lunes, 9 de marzo de 2009

Regreso al Monte de las Animas

Me sentía cada vez más cansado y sobre todo solitario. No podía seguir caminando solo, aunque ese fuera mi destino : la soledad en un recorrido extraño que me parecía haber visto ya más de una vez. Pero volviendo a lo que me importaba en aquellos momentos, estaba cansado y cómo no, la Luna se reía de mí. Más me gustaría a mí reírme de ella alguna vez. Sin que sirviera de precedente, llevaba una antorcha fabricada por mis propias manos. Solamente rezaba para que no lloviera y así poderme sentar y descansar en mitad de aquel camino. ¿Por qué no? Nadie me estaba dando prisa para llegar a donde debía llegar, si es que existía aquel lugar que más de una vez mi mente atormentada había soñado.
Harto de andar y haciendo caso a las quejas de mis pies, me senté en el suelo tomando como respaldo un tronco viejo que debía llevar allí mucho tiempo. Con piedras hice un lugar adaptado para una fogata y gracias a ramas secas que encontraba por el lugar y a la antorcha que llevaba, encendí una lumbre donde podría calentarme mientras esperaba a que mis pies volvieran a responderme. Pero parecía que no quería esperar despierto, por lo que mis ojos fueron cerrándose mientras mi mente recreaba una historia que rememoraba una antigua leyenda contada por alguien. Más que rememorarla, volvía a hacer sentir el miedo a la gente de Soria, aunque no sonaran las oraciones de los Templarios y las nieves del Moncayo no hubieran sacado a los lobos de sus madrigueras.

I
Salían de sus casas antes del gran partido de fútbol que tenían organizado para poco antes del anochecer. César salió el primero de su casa y fue llamando a todos sus compañeros. Con su inseparable gorra negra en la que su hermana había bordado un dragón del color del oro. Portal a portal, calle a calle, fue recorriendo el camino hacia el campo de futbito en el que iban a jugar el partido más importante para todos ellos, para los que fueron uniéndose al chico, y para él mismo. Era el partido contra los chicos mayores y nada les haría perder aquella gran oportunidad de poder ganarles, ni siquiera el frío que hacía aquella tarde, pocas horas antes de la noche de los difuntos. Estaban entusiasmados al poder demostrar a los mayores que ellos no eran ningún grupo del que poder reírse y ser objetivo de sus pesadas bromas.
Con el balón entre el brazo derecho y su tronco, César reunió a todos sus compañeros para mentalizarles sobre lo que iban a hacer. Jugad como los ángeles, habían dicho sus amigas del colegio. No querían defraudarlas, sobre todo a ella. Era la chica más bonita que jamás había visto, además iba a su clase y se sentaba justamente al lado de él. En los trabajos en grupo ella siempre le elegía. ¿Por qué sería? Puede que fuera por su fantasía al crear personajes fantásticos para las redacciones que les encomendaban. Pero él no quería creer aquello que podía ser verdad. Estaba dispuesto a creer que lo elegía porque le parecía guapo. ¿Realmente lo era? A él no le importaba, lo que quería era que ella se fijara en él. Pero la vida era cruel y en pocos minutos iba a enfrentarse al novio de aquella chica. El de segundo de ESO y el mayor de tercero, pero habiendo repetido dos años, lo que sumaban tres años más que él. Tres años que se notaban en el cuerpo. César era la mitad que el otro chico, pero aquello no le importaba. Tenía la creencia que ganando, ella se fijara más en él. Y allí podía dar un gran paso.

II
Con la cabeza gacha se iban saliendo del campo, dejando a los mayores en el medio dándose la enhorabuena y riéndose de la victoria fácil que habían conseguido, casi nada más comenzar el partido. Se sabían campeones sobre aquel amago de equipo que había osado a retarles en su propio campo y con chicas de espectadores. Aquello les motivaba mucho más, el ser observados por chicas les daba más fuerzas y les hacía querer dejar en ridículo a quienes tenían enfrente. Y así lo hicieron, no sólo perdieron en el marcador, sino moralmente se encontraban por los suelos. Miraban cabizbajos cómo las chicas se acercaban a los ganadores y los abrazaban. Se preguntaban mientras recogían las cosas si a ellos también se hubieran abrazado si hubiesen ganado aquel partido. Nada les importaba aquella pregunta, aunque pensaran en ella, pues derrotados, nada les podía hacer cambiar la cara. Heridos en lo más profundo de su ser, se encaminaron hacia la puerta del patio, para salir al mundo real. El campo había sido un mundo paralelo en el que soñaban con tener las mismas posibilidades que los demás. Ahora, fuera de aquel mundo, que quedaba tras las verjas verdes del polideportivo, no eran más que seis chicos pequeños que habían sido vapuleados por los mayores, cosa que significaba ser el hazmerreír durante lo que quedaba de curso.
Sin dejar de mirar a su compañera de clase, Cesar fue desapareciendo de los dominios de los mayores. Cuando dejó de observarla, se vio en mitad de la calle junto a sus cinco amigos de siempre, dejando pasar a los coches antes de cruzar la acera para poner rumbo a su casa. Sabía que en el camino hacia casa, solamente hablaría con su mejor amigo, quien vivía un portal más atrás que él. Nadie querría hablar de lo que les había pasado y cuando estuvieran ellos dos solos, Cesar intentaría hablar con él. Sabía que no le iba a defraudar y le escucharía atentamente. Comenzaba a pensar lo que iba a salir de su boca cuando llegara aquel momento, pero algo le frenó. Una voz de chica lo estaba llamando por su nombre. Era ella. Se dio la vuelta y allí estaba ella, sonriente como siempre, pero su sonrisa no era producida por la victoria de su novio, sino por encontrarse frente a su compañero de clase, que tantas veces la había ayudado.
- Lo siento, quería que ganaseis, porque no quiero que se os trate tan mal. Sois mis compañeros y no quiero que por mi novio nos llevemos mal.
- No es culpa tuya. Sabíamos a lo que nos enfrentábamos si jugábamos contra ellos y ahora nos toca afrontar lo que nos queda de curso con esa lápida encima nuestro.
Uno de sus compañeros se dio cuenta de con quien estaba hablando Cesar y se volteó rápidamente para preguntar algo a la chica ; algo que no le gustó a Cesar y por eso se interpuso en el camino del chico. Lo empujó hacia atrás para que lo agarrara alguno de sus compañeros y esta vez, igual que muchas veces fue su mejor amigo el encargado de hacer entrar en razón a quien Cesar había empujado. Manuel siempre estaba cuando se le necesitaba y aquella era una de aquellas veces. Se miraron mutuamente y supo que todo estaba bajo control, por lo que debía dar explicaciones a su amiga. No hicieron falta, pues el capitán del equipo de los mayores, justamente su novio, se encontraba ahora junto a ella.
- Vaya, Cesar. ¿Qué tal te encuentras después de esta machada de partido?
- Bien, seguramente mejor que tú - dijo sonriéndolo.
- Chicos, tenemos aquí a un valiente. ¿O sólo lo eres cuando hay una chica delante ? - preguntó mirando a su novia.
Manuel se acercó al trío que poco a poco fue el grupo entero de todos los jugadores más las animadoras de aquel partido. Quería saber de lo que estaban hablando y no tardó mucho en saber la apuesta que el mayor le había hecho a su amigo. La victoria solamente sería para salvar a sus compañeros de una persecución de insultos y risas durante lo que quedaba de curso. Sería una manera de haber ganado el partido, pues los mayores estaban dispuestos a olvidar aquello y no mofarse de los chicos. La apuesta era fácil y según el capitán de los mayores, solamente la haría un valiente. Al escucharla, Manuel gritó a su amigo para que no la aceptara, mientras la chica intentaba que su novio cambiara de opinión sobre aquella apuesta. El chico no parecía dispuesto a cambiarla, pero Cesar se sentía un poco asustado por la apuesta. Miró a su compañera de clase y aceptó. Nada más hacerlo, la chica comenzó a llorar y salió corriendo del lugar. Conteniendo su cuerpo, que quería ir tras ella, estrechó la mano al mayor mientras veía a Manuel desplomarse sobre el suelo. Pero todo ya estaba dispuesto.
- Pasaré esta noche en el Monte de las Animas.
Le dolió decir aquello, pero no estaba dispuesto a que se rieran de él durante los meses que quedaban para acabar las clases, si pasaba la noche en aquel lugar y sacaba una foto de la capilla de los Templarios, sería admitida la apuesta y la ganaría. Su cabeza había comenzado a funcionar para poner una coartada a su madre y en pocos segundos la había conseguido. Como noche de los difuntos, su tutor había organizado una noche en compañía de sus alumnos para que sacaran todos sus miedos. Era una terapia muy buena contra el miedo y sobre todo aquella noche, en la que se solían contar historias sobre aparecidos. Ya estaba, diría a su madre que iba a ir con el profesor y su clase, cosa que iba a hacer Manuel y después de una supuesta llamada al profesor, cogería su cámara de fotos, su abrigo y se adentraría en el monte, después de andar varios kilómetros, para eso tenía la bicicleta en el garaje.
- Mañana a las doce de la mañana, nos encontraremos en este mismo lugar, si es que no te has rajado esta noche y has preferido ser un perdedor.
- Aquí estaré.
Se marchó junto a Manuel y a sus compañeros, pero no sucedió lo que él había esperado. Ninguno de los dos, cuando se quedaron solos, abrió la boca para dirigir algunas palabras a su amigo. Los dos sabían la leyenda sobre aquel monte, pero no se atrevían a decir nada al otro. Y así en silencio acabaron su amistad por aquel día.

III
Había dejado la bicicleta antes de entrar en lo que era el monte y desde allí, había caminado hasta el lugar donde ahora se encontraba. No estaba perdido, ni mucho menos, pero pronto sería media noche y aquello no le gustaba. La media noche siempre había tenido fama de ser la hora de las brujas y el estar en aquel lugar le provocaba temor. Llevaba en el bolsillo del abrigo su cámara de fotos instantánea, perfecta para aquel reto. Se guiaba gracias a la luna, pero poco a poco esta iba desapareciendo entre el follaje de los árboles. Comenzaba ahora la caminata por el bosque. Por el día, el bosque puede ser bonito, pero a aquellas horas y aquel día … Temeroso de los animales que podía encontrarse en su camino, iba fijándose bien por donde pisaba, para no alertarlos. Pero ¿solamente temía a los animales ? El mismo sabía la respuesta negativa de aquella pregunta que se iba haciendo cada dos por tres. Aunque los lobos lo encontraran, él no tenía miedo a aquellos animales, pues conocía la situación de aquel animal en aquella época. Los pobres animales estaban diezmados y muy recogidos en sus lugares. Pero el Moncayo estaba nevado y aquellos canes podían haber emigrado hasta aquel lugar para intentar encontrar algún lugar con calor suficiente para ellos. ¿Calor ? Cesar no tenía nada de calor y poco a poco, mientras más subía, sus pies iban pisando un manto blanco que crecía hacia sus rodillas a cada paso que daba. Los pantalones impermeables que se había puesto iban a venirle muy bien, pues poco después, debía arrastrar la nieve con sus espinillas para poder avanzar un poco.
Tras mucho esfuerzo, miró al frente y observó lo que estaba buscando : la capilla de los Templarios. El edificio estaba casi en su totalidad derruido, pero a pesar de todo, debía sacar la foto. Le daba igual, aunque solamente hubiera encontrado cuatro piedras, él debía sacar la foto para pasársela por las narices a aquel engreído. Y así lo hizo, el flash salió de inmediato para plasmar la imagen en la película, que pocos segundos después salió en forma de foto. Tras moverla un poco y esperar los segundos pertinentes, arrancó la tira para poder ver la foto. Perfecta. Sí, lo había conseguido. Ahora debía bajar y pasar la noche a pocos metros de la bicicleta, de todas maneras estaba en el monte y nadie podía negarlo, lo malo fue la otra condición. Eran dos fotos y ahora se había acordado de aquello. Una por la noche y otra al amanecer. No le importaba, subiría de nuevo cuando estuviera amaneciendo. Nadie en su sano juicio se quedaría a pasar la noche en aquel lugar, ya por el frío y por …
¿Lo había escuchado? Estaba seguro que sí, pero su mente intentaba decirle que no. Pero realmente había escuchado una campana sonar. Miró su reloj y solamente vio una aguja que tapaba a la otra apuntando a las doce. Rebuscó en los bolsillos del abrigo para ponerse su gorra de la suerte y comprobó que estaban vacíos. Recordó que la había dejado encima de su escritorio antes de meterse en la ducha y no había vuelto a recogerla. Sin gorra, ahora se enfrentaba su mayor enemigo, el miedo. ¿Había vuelto a tocar? Esta vez sí que no lo sabía, pues otro ruido lo había alertado. No venía de su espalda como había pensado antes, provenía de pocos metros delante de él, justo por donde estaba la capilla. La tierra comenzó a removerse y asustado intentó echarse hacia atrás, pero cayó sobre la nieve al tiempo que veía un pequeño topo salir donde había surgido el ruido. Suspiró aliviado y se volvió a levantar para irse definitivamente, eso sí, recordando que debía volver antes del amanecer. Un ruido mucho más intenso, pero igual al anterior, llenó la silenciosa noche. Giró la cabeza y esta vez, sí que vio lo que temía. Los antiguos Templarios y los nobles de Soria se levantaron de su sueño. Amigos y enemigos habían sido enterrados juntos. Todo por culpa de una cacería. Los huesos sin músculos de aquella multitud que alguna vez estuvo esparcida por todo aquel monte se movían con movimientos rápidos y bruscos. Estaban preparados para sus rezos, pero algo les alertó. Miraron en dirección al chico y se levantaron, dejando la marca de sus rodillas en la nieve. Poco después, sus monturas aparecieron bajo la nieve y rápidamente subieron en ellas. Esta vez estaban juntos en esto, como cuando tuvieron que defender la ciudad del invasor. Alguien había osado interrumpir su rezo y aquello se pagaba con un castigo. Cesar comenzó a correr como podía, arrastrando toda la nieve que sus espinillas podían transportar. Pensaba que era una suerte que los caballos y los propios esqueletos se hundieran como él en la nieve. Cayó de bruces al suelo y sintió el frío de la nieve aliviándole los calores que tenía. Se levantó sin abrir los ojos, pero algo le hizo no moverse con brusquedad. Un gruñido como de perro llegaba hasta sus oídos a pocos centímetros de su cara. Poco a poco fue levantando los párpados y vio la cara de un lobo de perfil, a poca distancia de la suya. El animal miraba lo que estaba tras el chico, como si temiera más a aquello que al propio chico que estaba a su lado. Cesar se levantó y dejó atrás al lobo, que comenzó a aullar a la Luna. Frenó en seco al escuchar al animal y giró la cabeza para ver lo que había dejado atrás. Ya no había cadáveres envueltos en lo que quedaba de sus sudarios ni los esqueletos de los caballos en cuales iban montados. Solamente estaba el animal que iba acercándose al chico. Lo miró de frente y Cesar sólo pudo gritar antes de darse la vuelta y aullar de miedo. El lobo lo miraba con sus dos ojos, uno entre su pelo y el otro dentro de su cráneo, visible por la acción de los animales que en aquel mismo se lo estaban comiendo. El aullido que lanzó fue al darse la vuelta y ver un batallón de lobos, todos ellos con alguna parte de su cuerpo sin músculos o todos ellos siendo simplemente unos esqueletos. Pero todos lo miraban esperando a que los que estaban tras de él volvieran para una gran lucha. Los Señores ya estaban preparados para aquella lucha y los Templarios puede que los siguieran.
No tardaron mucho.

IV
Un ruido la despertó, miró el reloj de la mesilla de noche y vio que eran las once. ¿Quién podía ser? El único que estaba fuera era su padre. Su madre dormía en la otra habitación. ¿O faltaba alguien más ? Sí, ahora se acordaba. Su hermano estaba con los de su clase. Se levantó y vio que la puerta del servicio se cerraba poco antes de que ella llegara a agarrar el pomo. Escuchó el cerrojo y se acercó a la puerta para poder escuchar de quien se trataba. Si era su hermano pequeño lo sabría en pocos minutos.
- ¿Cesar ? ¿Eres tú ?
- Sí - dijo susurrando -. Mamá está dormida, no des esas voces.
- Vale, ¿qué haces aquí ?
- He venido a por mi gorra y ya que estoy a hacer una visita al servicio. Es que vamos a tener un partido de fútbol y como sabes, necesito mi gorra de la suerte.
- De acuerdo, me voy otra vez a la cama.
Se giró y fue hacia su habitación. Se resbaló con algo húmedo que estaba en el suelo, pero pensando en la nieve, que había escuchado por la noche que iba a caer, no se preocupó por aquel charco de agua. Sus pies descalzos volvieron a su habitación y se tumbó de nuevo, arropándose hasta la cabeza. Antes de quedarse de nuevo dormida, un escalofrío le recorrió el cuerpo.

V
Manuel, el capitán del equipo de los mayores y su novia eran los únicos que estaban en el campo en el que habían quedado para la entrega de fotos. Habían llegado unos minutos antes para no hacer esperar al chico, pero fue éste quien les hizo esperar. Miraban el reloj cada dos por tres a través de las gafas de sol que se habían puesto los tres para proteger los ojos de la claridad cegadora de la nieve que había caído.
Por fin apareció Cesar, vestido con su abrigo y los pantalones con los que había pasado la noche. Estos estaban un poco sucios, pero a él no le importaba. Llevaba un pasamontañas puesto, coronado con su gorra y unas gafas de sol. Traía las manos en los bolsillos como si estuviera guardando algo de lo que dependía su vida. Podía ser así, pues nada más llegar a su altura, sacó sus manos, enfundadas en una guantes negros y entregó a la chica las dos fotos. El novio de la chica se las quitó de la mano y comprobó que eran las que había pedido : la Capilla de los Templarios por la noche y al amanecer. Bajó la vista y le extendió la mano para que el otro se la estrechara.
- Me confundí contigo, eres un valiente. Ni yo hubiera pasado esta noche allí. Acepta mis disculpas. Tú y tus compañeros nunca seréis el objeto de las bromas de los mayores y menos de las nuestras.
- Muchas gracias. Lo siento si no te doy la mano, pero tengo los dedos congelados. Una noche entera en ese lugar, te deja completamente gélido. Y si me disculpáis, debo ir a por mi bici, que con las prisas se me ha pinchado y la he dejado en el monte. He venido casi corriendo.
- Eres el mejor - dijo Manuel a su compañero.
- No lo creas - dijo marchándose cabizbajo hacia el lugar por donde había aparecido.

VI
Se despertó, esta vez no fue ningún ruido. Esta vez fue el despertador de su cerebro quien le había dicho que ya era hora de levantarse. Escuchaba respirar a su madre y supo que estaba dormida. Dio la luz del pasillo y vio unas manchas que venían de la puerta de la escalera. El agua y el barro que había traído su hermano todavía estaba en el suelo. Verás cuando se despierte mamá. Abrió la puerta del baño y sin encender la luz, caminó hacia la ventana y la abrió para subir la persiana después. Se giró y gritó al ver el espejo y el lavabo manchados.
Aquel grito despertó a su madre que acudió rápidamente al cuarto de baño y tuvo la misma reacción que su hija. Cualquiera lo haría si en su cuarto de baño ve diez manchas rojas en el lavabo. Estas manchas parecían haber sido provocadas por ramas, pero no había ramas de aquellas formas, donde se podían distinguir las pequeñas articulaciones de los dedos. En el espejo se podía observar lo que se veía en una radiografía del cerebro de perfil. Un cráneo bañado en un líquido rojo se había apoyado en el espejo, como solía hacer Cesar cuando estaba cansado. La hermana del chico se miró la planta del pie y vio que aunque hubiera pasado una hora, su pie estaba todavía manchado de lo que hacía unos minutos había creído barro. No era tal barro. La sangre todavía estaba fresca, igual que el mensaje escrito en sangre con una de aquellas ramas en los azulejos de la bañera : Adiós. Cesar.
Madre e hija cayeron al suelo y acurrucadas, una junto a la otra esperaron a que alguien viniera a socorrerlas. La pequeña sobrevivió a aquel shock, no así la madre, que quedó semisentada en el suelo como esperando la llegada de un hijo que no va a volver.

* * *

Mis pies quisieron de nuevo volverse a poner de pie y caminar tras ese pequeño descanso en el que me había quedado un poco traspuesto. No les impedí aquel deseo y de nuevo comencé a caminar hacia donde ellos me llevaran. ¿Fue solamente un descanso o una excusa de un vulgar caminante para dar su homenaje al que para él es el mejor escritor de leyendas del mundo ? Seguramente fuera lo segundo, pues los pies me seguían doliendo muchísimo cuando me levanté y me alejé de mi amigo por un tiempo : el árbol caído. Puede que en aquel momento alguien escribiera el Miserere más hermoso de la historia.