sábado, 10 de abril de 2010

Ven hija mía

Mis pies tropezaban con todo lo imaginable que se podía encontrar en mi camino. El palo que me había acompañado durante una parte de mi camino, se había hecho trizas al caer sobre él todo mi peso tras intentar traspasar el cauce de un río seco. La oscuridad que se iba adueñando del cielo me iba avisando que ya era tiempo de buscar un buen lugar en el que dormir. A lo lejos podía ver la silueta de lo que parecía ser un pueblo. Allí encontraría un lugar en el que cobijarme por aquella noche. Pero mi atención se lo llevó una casa de tres pisos que se encontraba más cercana a mi posición. Era como si aquella casa hubiera sido construida por alguien que estuviera enfadado con aquel pueblo, de ahí su lejanía con las demás edificaciones. Mas yo me equivocaba y fue la dueña de la casa quien me sacó de mi error.
-Esta casa la hizo el padre de mi marido y él se encargó de las reformas, pues esta casa ha sufrido muchos cambios desde que se construyó – había dicho la mujer en cuanto la pedí una habitación para dormir aquella noche, colocando ante ella una cantidad de papel moneda que me pareció respetable para una sola noche-. Mi señor suegro fue guardabosques y toda la planicie que se puede ver desde aquí, antiguamente era todo un bosque. Por esa razón, mi señor suegro decidió realizar su casa aquí, cerca de su lugar de trabajo. No le importaba que se encontrara fuera de los límites del pueblo, eran los árboles y el propio bosque lo que le daba la vida.
Antes de entrar definitivamente en la casa del antiguo guardabosques, me retiré un momento de la señora y miré hacia una de las ventanas del piso superior. Bajo el alero del tejado de pizarra se hallaban dos ventanas, en una de las cuales me había parecido ver el rostro de una persona. Antes de que pudiera preguntar, la ahora dueña de la casa me quitó todas las dudas que pudiera tener sobre aquel rostro.
-No se preocupe. La pequeña Ana no le molestará durante su estancia.
A los pocos segundos, como si alguien la hubiera llamado, apareció por las escaleras una niña que al verme corrió a esconderse. La señora me dijo que era muy tímida, pero que seguramente antes de hacerse de noche ya la habría conseguido robar una sonrisa. Seguramente fuera durante la cena, algo que me preguntó si iba a querer. Encantado agradecí el ofrecimiento de la señora y ésta subió las escaleras para mostrarme la habitación en la que dormiría aquella noche.
Me dejó allí para que pudiera acomodarme, aunque no era mucho el equipaje que yo llevaba y no eran muchos los días que allí iba a pasar. Coloqué mis pocas pertenencias sobre una pequeña mesa de noche y me dispuse a bajar a la cocina.
Cerré la puerta y pude comprobar que desde aquel piso no salía ninguna escalera. ¿Subirían a la parte superior, que también tenía ventanas, como si fuese un piso normal, por una escalera de aquellas que se recogían y salían por un hueco? Tenía que ser demasiado incómodo y aquel piso que se encontraba sobre mi cabeza, visto desde fuera, debía ser casi una réplica del que me acogía en aquellos momentos. Como había dicho la señora, la casa había tenido muchos cambios desde su construcción. Puede que la escalera se encontrara dentro de alguna de las habitaciones que se hallaban cerradas.
Bajé a la cocina en busca de la cena prometida y allí me encontré a la dueña de aquella casa y a la niña. Había llegado justo a tiempo de que se me sirviera, como a ellas dos, un par de huevos fritos con chorizo que he de decir, me supieron como nunca. El hambre que llevaba también había facilitado las cosas. Aquella noche podía cenar hasta un canto rodado del río que seguramente pasara cerca de allí. Aún no había conocido un pueblo por el que no pasara al menos un arroyo. Los hombres buscaban cerca de los ríos las tierras donde plantar los asentamientos que después se convertirían en pueblos y ciudades.

Después de comer un yogurt de postre y rechazar por segunda vez un helado, la señora me indicó que podía encaminarme al salón, donde se encontraba la chimenea encendida, y allí poder ver la televisión o relajarme como ella hacía muchas veces mirando las llamas del hogar. Allí me encontré con la niña, quien esta vez sí me dirigió una sonrisa, algo que me había parecido imposible durante la cena. Supuse que debía ser la hija de la señora. Se hallaba sentada en una pequeña butaca, como si estuviera hecha a su medida, leyendo un libro de cuentos infantiles. Desde la lejanía de mi posición, pude distinguir la ilustración del gato con botas.
También yo me senté, pero en una mecedora, dejando otra a la señora de la casa y cerré los ojos mientras escuchaba el paso de las hojas del libro de cuentos, la respiración de la niña y la mía misma y el crepitar de las llamas en la chimenea que nos proporcionaba el calor suficiente como para poder quedarme dormido en aquella posición. No tuve ni tiempo ni ganas de encender la televisión, pues pronto me sobrevino una sensación de sueño que poco a poco me fue dejando sin voluntad y transportándome a un reino maravilloso de sueños.
Cuando me desperté, me encontraba aturdido, sin saber muy bien dónde me encontraba. Estuve unos segundos mirando a mi alrededor para poder recordar todo lo que me rodeaba. Aquella no era mi casa, no era mi habitación, era un salón presidido por una chimenea en la que unas ascuas eran las únicas que iluminaban la estancia. Recordé que me encontraba en aquella casa del bosque, junto a aquella señora y la niña que había conseguido que me sonriera.
Como no sabía muy bien dónde dormía la viuda dueña de la casa y la niña, salí de aquel salón despacio, sin hacer ningún ruido, evitando así despertarlas a horas intempestivas. No podía saber la hora que era, pues el reloj lo había dejado en alguna etapa de mi viaje. Me giré rápido una vez estuve en el pasillo, casi con el pie en el primer peldaño, dispuesto a subir hacia el segundo piso. Había escuchado un ruido proveniente de la cocina. Estuve a punto de dejarlo y subir a la habitación, puede que hubiera sido un plato en el escurridor. No era la primera vez que me hubiera pasado algo parecido en la casa de mis padres cuando vivía junto a ellos. Fue entonces cuando miré hacia el techo y pude comprobar que no había dado la luz. Tonto de mí. Quería ir a la habitación sin hacer ruido y sin dar la luz en una casa que no conocía. La respuesta a cómo había llegado hasta las escaleras se encontraba en la cocina. Un pequeño resplandor salía de ella y fue gracias a él que había llegado hasta donde me hallaba. Mi mano se disparó hacia un interruptor y lo accioné, pero la luz no iluminó el pasillo. Volví a accionarlo, esperando que hubiera sido un fallo eléctrico, pero tuve de nuevo la misma respuesta.
La luz se movió y pude ver aparecer a la pequeña que habitaba en la casa llevando un candelabro en las manos. Esperé a la salida de la mujer de la cocina, pero esta no se produjo. La única que se encontraba allí era la niña. Desde su posición y siendo ella quien llevaba la luminaria, no podría verme, por lo que seguramente se llevara un buen susto. Quise hablarla para tranquilizarla antes de que llegara a mi altura, pero algo en mi interior quiso que recordara la época de las travesuras. Solamente debía quedarme sentado allí y seguramente el candelabro caería y la niña gritaría al ver una hombre en la oscuridad. Un hombre que no debería estar allí.
Estaba preparado para calmarla, pero no hizo falta nada de las palabras que estaba preparando para decirla con sumo cuidado. Pasó junto a mí como si no existiera, dejando a un lado mi presencia y comenzando a subir las escaleras. Parecía observar fijamente las pequeñas llamas de las velas, sin mirar a ningún sitio más. No podía conocer lo que la niña se traía entre manos, pero opté por seguirla. Se me pasó por la cabeza que la pequeña podía ser sonámbula, pero se me borró de la mente de inmediato cuando se paró cerca de la puerta en la que se encontraba la habitación que me habían asignado. Comenzó de nuevo a caminar, pero lo hizo como si subiera por unas escaleras que ya no existían. Sin pensarlo dos veces, la seguí y pude comprobar que estabamos caminando sobre una estructura que no se encontraba bajo nuestros pies. Como si hubiera una trampilla en el techo, la chica fue desapareciendo por ella hasta quedar yo solo en el aire. Noté cómo en ese mismo momento los escalones desaparecían bajo mis pies, si es que habían estado en algún momento allí y tuve que alargar los brazos para agarrarme a una imaginaria arista de la trampilla, evitando así caer sobre el piso. Forzando los brazos como nunca lo había hecho logré subir al piso y casi falto de aire pude ver que aquel lugar estaba sacado de una película de terror de bajo presupuesto. La oscuridad lo reinaba todo y las telas de araña eran las dueñas y señoras de las paredes y del hueco entre ellas.
Lo único que podía distinguir en aquella oscuridad fue la luz que seguía llevando la pequeña en sus manos. Se acercó a lo que parecía un gran candelabro, lleno de brazos y fue encendiendo las velas que poco a poco iluminaron la estancia. Ahora podía ver mejor el desván cerrado. Lo primero que busqué fue la trampilla o la puerta que me llevara de nuevo al piso inferior, donde yo dormía. No encontré nada de aquello, solamente se encontraban allí multitud de muebles rotos, carcomidos, amontonados unos sobre otros. Pero había uno que se encontraba en perfecto estado y hacia él se dirigía la pequeña. Dejó la pequeña luminaria que llevaba en el suelo y abrió a puerta de aquel mueble. No era un armario y lo deduje por su contenido. Dentro de él, apoyado en el fondo se encontraba un esqueleto. A mi mente vino el esqueleto que se utilizaba en el colegio, pero aquel de mi juventud era blanco, no amarillento como el que se encontraba delante de la niña.
Creí ver que se había movido, pero me dije a mi mismo que aquello era imposible. Tuve que tragarme mis propias palabras. La mano huesuda de aquel ser se movía y cogía a la niña por la cabeza. Quise gritar y lanzarme hacia aquellos huesos y romperlos con mis propias manos, pero comprobé que aquel movimiento no fue un ataque, es más, estaba acariciando a la niña y jugueteaba con su pelo. La pequeña se dejaba hacer y eso era lo más fascinante. No paraba de sonreír y lo que hizo a continuación, me dejó sin aliento: el esqueleto se inclinó y la niña le dio un beso en la amarillenta calavera, donde tendría la mejilla izquierda.
Di un paso atrás y perdí el equilibrio, sin saber si era horror lo que sentía por lo que estaba viendo o por la segura caída que iba a tener.
El golpe fue brutal. Caí por el agujero de la trampilla que había existido alguna vez y di con mi espalda contra el frío suelo, provocando un estrépito que hubiera despertado a todo el mundo si la casa hubiese estado llena de gente. Perdiendo la percepción por unos pocos instantes tras aquella caída.
No había pasado ni un minuto desde mi caída, cuando apareció la dueña de la casa justo en el momento en que me retorcía de dolor y miedo en el suelo creyendo que mi espalda se había roto. Me dejó unos instantes en el suelo y cuando vio que podía levantarme, que no estaba gravemente herido, me ayudó a ponerme en pie y llevarme hasta mi cama. Allí me dejó tumbado y me preguntó por mi estado.
-Me duele, no sé como ha podido pasar –dije intentando mentirla. No estaba en condiciones de decirla que había seguido a su nieta hasta el piso superior y que había caído por el hueco de la escalera que no existía. Siempre había preferido que me llamaran torpe que loco.
-Lo siento mucho –dijo la mujer sorprendiéndome-. No deseaba que nadie se enterara de lo que le pasa a la pequeña, pero ya estoy cansada.
-No pasa nada –dije sabiendo que ya conocía que la estaba mintiendo o que había intentado hacerlo-. Yo he sido quien ha seguido a su nieta hasta ahí.
-No es mi nieta, es la hermana de mi abuela.
-Está usted de broma ¿verdad?
Su mirada me respondió la cuestión más que lo hubieran podido hacer sus palabras y la explicación de todo aquello llegó a continuación.
-Esta casa pertenecía a mis bisabuelos, quienes estaban al cuidado de todo el terreno que se encuentra desde este lugar hasta el pueblo. Puede decirse que eran los guardabosques de esta zona. Era una pareja muy joven cuando comenzaron a vivir aquí y pronto tuvieron a su primera hija: mi abuela. Pero la felicidad del nacimiento de una niña no pudo contrarrestar la pérdida que mi bisabuela tubo cuatro días después.
“Las voces de alarma sonaron una noche cuando todos escucharon las campanas de la iglesia del pueblo. El único que se encontraba fuera de su casa era Antonio, mi bisabuelo, el primero en oler el humo del fuego que se estaba extendiendo cerca del pueblo. Mi bisabuela se quedó en casa por orden de su marido y esa fue la última vez que vio a su marido con vida. El fuego lo rodeó y acabó con su vida. La pobre joven no pudo soportarlo y en vez de enterrarlo, guardó el cuerpo de su marido en el tercer piso de esta casa. Encerrado el secreto en lo más profundo de su corazón.
“Pasaron varios años y una noche, siendo aún joven mi bisabuela, subió donde se encontraba el cuerpo, para limpiar todo lo que allí se encontraba y pasó allí la noche. No se puede decir que fuera una noche agradable, ya que fue violada. Una fuerza invisible la poseyó. Lo peor de todo fue que de aquella violación, que la gente del pueblo nunca creyó por más que mi bisabuela lo jurara y perjurara, mi bisabuela quedó encinta.
-Imposible –dije incorporándome en la cama, algo que la mujer impidió al poco, volviéndome a tumbar para evitar que el dolor me dejara sin aliento.
-Eso fue lo que pasó. Al igual que ahora, los vecinos no podían creerse que mi bisabuela hubiera sido violada por algún ente y la tacharon de bruja, aunque gracias a Dios, todo fue olvidado al poco. La única persona a quien mi bisabuela confió el secreto y quien la creyó a pies juntillas, fue mi abuela, una mocita que ahora sabía que su padre, o eso era lo que ellas creían, había violado a su madre después de muerto.
“La pequeña Ana nació. Una niña preciosa a pesar de lo que era su padre, un ser que no era de este mundo de los vivos. Su madre no contó nada a la niña y pidió que su hija mayor, mi abuela, no contara el secreto a su hermana. La mujer se llevó el secreto a la tumba, siete años después y mi abuela, ya con diecinueve años se hizo cargo de su hermana pequeña. Poco a poco, una duda estaba pasando por la mente de mi abuela. ¿Cómo era posible que ella fuera haciéndose mayor y que su hermana Ana no envejeciera? Parecía que la niña no creciera por mucho tiempo que pasara. Mi abuela tuvo que ver cómo su hija se hacía mayor y que su hermana seguía igual, como el día en el que murió mi bisabuela.
“Mi abuela, reacia a subir donde su madre había sido violada, y donde seguía el cuerpo de su padre, ordenó a su marido quitar las escaleras y tapar todo lo que demostrara que alguna vez se hubo podido subir a aquel piso. La pobre mujer murió viendo a su hermana como una niña de siete años, a la que parecía no extrañarle aquella situación. Le confesó el secreto a mi madre, pero ella tampoco pudo hacer nada.
“Pero algo había cambiado desde que mi abuela había mandado quitar la subida al tercer piso. La pequeña se levantaba por las noches y desaparecía por unas horas. Mi madre, embarazada ya de mí, fue quien vio con claridad como Ana subía las escaleras que alguna vez habían existido y que ella recordaba vagamente, más por las palabras de su madre que por haberlas visto ella misma.
“Fue mi madre quien me contó todo lo que sucedía allí y juntas intentamos poner fin a todo esto, pero no nos atrevíamos a subir a ese lugar. La pobre pequeña está condenada a una infancia eterna y a subir al desván cada vez que su padre la llame.
-¿Cuántos años debería tener ahora Ana? –quise saber como para ponerme en situación.
-Era hermana de mi abuela, así que eche usted mismo una cuenta –dijo la señora sin dejar de sonreír.
-Si todo sale bien, puede que mañana sea el último día que su bisabuelo llame a la hermana de su abuela –dije recostándome en la cama-. ¿Tiene usted algún vehículo?
-Pues lo haremos caminando. Mañana, usted, la niña y yo vamos a dar una vuelta bien temprano.
La señora negó varias veces con la cabeza. No quería que yo me inmiscuyera en aquel asunto, que no me pusiera en peligro por ayudarla, pero estaba todo decidido. Íbamos a irnos a dar un paseo por la mañana.

Fue la señora quien me despertó de un sueño horrible que estaba teniendo. Menos mal a aquellos empujones que me propinó la buena mujer, sino seguiría cayendo por aquel largo pozo en el que mis mayores miedos se estaban dando cita. Cuando abrí los ojos y la vi, supe que no solamente estaba en funcionamiento mi plan, que ella parecía haber estado pensando algo mientras dormía y estaba dispuesta a hacer lo que fuera. No quise que me contara nada, puede que fuera mejor. El mejor secreto es el que se guarda uno mismo.
Salimos con todo lo necesario para pasar un día fuera de la casa. La señora había hecho unas tortillas de patatas y a Ana pareció gustarle la idea. Caminamos buena parte de la mañana para sentarnos en un claro del bosque y allí comer lo que estaba preparado.
-¿Sabe que muy pocas veces salimos de la casa? –dijo Ana con su sonrisa angelical mientras le pasaba un vaso que contenía algo más que un refresco.
De aquello me había encargado yo. Sabía que en cuanto la pequeña bebiera el contenido de aquel vaso perdería todas sus facultades. Era un juego peligroso el dar una droga alucinógena a una niña pero no se podía hacer otra cosa si nuestra intención era alejarla lo más posible de la casa.
La señora me había explicado que la niña jamás había montado en un coche u otro vehículo que pudiera alejarla del edificio donde se encontraba su padre, por lo que jamás hubo podido llevarla más allá del pueblo. Decía que en cuanto veía un coche, se descontrolaba y era capaz de agredir a quien estuviera más cerca.
Al muy poco tiempo, la niña comenzó a sentirse mal y pensé que era el momento de alejarla más todavía. La tomé en brazos y junto a la nieta de su hermana fuimos alejándonos cada vez más de la ubicación de la casa.
-No va a contarme lo que ha hecho ¿verdad? –pregunté a la señora, siendo el silencio su única respuesta.

La noche había caído sobre nosotros sin avisar, como una sábana negra dominada por el viento. Después de ser la señora la portadora de la niña por unas horas, había sido yo de nuevo el encargado de custodiar a la niña que aún no había vuelto a la consciencia.
-¿Cree que lo que la hemos estado dando no será peligroso?
No pude contestar. Lo que unos segundos antes había sido el cuerpo sin movimiento de una niña, acurrucada en mis brazos, se convirtió en una estatua con forma humana. Totalmente rígida fue como la dejé en pie en el suelo. Se giró a mirarnos y la cara angelical había sido borrada en su totalidad. Unos ojos blancos nos miraban y una mueca de dolor asomaba en los labios de la pequeña.
-Debo ir con mi padre, me está llamando.
Antes de que pudiéramos reaccionar a aquellas palabras, la muchacha comenzó a correr. No sabíamos si aquella dirección era la correcta, si corría hacia la casa, o no. De todas maneras intentamos alcanzarla. Estuve a punto de agarrarla una de sus jóvenes piernas, pero con un prodigioso salto se zafó de mi presencia.
Como si las fuerzas de la naturaleza se hubieran manifestado en nuestra contra, un vendaval apareció de donde hacía unos segundos no soplaba ni una brizna de viento. A nosotros dos, nos impedía avanzar, mientras que a la pequeña pareció elevarla del suelo y ayudarla en su carrera hacia su padre. Yo gritaba todo lo que podía, pero el viento evitaba que yo mismo pudiera oír mis propias palabras. Veía ya a lo lejos a la pequeña volar gracias a la acción del fuerte viento y me eché las manos a la cara, desesperado. La señora se encontraba junto a mí y no pude más que negar una y otra vez con la cabeza. Había fracasado mi idea.
-Todo está perdido. Por más lejos que la hubiésemos llevado, hubiera llegado a su destino.
-No, puede que aún no esté todo perdido –me dijo la señora mirando hacia el cielo.
De repente, como haciendo caso a la persona que se hallaba junto a mí, el viento que nos impedía avanzar dejó de empujarnos en dirección contraria. Simplemente desapareció. Pude distinguir en la oscuridad cómo algo blanco bajada desde una altura considerable hasta al suelo, como si fuera algo ligero que se posa en la pradera donde había llegado a caer. Reconocí el cuerpo de la niña y corrimos esperando a que nada la hubiese ocurrido.
La niña abrió los ojos y nos miró a los dos, se abrazó a la señora y comenzó a llorar. No parecía estar herida, más bien parecía asustada. Por unos momentos tuve delante de mí a mi pequeña hermana cuando se despertaba por la noche y comenzaba a llorar. ¿Puede que aquello fuera algo parecido? ¿Se había despertado la niña de una pesadilla?
-¿Dónde estamos abuela? –preguntó la niña.
Los ojos de la señora, que me miraron llenos de alegría fueron unos espías formidables. Se podía leer en ellos que la felicidad se acababa de hacer un hueco en el corazón de la mujer, a la que la niña jamás había llamado abuela.
Pero aún tenía una pregunta en el aire. ¿Cómo es que la carrera de la niña se había acabado tan de repente?
La respuesta la tuve delante de mis ojos cuando a la mañana siguiente, los tres nos acercamos hasta la casa en la que se encontraban los restos del padre de la niña pequeña. Ante mis ojos se levantaba ahora una casa de tres pisos, como lo había sido con anterioridad, pero en la que los dos superiores habían sido pasto de las llamas. Era aquella la sorpresa que tenía reservada la dueña del lugar. Había hecho desaparecer los dos pisos superiores, dándoles de comer al viejo y hambriento fuego. El mismo verdugo dos veces para la misma persona, si es que se podía llamar así a lo que se encontraba en aquel armario. No quiso decirme cómo lo había hecho, pero pronto comprendí que lo que había pensado que era una maldición, había llegado a su fin.
Me quedé unos días más allí con la niña y su abuela, tal y como deseaba que la llamara de ahora en adelante Ana. No podía ser sano decirle a una niña de siete años que la persona mayor que se encuentra viviendo con ella es su nieta. Nos fuimos dando cuenta que Ana no recordaba nada de los años que habían pasado desde la muerte de su madre hasta la segunda muerte de su padre. Por las noches, mientras se estuvo levantando de nuevo el segundo piso, podíamos escuchar a la niña reír en sueños.
La tranquilidad había llegado a una casa en la que una niña sólo había vivido siete años.