jueves, 30 de agosto de 2012

La señora de la torre


I

Cuentan que la joven lloraba como nunca nadie lo había visto hacer en aquel lugar. Los vecinos la dejaron a solas, con la única compañía del montículo de tierra que señalaba dónde se encontraba su joven amado. No importaba cómo había sido, quien lo había hecho, solamente importaba que ya estaba entre los muertos.
Las lágrimas caían por sus mejillas y nadie quería secárselas, hasta el aire, que hacía unos momentos soplaba moviendo las ramas más frágiles de los árboles, había parado, observando la hermosura de la muchacha.
Conocida aquella pareja por toda la aldea, muchos pensaron qué iba a ser de aquella muchacha, quien  no podría vivir sin el joven con el que había compartido su vida. Otros, los menos, por su parte, pensaron que sería una buena oportunidad para unirse a aquella hermosa joven.
Y algunos no tardaron en dejarse ver por los alrededores de la vivienda de la joven. Por más que se lo pedía, ninguno de ellos retrocedía y seguían con su cantinela de desearla lo mejor y cuidarla para que no faltara nada. Pero por más que pudieran darla todo lo que poseían, no podrían devolverla lo que ella más amaba.
-¿Por qué no hablas con la muerte? –dijo una mañana una vecina a quien pocos eran capaces de ponerla una edad.
Todos los habitantes aseguraban que uno de sus primeros recuerdos era la imagen de aquella mujer: una anciana que había ayudado a la mayoría de las mujeres a traer a este mundo a sus vástagos sanos y salvos. Todo aquello se complicaba cuando los recuerdos estaban en la mente de las personas más ancianas del lugar, lo que adjudicaba a la anciana una edad imposible para la imaginación de los habitantes. Por aquella razón, muchos evitaban acercarse a ella, asegurando que toda aquella inmortalidad se debía a artes oscuras que la anciana practicaba cada noche.
-No se puede hablar con la muerte –dijo la joven sentada en una piedra, junto a la puerta de su vivienda.
-Y nadie puede hacerlo, a menos que busquen bien.
Los dedos huesudos de la anciana señalaron un viejo torreón en el que habitaba una mujer, dueña de las tierras cercanas a la torre. La joven viuda conocía la existencia de aquella señora, pero jamás la había visto en persona. Sabía que un carruaje majestuoso llegaba todas las noches hasta el lugar y que la dueña de la torre montaba en él, ataviada con una capa con capucha para evitar ser reconocida. Se comentaba que todas las noches las pasaba en el castillo, cercano a aquella villa, donde la esperaba su amante: el rey. El soberano era quien mandaba aquel carruaje sin ningún distintivo cada noche. Poco después del alba, el carruaje volvía a aparecer para dejar a la señora a la puerta de su vetusta vivienda.
Se decía que había sido el propio rey quien la había regalado aquellas tierras que ahora trabajaban vecinos de la aldea, entre ellos su joven esposo fallecido.
En las horas de sol, nadie había visto a la señora de la torre, no salía de aquella edificación. Aseguraban las lenguas que dormía profundamente y los pocos que trabajaban en el mismo torreón, así lo ratificaban. Reían al contarse entre ellos que cansadas noches tenía que pasar la señora para no levantarse de la cama en todo el día.
-Si la señora me viera en su torreón, me castigaría. Y todos conocemos los castigos de los amos.
-No te hará nada. Solamente necesitas acercarte antes del anochecer, antes de que el carruaje aparezca.

II

Al día siguiente, la joven viuda salió de su casa, encaminándose hacia el torreón que siempre había visto allí, sobre la colina. Recordó que su abuelo había contado una noche que había sido su propio abuelo quien había levantado aquel gigante, junto con otros vecinos del pueblo.
A cada paso que daba, parecía que su cuerpo se hacía más y más pequeño y que la torre pareciera que caería de un momento a otro. Temblaba, no podía negarlo, pero debía seguir caminando. Intentaba que nadie del pueblo le viera y por aquella razón se escondía entre las casas o tras algún muro derrumbado, e incluso tras un árbol.
Llamó a la puerta del torreón y esperó a que alguien abriera. Un hombre ataviado con ropa de labriego, abrió la puerta y preguntó por la identidad de la muchacha y el por qué de su visita.
-Deseo hablar con la señora.
-A la señora no se la puede molestar –dijo el hombre secamente, cerrando la puerta, pero no llegó a hacerlo del todo. Una voz femenina que llegó desde el interior, le ordenó que no lo hiciera.
-Déjala pasar –dijo la señora.
El hombre, quien llevaba restos de hierba cortada en la ropa, se hizo a un lado tras abrir de nuevo la puerta. Señaló el pequeño pasillo que comenzaba allí, hacia una puerta abierta por la que salía un resplandor.
-Entra muchacha, no tengas miedo –volvió a decir la dueña de la torre.
La joven caminó insegura hacia aquella alcoba, donde descubrió a la señora sentada en una silla de madera. A su espalda, se hallaba una alta cama en la que parecía haber estado tumbaba justo antes de llegar la muchacha. A su lado había otra silla y rodeando todos aquellos muebles, unos candelabros que iluminaban la estancia y a la señora.
-Buenas tardes –dijo la joven bajando la mirada.
Era la primera vez que se encontraba ante aquella mujer y pudo observar que tenía una belleza que jamás hubiera imaginado. Todo su cuerpo acompañaba a la hermosura de su rostro. No podía imaginar la edad con la que contaba aquella mujer, pues sabía que era bastante mayor que ella, aunque parecía ser incluso más joven.
-Adelante, muchacha, siéntate y dime qué es lo que te trae por aquí –dijo con una sonrisa, señalando la silla libre-. Hace mucho que nadie viene a verme. Parece que les infunde temor el lugar en el que vivo. Eres la primera persona en años que se ha atrevido a llamar a la puerta. Por esa razón, he decidido dejarte pasar. Tienes valor.
-No sé qué es lo que hago aquí –dijo la chica en voz alta mirando las velas.
-Yo sí lo sé, pequeña. Acabas de perder a tu amado y piensas que no podrás vivir sin él. Son muchas las que piensan como tú y alguna ha sido capaz de quitarse la vida por ello, para no es tu caso. Aprecias tu vida, pero anhelas la compañía de tu joven esposo.
Se sorprendió al escuchar aquellas palabras que resumían todo lo que ella soñaba por las noches: volver a estar entre los brazos de su amado.
-También se que ha sido esa anciana quien te ha dicho que vinieras hasta aquí, pero yo no puedo hacer lo que ella piensa que puedo realizar. Solamente soy una señora que intenta vivir su vida lo mejor posible. Todo mi secreto no confesado es fruto de una vida que escandalizaría a cualquier vecino. No deseo que se conozcan mis salidas nocturnas.
-¿Y como sabe lo que pienso?
-Yo también enviudé a una templara edad. Sé lo que pasa por tu cabeza.

III

Abrió los ojos cuando escuchó un ruido en su casa. Aún era noche cerrada y no podía saber quién o qué había entrado en la vivienda. Algún animal podía haber entrado por cualquier ventana a medio cerrar.
Salió de la cama y cogió el bastón que su padre había utilizado hasta la muerte, decidida a utilizarlo contra quien se hubiera colado en aquel lugar. Entró en la cocina y allí, gracias a una pequeña ventana que mostraba un pequeño patio, pudo distinguir a un varón. Se lanzó hacia él para golpearlo con la madera con fuerza, pero el hombre fue más rápido y evitó el golpe. Atrapó sus manos y la echó contra una pared, colocándose a pocos palmos de su cuerpo.
-Tranquila, soy yo –dijo su amado soltándola, conocedor de que la ira de la joven había desaparecido.
Se lanzó esta vez a sus brazos, que la recogieron como tantas veces lo habían hecho hacía ya casi un año.
Tanto tiempo sin conocer varón se encontraba ella que ni siquiera le dejó encaminarse hacia la cama. Se amaron sobre el frío suelo de la cocina, pero pareció no importarles. Muchos meses de espera hacían que aquello fuera un milagro.

IV

Despertó en la cama, acompañada por una sonrisa, pero la borró de su cara cuando observó que estaba sola, que no había nadie junto a ella. ¿Aquello había sido un sueño? Había sido tan real, lo había sentido tan dentro de ella que no podía ser su imaginación. Jamás había soñado de aquella manera.
Su cara se desencajó cuando vio entrar en su habitación a la señora que habitaba en el torreón. Sin hacer caso de su cara llena de terror, la señora se sentó en la cama, junto a ella y miró hacia el suelo, como si estuviera arrepentida por algo.
-Eso era lo que deseabas ¿verdad? Volver a tener entre tus brazos a tu amado. Y lo has tenido.
-Pero usted me dijo...
-Sé lo que te dije, pero te mentí. No puedo ir diciendo por ahí quien soy realmente. Has estado más de un año sin hablar con nadie de nuestro encuentro en mi casa y eso se merece un premio como el que has tenido esta noche. Ahora, de ti depende que todas las noches sean como esta.
-¿Cómo decís?
Ante ella, pudo ver cómo la ropa que cubría a la señora cambiaba, formando una especie de niebla que fue desapareciendo poco a poco, para dejar paso a un hábito negro. La señora miró a la muchacha y sonrió. Se levantó de la cama y se colocó la capucha del hábito oscuro. Su hermoso rostro fue tapado por la sombra y su voz se hizo mucho más grave.
-¿Deseas continuar con esta vida o volver junto a tu amado esposo? –preguntó, alargando la mano hacia el rostro de la joven.
Al contacto con aquellas gélidas manos, la joven aldeana percibió todo lo que aquella señora estaba ofreciéndola. Pero después también mostró lo que llegaría a ocurrir si declinaba la oferta.
-Te ofrezco una vida entera y larga sin tu esposo o un momento como el que has tenido esta noche y una eternidad juntos, sin conocer lo que hay al otro lado. Tú decides.
Sin decir una palabra, la muerte supo que era lo que la joven deseaba. Acariciándola las mejillas de nuevo, dejó que la joven cerrara los ojos con una sonrisa marcada en la cara. Ya se encontraba junto a su amado. Un amor breve, pero verdadero.

V

Dejó el cuerpo sin vida de la chica en la cama y salió con su forma humana a la calle. No hacía falta que se escondiera, casi nadie podía verla si ella lo deseaba. Pero una voz la llamó. Casi nadie podía verla. Se giró para observar a la anciana que había mandado a la joven hasta el viejo torreón.
-Sabía que eras tú. ¿Qué haces aquí?
-Sólo esperaba a que vinieras a por ella. Ha decidido seguir viviendo ¿verdad?
La muerte negó con la cabeza.
-No lo entiendo –dijo la anciana.
-Yo sí. Al igual que la dueña del cuerpo que utilizo, esa muchacha quedó viuda muy joven y muy enamorada. Si no hubieses intervenido, seguramente se hubiera quitado la vida, como le pasó a este cuerpo –dijo señalando de arriba abajo su torso-. Deseaba encontrarse de nuevo con su esposo y eso es lo que ha hecho.
-Si no les hicieras creer que han yacido con su esposo momentos antes de aparecer tú, seguramente se quedarían en este lugar. Ya son muchas jóvenes las que han caído en tu trampa. Dejan su vida en tus manos sin conocer la verdad –gritó viendo que la muerte se daba la vuelta dando por finalizada su conversación.
Nadie les miraba, nadie prestaba atención. Si alguien miraba hacia la anciana, simplemente la vería estar de pie, mirando a la nada. No escucharían sus palabras, ni sus gritos. Ni siquiera verían a la anciana retroceder varios pasos cuando la muerte se giró rápidamente con su forma verdadera: una forma que muy pocos habían llegado a ver. Su voz sonaba como un trueno.
-¿La verdad? Yo no sé lo que hay después de que pasan por mis brazos, pero debe ser mucho mejor que lo que hay aquí, pues todas, desde hace siglos, eligen marcharse con sus seres queridos y dejar todo lo que se encuentra en este mundo material. No es la primera joven a quien engatusas para que vaya a verme. Deseas que una de ellas cometa el mismo error que tú tuviste cuando intentaste engañarme y conseguir una vida eterna con tu esposo en este mundo. Las leyes de la vida y la muerte son muy claras y nadie, ¿me escuchas?, nadie puede jugar con ellas, ni siquiera yo puedo resucitar a nadie, lo que hago son sólo fruto de sus recuerdos- volvió a la forma de señora para marcharse del lugar, no sin antes recordar a la anciana su sambenito-. Tu castigo es la vida eterna a partir de la edad en la que hubieras caído sin vida y así la cumplirás hasta que encuentres otra persona que intente hacer lo que tú hiciste.
-Me arrepiento de ello todas las noches.
-Y aún serán más las que debas arrepentirte.
Antes de que pudiera siquiera replicar algo más, la señora se alejó lo suficiente como para que los demás vecinos sí que pudieran ver ya todos sus movimientos. No deseaba que creyeran que estaba loca, por lo que optó por marcharse, sabiendo que no sería la última vez que se volvieran a ver.