sábado, 24 de septiembre de 2011

Siempre te querré

Estaba quedándome dormido en la silla en la que me había sentado a leer aquel libro que había pedido prestado en una biblioteca. ¿Sabían que podían no volver a ver aquella obra que ahora se encontraba en mis manos? Junto a mis piernas, una estufa eléctrica que me calentaba todo lo que podía mis pies casi gélidos. Y es que no hacía nada de calor en aquella estancia que había cogido en la casa rural que había aparecido ante mí como por arte de magia, como si quisiera que pasara allí la noche. La decisión estaba tomada, dormiría en aquella casa. Por muy fría que fuera, todo era mejor que una noche pasada al raso como ya me había tocado pasar en algún pueblo no muy lejano. Estaba quedándome dormido, como había dicho, pero levanté los ojos hacia la puerta cuando escuché unos pequeños golpes en la madera. Era como si quien estaba al otro lado quisiera que solamente la persona que se encontraba en el interior fuera quien los escuchara. Me levanté despacio de la silla me acerqué a la puerta para poder abrirla y no encontrar a nadie. ¿De nuevo estaban los fantasmas burlándose de mí o solamente había sido una mala jugada del cerebro? Pero no era ni una cosa ni la otra. Desde la oscuridad de la noche que se había adueñado del pasillo de la casa reformada en su parte superior, donde me encontraba yo en aquellos momentos, apareció la cara de una joven, seguida por un cuerpo delgado.

-Buenas noches, creo que me he confundido.

Lo dijo después de mirarme de arriba abajo, tal y como yo lo acababa de hacer con ella. Estaba seguro que estaba esperando ver a otra persona, no a mí.

-No creo que aquí encuentres a quien quieres, muchacha.

-Tengo que encontrarlo, como sea. No puedo vivir sin él.

Marchó y me dejó a la puerta de mi habitación, saliendo casi corriendo por el pasillo para desaparecer por las escaleras. No la había visto con anterioridad y por el camino que había llevado para huír de aquel lugar debía tratarse de la hija de los dueños de la casa.

Sonreí a la vez que cerraba la puerta. La joven y sus palabras me habían recordado una leyenda que se contaban de boca en boca en un pequeño pueblo en el que había pasado una noche. Salió de los labios de un anciano, uno de los más veteranos de aquel pueblo. Su casa de piedra, el tejado con goteras por el corrimiento de algunas tejas, lo que podía llamarse un mal sitio en el que pasar la noche, fue el lugar en el que se decidió a contarme la historia, delante de unos platos hondos con unas sopas de ajo que me resultaron muy sabrosas y perfectas para evitar caer muerto de frío. En cuanto nos los acabamos, los dos casi al mismo tiempo, el hombre quiso sentarse junto a la estufa que me había pedido que atizara y echara un poco más de leña. Las roñas que había metido en el fuego por petición del hombre crepitaban con tanta fuerza que en algunos momentos no llegaba a escucharle con nitidez, pero el calor que desprendían me hacía olvidar todo aquel ruido que formaban. El hombre se había sentado en un sillón de mimbre, el cual protestó cuando se sentó sobre él.

I

Los coches aún no existían ni siquiera en la mente de los hombres más listos y avanzados de la época. Solamente existían los carros de bestias y los caballos que tenían los nobles. En esa época que para algunos pueblos llegó a ser dorada, vivía en este lugar una joven llamada Isabel. Cuando ocurrió todo lo que aconteció, puede que aún fuera menor de edad, como se dice ahora. En aquellos tiempos puede que una persona fuera ya mayor con casi quince años. Su casa se encontraba donde ahora se encuentra el caserón. Vivía un romance con un joven oriundo de aquel pueblo, un muchacho llamado Manuel. Salían por la noche a explorar sus cuerpos, se querían aunque todo el pueblo ignorara su amor. Ni la tormenta más fuerte impedía a los dos jóvenes verse por la noche y yacer juntos en cualquier lugar, ya fuera en el granero de las casas, junto al río o en la colina cercana al pueblo. Los padres de la joven pensaban que el cansancio que su hija tenía por las mañanas, era debido a las malas noches que podía pasar. Tras la comida siempre se quedaba dormida en la silla junto al fuego de la casa.

El agua que cayó del cielo en una noche de invierno no les dejó en casa, aunque el joven Manuel la pidiera que se quedaran en sus respectivas casas. Aquella noche fue la mejor de todas las que hubieran estado los dos juntos. Siendo golpeados sus cuerpos desnudos por las gotas de lluvia que caían, los dos amantes yacieron juntos la bajo la copa de un árbol cuyo follaje se encontraba a media altura, sin que las ramas de aquel árbol de hoja caduca fueran capaces de parar la cortina de agua que se precipitaba hacia el suelo y hacia los dos. Totalmente mojados volvieron al pueblo para ir hacia sus casas, no sin antes parar en un cobertizo de una de las familias del pueblo para secar sus ropajes. Tendieron la ropa húmeda sobre la paja seca del lugar y se fundieron de nuevo en un abrazo que terminó con gemidos de placer por parte de los dos jóvenes. Terminada ya la pasión por aquella noche, los dos se despidieron, debiendo entrar en sus respectivas casas por las ventanas.

Al día siguiente por la mañana, la madre de Isabel se acercó a la chica para despertarla, debían ayudar a su padre a realizar los trabajos en las tierras. La joven parecía dormir plácidamente, mejor que otros días, mas su madre pudo comprobar con terror que su hija no estaba dormida, sino muerta. Su cuerpo, gélido como la herramienta dejada al raso por la noche, se encontraba arropado en su lecho.

La noticia de la muerte de la joven muchacha, querida en todo el pueblo por su persona, llegó hasta oídos de su amante, quien se encontraba junto a su abuelo en aquellos momentos. Intentó disimular su rabia, su desesperación, su llanto por conocer la noticia de la muerte de su amada, con quien había estado la noche anterior.

-No debes esconder tus sentimientos hacia esa muchacha, hijo mío –dijo su abuelo viéndolo sufrir en el silencio que él mismo se estaba imponiendo-. Si tú la amabas, es mejor que lo demuestres ante todo el pueblo. Si no lo haces, las malas lenguas que habitan en estos lugares, pueden manchar el buen nombre de esa joven.

II

Ante todos los que allí se hallaban, en el lugar de enterramiento, Manuel se encontró ante la fría tierra que cubría el rostro de su amada. Se arrodilló, siendo ahora el centro de todas las miradas, sobre todo de los padres de la joven difunta. Cogió en la mano un poco de tierra que ahora ya cubría el cuerpo de la joven y mirando hacia el cielo dijo lo primero que el corazón le dictó:

-Siempre te querré, tú serás mi única mujer. Si algún día dejo de cumplir la promesa que ahora mismo te hago, manda a alguien para que me reúna contigo. Siempre te querré.

Ante el asombro y el horror de unos pocos, el joven sacó una navaja bajo la faja que llevaba y se la llevó a la palma de la mano para hacer un corte poco profundo, pero suficiente como para hacerle sangrar. Dejó que unas pocas gotas se filtraran en la tierra removida para después levantarse y caminar hacia el exterior del recinto donde descansaban todos los difuntos. Allí lo esperaba su abuelo, quien le frenó en su camino hacia la casa en la que vivían.

-¿Cómo has podido hacer semejante cosa? Eres un insensato.

-Siempre la he querido abuelo, usted no lo entiende.

-Pero sí que entiendo que el juramento que has realizado es uno de los más peligrosos que puede hacerse.

-Solamente lo es si uno no es capaz de frenar sus sentimientos. Mi corazón siempre estará junto a ella, no al lado de otra mujer.

Diciendo esto, Manuel zanjó la conversación, dejando a su abuelo murmurando entre dientes algo que él no llegó a escuchar, ni siquiera estaba interesado en lo que dijera aquel hombre que lo miraba con la frente y las mejillas llenas de arrugas. Tenía las ideas muy claras ahora que todos los hombres y las mujeres de aquel pueblo le hubieran escuchado pronunciar aquellas palabras, aquel juramento.

Cuando llegó a casa, su hermana, tumbada por culpa de una gripe que la había postrado en la cama aquellos días, le preguntó qué era lo que estaba haciendo. Le veía coger algo de su ropa y meterla en un hatillo, pero por más que le preguntaba y le pedía que le dijera lo que estaba ocurriendo, su hermano mayor no le dijo nada. La chica volvió a tumbarse en la cama y la fiebre que la atacaba la hizo dormirse durante unos momentos.

Lo primero que vio nada más abrir los ojos, después de aquel sueño impuesto por el calor que emitía su cuerpo desde el interior, fue a su hermano mayor con el hatillo hecho. Sobre su hombro descansaba una rama, agarrada por su mano. Al final de la rama, la tela que atada por sus puntas se agarraba a la madera.

-Me voy –dijo a su hermana mientras la tocaba la frente-. Aquí ya no puedo hacer nada.

-Pero ¿a dónde vas a ir? –preguntó la niña esperando que su hermano cambiara de opinión.

-A cualquiera lugar. No me importa recorrer el mundo. Solamente necesito encontrar un lugar en el que pueda vivir feliz.

La niña quiso preguntarle si aquel no era un lugar feliz, si no era feliz junto a ella y a sus padres, pero no le dio tiempo. Manuel se marchó de la casa, dejando a su hermana a solas, esperando que sus padres llegaran pronto para poder evitar la marcha de su hermano mayor. Pero nadie escuchó sus plegarias. Para cuando sus padres cruzaron el umbral, Manuel ya había rebasado la frontera de la población.

II

Tuvo que pasar algunas noches al raso, pero no le importó. Pensaba que de aquella manera su cuerpo se curtiría y podría resistir mucho mejor las inclemencias del tiempo. Estaba dispuesto a trabajar duro para crearse otra vida. Una vida lejos de sus seres queridos, pero siempre con el recuerdo de su amada.

Comía de lo que la gente le daba, o lo cambiaba por algún trabajo que pudiera hacerles en aquellos momentos. Una anciana le pidió que cortara leña para ella de un árbol caído cerca de su casa. Armado con un hacha, Manuel trabajó toda la tarde para poder llevarse un mendrugo de pan a la boca para comer y unos huevos para cenar, además de conseguir un lecho en el que descansar. La señora le había pedido que se quedara con ella, que ella cuidaría de él, pues se parecía mucho al nieto que se había marchado hacía ya un tiempo a la guerra y aún no había vuelto. Pero el joven muchacho no quiso suplantar a nadie. Con pena, pero con el cuerpo repuesto por algunos días de buen descanso e igual comida, Manuel dejó atrás la casa de la anciana para adentrarse en una aldea donde le recibió un hombre con su rebaño de ovejas. Durante varios días, Manuel ayudó al hombre con las ovejas, sin siquiera pisar el pueblo del que el hombre hablaba a cada instante.

-Me vendrá bien un ayudante –dijo el hombre a Manuel, quien se sentía orgulloso al escuchar aquellas palabras-. Si lo deseas, puedes quedarte en mi casa mientras trabajes para mí. Veo en ti un buen futuro como pastor. Yo te enseñaré todo lo que tengas de aprender. Sé que no me arrepentiré de mi decisión y espero que tú tampoco.

Tras una semana en el campo, los dos volvieron al pueblo, donde el pastor fue recibido por su mujer con una sonrisa en la cara y un plato de lentejas en la mesa. Después tuvieron que ser dos platos, pues cuando vio a Manuel, a la mujer se le iluminaron los ojos y no permitió que el muchacho comiera en otro lugar que no fuera aquella casa. La amabilidad de la mujer hizo sentir al chico que se encontraba como en su propia casa y así se lo hicieron saber. A partir de ese momento sería uno más en la familia.

Pero la satisfacción de sentirse querido en aquel lugar, terminó en cuanto la puerta se abrió y hombre y mujer se levantaron de las sillas en las que estaban para saludar a quien acababa de entrar. Desde su posición, Manuel pudo ver a una hermosa joven que se abrazaba a la mujer, llamándola madre.

-Es nuestra hija, Blanca –dijo el hombre presentándosela a Manuel-. Ha estado sirviendo en la capital y ahora ha venido a ayudarnos en la casa.

Manuel solamente se atrevió a mirar a la joven durante unos momentos, para evitar poder recordar su cara durante más tiempo del que quisiera.

III

-¿Ocurre algo? –quiso saber Blanca acercándose a Manuel, quien se encontraba arreglando el tejado de la cuadra. Esperó a que el chico hubiera bajado por la escalera para poder preguntárselo-. Nunca me has dirigido la palabra más de lo necesario, como si no quisieras conocer más cosas sobre mí. Y ya ha pasado más de un año desde que vives en nuestra casa.

Manuel la miró fijamente a los ojos y no pudo hacer otra cosa más que contarle su vida anterior, la muerte de su amada y la promesa que le había hecho.

-Eso que me cuentas te honra. Aún después de la muerte sigues amándola, pero yo no voy a hacer que rompas esa promesa. Solamente deseo que seamos amigos. Si debemos vivir bajo el mismo techo, prefiero tener a un amigo que a un desconocido. Mi padre te ha tomado mucho cariño y no desea otra cosa que enseñarte el arte del pastoreo. Pasarás temporadas fuera de este lugar y cuando vuelvas, tendrás a una amiga en esta.

Manuel, agradecido por aquellas palabras, abrazó a Blanca, quien le dio un beso en la mejilla acompañado por una sonrisa amistosa. Dejó al muchacho seguir trabajando mientras ella se iba a ayudar a su madre.

IV

Los días habían pasado, al igual que los meses y pastor y ayudante ya estaban preparados para volver a su casa. Al hombre le esperaba su mujer y su hija, al joven le esperaba el recuerdo que jamás le había olvidado y una amiga con quien compartir las vivencias de aquellos días fuera del refugio de la casa donde ella esperaba.

Cuando llegaron a la casa, Manuel preguntó por Blanca al no encontrarla en la casa y fue la madre de ésta quien le dijo que no se hallaba en el pueblo, que había salido con una amiga para acompañarla hasta el pueblo más cercano, donde debía hacer un trabajo. Dijo que llegaría tarde, por lo que no la esperarían para cenar.

Tras comer todo lo que le pusieron en el plato, Manuel se retiró a su dormitorio, donde se quedó traspuesto en pocos minutos. Durmió plácidamente hasta que un ruido le despertó. En la oscuridad de la noche vio una figura humana que lo miraba sentada en la cama donde él se encontraba. Aturdido por el sueño que tenía, preguntó:

-¿Isabel?

Antes de que la figura pudiera contestar, si es que iba a hacerlo, se levantó y abrazó a la figura. Por unos segundos pensó que sus brazos se iban a aferrar a la nada, pues había escuchado a más de una persona decir que algunas noches parecía ver una silueta a los pies de su cama, pero que desaparecía en cuando encendía una vela. Se trataba de la oscuridad que jugaba con la vista de los hombres.

Pero aquella figura fue cogida por sus brazos y la asió hacia su cuerpo para poder sentirla. Buscó unos labios en ella y los encontró, deseosos de unirse con otros. Se deshizo de su ropa y tomó aquel cuerpo bajo el suyo, para después caer rendido.

Cuando uno de los gallos de la casa cantó al ver la luz del sol aparecer por el horizonte, Manuel abrió los ojos, encontrándose sobre el cuerpo desnudo de una joven. Recordó lo que había ocurrido. Isabel había llegado por la noche y ahora se encontraba junto a él. Era un milagro. Se incorporó y se echó las manos a la cabeza al comprobar que no se trataba de su amada Isabel, sino de Blanca, quien dormía plácidamente bajo su cuerpo.

Asustado y horrorizado por lo que había hecho, salió corriendo de la habitación tras vestirse y del mismo modo dejó la casa atrás para gritar lejos de los oídos de los aldeanos, ya cuando su cuerpo estaba protestando por la carrera que había tenido que sufrir. Su grito de rabia rebotó entre los árboles que se encontraban junto al pequeño río que regaba las tierras cercanas al pueblo.

-No grites –dijo una voz tras él.

Se giró, pero no encontró a nadie que hubiera podido decir aquellas palabras. Se encontraba solo en aquel lugar, pero había escuchado con total nitidez la voz de una persona que le había hablado.

-¿Quién eres? Muéstrate.

-No puedo mostrarme, pues no tengo un cuerpo al que puedas abrazar o amar.

Manuel cayó de rodillas al reconocer aquella voz. Isabel, su amada fallecida estaba hablándole y conocía todo lo que había ocurrido. Se sentía avergonzado y las lágrimas comenzaron a aflorar de sus ojos. No podía borrar de su memoria lo que había ocurrido por la noche, pero tampoco podía olvidarse de la promesa que había realizado frente a la tumba de su amada.

-Siento mucho lo que he hecho. Estaba seguro de que se trataba de ti, que habías venido a verme tras todo este tiempo. Ella no tiene la culpa, lo juro. Tal y como te prometí y te pedí, manda a algún ser para que me reúna contigo en la muerte, ya que no he sabido mantener mi promesa en la vida. Pero déjala a ella. Yo he sido el único culpable.

Bajó la cabeza, avergonzado, pero sintió cómo unos dedos invisibles le obligaban a levantar de nuevo la vista y mirar al frente. Una forma translúcida apareció delante de suyo, a pocos centímetros de su cara se hallaba la cara de Isabel, aunque pudiera ver a través de ella la arboleda que se levantaba a su espalda. Aquella hermosa faz sonrió y besó en la frente.

-Eres culpable de lo que siente tu corazón, pero yo no puedo pedir que sigas con esa maldita promesa. Has vivido junto a una buena muchacha, quien te quiere con locura, pero que respeta todo lo que sientes por mí, por una persona a la que no volverás a ver.

-Pero yo esta noche...

-Lo de esta noche –susurró aquella imagen poniendo unos dedos invisibles en los labios de Manuel-. No ha sido culpa de nadie. Yo misma he llevado a Blanca hasta tu cama. Ella no tiene nada que ver con lo que ha pasado.

Manuel miró a los ojos de aquella imagen, quien pareció sonreír, pero era una sonrisa que no demostraba una alegría total.

-Ella está esperándote. Vuelve junto a ella y sé feliz. No me olvides.

Manuel se levantó y comenzó a caminar hacia el pueblo, mientras una ráfaga de viento deshacía la figura etérea con la que había hablado.

-Nunca lo haré. Siempre te querré aunque ahora otra mujer esté en mi corazón.

V

Corrió hasta la casa, llegando al lugar antes de que las dos mujeres se levantaran. El padre ya no se encontraba allí. Seguramente hubiera salido con el rebaño a los pastos cercanos y al no encontrarse con Manuel en la cocina, como todos los días, habría salido de la casa él solo.

Entró a casa y continuó su camino hasta donde dormía, encontrando aún a la joven con la que había pasado la noche. Se sentó en la cama y la contempló detenidamente. Una hermosa joven que le había ofrecido su corazón y su cuerpo. Dormía plácidamente y la dejó de aquella manera tras besarla suavemente en los labios.