Hay historias que asombran al hombre contemporáneo, pero todas hablan realmente de lo mismo: libertad. ¿Qué es un hombre sin libertad? Puede que solamente sea un número, una marca en la pared, un símbolo en cualquier papel mojado por la lluvia tras otra batalla. La libertad lo es todo para el hombre de ahora; y del de antaño. No nos diferenciamos mucho en ese aspecto. Ansiaban libertad tanto como nosotros, aunque debemos reconocer que se ha avanzado en ese aspecto.
Una leyenda o una historia como ésta, puede haber tenido su cuna en cualquier lugar del mundo. Solamente cambian los personajes y las situaciones. El amor, la guerra y la libertad. Tres ingredientes que mezclados adecuadamente pueden darnos el fruto deseado.
I
Cuando el mensajero llamó a la puerta, el señor se hallaba en sus aposentos. Se encontraba sentado en un pequeño trono, admirando a la joven, que desnuda, aún dormía en la cama. Recordaba, mientras sonreía, lo que había gritado aquella noche cuando la hubo encerrado en aquella alcoba. Había luchado con ella hasta que las fuerzas de la joven campesina la habían abandonado, entregándose al señor de aquellas tierras sin dejar de derramar lágrimas.
El joven con quien ella se había desposado el día anterior, se encontraba en su casa, sin poder hacer nada para impedir lo que había sucedido esa misma noche. Se trataba del señor, quien les daba cobijo y trabajo en sus tierras y por ello tenía privilegios; regalados por el rey, quien jamás había pisado aquellas tierras.
-Adelante, pasad.
El consejero entró en el lugar, girando la cabeza de inmediato al ver a la joven desnuda en la cama de su señor. Se trataba de un viejo soldado a quien la sangre de las batallas no le había dejado deleitarse con cuerpos como aquel. Su vida y su muerte estaban firmadas con el filo de la espada y las batallas. Su cuerpo solamente se había formado para las guerras y sus ojos no debían pecar para que su fuerza no flaqueara.
-Mi señor, deberíais venir a ver lo que está ocurriendo fuera de las murallas. Es importante.
-¿Creéis que hay algo más importante que esto? –dijo señalando a la muchacha, quien comenzó a desperezarse al notar las voces a su alrededor.
-Si para vos no es importante conservar el poder sobre las tierras que rodean el castillo, creo que deberíais quedaros contemplando esa belleza.
Agarró con fuerza su ropa y apartó al ya casi anciano consejero para salir de la alcoba. Mientras caminaba por el pasillo, le ordenó que la joven se vistiera y la devolviera a su casa, junto con el campesino con quien se había casado.
Sabía que los aldeanos obedecían al consejero más que a él, por lo que siempre le encargaba que acompañara a las muchachas a las aldeas. A él no le harían ningún daño. Se trataba de un hombre mayor, quien antes de ser consejero y mucho antes de ser soldado, había trabajado las tierras para uno de los anteriores señores del lugar.
II
Los ojos del señor de las tierras se inyectaron en sangre cuando observó lo que se encontraba a varios metros de las murallas. Rugió de ira al contemplar a un gran número de aldeanos que se habían congregado a una distancia considerable de las murallas del castillo. Sabía que hasta aquella distancia le era imposible alcanzarlos con las flechas, pero de todas maneras quiso saber la opinión de uno de los arqueros que hacían la guardia.
-¿Hasta allí? –preguntó el joven que llevaba el arco y el carcaj a la espalda.- Es imposible llegar hasta la posición que ocupan, mi señor.
Desde las murallas pudo ver a los campesinos armados con los utensilios que esas mismas gentes utilizaban para trabajar la tierra. Parecían decididos a tomar el lugar por la fuerza y así lo decían los gritos que llegaban hasta las murallas.
-No te preocupes muchacho, jamás podrán entrar en la fortaleza con esas armas tan primitivas.
-No son ellos los que me preocupan, señor –dijo el arquero señalando con su mano hacia algo que se hallaba más allá del grupo de campesinos. Una docena de hombres se acercaba desde la aldea hasta el grupo portando antorchas que dejaban una estela de humo negro por el camino-. Esos sí que me preocupan, señor.
Su mente voló a una velocidad digna del mismísimo diablo. Vio el campo que se extendía ante las murallas. Un campo lleno de cereal que aún no había sido cortado, aunque ya fuera la temporada de la siega. Supo entonces lo que pretendía aquel grupo de exaltados.
-Tú –ordenó a quien se encontraba a su lado-. Dispara una flecha.
El arquero obedeció al señor del lugar y tensó el arco para dejar volar una de las flechas en dirección al grupo de aldeanos. La punta de hierro se clavó a varios metros del primero de los campesinos, quien después de mirar al proyectil que le habían lanzado, se volvió hacia sus compañeros como si no acabara de ocurrir nada.
-Abrid las puertas. Que salgan los jinetes.
El tiempo que tardaron las puertas de la muralla en abrirse, fue suficiente para que se preparasen los jinetes. Armados con las espadas y los escudos, se lanzaron en pos del grupo con la orden de no matarlos. No quería regar el suelo con sangre, por lo menos allí donde nadie podía verlo. Prefería tenerlos bajo su control, en las mazmorras del castillo hasta que pudiera darles muerte en las plazas de las aldeas para dejar partes de sus cuerpos en los mismos pueblos, en las encrucijadas y hasta en los muros de la muralla tras la que se escondía. Sería una buena forma de mostrar lo que sucedería a quien se atreviera a levantar la voz o la mano contra la ley de aquel lugar: él.
III
Todos habían sido apresados tal y como él había ordenado. Los había hacinado en las mazmorras como vulgares sacos de grano. No eran tan grandes aquellas celdas para contener a tanta acumulación de personas, por lo que pronto fueron ejecutados tal y como él deseaba.
Había ordenado a todas las personas del pueblo que observaran cómo tres de ellos eran ajusticiados. Que vieran cómo la espada del verdugo separaba la cabeza del cuerpo de aquellos pobres infelices. No le importaba por qué habían deseado comenzar aquel ataque a su autoridad, tampoco le hacía falta. Le bastaba saber que lo habían intentado, nada más.
Cuando las personas conocidas y seres queridos habían deseado recoger los restos de aquellos ajusticiados, se les había apartado con violencia y con amenazas. Como había ordenado, los cuerpos habían sido descuartizados y sus partes repartidas por todo el territorio que controlaba.
-¿No creéis que vuestras acciones van a levantar en armas al pueblo? –dijo el consejero al señor tras el tercer ajusticiamiento público.
-No. Todo lo que estoy haciendo es la única forma que tenemos para mostrarles lo que les pasará si no siguen las reglas. ¿Cuántos quedan en las mazmorras?
-Siete, mi señor –dijo el hombre con los ojos llenos de lágrimas, aunque fue incapaz de mirar a su señor. ¿Qué le diría si le viera actuar de aquella manera?
-Perfecto, puedes irte –ordenó señalando hacia la puerta.
El consejero salió del castillo y se acercó a las murallas. Ahora añoraba el tiempo pasado en el que segaba y trillaba todas aquellas tierras junto a su padre. Después, las guerras se habían interpuesto en su camino. Suspiró y se dio la vuelta, pero algo le hizo volver a mirar hacia donde se encontraba el pueblo. Una silueta se acercaba hacia las murallas. Preguntó a un joven guardia si podía ver de quién se trataba.
“Una muchacha” había dicho el joven con una sonrisa en los labios.
El consejero bajó hasta la puerta, abierta para dejar entrar un carromato lleno de víveres que habían inspeccionado concienzudamente los guardianes de la puerta. El hombre impidió que cerraran las puertas y esperó a que la chica se encontrara frente a él. Los guardianes se encontraban preparados para arremeter contra aquella joven si pretendía realizar algún daño al hombre.
-Vengo para pedir un favor al señor del castillo –dijo la joven al consejero, pudiendo ver éste las lágrimas caer por las firmes mejillas de la chica.
-¿Qué es lo que queréis pedirle? –quiso saber el hombre.
-Se encuentra en las mazmorras de esta fortaleza quien debía ser mi marido en dos lunas. Deseo volver a verlo y pedir a vuestro señor que lo deje libre. Que sea misericordioso con un joven de corazón valiente, aunque impetuoso.
-Venid conmigo –dijo el consejero mostrando su mano para que la chica se cogiera a ella y penetrara en el recinto amurallado. Sabía que los guardias estarían mirando la silueta de aquella chica en vez de mirar hacia la noche. Si alguien hubiera deseado atacar en aquel momento, seguramente hubiese conseguido entrar, pues las puertas tardaron en cerrarse más de lo normal-. Yo mismo os llevaré hasta donde se encuentra vuestro amado, pero no podré hacer nada más por vos. Si deseáis, os puedo acompañar hasta donde se encuentra mi señor y proponerle lo que deseáis. Hasta ahí llega mi poder en este lugar.
La joven asintió en silencio mientras se introducía en el cubo central de la fortaleza y desde allí comenzaban a descender por unas escaleras de piedra. A medida que bajaban, un frío devastador iba apoderándose de la joven. Allí la esperanza no tenía lugar. Los sueños habían volado para todos los encerrados allí, pero entre tanta oscuridad hubo un momento para la esperanza.
Alguien la llamó por su nombre. Una voz que provenía de todas partes por la acción del eco en las paredes, la había llamado. Se giró en el pasillo donde se encontraban y vio dos brazos que salían entre unos barrotes. Se soltó del consejero y corrió hasta aquellos brazos para arrodillarse frente a ellos. Uno de los carceleros vio aquel movimiento y golpeó a la muchacha con la pica que llevaba, magullándola en el brazo. Pronto, viejo soldado se colocó ante el carcelero y le increpó por golpear de aquella forma a una joven. Antes de que pudiera reaccionar, el hombre de la pica tuvo que marchar hacia otra celda, donde el prisionero comenzó a quejarse dando gritos.
Las manos del reo tomaron la cara de su amada y entre los barrotes consiguieron sus labios entrelazarse.
-¿Qué haces aquí? –preguntó el chico, uno de los que habían llevado las antorchas en la batalla pasada- Deberías estar en casa.
-No pienso quedarme en casa esperando ver cuándo vas a ser el siguiente en ser ajusticiado en la plaza. Han matado a casi todos, ¿lo sabías?
-Los demás estamos aquí dentro –dijo guardando un silencio en memoria de sus compañeros caídos, pero en seguida volvió a ella-. Márchate, huye de este lugar y comienza una nueva vida sin mí. En esta vida no volveremos a estar juntos tú y yo. El señor de este castillo nos ha privado de ese sueño.
-Muchacha, debemos irnos –dijo el consejero tomándola por la cintura e intentando que se separara de los barrotes.
Ella se zafó del anciano y de nuevo buscó los labios de su prometido, los cuales no encontró esta vez en la oscuridad. Él se había alejado de los hierros. No deseaba decirla adiós, no quería que en su corazón quedara una marca como la que podría dejar el último beso, la despedida.
El anciano pudo por fin separarla de los barrotes y ella, con lágrimas en los ojos se puso en pie. Miró hacia el carcelero y olvidó la idea de atacarle cuando comprendió que estaba preparado para cualquier sorpresa. Continuó caminando junto al consejero.
-Te prometo que saldrás libres –dijo a la oscuridad una vez estuvo en las escaleras.
-No creo que puedas verlo libre –dijo el hombre echándose una mano a la casaca que llevaba-, pero puedes librar a tu pueblo de este señor.
Cuando sacó la mano de entre las telas, mostró un pequeño cuchillo que tendió a la joven. Ella se lo guardó entre las ropas y siguió subiendo las escaleras junto al viejo soldado.
-Soy un hombre ya mayor, por lo que te habría sido muy fácil quitarme este cuchillo. No saldréis vivos de aquí, pero salvarás a tu pueblo.
-¿Por qué lo hacéis? –quiso saber ella antes de darle las gracias.
-Yo no soy de este mundo. Mi guerra era cruel, pero eran ejércitos contra ejércitos. Armas contra armas. Soldados contra soldados. Nunca he levantado un arma contra un hombre desesperado por el hambre o la injusticia.
Salieron del cubo central para dirigirse hacia el cubo sur, donde se encontraban los aposentos del dueño de aquel castillo, desde aquel lugar y sus balcones podía divisar todo el recinto amurallado. Nada se escapaba a su ojo, si es que realmente deseaba observar. Subieron escaleras hasta llegar a una estancia rectangular que tenía varias puertas. Aquella habitación se encontraba en el interior del cubo, no teniendo ninguna ventana o abertura hacia el exterior. El consejero se adelantó hacia una de las puertas y tras unos momentos, se hizo a un lado e indicó a la joven que podía pasar.
-El destino de tu pueblo se encuentra en tus manos, o puede que en vuestro cuerpo –susurró cuando la joven cruzó a su lado.
IV
La puerta se cerró tras ella, dejándola a solas con el señor del castillo, quien se encontraba sentado en una de las sillas de los aposentos. Cuando la vio, se levantó con una sonrisa en la boca, como un lobo cuando veía a los corderos cerca de su posición, siempre antes de atacar.
-Me han dicho que vienes a pedirme algo.
-Señor, en las mazmorras de este lugar se encuentra quien debía ser mi marido en unas lunas. Solamente deseo que seáis benévolo y le dejéis volver a mi lado. Multadle, castigadle, pero devolvédmele, al igual que a todos los que se encuentran junto a él.
-¡Son rebeldes! –gritó-. Osaron levantarse en armas contra mí. Para esa pena solamente existe un castigo: la muerte.
-¿Puedo daros algo a cambio de la libertad de esos hombres?
-Puede que sí –dijo el hombre acariciando las mejillas de la muchacha y llegando a desnudar sus hombros.
-¿Deseáis mi cuerpo?
-Por ello pondría a tu amado fuera de estas murallas y a sus amigos también. Olvidaría todo lo que ha pasado a cambio de una multa.
-¿Sois un hombre de palabra? –quiso saber la muchacha.
-¿Y una aldeana? –sonrió el hombre sin esperar una respuesta.
Para sorpresa del hombre, la joven comenzó a despojarse de la ropa que llevaba encima, dejándola en el suelo y dejando su cuerpo desnudo a la vista del señor de las tierras. Su mirada se desvió hacia el suelo, no deseaba ver el rostro de aquel hombre. En vez de acercarse a ella, abrió la puerta y salió un momento en busca de su consejero.
Tuvo que buscar en aquel cubo hasta que lo encontró en la capilla, arrodillado delante de una cruz. Interrumpió sus rezos para darle la orden de poner en libertad a los que se encontraban en las mazmorras, que lo hiciera cuanto antes. El consejero se incorporó y se apresuró a realizar lo que había deseado su señor y desde una de las aberturas de las escaleras, el señor pudo ver cómo los reos se alejaban del castillo.
Subió a sus aposentos en el momento en el que el consejero volvía a la capilla. Éste se arrodillaba cuando el hombre abría la puerta y observaba a la chica desnuda, tumbada en la cama, mirando hacia la pared. Comenzó a rezar el anciano cuando el señor se acercó a la joven, desnudándose poco a poco. Terminó el rezo cuando escuchó un grito que parecía venir desde el mismo infierno. Muchos guardias lo escucharon y corrieron hacia el lugar del que habían provenido: los aposentos del señor. El consejero se quedó en la capilla, sentándose en un pequeño banco.
Los guardias que llegaron a los aposentos del señor se encontraron con un cadáver. Un cuerpo desnudo se hallaba con un cuchillo clavado en el pecho. Los ojos de la víctima miraban ahora al techo de madera, mientras el señor del castillo miraba por la ventana.
“Puede que tenga mi cuerpo, pero mi alma no” había dicho la chica al consejero cuando había entrado en los aposentos del señor. Ella misma se había quitado la vida mientras el señor ponía en libertad a su amado. Había jurado sacarle de allí y había dado su palabra de dejar que el tirano hiciera lo que quisiera con su cuerpo, pero su cuerpo ya no sería nada de ella. Ella se habría escapado de la carne y por ello el consejero había rezado por su alma. Había dado la vida por su amado y por su libertad. El pueblo seguiría luchando con más fuerza contra las leyes de aquel señor, acabando por derribar sus murallas y su poder.