lunes, 11 de abril de 2011

Lamiak

Quien me contó esta historia fue uno de los profesores que había tenido en mi infancia. Todos escuchamos atentamente sus palabras, pero sobre todo su voz. Una voz ya rota por la experiencia, a la que todos los alumnos, sin excepción, datábamos del principio de los tiempos. Sus arrugas y su bastón nos obligaba a creerlo. Algunos aseguraban que aquel hombre contaba ya con los cien años. Nada más lejos de la realidad. El hombre, un viudo de sesenta años había tenido una vida muy dura, sufriendo desde su infancia para poder sacar adelante a su familia; algo que no entraba en nuestra infantil cabeza, algo impensable en la época que nos había tocado vivir.


Pero aquel hombre parecía rejuvenecer varios años cuando nos hacía acercarnos a él para poder escucharle mejor sus relatos. Todos ellos tenían algo que ver con las asignaturas que él nos impartía. De esta manera, siempre se nos quería mejor en la sesera. Colocábamos las sillas en un círculo y él lo cerraba para que todos pudiésemos ver sus expresiones faciales.


Nos aseguraba antes de comenzar que solamente se limitaba a contarnos algo que le habían contado a él hacía mucho tiempo, cuando contaba nuestra edad o similar.



I



Martín era el joven más inteligente de toda la aldea y así lo demostraba cada vez que todos se encontraban en el mercado. Era rápido con los números y sabía cerrar buenos negocios. Por esa razón, su padre lo había dejado al mando del puesto que regentaban, si se podía llamar de aquella manera al carro colocado en mitad de la plaza para que todos los que allí se encontraban pudieran ver el género. El carro se hallaba repleto de lana, pero siempre se hacía acompañar por dos pequeños corderos. Si salía bien, los balidos de los corderos mostrarían al comprador la situación del vendedor de lana y si salía estupendamente, los dos corderos acabarían en la mesa de algún que otro comprador. Pero no sólo vendían la lana de las ovejas; la leche y el queso también hacían su aparición cada cierto tiempo. Pero de eso se encargaba su padre, quien siempre se colocaba a pocos pasos de donde se hallaba siempre Martín. Su lugar favorito era entre el vendedor de patatas traídas desde Gazteiz y el de los pollos y gallinas. Alguna vez aquellos habían sido clientes suyos por el queso y la leche y del mimo modo, Martín y su padre habían llegado a casa con productos de aquellos hombres.


-¿Cómo va el día? –preguntó uno de los hombres que se habían acercado hasta aquel lugar en la mañana.


-Solamente faltaba tu presencia para que el día fuera realmente bueno –dijo Martín, conocedor de que a aquel hombre, uno de los más ricos de los alrededores, le agradaba que le adulasen. Puede que aquellas palabras fueran la diferencia entre que el hombre comprara o no.


Muchos compradores habían confesado comprar sin necesidad, lo que les había llevado a obtener una reprimenda de sus esposas al llegar a la casa.


Pero sus ojos dejaron de posarse en el hombre, el más que probable comprador de los quesos, pues hoy su padre no había ido al mercado, para posarse sobre una rubia y larga cabellera que paseaba entre la gente. Su forma de caminar, sus ropas y hasta sus gestos para con la gente que se cruzaba con ella, le daban el aspecto de no ser una simple villana.


Preguntó directamente al hombre poderoso del lugar, quien con gesto divertido se giró para poder contemplar a la muchacha que caminaba a varios metros de su posición. Sonrió al observarla y se volvió hacia el muchacho, quien parecía haber perdido la noción del tiempo.


-La he visto con anterioridad por aquí –dijo el hombre y añadió-. Suele dar alguna vuelta por los mercados, puede que buscando algunas telas, pues fíjate en sus ropajes. No es como tú o como yo. Utiliza buenas sedas y aquí creo que no podrá conseguirlas. No puedo decirte quién es ni de donde procede, pero una cosa sí puedo asegurarte: es una belleza de muchacha.


-No le quito la razón, señor. ¿Me disculpa un momento?


Saltó del carro y dejó al cliente junto al patatero. Sabía que si se enteraba su padre de que había dejado a un cliente, lo pagaría muy caro. Su espalda lo sentiría mucho más todo el resto de su cuerpo. Pero la fortuna había querido que su padre no se encontrara en el mercado y que aquella joven apareciera cerca de su puesto. Caminó deprisa hacia donde la había visto por última vez, pero no la pudo encontrar. Se había perdido entre la gente y él, ni siquiera la había podido ver la cara.


Enfadado con su mala suerte, Martín volvió hacia el carro, donde aún le esperaba el cliente. Puede que de todas maneras la suerte no le hubiera dado la espalda del todo en aquella mañana. Pero volvió a tragarse esos pensamientos cuando se chocó de frente con el también mercader Alonso. No eran amigos y todo el mundo lo sabía, por esa razón, muchos los observaron cuando sus miradas se cruzaron. Una infancia abrupta les había enfrentado una y otra vez. Ahora, Martín debía soportar y aguantar los improperios de Alonso. No podía olvidar que se trataba del esposo de su hermana pequeña.


Martín había tenido muchos problemas por aquella relación, que nunca había visto con buenos ojos. Muchas noches había discutido con su padre. No estaba dispuesto a aceptar que una mala época familiar fuera la responsable de que su hermana acabara desposándose con aquel cretino. Pero su padre no había admitido reprobaciones. Necesitaban dinero y Alonso estaba dispuesto a pagar por casarse con la hija pequeña. Era aquella la gran razón por la que se mordió la lengua en aquel entonces y por lo que lo hacía ahora cada vez que se encontraba con su cuñado. Sabía que su hermana no se había casado por amor, sino porque su familia necesitaba el dinero. Ella misma lo entendió y estuvo dispuesta a aprobar lo que dijeran sus padres.


-No dejes tu puesto abandonado, Martín –le dijo con una sonrisa en los labios quemados por la acción del sol-. Ya no tienes más hermanas a las que vender.


Fue uno de lo comerciantes habituales quien frenó aquella lucha antes incluso de que comenzara. Cogió a Martín por la espalda y con la excusa de necesitar ver el género que había llevado aquella mañana, pudo alejarlo de Alonso, quien había quedado esperando una reacción violenta por parte de quien había sido amigo suyo en la infancia.


-No debes mostrar tu odia hacia él, podría pagarlo con su mujer, que en este caso es tu hermana –dijo el hombre, ya lejos de Alonso.


-No creo que se atreva –sentenció Martín.


-Las mujeres no valen nada en este mundo. Solamente los que las amamos como yo, sabemos lo importantes que son. Existen mal nacidos que pegan a sus mujeres y todos decimos que está muy bien el hacerlo, pero no es así.


-Lo dice la Iglesia –dijo el patatero introduciéndose en la conversación-. La mayoría de curas y obispos ven bien que un marido imponga su ley en su casa a base de mano dura.


-Vaya locura –dijo el hombre-. Así no vamos a llegar a nada.



II



-Padre, he visto a una mujer, a una joven que me ha cautivado como ninguna otra lo había hecho hasta ahora.


-¿Cómo dices? –quiso saber el hombre casi en un grito.


Martín había creído que su padre se alegraría por aquella noticia, que se lo tomaría como algo normal entre jóvenes, pero aquella no había sido su reacción. En vez de aquello, sus manos habían comenzado a temblar y aunque intentó disimularlo, su hijo se dio cuenta de todo aquello. El hombre masculló algo entre dientes, algo que Martín no llegó a escuchar con claridad.


-¿Ocurre algo, padre? –preguntó el joven.


-Claro que ocurre –gritó el hombre de tal manera que asustó a su hijo-. Tenemos que vender nuestros productos, no mirar a las jóvenes que pasean por los puestos. ¿Crees que podemos llevarnos a la boca algo gracias a las miradas seductoras de alguna muchacha? Puede que tú sí que comas con eso, pero tu madre y yo no.


Su madre. Por unos momentos se había olvidado de su madre. La mujer se encontraba en cama, sin poder moverse por culpa de unos fuertes dolores que la impedían ponerse en pie. Como para limpiar sus oscuros pensamientos, se acercó hasta donde se encontraba su madre y le contó lo que había visto. La mujer se alegró, pero le recordó que su padre tenía razón, que ellos no podrían sobrevivir si él no se esforzaba en el mercado. Juró que no volvería a dejar a un lado su trabajo, que respondería como un buen hijo debía hacer y por esa razón, fue a ayudar a su padre con los quesos que tenían curándose.



III



Su voz se escuchaba aquella mañana con mayor potencia que otras veces. Su padre lo había hecho jurar que no dejaría su lugar y que estaría atento a todo lo que ocurriera por el mercado. Para las mozas ya habría tiempo después.


Pero aquella mañana volvió a verla. Seguía tan hermosa como la otra mañana, de esta manera pudo comprobar que lo que había visto no era un sueño, era real. Su corazón ordenó a las piernas que la siguieran, que no la perdieran entre la multitud. Pero su cabeza le recordó el juramento a su padre y le devolvió el dolor de ver a su madre en la cama sin poder moverse. Sacudió la cabeza y optó por no seguir a la muchacha, ni siquiera con la vista. Bajó la mirada y se encontró con la sonrisa de un comprador que había visto con buenos ojos a uno de los dos corderos que le habían acompañado aquella mañana de mercado.


Como un buen vendedor, hizo amistades con gentes de otros pueblos, proponiéndoles intercambios que ayudarían a ambos.


Y fue aquello lo que le contó a su padre nada más llegar a casa. Esta vez no le respondió con un grito, sino con un abrazo que Martín sintió con fuerza en sus carnes. Se trataba de un premio para él ver a su progenitor alabando algún acto que había hecho.



IV



Antes de la cena quiso dar un pequeño paseo para despejarse. Salió de la casa y caminó un rato hacia el pequeño arroyo que se hallaba cerca de la casa. En aquel lugar había jugado desde su infancia y aunque ya no realizaba aquellos juegos, le gustaba acercarse hasta allí y ver lo poco que había cambiado aquel paisaje.


Escuchó una dulce voz que parecía estar cantando algo que no llegó a entender. Se giró rápidamente buscando la fuente de aquella voz que parecía confundirse con el rumor del arroyo que se deslizaba entre las rocas, las raíces de algunos árboles e incluso sus ramas. Dio varios pasos alejándose más de su casa y allí encontró sentada en la orilla del arroyo a una joven. Tenía los pies metidos en el agua y parecía estar peinándose, viendo su reflejo en la superficie cristalina gracias a la luz de la luna.


Se acercó más sin hacer ruido hasta que estuvo lo bastante cerca como para no tener que levantar la voz para hacerse escuchar.


-Una noche preciosa ¿no creéis?


La chica se sobresaltó y se giró de un salto, sin poder evitar que el peine que llevaba en la mano cayera al arroyo sin remedio y fuera arrastrado por las aguas. Aún sentada, la joven miró al chico con ojos asustadizos, temiendo la reacción de quien acababa de llegar hasta su lugar de descanso.


Allí, sentada, Martín reconoció a la joven que le había cautivado aquellos días en el mercado. La causante de que su padre lo hubiera gritado el primer día. Pero ahora, cuando la tenía mucho más cerca, pensó que bien había valido una reprimenda de su padre.


-No te asustes, no voy a hacerte ningún daño.



V



Fueron varias las noches que continuaron sus encuentros. Martín los mantenía en secreto, pues no deseaba que nadie le obligara a dejar de ver a aquella hermosa joven. Cada vez que ella hablaba, Martín sentía que su alma lo abandonaba y volaba por el cielo, libre como un pájaro. Pero volvía a la tierra apagado y abatido cuando llegaba el momento de marcharse con la esperanza de que a la noche siguiente la volviera a ver. Una de aquellas noches, le regaló su peine dorado para sentir algo más de ella cuando se encontrara solo. Ya no le importaba verla en el mercado, pues sabía que por la noche era de él y de la luna: los únicos que parecían apreciar su belleza.


Fue una noche sin luna cuando la joven apareció acompañada por un hermoso corcel blanco. Caminaba despacio y parecía hablarle al oído. Martín podría haber asegurado que el caballo había asentido varias veces moviendo la cabeza.


-Este es mi caballo. Un gran amigo que será tuyo.


-¿Mío? –preguntó Martín sin saber qué decir. Era la primera vez que alguien le regalaba un animal.


-Si, pero no lo tendrás en casa. Cuando quieras verme, piénsalo y él aparecerá ante ti para llevarte conmigo.


-Es increíble –se asombró el joven.


-Pero recuerda esto bien. Si por una razón aparece sin que tú hayas querido verme, no montes en él y si puedes huye, pues estarás en grave peligro.


Aquella noche su encuentro fue muy fugaz. Tras decirle aquellas palabras de advertencia, la muchacha montó en el animal y salió del lugar al galope.


Martín volvió a su casa, donde se encontró a su hermana y a su cuñado. Toda la felicidad que embargaba su corazón por haberse encontrado con aquella joven tan hermosa, se disipó al contemplar el rostro de su cuñado.


-Martín, tu hermana ha venido para darte una buena noticia para la familia –dijo su padre cuando le vio entrar por la puerta.


-Vas a ser tío –se apresuró a decir su cuñado antes de que pudiera su hermana decir algo.


¿Aquello era una buena noticia? ¿Aquel mal nacido había dejado preñada a su hermana? No, aquella no era ninguna buena noticia. Se alegraba por su hermana, pero odiaba que aquel hombre tuviera descendencia, que su sangre pudiera continuar haciéndole daño a aquella familia.


Disculpándose y poniendo de excusa la gran noticia, Martín confesó que tenía que tomar un poco el aire, que aquello le había llegado hasta el alma. Realmente así lo era, pero no como todos ellos pensaban.


Salió de la casa y corrió hasta que pensó que el estómago iba a salírsele por la boca. Cuando creyó que esto iba a suceder, paró y gritó a la noche, sacando toda la rabia que se encontraba en su interior. Algunos animales huyeron despavoridos por aquel escándalo, dejándole sentarse en la primera piedra que vio. En aquellos momentos solamente habría una cosa que le agradara de verdad.


Levantó la vista y contempló el bello corcel que había visto junto a su amada. Viendo que se mostraba totalmente dócil, cabalgó en él y sin poder siquiera realizar algún movimiento, el caballo avanzó por el bosque esquivando con facilidad los árboles y las raíces que intentaban frenar su carrera.


Martín sintió que su cuerpo no le obedecía, hasta que el equino paró su carrera. Fue entonces cuando pudo moverse sin ninguna fuerza que lo oprimiera contra el caballo, impidiéndole mover sus brazos y piernas. Bajó del animal y continuó por una pequeña senda creada por miles de pisadas que habían pasado por aquel lugar. El caballo miraba en todo momento hacia aquel pequeño camino, por lo que Martín pensó que era lo que debía hacer: seguirlo.


Aquella senda desembocaba en un pequeño claro donde un remanso del río se convertía en la pequeña playa donde muchos animales se acercaban a beber. Y allí se encontraba el animal más hermoso y perfecto que él hubiese visto nunca. Su amada se hallaba peinándose con delicadeza, dejando que el río mojara sus tobillos. En silencio, se escondió tras un tronco de árbol que parecía desear coger el agua del río con las ramas, y contempló la hermosura de su amada. Recordaba que así fue la primera vez que la vio tan cerca, peinándose y con los pies en el agua. Ahora recordaba que siempre la había visto así, tan hermosa, tan bella y tranquila. Podría estar toda la eternidad observándola desde aquel escondite, pero no pudo hacer otra cosa que gritar cuando vio la verdad.


Ella, se asustó al escuchar el grito que provenía de un lugar cercano al que se encontraba. De nuevo introdujo los pies en el agua y se levantó para mirar en derredor suyo.


-¿Quién anda ahí? –quiso saber. Martín pudo comprobar que su voz se había convertido en una especie de sollozo. Estaba asustada, al igual que él.


-Sólo soy yo –dijo el joven saliendo a la vista de su amada, quien no pudo reprimir que una lágrima cayera por su bella mejilla. Martín fue acercándose a ella, hacia el río, pero en sus ojos no se veía amor, solamente miedo. Temblaban de igual forma que el cuerpo del chico-. Nunca había creído en todas esas cosas. El basajaun, el toro de fuego, Mari... Pensé que todo eso era mentira.


Antes de que ella pudiera decir algo, él levantó el dedo, acusándola solamente con la mirada. No podía pensar en otra cosa. Siempre la había visto de la misma postura. Siempre que no llevaba zapatos. Siempre, para tapar lo que la diferenciaba físicamente de los demás. Martín sabía que aquella imagen no iba a borrársele jamás de la mente, que lo visitaría en sueños para convertirlos en una pesadilla, para recordarle que había estado enamorado de una fantasía que le contaban cuando era pequeño. Los pies de ánade que tenía su amada solamente pertenecían a las lamias, aquellas criaturas que engañaban a los hombres. Algunos habían muerto ahogados por su culpa.


-Eres un monstruo. No vuelvas a acercarte a mí.


-Espera Martín. Yo no soy como mis hermanas. Nos matarían y descubrieran este remanso. No pueden creer que me haya enamorado de un humano. Ellas no lo entienden, son verdaderos demonios.


-¿Qué te hace diferente a ellas?


-Cada noche debo arrancar el corazón de un animal para que crean que es el de un hombre. Debo mostrárselo y ellas lo devoran creyendo que se trata de un joven. Ellas han hecho tanta maldad en su existencia que la belleza las ha olvidado y viven recluidas en una gruta, a la cual debo acudir todas las noches. Este es mi lugar secreto, el único sitio donde puedo alejarme de ellas. Si hubiera sido como ellas ¿crees que aún seguirías con vida?


-No –dijo introduciéndose en el agua para abrazarla y besarla como jamás lo había hecho hasta aquel momento.


No le importaba que aquella joven fuera un ser mitológico de los bosques, pues no era mito lo que se encontraba entre sus brazos, sino una joven de carne y hueso cuya única diferencia se encontraba de tobillos para abajo.



-¿Y no hay ninguna forma de ser humana? –preguntó él después de yacer con la joven en aquella playa.


-Marí es la única capaz de hacerlo. Pero no lo hará a menos que los dos lo deseemos y para ello entreguemos la vida de un inocente.


-¿Mari? ¿La bruja?


-La señora, sí.


-Ya hay pocos inocentes en este mundo, todos hemos cometido algún pecado –aclaró Martín sin dejar de jugar con el pelo de su amada.


-Solamente los recién nacidos se podría considerar inocentes.



IV



Aquellas últimas palabras resonaron en la cabeza de Martín durante mucho tiempo. Cada vez que pedía que el caballo apareciera ante él y éste lo hacía, volvía sus pensamientos hacia aquellas palabras. Un recién nacido. ¿Tendría el valor suficiente de hacerlo? Su hermana se encontraba a pocos días de parir y aquella iba a ser una inocente con un padre difícil de olvidar. El orgullo del padre se hubiera venido abajo si supiera que lo que se encontraba en el vientre de su mujer era una niña. Martín lo sabía gracias a las artes de su amada, quien observó detenidamente la orina de la encinta, e incluso llegó a visitarla cuando ésta se encontraba en los momentos más críticos, siempre con los pies bajo una falda que parecía barrer el suelo de la casa y de los alrededores.


Y la niña llegó.


Llenó la noche de su nacimiento con la el sonido de su llanto y las carcajadas de su abuelo y su tío, mas no así de su padre, quien como había pensado Martín, se encontraba malhumorado por ser una niña su primogénito. A muchos les había dicho que iba a ser un niño robusto y sano, y ahora se encontraba con una niña. Martín le escuchó mascullar algo entre dientes y salir de la casa con la cabeza muy baja.


Los días fueron pasando y Martín veía los desprecios que su cuñado hacía a su hija, algo que no le pasaba desapercibido. ¿Qué hubiera ocurrido su hubiese sido un niño? Pero él se encontraba ahora con un problema mayor: su hermana se hallaba muy débil y no parecía recuperar su tono físico desde el día que había tenido a su hija. Su cuerpo no lo resistió y murió una noche, dos semanas después de dar vida a su pequeña.


Aquella noche era la perfecta para llevar a cabo lo que tenía en mente. Ante la poca atención que se tenía la niña, Martín la tomó en brazos y la sacó de la casa sin que nadie pudiera verlo. Caminó en la noche, amparado por la escasa luna que se encontraba en el oscuro cielo, pero alguien lo llamó. Reconoció aquella voz de inmediato, pero quien le había gritado se hallaba bajo los efectos del vino.


-Tú, ¿qué haces por aquí cuando tu hermana aún está caliente? ¿Qué es lo que llevas ahí? ¿Es mi hija?


Martín apretó los dientes. Aquella no era una buena noche para encontrarse con él. En aquella noche había perdido a su hermana, estaba a punto de dar a su sobrina para convertir a su amada en humana y se hallaba frente a su cuñado, totalmente borracho.


-No es cosa tuya, vete a dormir un poco. Creo que estás un poco borracho.


-¿Borracho? –dijo empujándolo y haciéndole perder el equilibrio. Cayó sobre su espalda, sin que la niña sufriera ningún daño, pero fue suficiente la sacudida para que comenzara a llorar.


-Hazla callar, ¿quieres? –dijo sacando una navaja, mostrándola-. Si no lo haces, lo haré yo. Irá a ver a la furcia de su madre, que además de no hacer nada bien, solamente ha sabido darme una niña. La muy ...


Se silenció cuando escuchó unos pasos a su espalda. Guardó la navaja creyendo que podría ser cualquier aldeano y éste se pusiera al lado del chico que llevaba a la niña. Ante él apareció un caballo que pasó a su lado sin hacerle caso alguno. Se colocó junto a Martín y bajó la cabeza, totalmente sumiso.


Martín se levantó e hizo ademán de subirse al caballo, pues era la única salida que tenía de marcharse con bien de allí junto con la niña, pero su cuñado se lo impidió, sacando de nuevo la navaja y acercándose a él.


-¿Qué es esto?


-Un caballo.


-No te hagas el tonto, que te abro en canal como a un cerdo –amenazó acercando la hoja del arma al cuello de Martín.


-Es un caballo de mi propiedad.


-No sabía yo que tuvieras un bello corcel.



V



Sus pies se encontraban como siempre dentro del agua, para evitar que ojos ajenos pudieran ver la horrible verdad de su perfecta belleza. De aquella manera también se refrescaba, algo que la rejuvenecía más que las orgías de sangre que realizaban sus hermanas. Su belleza y juventud se debía a la naturaleza, la de sus hermanas era fruto del horror y de la vida de los demás.


Escuchó el galope de un caballo y salió rápidamente del agua para adentrarse en el bosque, del cual habían salido aquellos sonidos de cascos golpeando con fuerza contra el suelo. Llegó a tiempo de ver entre la espesura las traseras de su caballo y a un jinete que lo montaba. Se echó las manos a la cara y lloró desconsolada. El caballo no había sido llamado por Martín. Si así hubiera sido, se hubiesen parado junto a ella. No, esta vez el caballo había sido llamado por sus hermanas y como tal, el corcel llevaría hasta ellas a un joven, al primero que lo montara.


Sabía lo que ocurría a los que osaban montar en el caballo cuando aparecía sin haber sido llamado, serían el primer plato de sus hermanas. Se lo había advertido a Martín, no debía subirse en él si no lo había llamado. Estaba claro que lo había olvidado.


Con los ojos llenos de lágrimas se volvió hacia el río y fue hundiéndose poco a poco en él hasta que no pudo verse nada de su cuerpo. En pocos segundos la corriente la arrastraría, llevándola hacia el mismo lugar al que su amante había ido al montarse en el caballo.



VI



La pequeña recibió el beso más cálido que jamás le hubieran dado en aquellos días de vida. Martín veía al caballo marchar al galope hacia algún lugar desconocido y sobre él, se encontraba el padre de la pequeña.


No había sido difícil engañarle para que montara en aquel corcel. Solamente le mostró el peine de oro y los ojos del hombre seguidos por su codicia, fueron los dueños de aquel cuerpo borracho.


-¿De dónde has sacado eso? ¿Es oro, no?


-Sí.


-¡Dímelo!


-Mi caballo sabe dónde se encuentra el lugar. Allí hay tesoros que jamás haya creído ver.


No sabía si aquello era verdad, pero pensaba que no. Su amada le había pedido que no montara en el caballo cuando éste no era llamado y así había sido. En ningún momento estaba dispuesto a subirse al equino, simplemente había tenido que hacer ver a su cuñado que estaba dispuesto a subirse al caballo. Si ella estaba en lo cierto, no volvería a ver a aquel hombre, quien había dejado a su hija por un poco de oro.


Miró a la pequeña, que había dejado de llorar y pensó en lo que acababa de ocurrir. Su padre la acababa de dejar, ¿sería él capaz de mandarla a la muerte sólo por su felicidad? No, no era nadie para hacerlo. Aquella niña se encontraba huérfana de padre y madre, necesitaba su ayuda, su amor.


Miró hacia el bosque, intentando ver alguna figura, pero allí no había nada.


-Vámonos a casa.



VII



El caballo no apareció ante él en lo que le quedó de vida, ni siquiera la lamia se acercó a su casa. Por más que hubo buscado en el bosque y en los alrededores del pueblo, no encontró rastro de ella. ¿O sí? Cada vez que Martín llegaba a casa y veía a la pequeña creciendo cada día que pasaba, se dio cuenta que su rostro iba pareciéndose más a una mujer que él había amado con toda su alma.


A las puertas de la muerte, Martín pidió que su sobrina, una mujercita de veinte años, se acercara hasta su lecho para poder contarle la verdad.


-No hace falta que me digas lo que ocurrió tío. Sé lo que ocurrió.


Ante el asombro del propio Martín, la cara de su sobrina se transformó poco a poco en el rostro de su amada, quien le sonrió y le aseguró que le estaba esperando allí donde él iba. Que podía irse tranquilo, pues la joven se hallaba en buenas manos.


Antes de cerrar por completo los ojos e ir en busca de su amada, pudo distinguir la figura de un caballo que esperaba a su sobrina. La chica se subió y el caballo se dejó hacer. Por un momento pensó que el caballo le había hecho una reverencia, bajando la cabeza.