I
Cuentan que la joven lloraba como nunca
nadie lo había visto hacer en aquel lugar. Los vecinos la dejaron a solas, con
la única compañía del montículo de tierra que señalaba dónde se encontraba su
joven amado. No importaba cómo había sido, quien lo había hecho, solamente
importaba que ya estaba entre los muertos.
Las lágrimas caían por sus mejillas y
nadie quería secárselas, hasta el aire, que hacía unos momentos soplaba
moviendo las ramas más frágiles de los árboles, había parado, observando la
hermosura de la muchacha.
Conocida aquella pareja por toda la
aldea, muchos pensaron qué iba a ser de aquella muchacha, quien no podría vivir sin el joven con el que había
compartido su vida. Otros, los menos, por su parte, pensaron que sería una buena
oportunidad para unirse a aquella hermosa joven.
Y algunos no tardaron en dejarse ver por
los alrededores de la vivienda de la joven. Por más que se lo pedía, ninguno de
ellos retrocedía y seguían con su cantinela de desearla lo mejor y cuidarla
para que no faltara nada. Pero por más que pudieran darla todo lo que poseían,
no podrían devolverla lo que ella más amaba.
-¿Por qué no hablas con la muerte? –dijo
una mañana una vecina a quien pocos eran capaces de ponerla una edad.
Todos los habitantes aseguraban que uno
de sus primeros recuerdos era la imagen de aquella mujer: una anciana que había
ayudado a la mayoría de las mujeres a traer a este mundo a sus vástagos sanos y
salvos. Todo aquello se complicaba cuando los recuerdos estaban en la mente de
las personas más ancianas del lugar, lo que adjudicaba a la anciana una edad
imposible para la imaginación de los habitantes. Por aquella razón, muchos
evitaban acercarse a ella, asegurando que toda aquella inmortalidad se debía a
artes oscuras que la anciana practicaba cada noche.
-No se puede hablar con la muerte –dijo
la joven sentada en una piedra, junto a la puerta de su vivienda.
-Y nadie puede hacerlo, a menos que
busquen bien.
Los dedos huesudos de la anciana
señalaron un viejo torreón en el que habitaba una mujer, dueña de las tierras
cercanas a la torre. La joven viuda conocía la existencia de aquella señora,
pero jamás la había visto en persona. Sabía que un carruaje majestuoso llegaba
todas las noches hasta el lugar y que la dueña de la torre montaba en él,
ataviada con una capa con capucha para evitar ser reconocida. Se comentaba que
todas las noches las pasaba en el castillo, cercano a aquella villa, donde la
esperaba su amante: el rey. El soberano era quien mandaba aquel carruaje sin
ningún distintivo cada noche. Poco después del alba, el carruaje volvía a
aparecer para dejar a la señora a la puerta de su vetusta vivienda.
Se decía que había sido el propio rey
quien la había regalado aquellas tierras que ahora trabajaban vecinos de la
aldea, entre ellos su joven esposo fallecido.
En las horas de sol, nadie había visto a
la señora de la torre, no salía de aquella edificación. Aseguraban las lenguas
que dormía profundamente y los pocos que trabajaban en el mismo torreón, así lo
ratificaban. Reían al contarse entre ellos que cansadas noches tenía que pasar
la señora para no levantarse de la cama en todo el día.
-Si la señora me viera en su torreón, me
castigaría. Y todos conocemos los castigos de los amos.
-No te hará nada. Solamente necesitas
acercarte antes del anochecer, antes de que el carruaje aparezca.
II
Al día siguiente, la joven viuda salió de
su casa, encaminándose hacia el torreón que siempre había visto allí, sobre la
colina. Recordó que su abuelo había contado una noche que había sido su propio
abuelo quien había levantado aquel gigante, junto con otros vecinos del pueblo.
A cada paso que daba, parecía que su
cuerpo se hacía más y más pequeño y que la torre pareciera que caería de un
momento a otro. Temblaba, no podía negarlo, pero debía seguir caminando.
Intentaba que nadie del pueblo le viera y por aquella razón se escondía entre
las casas o tras algún muro derrumbado, e incluso tras un árbol.
Llamó a la puerta del torreón y esperó a
que alguien abriera. Un hombre ataviado con ropa de labriego, abrió la puerta y
preguntó por la identidad de la muchacha y el por qué de su visita.
-Deseo hablar con la señora.
-A la señora no se la puede molestar
–dijo el hombre secamente, cerrando la puerta, pero no llegó a hacerlo del
todo. Una voz femenina que llegó desde el interior, le ordenó que no lo
hiciera.
-Déjala pasar –dijo la señora.
El hombre, quien llevaba restos de hierba
cortada en la ropa, se hizo a un lado tras abrir de nuevo la puerta. Señaló el
pequeño pasillo que comenzaba allí, hacia una puerta abierta por la que salía
un resplandor.
-Entra muchacha, no tengas miedo –volvió
a decir la dueña de la torre.
La joven caminó insegura hacia aquella
alcoba, donde descubrió a la señora sentada en una silla de madera. A su
espalda, se hallaba una alta cama en la que parecía haber estado tumbaba justo
antes de llegar la muchacha. A su lado había otra silla y rodeando todos
aquellos muebles, unos candelabros que iluminaban la estancia y a la señora.
-Buenas tardes –dijo la joven bajando la
mirada.
Era la primera vez que se encontraba ante
aquella mujer y pudo observar que tenía una belleza que jamás hubiera
imaginado. Todo su cuerpo acompañaba a la hermosura de su rostro. No podía
imaginar la edad con la que contaba aquella mujer, pues sabía que era bastante
mayor que ella, aunque parecía ser incluso más joven.
-Adelante, muchacha, siéntate y dime qué
es lo que te trae por aquí –dijo con una sonrisa, señalando la silla libre-.
Hace mucho que nadie viene a verme. Parece que les infunde temor el lugar en el
que vivo. Eres la primera persona en años que se ha atrevido a llamar a la
puerta. Por esa razón, he decidido dejarte pasar. Tienes valor.
-No sé qué es lo que hago aquí –dijo la
chica en voz alta mirando las velas.
-Yo sí lo sé, pequeña. Acabas de perder a
tu amado y piensas que no podrás vivir sin él. Son muchas las que piensan como
tú y alguna ha sido capaz de quitarse la vida por ello, para no es tu caso.
Aprecias tu vida, pero anhelas la compañía de tu joven esposo.
Se sorprendió al escuchar aquellas
palabras que resumían todo lo que ella soñaba por las noches: volver a estar
entre los brazos de su amado.
-También se que ha sido esa anciana quien
te ha dicho que vinieras hasta aquí, pero yo no puedo hacer lo que ella piensa
que puedo realizar. Solamente soy una señora que intenta vivir su vida lo mejor
posible. Todo mi secreto no confesado es fruto de una vida que escandalizaría a
cualquier vecino. No deseo que se conozcan mis salidas nocturnas.
-¿Y como sabe lo que pienso?
-Yo también enviudé a una templara edad.
Sé lo que pasa por tu cabeza.
III
Abrió los ojos cuando escuchó un ruido en
su casa. Aún era noche cerrada y no podía saber quién o qué había entrado en la
vivienda. Algún animal podía haber entrado por cualquier ventana a medio
cerrar.
Salió de la cama y cogió el bastón que su
padre había utilizado hasta la muerte, decidida a utilizarlo contra quien se
hubiera colado en aquel lugar. Entró en la cocina y allí, gracias a una pequeña
ventana que mostraba un pequeño patio, pudo distinguir a un varón. Se lanzó
hacia él para golpearlo con la madera con fuerza, pero el hombre fue más rápido
y evitó el golpe. Atrapó sus manos y la echó contra una pared, colocándose a
pocos palmos de su cuerpo.
-Tranquila, soy yo –dijo su amado
soltándola, conocedor de que la ira de la joven había desaparecido.
Se lanzó esta vez a sus brazos, que la
recogieron como tantas veces lo habían hecho hacía ya casi un año.
Tanto tiempo sin conocer varón se
encontraba ella que ni siquiera le dejó encaminarse hacia la cama. Se amaron
sobre el frío suelo de la cocina, pero pareció no importarles. Muchos meses de
espera hacían que aquello fuera un milagro.
IV
Despertó en la cama, acompañada por una
sonrisa, pero la borró de su cara cuando observó que estaba sola, que no había
nadie junto a ella. ¿Aquello había sido un sueño? Había sido tan real, lo había
sentido tan dentro de ella que no podía ser su imaginación. Jamás había soñado
de aquella manera.
Su cara se desencajó cuando vio entrar en
su habitación a la señora que habitaba en el torreón. Sin hacer caso de su cara
llena de terror, la señora se sentó en la cama, junto a ella y miró hacia el
suelo, como si estuviera arrepentida por algo.
-Eso era lo que deseabas ¿verdad? Volver
a tener entre tus brazos a tu amado. Y lo has tenido.
-Pero usted me dijo...
-Sé lo que te dije, pero te mentí. No
puedo ir diciendo por ahí quien soy realmente. Has estado más de un año sin
hablar con nadie de nuestro encuentro en mi casa y eso se merece un premio como
el que has tenido esta noche. Ahora, de ti depende que todas las noches sean
como esta.
-¿Cómo decís?
Ante ella, pudo ver cómo la ropa que
cubría a la señora cambiaba, formando una especie de niebla que fue
desapareciendo poco a poco, para dejar paso a un hábito negro. La señora miró a
la muchacha y sonrió. Se levantó de la cama y se colocó la capucha del hábito
oscuro. Su hermoso rostro fue tapado por la sombra y su voz se hizo mucho más
grave.
-¿Deseas continuar con esta vida o volver
junto a tu amado esposo? –preguntó, alargando la mano hacia el rostro de la
joven.
Al contacto con aquellas gélidas manos,
la joven aldeana percibió todo lo que aquella señora estaba ofreciéndola. Pero
después también mostró lo que llegaría a ocurrir si declinaba la oferta.
-Te ofrezco una vida entera y larga sin
tu esposo o un momento como el que has tenido esta noche y una eternidad
juntos, sin conocer lo que hay al otro lado. Tú decides.
Sin decir una palabra, la muerte supo que
era lo que la joven deseaba. Acariciándola las mejillas de nuevo, dejó que la
joven cerrara los ojos con una sonrisa marcada en la cara. Ya se encontraba
junto a su amado. Un amor breve, pero verdadero.
V
Dejó el cuerpo sin vida de la chica en la
cama y salió con su forma humana a la calle. No hacía falta que se escondiera,
casi nadie podía verla si ella lo deseaba. Pero una voz la llamó. Casi nadie
podía verla. Se giró para observar a la anciana que había mandado a la joven
hasta el viejo torreón.
-Sabía que eras tú. ¿Qué haces aquí?
-Sólo esperaba a que vinieras a por ella.
Ha decidido seguir viviendo ¿verdad?
La muerte negó con la cabeza.
-No lo entiendo –dijo la anciana.
-Yo sí. Al igual que la dueña del cuerpo
que utilizo, esa muchacha quedó viuda muy joven y muy enamorada. Si no hubieses
intervenido, seguramente se hubiera quitado la vida, como le pasó a este cuerpo
–dijo señalando de arriba abajo su torso-. Deseaba encontrarse de nuevo con su
esposo y eso es lo que ha hecho.
-Si no les hicieras creer que han yacido
con su esposo momentos antes de aparecer tú, seguramente se quedarían en este
lugar. Ya son muchas jóvenes las que han caído en tu trampa. Dejan su vida en
tus manos sin conocer la verdad –gritó viendo que la muerte se daba la vuelta
dando por finalizada su conversación.
Nadie les miraba, nadie prestaba
atención. Si alguien miraba hacia la anciana, simplemente la vería estar de
pie, mirando a la nada. No escucharían sus palabras, ni sus gritos. Ni siquiera
verían a la anciana retroceder varios pasos cuando la muerte se giró
rápidamente con su forma verdadera: una forma que muy pocos habían llegado a
ver. Su voz sonaba como un trueno.
-¿La verdad? Yo no sé lo que hay después
de que pasan por mis brazos, pero debe ser mucho mejor que lo que hay aquí,
pues todas, desde hace siglos, eligen marcharse con sus seres queridos y dejar
todo lo que se encuentra en este mundo material. No es la primera joven a quien
engatusas para que vaya a verme. Deseas que una de ellas cometa el mismo error
que tú tuviste cuando intentaste engañarme y conseguir una vida eterna con tu
esposo en este mundo. Las leyes de la vida y la muerte son muy claras y nadie,
¿me escuchas?, nadie puede jugar con ellas, ni siquiera yo puedo resucitar a
nadie, lo que hago son sólo fruto de sus recuerdos- volvió a la forma de señora
para marcharse del lugar, no sin antes recordar a la anciana su sambenito-. Tu
castigo es la vida eterna a partir de la edad en la que hubieras caído sin vida
y así la cumplirás hasta que encuentres otra persona que intente hacer lo que
tú hiciste.
-Me arrepiento de ello todas las noches.
-Y aún serán más las que debas
arrepentirte.
Antes de que pudiera siquiera replicar
algo más, la señora se alejó lo suficiente como para que los demás vecinos sí
que pudieran ver ya todos sus movimientos. No deseaba que creyeran que estaba
loca, por lo que optó por marcharse, sabiendo que no sería la última vez que se
volvieran a ver.