lunes, 25 de enero de 2010

La curva de aquella noche

Aunque le diera más golpes a la rueda del coche, ésta no iba a inflarse por sí sola. Así se lo dije y se volví a repetir a la chica que volvía a patalear sobre la llanta delantera derecha. Parecía que no se había percatado de mi presencia, pues dio un respingo cuando me levanté y caminé hacia ella. Por unos segundos estuvo tentada de correr, de dejar el coche allí y huir. Con las manos levantadas, en actitud sumisa, fui acercándome poco a poco hasta su posición. ¿Cómo no me había visto allí, sentado junto al poyo de hormigón pintado de blanco y rojo que indicaba el kilómetro y la carretera en la que se encontraba? No voy a explicar lo que yo hacía en aquel lugar, pero puede que estuviera esperando a alguien como aquella muchacha.
-Si sigues así, solamente conseguirás hacerte daño, nada más.
-¿Quién es usted?
¿Usted? ¿Tanto me había demacrado el camino que aquella chica me estaba confundiendo con una persona bastante más mayor de lo que en realidad era? No quise herirme con aquellas palabras y la respondí diciendo que estaba en la ruta sanabresa del camino de Santiago. No estaba muy desencaminado, pues aquel camino pasaba a pocos kilómetros de allí. Miró alrededor, como esperando ver a alguien más.
-Puedo ayudarte a cambiar la rueda –dije mostrando una sonrisa que esperaba que fuera convincente.
Parece que la convencí, pues me señaló el maletero del coche para que sacara la rueda de repuesto.
-Soy una negada para esto. Siempre lo ha cambiado mi hermana mayor, yo nunca.
Saqué con su ayuda el gato del maletero y la rueda de recambio y me dispuse a cambiarlo.
-¿Quiere que le lleve a algún lugar cuando haya terminado? Como pago por el trabajo, quiero decir.
-Me parece bien, simplemente llévame hasta el pueblo más cercano, solamente necesito eso.
Ella asintió y me confesó que no cogía el coche muchas veces, que aquel coche era de su hermana y aquel mismo día lo había cogido por necesidad. No la gustaba el coche. La pregunté por qué de aquello, pues a casi toda persona que me estaba encontrando, los coches le gustaban, o por lo menos no les disgustaban.

Tras tener el coche arreglado y los utensilios utilizados para el cambio de rueda guardados en sus respectivos lugares, me hizo subirme en el asiento del copiloto y ella se puso al volante. Me recosté en el asiento y observé que ella me miraba extrañada. Me dio igual, no me sentaba en un sitio blando desde hacía ya varios días.
-¿Sabe? Para que se haga un poco más ameno el viaje, voy a contarle una historia.
“Ahí vamos otras vez” pensé tras escuchar la frase que más veces había ya escuchado en la vida.

I
El protagonista de esta historia trabajaba en el pueblo que se encuentra allá atrás –dijo señalando con la cabeza hacia la parte trasera del vehículo-. Era padre de dos hijos, buen padre y mejor esposo. A su mujer no le faltaba ningún día un beso apasionado de parte de su marido. Aquel hombre era el encargado de velar por la buena convivencia de los habitantes de ese pueblo. No se crea, ese pueblo tiene unos vecinos muy conflictivos que en cuanto podían, tomaban posesión de lo que no era suyo. Las tierras y algunas cabezas de ganado, son muy apreciadas por los lugareños. Se trataba un hombre que impartía la justicia entre los vecinos, como si dijéramos un juez.
Todos los días realizaba el mismo camino que estamos realizando ahora mismo nosotros, pues vivía en el pueblo al que te estoy llevando. No tenía un horario fijo, por lo que muchas veces era la Luna quien lo acompañaba en su camino a casa. Alguna vez había pensado en quedarse a dormir en aquel pueblo donde trabajaba, pero deseaba ver a su esposa y a sus hijos. No le gustaba nada esta carretera y así se lo hacía saber a su esposa. Hasta una vez le pidió que cambiaran de vivienda, que fueran a vivir al pueblo donde él trabajaba, pero su esposa no estaba dispuesta a dejar su vida atrás y volver a empezar una nueva vida.
Realmente lo que él temía no era la carretera en sí, lo que le llenaba de terror era una curva a la que aún no hemos llegado y en la que comprobará con sus propios ojos que la visibilidad es nula, aunque a simple vista parezca un giro normal. Se eleva un poco para después bajar en un giro casi a ciegas. Para más señas, es la única curva en esta carretera. Si dos coches se cruzan en ella, estése seguro que no saldrán sin rasguño.
Y más o menos fue lo que pasó una noche.

II
Iba a llegar por fin antes de las doce de la noche a su casa y como en todas las anteriores, tarareaba una canción que su madre le había enseñado para perder el miedo cuando era pequeño. La semana había sido muy dura y muchos problemas había resuelto entre los vecinos. Estaba harto por aquel día y deseaba escaparse de la localidad todo lo rápido que pudiera. Aquella noche no tuvo miedo de la curva, ni siquiera levantó el pie del acelerador para tomarla. Todo ocurrió tan rápido que estuvo unos segundos reflexionando si aquello había ocurrido en verdad o no.
Algo blanco, algo que relucía por la acción de las luces del deportivo negro que conducía, se encontraba en medio de la carretera y el morro del vehículo había impactado contra ello. No había sido una piedra, pues aquello, lo que fuera, había saltado por encima del vehículo y había caído sobre el asfalto cuan largo era. Había sentido cómo aquello había golpeado la luna delantera sin llegar a rajarla siquiera y de la misma manera había pasado sobre el techo del coche. Tragó saliva.
Aún con el coche en marcha, pero parado en medio de la curva, miró por el retrovisor, pero la propia curva no le dejaba ver en condiciones lo que se encontraba detrás del vehículo. Salió, dejando la seguridad del vehículo y se acercó a lo que había atropellado. Se trataba de una sábana blanca que envolvía algo en su totalidad.
-Menuda gracia –dijo a la noche-. Ya estamos con las bromas de fantasmas. Como me entere quién ha sido, se le va a caer el pelo.
Recordaba que alguien en el pueblo había colocado un maniquí con una sábana para asustar a las personas que pasaban por el camino del cementerio. Aquello podía tratarse de una broma pesada, pero lo que le acababan de hacer a él, era un auténtico delito. Había puesto en peligro su vida y de los que podían haber estado junto a él en el coche, por no mencionar a cualquier conductor que hubiera venido frente a él.
Se agachó sonriendo por el susto que se había llevado, pero con la firmeza de que iba a encontrar a quien había preparado aquello y que le pondría un severo castigo. Retiró la sábana y su rictus cambió por completo. Sus piernas comenzaron a desear irse de aquel lugar, pero su cerebro racional le impedía hacerlo.
Dos ojos le estaban mirando, dos ojos bajo una melena castaña, una melena castaña que con la oscuridad, solamente rota por las luces del vehículo, parecía confundirse con el asfalto bañado en el marrón de la tierra que se elevaba a la derecha de la carretera. El suelo, también se encontraba lleno de sangre que avanzaba hacia sus zapatos, algo que evitó al retirarse de un salto. Una chica envuelta en una sábana se encontraba en el suelo, mirándolo con sus preciosos ojos azules, que ya estaban faltos de vida.
Sus piernas pudieron finalmente más que su cerebro y sus manos mucho más que sus compañeras inferiores. Cogió en brazos el cuerpo inerte de la joven y se acercó al pequeño promontorio que bañaba de tierra la curva. Al otro lado, lo sabía muy bien, pasaba un pequeño arroyo y allí fue donde dejó el cuerpo. Sin ni siquiera quedarse a ver cómo el cuerpo era arrastrado por la poca fuerza que el agua tenía en aquel lugar, volvió hacia el vehículo cerciorándose de que no había quedado rastro alguno de sangre en su ropa. Se colocó delante del vehículo y observó que el morro había sufrido un golpe, algo que arregló cuando llegó a su casa, llevándose por delante uno de los adornos que tenía su esposa en la entrada al garaje. Aquello le costó una reprimenda y una discusión con su esposa, que no llegó a más.
Cuando se metió en la cama con su mujer, aquellos ojos azules parecían mirarlo desde la oscuridad, desde todos los rincones de la habitación.

III
Encontraron el cuerpo de la chica en el arroyo, flotando entre las ramas de unos árboles que parecían querer beber del agua. La conmoción fue en aumento cuando se supo que había restos en la carretera, que seguramente hubiera tenido un accidente y hubiera caído al arroyo después de encontrarse conmocionada. Eso era lo que se decía en el pueblo donde el hombre trabajaba como si no hubiera ocurrido. Muchos de los vecinos le pedían que ayudara en la investigación, alguien debía conocer lo que había ocurrido en aquella fatídica curva, pero ¿qué podía hacer él, si solamente era el encargado de repartir justicia entre los allí congregados?
Pasaron tres días y una noche al volver a su pueblo, conduciendo por la carretera, pudo ver algo blanco en la curva. Sus manos se aferraron al volante hasta que casi se quedó sin circulación en los dedos. ¿Era miedo lo que le estaba recorriendo por la espalda? Cuando se hubo acercado más, dejó de presionar el volante, pues pudo ver con claridad que se trataba de una cruz blanca que alguien había mandado colocar en la entrada de aquella curva. Seguramente hubieran sido los padres de la difunta, deseosos de poseer un lugar donde colocar el dolor que producía la pérdida de su hija. De esa manera también avisarían a los conductores de la peligrosidad de aquella curva en la que iban entrar.
Aquella noche, al igual que en todas las noches de aquella semana, aquellos ojos azules se le aparecía, impidiéndole dormir.

IV
-¿Se puede saber qué es lo que estás haciendo? –dijo una tarde antes de irse a comer a un gato que se encontraba delante de su deportivo negro, al que aún no se le había enderezado el golpe en el morro.
Un joven se acercó rápidamente y cogió al gato en brazos para disculparse ante el hombre, que lo reconoció en seguida como el hermano de la chica atropellada.
-Lo siento, señor. Era el gato de mi hermana y lleva unos días maullando por aquí cerca. Lo siento mucho. No volverá a pasar, se lo aseguro.
-Tranquilo, no pasa nada –dijo el hombre abriendo la puerta del vehículo para sacar las gafas de sol que se había dejado en su interior.
Había sido una mañana llena de sorpresas. Un revuelo en una de las salas del ayuntamiento le había hecho dejar el despacho y acercarse hasta donde provenían aquellas voces. Se encontró con un grupo de personas que increpaban y algunos hasta golpeaban a un joven que uno de ellos llevaba agarrado con las manos en la espalda, como si fuera un delincuente.
-Tranquilizaos, por favor –dijo el hombre colocándose frente a ellos. Los ojos del joven se posaron en los suyos y con una sonrisa pareció agradecerle su intervención. Si no viviera en un lugar civilizado, pensaría que iban a linchar a aquel joven.
-Este desgraciado es el que atropelló a la hija de Vicente.
-¿Cómo podéis afirmar tales cosas? –quiso saber quien deseaba imponer la paz en aquel lugar.
-Su coche, su coche tiene marcas de un accidente reciente –dijo quien parecía ser el más joven de todos los allí congregados.
-Atropellé un animal, creo que era un perro.
Un golpe recibido nada más decir aquello, algo que indignó a quien no le había llevado hasta aquel lugar. Lo reprobó con sus palabras y pidió que dejaran hablar al joven.
-Iba por la noche en mi coche, hace unos días cuando un perro, o puede que hasta un lobo, se me cruzó en la carretera. No me dio tiempo a esquivarlo y acabé chocando contra él. El golpe no lo mató, por lo que pudo escapar. Debéis creerme, os juro que es verdad.
El juez miró hacia el exterior, donde se encontraba su vehículo y de nuevo comprobó que el gato había vuelto a acercarse hasta su coche. Se disculpó un momento, para poder salir y acercarse hasta el gato.
-No creo que quieras destrozarme la vida, animalito- dijo agachándose y cogiendo al gato entre sus manos. Caminó varios metros, hacia la pequeña plaza donde antiguamente se encontraba el caño donde los habitantes de aquel lugar se acercaban para tomar el agua en todo tipo de utensilios. Miró a todos lados y acabó con la vida del gato con sus propias manos, cerciorándose de que nadie estaba observándole. Sabía que todo el pueblo estaba ahora lleno de ira y odio hacia aquel muchacho que habían llevado. Los habitantes de aquel lugar iban de camino hacia el ayuntamiento, al igual que los agentes de la ley. Tiró el cuerpo del animal al contenedor más cercano y volvió sobre sus pasos hacia la casa Consistorial.
-Tranquilizáos –dijo justo en el momento en el que entraba en el edificio, donde las fuerzas del orden habían tomado la posición en aquel lugar, apartando al joven de la multitud que iba volviéndose más violenta a cada instante.
-Debe pagar por lo que ha hecho –dijo un hombre acercándose al juez.
-Yo no puedo ser partícipe de ese juicio que deseáis. Trabajo en este lugar, no puedo dar un veredicto sin tener en cuenta mi posición hacia los habitantes de este lugar. Debéis poneros en contacto con otro …
Se silenció al escuchar un maullido en la calle. Se volvió al tiempo que todos los allí presentes se preparaban para llamar a otro juez. Ante sus ojos horrorizados, observó a un gato exactamente igual al que había matado momentos antes. Salió del lugar sin decir palabra alguna y se acercó al coche, observando al gato que se encontraba delante del vehículo. En cuanto el animal vio que aquella persona se acercaba a él, salió corriendo, como si supiera lo que había ocurrido hacía solamente unos minutos con un gato similar a él.
Entró en el coche y arrancó para salir de aquel pueblo. Mientras enfilaba el coche hacia la carretera, sabía que aquel chico iba a ser juzgado por la propia gente, que no llegaría a pasar una noche en una celda, que moriría antes. Siendo tío de la joven muerta uno de aquellos guardias, seguramente dijeran que había sido un accidente. Aceleró al pensar en aquella reacción del pueblo, la misma si él se hubiera inculpado, dejando en libertad al chico que había tenido la mala suerte de encontrarse con un perro o con un lobo cuando conducía por la noche. Pero él viviría, era un buen juez y servía al pueblo más que aquel muchacho.

V
Se acercaba a la curva que tantos quebraderos de cabeza le había dado y observó el monumento erigido hacia la persona de la muchacha, pero aquel día parecía mucho más extraño de lo que le parecía. Para tranquilizarse comenzó a tararear la canción de su madre, algo que sí tuvo aquella reacción. Sonrió para sí cuando estuvo a la par de aquel monumento, pero su semblante cambió cuando vio aparecer a una persona detrás del monumento. Aquella persona abría los brazos en señal de que frenara, pero no le dio tiempo a pisar el pedal.
No notó ningún golpe en el morro del vehículo, ni tampoco en el techo, como había ocurrido la noche de la muerte de la chiquilla. Había creído ver cómo algo etéreo pasaba por el parabrisas del coche, pero desechó la idea cuando miró por el retrovisor para no ver nada en el suelo, ni siquiera una bolsa de plástico. Debían haber sido los nervios, que le habían jugado una mala pasada. Pasó la curva sin ningún problema y de nuevo comenzó a tararear la canción de su madre, interrumpida por la visión que había tenido.
Sus manos comenzaron a temblar cuando pudo escuchar la misma canción que su madre le cantaba por otros labios, provenientes del asiento trasero. Miró de nuevo hacia el retrovisor, cuando aquella voz había dejado de tararear y se encontró con el asiento vacío. De repente, escuchó un maullido en el interior del vehículo y cómo una mano helada se posaba en su hombro a la vez que otra se acercaba al volante y lo cogía con firmeza. Giró la cabeza y vio un rostro conocido para él en aquella carretera, aunque la otra vez que la había visto se encontraba tirada en el asfalto sobre un charco de sangre. Ante él se hallaba la joven que había atropellado, sentada en el asiento que se encontraba junto al suyo, inclinada hacia él, tocándolo en el hombro y con la otra mano en el volante. En su regazo se encontraba el gato, el causante de aquel maullido. Sin darle tiempo a gritar, horrorizado por la transparencia de sus dos nuevos ocupantes, la joven giró con fuerza el volante.

* * *

-Encontraron el coche unos minutos después de todo aquello –dijo tomando la curva con prudencia-. Había dado unas cuantas vueltas sobre el asfalto para quedar después en la cuneta con las ruedas mirando al cielo. El hombre murió en el acto y de los otros ocupantes jamás se supo nada, pues para el resto del mundo él iba solo en aquellos momentos. ¿Qué le pasa? – me preguntó al ver que la miraba con las cejas enarcadas-. No creo que espere que yo me ponga a tararear ahora mismo una canción ¿verdad?
-No, estaba pensando en otras cosas.
-Si quiere se la tarareo de todas formas –dijo sonriendo como sólo lo saben hacer las personas que no tienen maldad en su corazón.