jueves, 10 de marzo de 2011

El amor prohibido

Las campanas tañían en la noche, justo en el momento en el que antiguamente las puertas de la ciudad se cerrarían a mi paso. Acababa de pasar el puente de Alcántara y la ciudad vieja de Toledo me abría los brazos para mostrarme su hospitalidad. Uno de los torreones, el occidental, me llamó la atención, sobre todo cuando vislumbré los escudos de armas. Isabel y Fernando no habían tomado aún Granada, por lo que en el escudo de los Católicos faltaban el fruto de la región sin conquistar.


¿Por qué lo supe? Lo había escuchado alguna vez lejos de aquella ciudad. Una casualidad en una conversación en la que yo no estaba invitado. De todas las maneras, me enteré de aquella curiosidad de la historia.


Toledo, gran capital visigoda, llena de misterios y leyendas que aseguran que los templarios escondieron aquí la quimérica mesa de Salomón. Una ciudad llena de callejones y calles con historias que te muestran su cara más amable. Y entre estas callejuelas y las piedras que sujetan el puente más conocido de la ciudad, se encontró y se forjó la historia de un amor prohibido por las leyes de aquellos años pasados en los que esta ciudad fue residencia de las tres culturas que se hallaban en el reino.


I


Corría por las calles deseando llegar a la hora acordada al lugar indicado. Se lo había prometido a su amado y era aquel el único pensamiento que tenía en mente.


-Te veré en este callejón cuando cierren las puertas de la ciudad -le había dicho el joven Alfonso dándola un beso de despedida-. Espero que no faltes.


-Aquí estaré amor mío -dijo la muchacha perdiéndose entre la gente que caminaba por el mercado.


Si su padre lo supiera, pondría el grito en el cielo y seguramente la castigaría de la mejor manera que sabía: encerrándola en su casa, como lo había hecho con su hermana mayor. La había encerrado en vida en su propia casa. Así era la ley que imperaba en la casa de Zaida. El escaparse de casa era algo muy grave, que sin duda castigaría su padre, pero hacerlo para irse con un cristiano eso sería como una daga clavada en el pecho del musulmán.


Zaida no se había atrevido a decirle a su padre todo lo que sentía por aquel muchacho, hijo de un gran soldado que se encontraba en aquella ciudad. Había llegado hacía unos meses, tras el traslado de su padre y sus compañeros hacia la ciudad de Toledo. Se habían conocido en el mercado y era allí donde se robaban algunos besos, se deslizaban sus miradas y sus sonrisas les daban alas para vivir.


Se encontraron en el callejón que habían anhelado desde el mismo momento en el que pensaron escapar de la ciudad. Alfonso estaba dispuesto a huir del lado de su padre, donde su vida como soldado sería mucho más sencilla que la de los demás jóvenes. Desde que había salido por la puerta de la casa en la que se encontraba con su padre, pensó que era una mala idea. En cuanto su padre se levantara, unas pocas horas después, daría la voz de alarma cuando comprendiera que su hijo se había marchado.


Sabía que las puertas se encontraban cerradas y los guardias que las protegían estarían observando en todo momento. Hasta que no las abrieran, al amanecer, no tendrían la posibilidad de huir los dos juntos.



II



Se besaron cuando volvieron a encontrarse y juntos se acercaron hasta la puerta más cercana, tras ella se encontraba su libertad. Pero como había pensando Alfonso, la puerta se hallaba cerrada y paseando junto a ella, los soldados encargados de permanecer alerta, protegiendo la entrada de la ciudad.


Retrocedieron antes de que los guardianes pudieran verlos, topándose con la cabeza de un caballo, el cual relinchó como protesta, algo que a su dueño no gustó. El hombre se encontraba tumbado en un carro que transportaba grano, amonestando a su caballo cuando éste lanzó el grito a la noche.


-No debes asustarte, son solamente dos jóvenes enamorados -dijo el hombre observando a la pareja. Saltó con agilidad del carro, colocándose entre los dos jóvenes-. Mi nombre es lo de menos y creo que será mejor para todos que no conozcamos nuestros nombres, si es que realmente necesitáis lo que yo creo.


-¿Qué es lo que cree que necesitamos? -preguntó Alfonso colocando a su amada tras él, protegiéndola con su cuerpo de aquel mercader.


-Soy un judío muy observador y de esa manera he podido hacerme con un buen negocio de grano. Y de la misma manera, veo en vosotros a una pareja de enamorados: una mora y un cristiano. En esta ciudad, en la que convivimos las tres maneras de vivir, no son muy bien vistos los amoríos entre ellas. La hija de un gran comerciante de caballos venidos del sur y el primogénito de uno de los mayores consejeros del señor más poderoso de este lugar.


-¿Cómo sabéis eso? -pregunto Zaida sin dejar de mirar al comerciante judío.


-Ya os he dicho que soy muy observador y muchos días me encuentro en el mercado. Os he visto alguna vez y he comprendido lo que os ocurre a los dos. Quereis salir de la ciudad ¿no es verdad?


-Queremos ir a algún lugar donde no se nos señale por nuestro amor y no se nos separe por nuestras creencias.


El judío asintió con la cabeza. Lo hizo de manera seria, como si estuviera sopesando las consecuencias de sus próximas palabras.


-Al alba, cuando abran las puertas de la ciudad, yo saldré con mi carro. Si lo deseáis, os llevaré escondidos entre el grano. No os prometo nada. Puede que registren todo lo que salga por las puertas. Si vuestras familias no dan la voz de alarma, no abría ningún problema, pero seguramente lo hagan.


-Muchas gracias. Que Dios os lo pague.


El mercader sonrió al escuchar aquellas palabras. ¿Cuál de los tres dioses debía pagarle? El suyo, el cristiano o el musulmán. En aquella ciudad, donde los tres se mezclaban, podía tener suerte si alguno de ellos le pagaba algo.


Antes de que los dos enamorados se escaparan hacia la oscuridad, les avisó:


-Tened en cuenta que negaré todo si os encuentran en mi carro. Tengo una familia que alimentar y lo que menos me interesa ahora es vérmelas con la justicia.


Alfonso asintió ante aquellas palabras para, acto seguido, tomar a su amante de la mano y llevársela hacia los callejones más oscuros de la ciudad.



III



Los soldados se apartaron de las grandes puertas para que sus compañeros pudieran abrir las mismas. Ante muchas personas que esperaban allí, la luz se hizo a través del muro de la ciudad, dejando ver el puente de Alcántara que cruzaba el río. Al otro lado del puente se encontraba el caos fuera de la ciudad, los asaltantes de camino y asesinos. Pero para una pareja que se encontraba bajo varios kilogramos de grano, al otro lado se encontraba la ansiada libertad para vivir una vida unidos.


El mercader pasó delante de los soldados, quienes no hicieron ningún caso al judío ni a su carromato. El animal de tiro caminaba tranquilamente, tal y como le mostraba el mercader. Con la cabeza gacha, el animal cruzó el puente y continuó su paso hasta que carromato y mercader se encontraron fuera del campo de visión de la ciudad.


-Podéis salir-dijo el hombre acercándose al carro, viendo que nadie se encontraba ya junto a ellos. Todas las personas que habían salido junto a ellos de la ciudad, habían seguido caminando, dejándoles atrás-. Ya no hay peligro de que os vean.


Antes de que pudieran marcharse y alejarse del mercader, éste le entregó a Alfonso una pequeña daga. Los días y las noches eran peligrosas fuera de la ciudad. Alfonso la aceptó encantado y se alejó con su amada del camino, internándose en una vida libre que habían elegido.


IV


Alfonso cayó de rodillas delante de su padre, sin saber cómo había llegado hasta allí. Recordaba encontrarse en la pequeña casa donde se habían escondido los dos. Descansarían un poco y seguirían caminando para alejarse más de Toledo. Se habían quedado dormidos y ahora se encontraba medio desnudo ante su padre, quien lo miraba con ojos llenos de ira.


-Esa maldita mora te ha hechizado ¿no es así?


Alfonso bajó la cabeza para defenderse de la mirada acusadora de su padre. Era capaz de sostener su atronadora voz, pero no así sus ojos amenazadores. Guardó silencio para evitar los más que posibles golpes de su padre o de sus hombres. Lo había defraudado. Se había escapado junto con una mujer que no era bien vista por aquel hombre. Su amor era la mancha que desterraría del reino al honor de su familia.


-¿Dónde está ella? -quiso saber una vez su padre se hubo ido, después de dejarle en el suelo tras propinarle varios golpes sobre su piel desnuda. El único soldado que había quedado junto al joven Alfonso, escuchó aquellas palabras y aunque tenía la orden de no hablar con el chico, le respondió en voz baja para evitar que pudieran escucharle.


-Se la ha acusado de engañaros gracias a su cuerpo y a la oscuridad de los poderes de su religión. A estas horas estará ya cumpliendo su deuda bajo los ojos de nuestro Señor Jesucristo.


Alfonso se levantó sin importarle que sus brazos y piernas aclamaran por el dolor. Asió al soldado por el cuello y le obligó a contarle dónde se hallaba la joven con la que se había escapado, su amada.


A pesar del dolor que le impedía correr lo que él quisiera, llegó hasta las mismas piedras de la plaza donde había escuchado más de una vez la ejecución de algún malnacido. Allí, rodeada de varias personas que Alfonso creyó como familiares de Zaida, se encontraba el cuerpo de su amada, acompañada por el de su padre. Seguramente el hombre se habría opuesto a la ejecución de su hija y él había acabado como ella. La justicia de Jesucristo había hablado a manos de los hombres.


V


Armado con la daga que le habían entregado el día de su huída, Alfonso desapareció de la vida pública, siendo en todo momento buscado por su padre. Los espías que se hallaban en la ciudad aseguraban haberlo visto, preguntando a los mercarderes y volviendo a desaparecer como una sombra.


Y entonces apareció. Sentado junto al cuerpo de un judío, un mercader judío a quien le había clavado su daga, la misma daga que el muerto le había regalado cuando había huído de la ciudad. La muerte se produjo a plena luz del día, un día de mercado y frente a cientos de personas que paseaban por el lugar donde los puestos se colocaban. Los testigos aseguraron haber escuchado al joven cristiano decir al mercader que ahí tenía el pago por su traición. Después le había hundido la daga en el corazón, matándolo en el momento.


Los soldados lo apresaron y lo llevaron ante la persona encargada de impartir la justicia en la ciudad: su padre.


-Jamás hubiera pensado que mi propio hijo fuera capaz de realizar tal horror. Dime ¿por qué has hecho esto? Un mercader respetado en esta ciudad. Padre y marido de una mujer que tiene a varias jornadas de este lugar. La magia de la moro sigue en tu interior ¿no es así?


-No padre. Mi amor por Zaida era y es verdadero.


Su padre se levantó y le cruzó la cara de un violento golpe, que lo dejó a punto de caer al suelo. No estaba dispuesto a escuchar aquellas patrañas. Su vástago, hijo de un gran soldado no podía verse envuelto en la vida de una mora. ¿Qué sería de su honor si alguien sugiriera siquiera que su hijo había amado a la mora? Por esa razón había mandado ejecutar a la joven y a su padre, quien había protestado y lo había amanezado con matar a su hijo. La muerte les esperó a los dos en la plaza.


-Al judío lo maté por ser quien os dijo dónde nos hallábamos. Un traidor.


-¿Traidor? La persona que nos dijo dónde os encontrábais fue uno de los guardias que guardaban la puerta del puente. Nos avisó de vuestra salida de la ciudad. Has matado a un inocente.


Alfonso levantó la cabeza hacia la posición de su padre, sentado en un pequeño trono, desde el cual impartía justicia. Se miraron fijamente, siendo aquella la primera vez que el hijo sostenía la mirada del padre.


-La pena por tu crímen es la muerte, hijo. No puedo hacer nada más. Por mucho que me duela, debo mantener la justicia en esta ciudad.


-No me importa morir, pues ella me espera en el lugar al que iré.


-No lo creo joven -dijo un hombre de Dios, quien se había mantenido en silencio durante toda la conversación entre padre e hijo. Tanto era así, que Alfonso había olvidado su presencia-. Vos iréis al cielo si os arrepentís, ella, como mora, no estará allí. Esta tierra es cristiana y sangre cristiana riega los campos. Como infiel, el infierno es su morada eterna, pero un infierno mucho peor que el que esperan los cristianos. Jamás volveréis a verla.



* * *


Toledo me despedía con las luces de la noche, saliendo por la misma puerta que los amantes arriesgaron sus vidas, poniendo en jaque a las religiones a causa del amor. Alfonso murió tal y como estaba escrito por la justicia. No sabemos si los amantes se encontraron en el cielo, solamente podemos decir que los tres personajes que tuvieron algo que ver en aquella locura de amor, acabaron muertos.


Los callejones oscuros de Toledo ya no eran testigos de amoríos como aquel, el mundo había cambiado y la ciudad también.