-¿Quieres escuchar una historia? –dije a la camarera que me estaba sirviendo en aquella cafetería en la que a aquellas horas de la noche solamente nos encontrábamos ella y yo-. Te prometo que no es de fantasmas ni nada por el estilo. Yo ya estoy un poco harto de ellas.
La joven camarera ataviada con una camiseta de un grupo de rock, sonrió al escucharme hablar. Era la primera vez que me escuchaba en todo el tiempo que había estado en aquel local. ¿Cómo había pedido la bebida? Pues muy fácil, simplemente había señalado la botella que deseaba que me fuera servida.
-De acuerdo, pero creo que este no es el lugar adecuado para hacerlo –dijo saliendo de su habitual puesto de trabajo para acercarse hasta una mesa donde nos esperaban dos sillas para descansar mientras le contaba aquella historia.
Recordaba aquella historia, ocurrida en el instituto en el que yo cursaba el primer año. Fue una historia verdadera, cruel, pero verdadera. Mientras me acercaba a la silla en la que iba a sentarme, sentí que mi mente se trasladaba a aquella época, en la que de octavo se pasaba al instituto, creyendo todos que ya éramos mayores y que todo lo sabíamos. Craso error.
I
De donde yo vengo, había una muchacha llamada Marta, que cursaba el segundo año de instituto justo cuando yo había entrado en él. Fue una tragedia y todos fuimos testigos de ella, unos más y otros menos, pero todos estuvimos allí durante los hechos.
Marta era la mejor estudiante de aquel curso y sus notas lo verificaban una y otra vez. No había examen que aprobara con facilidad. Pero como suele pasar en la realidad, la inteligencia a veces va reñida con el corazón. Cerebro y corazón no suelen llevarse bien y menos cuando su dueño es un o una adolescente. Todo lo que perseguía, lo conseguía. En eso se diferenciaba de su amigo Marcos, a quien yo conocía por ser vecino del barrio. Un chico que aunque también inteligente, no era capaz de superar a su amiga Marta y sobre todo lo supo cuando tuvo que repetir, quedando rezagado en mi curso. La amistad que ellos habían tenido desde el colegio intentó romperse por aquel pequeño distanciamiento y estuvo a punto de hacerlo cuando apareció en la vida de Marta un joven de tercero de BUP. Marta no pudo ocultar sus sentimientos hacia él delante de sus amigos y aunque no lo quisiera, se fue distanciando de ellos poco a poco. Pero esa distancia nunca fue muy grande. Aquel joven por el que Marta suspiraba las tardes de instituto y al que iba a ver entrenar en el campo de fútbol tuvo que marcharse a otro lugar siguiendo a su padre, a quien habían destinado en su trabajo a otro lugar. Fue en ese momento en el que estuvo a punto de hundirse, algo que no ocurrió gracias a la intervención de sus amigos de toda la vida, sobre todo de Marcos, quien había sido alejado por Marta durante una temporada. No podía olvidar que todo el mundo comentaba que ella y Marcos eran novios desde su infancia, algo que la impedía acercarse al chico de sus sueños.
II
Unos meses habían pasado de aquel contratiempo en la vida amorosa de Marta, cuando recibió por primera vez una carta en su taquilla del instituto. Una carta sin remite y mecanografiada que alguien había insertado entre las rejillas de su taquilla. La abrió alejándose de todos los curiosos y antes de entrar en clase, pudo leer la poesía que en ella venía plasmada.
No pudo dejar de contárselo a sus amigos, mostrándoles la primera de las demás cartas que cada semana iban a llegarla a su taquilla. Estaba entusiasmada por aquella poesía y su ilusión no fue a menor en cada recibo que le llegaba.
-Pero ¿sabes quién es? –preguntó Marcos a su amiga después de la cuarta entrega.
-Todavía no lo sé. Pero me he jurado que voy a encontrarlo.
-Puede que así sea mejor. El anonimato hace que todo sea más misterioso. Puede ser cualquiera que te conozca.
Pero Marta no estaba dispuesta a que aquella persona que le escribía aquellas cartas siguiera en la sombra. Deseaba conocerlo y escuchar de sus labios lo que en las cartas escribía. Se había enamorado de alguien a quien jamás había visto.
III
Pero un día, aquello que era una emoción, un amor que ella respondía en cada suspiro cada vez que leía un verso de aquellas cartas, acabó de golpe. Fue justo unos días antes de Carnavales. Ella se había encargado de comprar los complementos para los disfraces que ese año llevarían los amigos de la cuadrilla y decidió llevárselos a cada uno de ellos.
Marcos no se encontraba en casa y su madre la hizo pasar, dejándola en la habitación de su hijo. Eran amigos de toda la vida, no había secretos para ellos. Para esperarlo, no tenía prisa, se sentó en la mesa del ordenador y comenzó a mirar la gran colección de libros que se encontraban en aquella habitación. Se levantó cuando vio una hoja que sobresalía de una perfecta colección de libros de misterio. Sonrió al pensar en la cabeza de su amigo, era capaz de perder cualquier cosa y dejarla a la vista y ser incapaz de encontrarla. Se trataba de una hoja escrita a mano y lo que leyó la dejó boquiabierta. Ante ella se encontraba una poesía como las que estaba recibiendo. Negó con la cabeza, pero dos días después aquellas mismas palabras llegaron a su taquilla.
Ya conocía a su admirador secreto, pero ya no estaba entusiasmada. Como él mismo había dicho, lo mejor era el anonimato, ahora se había perdido la magia que embargaba aquellas cartas. Marcos. No deseaba salir con Marcos y la razón era sencilla a la vez que complicada: era su amigo. No lo quería como a un novio, era su amigo, su mejor amigo.
Decidió no decir nada a su amigo, pero cada vez, las cartas que recibía la ponían cada vez más nerviosa. Eran igual de dulces, llenas de amor y virtuosidad, pero algo las había hecho cambiar: eran de Marcos. Tenía que decirle que acabara con eso, que ella ya sabía quien era su admirador secreto y que no deseaba nada con él. Pero tampoco deseaba terminar su amistad de tantos años.
Malas contestaciones fue lo único que conseguía Marcos cada vez que mencionaba algo de las cartas y del admirador.
IV
Un día, se encontraban todos los amigos en un parque, riendo de lo que a cada uno le sucedía en el curso, no eran pocas las anécdotas que podían salir de cada día de clase. Para Marta fue el momento perfecto para culminar su plan, así que lo puso en práctica. Se levantó y les indicó que iba a acercarse a su casa para recoger algo que se la había olvidado y pidió a Marcos que la acompañara. Aquella petición le extrañó al chico que desde hacía unos días volvía a ser apartado por su amiga, como cuando había conocido a aquel jugador de fútbol. Antes siquiera de llegar al portal de la chica, que se encontraba dos calles más lejos de donde se hallaban con anterioridad.
-Estoy harta que me escribas estar malditas cartas –se giró y gritó amenazando al chico con su dedo índice a la vez que sacaba varias cartas del bolsillo de su chaqueta y se las ponía en la mano-. Deja de escribirme jilipolleces en las cartitas y en las notitas, ¿entendido? No quiero nada de ti.
El chico asintió con la cabeza y sin decir palabra alguna, entró en una tienda cercana. Marta sabía lo que aquella reacción significaba. Cuando saliera él de comprar pipas o lo que fuera, ella ya no estaría allí.
V
Marcos faltó una semana a clase y yo fui el encargado de ponerle al día de los trabajos de clase. En esa semana no me preguntó en ningún momento cómo se encontraba Marta. No quiso decirme la razón por la cual se hallaba en cama, creo que fue una gripe un poco más fuerte de lo normal. El jueves por la tarde me pidió un favor: el viernes debería coger de mi buzón una carta y llevársela corriendo a Marta. Yo salía antes que ella de clase, por lo que aquello era factible. Sería la primera vez que la carta la entregara en mano, pues yo había sido la persona encargada de introducir los sobres en la taquilla de la chica.
Tal y como me indicó, al llegar a casa encontré una carta en mi buzón sin remitente y con el nombre de Marta en la parte delantera. Sin perder ni un segundo, salí del portal y crucé las tres calles que separaban nuestras casas del instituto. Si tenía suerte, llegaría hasta Marta antes de que entrara en la siguiente clase. Y la tuve, en el pasillo pude hacerla entrega de la carta y cuando yo me volvía y ella entraba en clase, pude ver cómo la rompía y la tiraba a la basura. Pero se paró en su camino hacia los pupitres y volvió sus pasos hacia la papelera, donde un trozo de carta había salido del sobre y mostraba su contenido.
Desde aquella posición pudo leer el título de lo que allí se encontraba escrito. Se agachó rápidamente hacia el cubo y la cogió. Fue colocando los cachos como un puzzle de pocas piezas y pudo leer lo que Marcos había escrito. Esta vez era una carta a mano, la única de las que había recibido y para ello había utilizado un bolígrafo rojo, seguramente para que se viera mejor. No eran pocos los profesores que aseguraban que el color rojo era muy escandaloso y se veía a la primera.
-Esta es mi última carta de amor, en la que escribo con el corazón –leyó en voz baja-. Puedo decir con certeza que el poco corazón que me queda está escribiendo sobre este papel que ahora ahoga mis penas. Conozco la razón por la que me rechazas y en cierto modo tienes razón. Un amigo siempre será un amigo, nada más. Esta vez dejo de lado las notas y las estúpidas poesías. Ya he dejado atrás el vocabulario romántico, como dijiste, son jilipolleces. Sólo pido una cosa: desaparece de mi vida como una amiga y no como el amor que nunca tuve. Me conformaba con verte sonreír y quererte en las sombras, pero lo estropeé creyendo que un amigo podía pedir algo más. No te sientas culpable por ello, pero ya estoy cansado. En esta última carta te entrego mi corazón. Marcos.
Antes de poder reaccionar por lo que en la carta se hallaba escrito. Marta pudo comprobar que las primeras frases tenían mucho mejor la letra que las últimas. No la extrañó nada, en todos los trabajos de lenguaje solía ocurrirle; era como si se cansara de estar escribiendo siempre. Sus ojos se posaron en la última frase de la carta y la tinta con la que estaba escrita.
Salió del instituto atropellando al profesor que la llamó al orden, pero ella no tenía tiempo de quedarse a escuchar filosofía. No tenía tiempo que perder, podía ser ya muy tarde. Llegó hasta el portal del edificio donde vivía Marcos y llamó al portero automático varias veces. Viendo que nadie abría la puerta, llamó a una vecina del lugar y se hizo pasar por la cartera. Subió las escaleras corriendo, los escalones de dos en dos, de tres en tres, mientras sus ojos se iban llenando de lágrimas y éstas deseaban resbalar por las mejillas. En vez de llamar a la puerta del piso de Marcos, llamó con violencia al timbre de la puerta de al lado. Una joven con cara de sueño abrió la puerta y Marta reconoció a la prima de Marcos.
-Déjame las llaves de tu tía, tu primo está ahí dentro y está herido.
La dueña de la casa tomó las llaves y se las pasó a la joven que conocía bien por ser amiga de su primo. Pidió que fuera abriendo mientras ella llamaba a la ambulancia para que se acercara hasta el lugar.
Marta evitó que sus dedos tiraran las llaves por tercera vez en aquellos intentos por abrir la puerta de su amigo y cuando pudo entrar, fue corriendo hasta la habitación donde ella había descubierto a su admirador secreto. Allí se encontraba él, sentado y apoyado contra su escritorio nuevo. Marta lo llamó varias veces, pero no consiguió que respondiera en ninguna de las llamadas, ni siquiera se había movido. Se acercó hasta él y lo movió. Tuvo la rapidez suficiente de colocarse para evitar que el chico cayera de la silla. Lo cogió con sus manos temblorosas y pudo ver una herida profunda cerca del corazón. En su mano derecha, se hallaba una pluma manchada en su propia sangre.
VI
Por la mañana, después de que yo lo visitara, Marta apareció en el hospital. Ella y todo el mundo pensaba que no deseaba verla. Todos los asistentes pudieron escuchar las maldiciones que Marcos lanzaba una y otra vez contra el nombre de su amiga. Para calmar a la chica, que había estado en aquellos momentos tan difíciles, los médicos la habían mentido diciendo que aquella reacción se debía a todo lo que estaban intentando realizarle. Sin ella, Marcos estaría muerto. En aquellos momentos, el chico deseaba morir, todo lo contrarío que aquella mañana.
-¿Puedo pasar? –preguntó la chica con miedo a la reacción de su amigo.
Se hallaba en la cama, mirando al techo. La habían advertido de que no hablaría, que se encontraba débil, pero que las visitas le ayudarían. No tenía mucho tiempo, en aquella zona del hospital no estaban muy bien vistas las visitas.
-Quería pedirte disculpas –dijo ella al ver que él había asentido con la cabeza, un movimiento muy sutil, pero que había visto con toda claridad-. No debía haberme puesto así contigo. Yo era feliz recibiendo esas cartas y tú también. He sido muy injusta contigo y ¿qué importa que seas mi mejor amigo? Tienes que ponerte bueno, deseo una cita romántica donde tú elijas.
Marta se dio la vuelta después de ver a su amigo sonreír tímidamente. Escuchó un pequeño golpe a su espalda y asustado se giró para observar a su amigo.
-¿Pasa algo? ¿Llamo al médico? –preguntó alterada, pero la tranquilidad de su amigo en sus facciones la hicieron recomponerse.
-Te quiero –dijo Marcos.
Antes de que ella pudiera responderle de la misma forma, Marta pudo ver cómo la gasa que tenía a la altura del corazón se teñía de rojo. Salió corriendo de la habitación y gritó pidiendo ayuda.
Los médicos la apartaron casi a empujones y entraron en el lugar donde su amigo se debatía entre la vida y la muerte. Hasta su posición llegó una maldición y una queja de los médicos. Se les podía escuchar que hablaban o casi gritaban. Era como si le preguntaran a Marcos por qué había hecho algún esfuerzo.
Marta se echó las manos a la cara y lloró como jamás lo había hecho por persona alguna. Su amigo, su mejor amigo había muerto por confesarla lo que más deseaba haber oído en tantos años, pero jamás por boca de él. Ahora ella no había podido decirle lo que había sentido en aquella semana en la que él no había aparecido por su vida.