jueves, 10 de febrero de 2011

El perro de la tea

¿Cuántas personas han creído alguna vez que los animales ven cosas que los demás ni siquiera sospechamos? Leí en un periódico del hostal en el que pernocté, que un perro había estado custodiando la tumba de su amo, fallecido varios días antes. La gente lo había encontrado allí y le llevaba todos los días comida para que el can no muriera de inanición. Algunos, asombrados por la lealtad de aquel animal de compañía, quisieron recompensarle de la única manera que creyeron conveniente: llevándoselo a casa.

Pero el fiel guardián de la morada eterna de su amo y amigo, no quiso alejarse de la fría losa que cubría el ataúd del hombre. Lo dejaron estar varios días, hasta que vieron una mañana que el perro se encontraba tumbado sobre la losa. Aquella había sido una noche fría y el pequeño cuerpo del can no resistió las bajas temperaturas que en aquel pueblo se habían generado.

Los niños, que habían tomado al animal como un amigo del cementerio, lloraron cuando conocieron la noticia. El alcalde del pequeño pueblo había anunciado que aquella lealtad se merecía un recuerdo. En la puerta del cementerio, donde había esperado varios días al regreso de su amo, se colocaría una placa en recuerdo de aquel acto.

Tras la muerte del can, algunas personas aseguraron haberle visto gruñir y ladrar a la nada, como si viera o sintiera la presencia de una persona que no fuera bien recibida en aquel lugar.

Como decía, muchas veces se atribuyen a los animales poderes que ni siquiera imaginamos.

Pero ningún poder es comparado con el que poseía el perro de una antigua leyenda que surca los valles de la zona norte del país. Una anciana en su lecho de muerte fue quien me lo contó. Ella sabía que estaba a punto de suceder algo que jamás olvidaría.


I

Llamó a todos los que quería, a toda su familia, para que estuvieran presentes cuando ella dijera las últimas palabras que en breve se producirían. No deseaba que cada uno dijera al otro lo que le interesara. Lo que tenía que decirlos era importante.

El último en llegar a la alcoba donde su no tan anciana madre contaba los minutos para esperar el juicio de Dios, fue el joven Martín, quien había estado con los bueyes, arando la tierra que en breve sería cultivada. Mientras que sus hermanos y hermanas mayores se encargaban de la casa y de los animales que en ella o cerca de ella se encontraban, a él al benjamín, le habían ordenado cuidar las tierras.

-Madre, ya estoy aquí -dijo haciéndose un hueco entre el mayor de los hermanos y la pared de la alcoba.

-Veo que mis siete hijos se encuentran junto a mí en estos momentos tan delicados -dijo la mujer antes de cerrar los ojos y respirar profundamente. Había esperado con ansia la llegada de su hijo pequeño, retrasando el momento en el que la muerte se la llevara-. Ahora que estáis todos aquí, debo confesaros que no siempre he sido tan buena esposa como siempre habéis creído. Vuestro padre, que nos dejó hace once años, nunca llegó a saber lo que realmente sucedió en los días que no llegaba a casa, atrapado por las nieves en las montañas. Espero que donde esté sepa perdonarme.

-¿Qué es lo que quiere decir, madre? -preguntó una de las chicas, la tercera en edad.

-Que algunos de vosotros no sois hijos de quien habéis llamado padre.

Aquellas palabras provocaron que los allí congregados se miraran unos a otros, esperando ver alguna diferencia en sus rostros. La voz de la mujer cortó aquella situación.

-No busquéis culpables, pues soy la única responsable de ese mal. Sois todos hermanos y como tales deseo que sigáis comportándoos del mismo modo que antes. Sé que es difícil hacerlo, ahora que sabéis que algunos no sois hijos de Juan, pero no voy a decir quienes sois, ni cuantos sois. Yo era joven y fogosa y deseaba en todo momento que llegara vuestro padre para poder yacer junto a él. Su hermano se encontraba muchas noches aquí, en casa con nosotros y era quien me cuidaba mientras vuestro padre se ganaba la vida.

-¿Quiere decirnos que algunos somos hijos de a quien nosotros llamamos tío?

-Efectivamente, Manuel.

El silencio se hizo dueño y señor de aquella alcoba, dejando que cada uno escuchara sus propios pensamientos y lo que el corazón les dictara.

-Ahora, dejad que la señora me retire de vuestro lado.

Cerró los ojos, dejándose llevar por el silencio que la llamaba desde la lejanía. Su cuerpo por fin iba a descansar y su alma, ya libre de aquella culpa, fue a encontrarse con los seres queridos ausentes para el mundo de los vivos.

II

Los siete hermanos continuaron con su vida, aunque algo había cambiado entre ellos. ¿Por qué algunos debían ser tomados como hermanos iguales cuando eran fruto de la debilidad de su madre?

Antón, el mayor de todos los hermanos, fue quien más sufrió aquellas palabras. Desde su infancia, se había erigido como el más cercano a su padre y quien debería sacar adelante a aquella familia cuando el hombre faltara. Siempre bajo la tutela de su padre, Antón no había conocido mujer alguna y solamente sabía trabajar.

Pero no podía dejar de pensar que alguno de sus hermanos no era hijo de Juan, no era digno de llevar el mismo apellido que él, el mayor de todos los hermanos. Hijos bastardos que habían convivido con él y su amado padre. No merecían la herencia que su padre había ganado con el sudor de su frente y eso debía dejarlo bien claro. Por esa sencilla razón, quiso hablar con todos los hermanos a la hora de la cena.

-Todos nos hemos sentido un poco arrastrados por las palabras de nuestra madre. Ella nos dijo la verdad, una verdad que la pesaba como una piedra en su corazón. Pero yo no puedo olvidar su confesión. Ya no puedo pensar en vosotros como mis hermanos de sangre, sabiendo que alguno de vosotros, no sois más que bastardos.

-Recuerda que no señaló a ninguno de nosotros como tal. No puedes pensar que tú seas hijo de nuestro padre. Estás en la duda como nosotros.

Fueron aquellas palabras las que comenzaron la discusión. Mari, la mayor de las mujeres y segunda hija de la pareja, no pudo reprimir la ira que la carcomía por dentro. Y fue ella quien comenzó a sacar alguna diferencia entre ella y sus hermanos, siempre poniendo como ejemplo el gran parecido físico que tenía con su padre.

Como siempre que las voces subían de todo, Martín se dio la vuelta y observó la calle a través de la ventana. Pero además de ver la oscuridad que cubría toda la aldea, llegó a distinguir una luz que parecía vagar por la calle. Desde su posición la veía ir de un lado a otro, como si quien la portara estuviera buscando a alguien en aquellas calles llenas de tierra y piedras. Poco a poco aquella luz, se acercó hasta la casa en la que se encontraban ellos y Martín pudo ver con claridad, aunque se encontrara en penunmbra, la figura de un perro. El perro llevaba en la boca una antorcha encendida. La llevaba ladeada, de manera que no se quemaba. Las pavesas caían junto a las patas del animal. Aquella imagen le pareció algo graciosa a Martín, pues la antorcha era de mayor tamaño que el can.

Cuando los hermanos terminaron de discutir sobre la sangre que llevaba cada uno de ellos en su interior, Martín mencionó a la sexta hermana, con la que mejor se llevaba gracias a su edad, lo que había visto a través del cristal.

-Eso creerás haber visto. ¿Cómo un perro va a llevar en la boca una tea?

III

Martín se despertó sobresaltado por el grito de su hermana Mari. Saltó de su camastro, el mismo que le había visto nacer, para encaminarse corriendo hacia el lugar del que procedían los gritos de su hermana.

Cuando llegó hasta el dormitorio de su hermano Jesús, que era de donde provenían aquellos alaridos, encontró a su hermana arrodillada junto al dueño de aquel dormitorio. Jesús, quien siempre había sido conocido por su alegría, se encontraba con la mirada perdida, pálido y con la boca abierta. No tuvo que observar más; supo que su hermano estaba muerto.

Bernardo le sacó de aquella habitación y le llevó hasta la cocina, donde habían discutido la noche anterior. Le hizo sentarse y cerró la puerta para que ninguno de los demás hermanos pudiera escucharlos.

-Me ha dicho Ana que le comentaste algo sobre un perro con una antorcha.

-Sí. Mientras discutíais, miré por la ventana y vi esa imagen.

Bernardo, el tercer hermano, introdujo una piña ardiendo a la estufa y se sentó junto a ella. Al poco volvió a abrir la tapa para meter varias rajas de leña que se habían cortado. Hacía frío en la
cocina aunque el invierno se hubiera marchado ya hacía unos días.

-Ese perro, ese animal que viste anoche es una antigua leyenda que se cuenta por estos lares. Las palabras sobre ese perro se escuchan en los valles cercanos.

-¿Qué es lo que significa? -quiso saber Martín viendo que su hermano estaba temblando, más por temor que por frío.

-Siempre se ha comentado que ese perro es el encargado de ayudar a las almas de los difuntos a seguir el camino hacia el cielo. Por esa razón lleva una antorcha, una tea. Las almas deben seguirla sin perderse para llegar a buen puerto.

-Pero el perro se hallaba frente a casa, como si esperara algo.

-Esperaba a Jesús. Seguramente se sentó a la puerta de casa esperando que el alma de nuestro hermano cruzara su umbral y lo siguiera.

-Pero ¿por qué no lo había visto antes? -dijo acercándose a su hermano y abrazándose a él-. Estoy muy asustado.

-No pasa nada, son habladurías de los viejos del lugar. Vete a ver cómo están tus hermanas.

Bernardo observó a su hermano marcharse de la cocina, quedándose él solo en el lugar. Se echó las manos a la cara y comenzó a sollozar en silencio. No le había mentido a su hermano pequeño, pero tampoco le había dicho toda la verdad. Según la leyenda, ese perro sí que era el guía de las almas de los difuntos, pero cuando se aparecía ante una persona viva solamente significaba una cosa: iba a ocurrir una desgracia en el lugar. Ahora resonaban en su cabeza las palabras de su madre. Algunos de ellos no eran hijos de quien llamaban padre. ¿Podía estar todo ello relacionado?

IV

Martín volvió a ver el perro con la antorcha en la boca varias semanas después. Y fue su hermano Bernardo quien acompañó la luz de la tea en aquella ocasión. Se trataba del único de los hermanos que había escuchado la leyenda de labios de un antiguo vecino. Ahora nadie sabría por qué el menor de los hermanos veía al animal cerca de la casa.

Bernardo ya no estaba y le siguió su hermana Ana aquejada de una tos que la llegó a escupir sangre. Antón estaba seguro de que aquello era una maldición de su padre, viéndose humillado desde el cielo, que les había lanzado para que pagaran por los pecados de su madre.

Siendo solamente cuatro los hermanos que quedaban en la casa, Mari quiso hablarles a todos ellos sobre las desgracias que estaban ocurriendo en la casa.

-No puedo seguir así. Si como dice Antón, se trata de una maldición de nuestro difunto padre, no sé cómo podemos atajarla.

-No hay ninguna forma –dijo Fernando, antes el quinto de los hermanos-. Nosotros mismos nos estamos matando a trabajar en unas tierras y en unos animales que vana producir mucho más de lo que podemos soportar. Éramos siete hermanos y no pasábamos penurias a la hora de comer. Ahora tenemos demasiado. Creo que deberíamos dejar algunos animales y algo de las tierras. No podemos abarcar todo.

-¿Y perder la herencia de nuestro padre? –gritó Antón-. Nos legó las cabezas de ganado y las tierras. No estoy dispuesto a ver cómo se pierden.

-Podemos arrendarlas –dijo Martín temeroso por la respuesta de su hermano.

-Esto no va contigo, Martín –dijo el mayor señalando la puerta con la cabeza, señal inequívoca de que le estaba pidiendo que se marchara.

El pequeño salió de la cocina, saliendo al corral, donde un pequeño huerto donde los tomates estaban comenzando a salir. Un ruido hizo que se asustara y mirara hacia el lugar del que había llegado. Se alzó sobre sus dedos de los pies y pudo contemplar por encima de la pared a un animal que caminaba hacia la puerta de la casa. Chistó al animal, lo que hizo que el perro se parara y se girara para mirar al que lo había llamado. Aliviado pudo ver que no se trataba del perro de la antorcha.

Escuchó un grito y volvió a asentarse en toda la planta de sus pies. Era su hermana Mari quien estaba chillando. Recordó la última vez que la había escuchado gritar y recordó el cuerpo de Jesús en la cama. Deseaba que no fuera algo así. Y no lo fue.

Antón y Mari se encontraban arrodillados junto a Fernando, a quien le sangraba la cabeza de manera abundante. El mayor de los hermanos lo tomó en brazos y apartó al pequeño con el pie. Iba a buscar a alguien que los pudiera ayudar. Mari se quedó junto a Martín, agarrándolo fuertemente para que no escapara tras su hermano.

-Estaban discutiendo y Antón le ha empujado, con tan mala suerte que Fernando ha caído sobre la cocina y se ha golpeado la cabeza.

Escuchaba a su hermana llorar, intentando explicar lo que había sucedido, pero Martín sólo tenía ojos para el perro que había visto con anterioridad. Se había quedado allí junto a ellos, no había seguido al hermano mayor y al herido.

Cuando entraron en casa le pareció ver de soslayo una luz cercana al perro.

V

Fernando no sobrevivió y Mari le siguió cuando se negó a comer. Había visto morir a cuatro hermanos menores que ella. Los había criado junto a la madre y los sentía como suyos. Ahora solamente quedaban dos a su lado, los mismos que intentaban hacerla comer a toda costa, mas fue inútil. Su alma se escapó de la casa una noche de tormenta. Puede que el cielo llorara la pérdida de Mari.

-Solamente quedamos tú y yo –dijo Antón cuando cubrieron el cuerpo de su hermana, en el cementerio de la aldea-. Si esto es una maldición, parece ser que somos los únicos hijos de Juan.

-¿Y si no lo es? –preguntó el menor.

-Solamente espero que lo sea. Me he obsesionado tanto con las palabras de madre que he dejado la casa de lado. Mis hermanos me necesitaban, aunque no tuvieran la misma sangre que yo. ¿Qué importa eso si he convivido con ellos, al menos veinte años, que son los que tienes tú? Mari, Bernardo, Fernando, Jesús y Ana. Todos eran mis hermanos porque los quería como tal, no porque fueran hijos de Juan. Si te soy sincero, creo que soy el único hijo de ese hombre. Recuerdo ahora que una vez me contó que tras nacer yo, tuvo un accidente, que le dejó maltrecha de por vida una parte de su cuerpo. Puede que por esa razón, nuestra madre buscara consuelo en otra persona.

-Debo confesarte algo –dijo Martín llegando a la puerta de la casa-. Cuando han acaecido la muerte de alguno de nuestros hermanos, he visto un perro con una antorcha en la boca.

-El guía de las almas –dijo Antón abriendo la puerta y dejando que su hermano entrara antes que él-. ¿Le ves ahora?

Martín se dio la vuelta y comprobó que tras su hermano se hallaba el perro que había visto la primera vez. La luz de la antorcha iluminaba el interior de la casa, dejando a oscuras la sombra de Antón, quien se había quedado a la puerta sin moverse.

-Yo también debo confesarte algo. Lo vi cuando murió madre y cuando alguno de nuestros hermanos estaba muriéndose. Conozco su leyenda y sé que no desaparecerá hasta que cumpla con su misión.

-¿Y cual es esa?

-Que todos los hijos ilegítimos de Juan lo acompañen.

Martín bajó la cabeza. Su hermano mayor le estaba confesando que el perro estaba allí en aquellos momentos esperando su alma, su alma de veinte años. Se irguió seguidamente y caminó con paso firme hacia la puerta, en la cual se hallaba aún su hermano y tras él el perro con la tea. Una mano robusta le impidió seguir caminando.

-¿Se puede saber qué estás haciendo? –preguntó Antón con una sonrisa en la cara.

Martín llevaba mucho tiempo sin ver a su hermano sonreír de aquella manera y se sintió aliviado por ello. No quería despedirse de su hermano teniendo en la memoria su rictus serio.

-Juan te quería como a un hijo, al igual que a todos, por esa razón, te mereces igual que yo llevar su sangre. Todos los merecían y puede que yo no.

Antón empujó a su hermano hacia el interior de la casa, quien cayó entre varias sillas, y cerró la puerta de la casa, dejándola a oscuras. Cuando Martín quiso salir a la calle, en ella solamente había silencio. Ni rastro de la luz de la antorcha, del perro ni de su hermano.

Se sentó en el umbral de la casa y miró hacia la oscuridad. Ninguna luz se veía desde su posición. Aquella noche iba a ser tranquila y el día no iba a traer ninguna desgracia. Sonrió a la noche y entró en la casa pensando que debería buscar a alguien con quien compartir aquella vida que su hermano le había regalado.