordado aquel lugar, simplemente se trataba del más propicio para sus fines, el lugar que según cada uno de ellos les llevaría a la victoria. Pero el campo de batalla no se hallaba en condiciones óptimas para la lucha que habían imaginado. Se encontraban en el centro de una gran ventisca que parecía desear un receso de aquella guerra. No deseaba que aquellos hombres se destrozaran en aquella tierra que tanto había visto crecer. Ahora no deseaba ver morir a nadie más por una estúpida disputa de hombres. Los dioses estarían orgullosos de lo que aquellos hombres estaban dispuestos a hacer, pero la tierra no deseaba ser regada con la sangre de los mortales soldados.

Ninguno de los dos líderes quiso parecer débil y pedir que la batalla se aplazara para otro día. Los dos conocían a sus respectivos ejércitos, formados por hombres valientes que les seguirían hasta el fin del mundo, pero luchar en aquel lugar y bajo aquellas condiciones era algo muy diferente. La lucha segaría la vida de muchos de los allí congregados, pero sería el número muy menor al que se perdería si luchaban bajo aquella climatología tan adversa.

Uno de ellos, el llegado del sur, comenzó a caminar hacia el ejército que tenía frente a él. Algunos de sus hombres dieron un paso al frente, pero él, con un movimiento de su mano, hizo que quedaran atrás. Esto debía hacerlo solo, no necesitaba a nadie más.

Viendo lo que su enemigo hacía, el líder de los hombres llegados del norte avanzó haciendo que sus pies arrastraran gran cantidad de nieve que fue acumulándose a su lado. No hizo falta hacer señal alguna a sus hombres, parecían no desear entablar batalla y él tampoco.

Sus botas se hundían en la nieve virgen, sus espadas guardadas en las vainas y los cascos en sus manos. Sus movimientos eran lentos a causa del viento y la nieve que los cubría y los rodeaba cada vez más.

Dejaron de caminar a la vez, teniéndose uno frente al otro, pudiéndose observar el rostro no sin dificultad a causa de la nieve y el viento. Se reconocieron fácilmente, pero sólo físicamente. Delante de cada uno no se encontraba aquella persona que en otra época no había sido el enemigo.

-Mis hombres podrían acabar con los tuyos bajo estas condiciones –dijo el menor de ellos, el venido del norte llamado Docrato-. Será mejor que volváis a vuestro lugar de partida si es que no deseáis dejar viudas a muchas mujeres en una sola mañana.

Valero, el llegado desde un campamento a un solo día hacia el sur, se giró para observar a sus hombres para después volver sus ojos hacia sus pies cubiertos de nieve. Conocía los dos ejércitos a la perfección y sabía que en igualdad de condiciones, la victoria sería suya. De aquella manera sería la suerte quien infligiera la derrota a su gusto. No había llevado hasta allí a sus hombres para que el azar les dijera que debían morir o vivir.

-Está bien –dijo Valero girándose por completo para caminar hacia su ejército-. Volveremos hacia nuestro campamento, pero estad seguro de que no retrocedemos por temor...

-Estoy seguro de ello –dijo Docrato conociendo las intenciones de Valero. Sabía que en cuanto el tiempo se calmara, debería enfrentarse a aquellos hombres aunque eso le costara la vida.

I

Docrato entró en la vivienda de adobe y barro, donde su madre lo esperaba impaciente por recibir noticias de la lucha que deseaba que no se hubiera producido. Ahora era ella la única mujer que moraba aquella casa. Su mujer había muerto hacía unos años, quedando su madre junto a él, preocupándose por el nuevo líder del grupo.

-¿Cómo está tu hermano? –preguntó la mujer cuando observó a su hijo atravesar el umbral.

-No se trata de mi hermano, es el enemigo que desea usurpar estas tierras.

-No hables así de él –dijo la mujer lanzando una bofetada en la cara de su hijo. Si hubiera sido uno de sus soldados, ahora mismo la mujer estaría ensartada en la espada de su propio hijo. La mujer era la única que tenía el poder suficiente como para castigarlo de aquella manera-. Aunque os cueste reconocerlo a los dos, sois parte de mí. Y no permitiré que os matéis por un trozo de tierra.

-Un trozo de tierra que es el lugar en el que vivimos, madre. No lo olvidéis.

-Tampoco olvido que este lugar era vuestro campo de juego cuando érais pequeños. Muchas veces os he visto pelear en vuestra infancia y no pienso ver cómo lo hacéis ahora que sois mayores.

-El juego ha pasado a ser una lucha a muerte y no pienso perderla.

Docrato se volvió para no estar frente a su madre y verla con lágrimas en los ojos. No soportaba verla de aquella manera.

Desde que había tenido diez años, el momento en el que su padre se llevó a Valero lejos de casa, había vivido con su madre. Su padre y su hermano habían abandonado el hogar buscando un extraño tesoro que nunca lograron encontrar. La muerte esperó a su padre pacientemente hasta que Valero quedó en una pequeña aldea de la cual pronto se hizo con el control. Era joven, pero no tuvo ningún problema en hacerse querer y ser temido entre los fornidos hombres de su nuevo hogar.

Desde el día en que su padre les dejó, Docrato juró en secreto que acabaría con ellos cuando volvieran a pisar las tierras cercanas, si es que volvían.

Uno de sus aldeanos fue quien le avisó que un grupo numeroso, un ejército se acercaba a sus tierras. Fue el mismo Docrato quien se personó delante de aquel grupo para persuadirles de que marcharan de aquellas tierras, pero el hermano perdido apareció delante suyo y todo el odio que le había profesado se hizo patente en aquellos momentos. Una dura discusión acabó con la fecha de una batalla, batalla que no había llegado a tener lugar gracias a la nieve que había tomado toda la meseta.

II

-¿Madre? -preguntó una voz en la oscuridad. La mujer no se sobresaltó al escuchar que la llamaban allí, junto al río cerca del cual buscaba tranquilidad en las noches. Habían notado que alguien o algo seguía su caminar y pronto supo de quién se trataba. Era una persona, una persona a quien llevaba mucho tiempo ansiando contemplar-. Madre, ¿sois vos?

-Sí, Valero.

El fuerte guerrero salió de las sombras que se esparcían lejos de la tea que la mujer portaba en su mano y acercándose a ella, la abrazó con fuerza. Las lágrimas afloraron en los ojos de las dos personas.

-No deberíais estar aquí. Si vuestro hermano os viera, sin duda os mataría.

Valero bajó la cabeza ante aquella advertencia de su madre. La mujer deseaba que se fuera de aquel lugar, pudiendo ser la caza de su propio hermano, pero quería con toda su alma que aquel joven quedara junto a ella. ¿Por qué no podían los dos hermanos hacer las paces?

-¿Por qué no venís conmigo, madre? Cuando padre me separó de vosotros me juró que volveríamos a nuestro lugar de nacimiento para vivir una vida plácida.

La mujer no contestó. Esta vez fue ella quien bajó la mirada, sin poder tener frente suyo a su hijo mayor. No podía enfrentarse al pasado, no podía olvidar que su esposo los había abandonado y se había llevado al pequeño, ahora convertido en todo un hombre. El niño no tuvo la culpa de aquellos sueños locos de su padre, por esa razón estaba dispuesta a luchar por que los dos hermanos hicieran las paces, pero no debía dar muestras de ello. Si Docrato se enteraba de aquel encuentro, montaría en cólera y serían muy peligrosas sus consecuencias. Ella lo había criado y conocía el carácter de su hijo menor.

-Venid conmigo, madre. El lugar en el que yo vivo es mucho más hermoso que éste. Yo os llevaré allí donde habito junto con mi esposa.

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas, que comenzaron a caer por sus mejillas. Pero no miraban al hombre que se encontraba junto a ella. Sus ojos se hallaban clavados en algo que se encontraba tras su hijo mayor.

-No podrás llevártela.

Valero se giró para poder esquivar el filo de la espada de su hermano, quien había avanzado hasta su persona para atacarle mortalmente. Valero se hallaba desarmado. Había preferido aparecer ante su madre sin una espada que le entregara la imagen de un fiero guerrero. Los mandobles de Docrato se sucedían por momentos y su hermano mayor no pudo hacer otra cosa que acercarse al cauce del río, donde habían crecido unos árboles que podían servirle de escudo.

En una de aquellas acometidas, la hoja del arma de Docrato quedó atravesada en un tronco de uno de los árboles. Aquella suerte la aprovechó Valero para huir del lugar mientras su hermano pequeño intentaba sacar aquella espada para dar muerte al traidor. Cuando la hubo sacado, viendo que no alcanzaría a su hermano en la carrera, lanzó el arma hacia quien huía para detenerle.

La espada giró varias veces en el aire hasta que se clavó en la carne, lanzando la persona mortalmente herida un gemido. Docrato lanzó un grito que le destrozó la garganta. Valero detuvo su carrera para observar horrorizado el cuerpo de su madre a escasos metros de él, atravesado por la espada de su hermano.

-Madre –acertó a decir Valero, sabiendo que no podría acercarse al cuerpo de su madre. El grito de su hermano debería haber alertado a todo el poblado y en breve se encontrarían allí. Si lo veían junto al cadáver de su madre no preguntarían, simplemente actuarían contra él-. ¡Acabaré con vuestro ejército mañana!

Docrato, sin dejar de mirar el cuerpo inerte de su madre, recordó varias horas después aquellas palabras.

III

Cuando los gallos cantaron en el lugar, Docrato pudo escuchar a sus hombres levantarse. Sus ojos no se habían cerrado en toda la noche y no había dejado a su cuerpo descansar. No podía olvidar que había sido su espada la que había atravesado a su madre. Su madre, cuyo cuerpo se hallaba en aquellos momentos un una pira funeraria que prendería en cuanto regresara de la batalla que le había indicado su hermano mayor: Valero. Por culpa de Valero su madre se encontraba fuera de su alcance, en el reino de los dioses del otro mundo.

Se preparó para la batalla, colocándose toda su ropa con sumo cuidado. Su hermano había asesinado a su madre cuando él intentaba escapar de una muerte segura. Aquella mañana, tal y como él había vaticinado, se libraría una gran batalla.

-Valero –dijo un soldado apareciendo tras la tela de su tienda-. Hay una gran niebla en el campo de batalla, puede que tengamos dificultades para entablar la lucha.

-No os preocupéis, Docrato vendrá hacia nosotros. Puede que sea él quien se pierda en la niebla y ganemos nosotros la batalla.

Antes de que aquel soldado marchara, le pidió que le mantuviera informado sobre aquella niebla. Deseaba atacar cuando aquellas nubes bajas fueran disipándose.

IV

-La niebla es muy densa –exclamó uno de sus soldados para que le escucharan quienes se encontraban a su lado. Deseaba que aquellas palabras llegaran hasta oídos de Docrato. Si seguían adelante sería una auténtica locura. El ejército enemigo les estaría esperando.

-Retroceded –dijo Docrato viendo que las nubes parecían desear atrapar el ejército que él comandaba.

Cuando se hallaban a una distancia segura, Docrato se giró para contemplar la niebla, que se hallaba atrapada en la tierra, esa mañana también cubierta de nieve.

Un trueno hizo su aparición, seguido por la intensa lluvia que Docrato deseaba que limpiara el cielo de la masa blanquecina. El suelo y el cielo eran completamente blancos, pero poco a poco, las nubes fueron desapareciendo.

-Por todos los dioses –acertó a decir uno de los soldados, asustado.

Docrato no podía creerse lo que sus ojos le mostraban. Ante su ejército, se hallaba una inmensa porción de tierra que les cortaba el paso hacia el ejército de Valero. Ordenó de inmediato a uno de sus hombres que buscara el camino para pasar al otro lado. No se creía que una montaña hubiese crecido de la noche a la mañana en aquel lugar. Antes de que el soldado pudiera marcharse para investigar lo que le pedía su líder, Docrato lo cogió del hombro, obligándole a quedarse a su lado.

-Parece una mujer –fueron las palabras que le hicieron reaccionar de aquella manera.

Ante todos ellos, en la lejanía, una mujer gigantesca de piedra se encontraba tendida en un altar natural. Su posición era tal y como se encontrara una mujer yaciente. Su cabeza descansando en la montaña, sus manos entrelazadas encima del pecho y los pies sobresaliendo de la gran roca que ahora era.

-Madre –dijeron dos hijos a la vez. Uno de ellos veía a su difunta madre, el otro solamente contemplaba una gran masa de rocas que había aparecido delante suyo. Los dos sabían que la guerra había terminado. Su madre los había separado para evitar que la sangre de dos hermanos bañara la tierra que les había visto nacer.

* * *

Terminé mi bocadillo, sentado en uno de aquellos bancos del parque. Frente a mis ojos se hallaba aquella madre muerta. Aquella Mujer Muerta que separaba las provincias de Segovia y Madrid, siendo desde esta primera donde podemos contemplar a esa madre que evitó la lucha de sus dos hijos. No puedo decir que sea cierta esa leyenda, o que fuera la que se escucha desde tiempos inmemoriales, pero sí que el joven que me la contó tenía mucha imaginación.

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