Al alba me despertaron los
cánticos de un gallo que acababa de ver la primera luz del tempranero sol.
Recordé que me encontraba en un albergue, dentro de la ciudad de Mérida, y supe
que estaba acompañado por muchos más viajeros. No solo yo.
Dicen que todos los caminos van
a Roma, o a Santiago, si se dice dentro de nuestra península, pero aunque la
gran mayoría de aquellos que habían compartido la noche conmigo iban a ver al
apóstol que se encontraba en Galicia, yo no iba en aquella dirección. La ruta
de la plata era la que seguíamos, unos hacia el norte, yo hacia el sur.
Desayuné con ganas los huevos
fritos que me pusieron en un plato, acompañados por una tajada de chorizo.
Parecía como si no hubiera comido en varios días. Cuando limpié el plato,
arrebañando con un trozo de pan lo último que quedaba de los huevos, me vino a
la cabeza la idea de acercarme al lugar más emblemático de la ciudad. El plato
fue lo que me hizo pensar en ello.
Ya que me encontraba en aquella
ciudad, no podía consentir dejarla sin ver con mis propios ojos el teatro
romano, donde cada año se celebraban unos festivales dignos de épocas pasadas.
Eras en las que aquel lugar se trataba como un cine contemporáneo. Allí se
escapaban las mentes de los espectadores, olvidándose de los problemas que
tuvieran en sus vidas.
Caminé con rapidez hasta llegar
al monumento en cuestión, donde me dieron la bienvenida, una vez dentro, sus
altas columnas, ante las que los antiguos actores provocaban todo tipo de
sensaciones al público, que se encontraba sentado en las gradas que formaban un
arco. Me senté allí y contemplé la majestuosidad de aquel lugar, insuflándome
de todos aquellos siglos de espectáculos, de cultura, donde la palabra era lo
más importante. Actores y actrices se aprendían e incluso llegaban a modificar
los textos que después representaban a los ávidos espectadores, utilizando la
fuerza de su voz y sus movimientos sobre el escenario.
-Sí, por mucho que lo mires, no
le encontrarás.
-¿A quién? –pregunté al hombre
que acababa de sentarse a mi lado.
-Muchos actores aseguran que en
todos los teatros hay algún fantasma. Pero en este que ves aquí, yo no he visto
ninguno. Y he trabajado toda mi vida en él.
I
Escuchaba a la joven practicar
ante él, seguir el diálogo que a duras penas él podía continuar. Miraba hacia
el espejo que tenían junto a ellos, donde se reflejaba el cuerpo de la joven
que hablaba sin parar, en todo momento esperando no tener un fallo en lo que
decía.
Había conocido de su existencia
hacía solamente unas horas, pero aquel había sido tiempo suficiente como para
poder asegurar que se trataba del amor de su vida; ese que llevaba buscando
tanto tiempo.
Sabía que si no conseguía estar
junto a ella, sería el joven más desgraciado que hubieran pisado aquellas
tierras. Pero sabía que la joven se había convertido en una gran estrella del
teatro, conocida por todo el país. Conocida por toda aquella ciudad en la que
había nacido. Pensaba que jamás se fijaría en un joven como él, un joven con el
que había compartido su infancia, algo que recordaba ahora muy bien.
Sentado frente a ella pudo
volver a vivir aquellas las tardes en las que habían estado juntos, en las que
habían sido amigos.
Cuando eran pequeños, recordaba,
aquella niña que ahora estaba ante él hecha toda una mujer, se trataba de una
pequeña chillona y llorona. Siempre evitaba estar junto a ella y buscaba alguna
excusa para poder alejarse de su compañía. Le resultaba insoportable aquella
actitud de la niña. Algunos le decían que lo que realmente ocurría era que la
pequeña estaba enamorada de él.
-Bobadas –decía cuando contaba
ya con doce años-. No es más que una niña pesada.
Y así fue hasta que marchó de la
ciudad, obligada a abandonar todo lo que conocía y a todos los que conocía. La
muerte de su madre había sumido en un pozo oscuro al padre de familia, quien no
tuvo otro remedio que dejar todo atrás y marcharse. Alejarse de todo lo que
pudiera recordar a su querida esposa.
Aquella fue la última vez que
Alfonso vio a la pequeña Julia, con sus trenzas morenas cayéndole a ambos lados
de la cabeza, con su rostro lleno de arañazos de continuas peleas con los demás
niños y con dos dientes de leche que faltaban de su dentadura; algo que
producía una extraña sensación cuando la pequeña sonreía.
Cuando les vio marcharse, supo
que algún día se volverían a encontrar, que de nuevo aquella pesada chiquilla
volvería a molestarle como lo hacía tantas tardes.
Y no se había equivocado. Se
habían vuelto a encontrar, más de veinte años después, pero no como él suponía.
II
Fue la misma Julia quien se
acercó a Alfonso, que se encontraba a la puerta de la carpintería que llevaba
junto a su padre desde hacía un tiempo. El joven observó a la señorita de caros
vestidos que se aproximaba hasta su posición con una sonrisa en los labios y se
preguntó qué era lo que podía hacer a una persona tan feliz. No había nada en
aquellos momentos que a él le hiciera sonreír.
-¿Son ustedes quienes van a
realizar los escenarios de la obra? –quiso saber, preguntando al padre, tras
pasar junto al hijo, quien se había quedado en la puerta.
-Sí, nosotros mismos. No se
preocupen ustedes, pues todo estará servido para la actuación de dentro de
varios días. Esperemos que todo sea de su agrado, señorita.
-No lo dudo. Siempre habéis
trabajado bien –dijo con una sonrisa, que hizo al hombre reconocerla de
inmediato-. Nos volveremos a ver.
La joven actriz, que se había
encargado de visitar a vecinos que iban a trabajar para que la obra llegara a
buen puerto, salió de la carpintería después de despedirse de Alfonso, quien
rápidamente llegó hasta donde se encontraba su padre.
-Padre, ¿habéis visto que mujer
más hermosa? Solamente con su sola presencia sería capaz de llenar el teatro
más grande del mundo.
-Es hermosa, lo es así. Y parece
que todo le ha ido estupendamente. Doy gracias al cielo por ello.
-Pues claro que le va bien. ¿No
habéis visto el traje que llevaba? Solamente una parte de esa tela sería un
jornal nuestro. Habláis como si la conocierais.
-Y tanto que la conozco, hijo
mío. ¿Acaso no has visto a la pequeña Julia en esa mujer que acaba de salir de
aquí?
-¿Julia?
-Sí, la misma amiga que tenías
cuando eras pequeño.
Alfonso se giró como para
intentar retener en su mente la imagen de la joven que había llegado hasta la
carpintería. Su padre debía haberse equivocado. Julia, la niña pesada no podía
ser aquella joven. No había nada en aquella joven que le recordara a ella, a la
niña pequeña. No había trenzas, los arañazos habían desaparecido y su sonrisa
le había parecido perfecta.
A la noche, cuando hubo
terminado de ayudar a su padre en la carpintería, se acercó hasta el lugar
donde tendrían función dentro de unos
días. Deseaba comprobar con sus propios ojos que realmente aquella joven no era
más que una chica a la que nunca había conocido. No podía tratarse de la niña
que antaño le había malhumorado tantas tardes.
-¿Por qué tan tarde? –había
preguntado a su padre, pues el sol ya se había puesto y ellos continuaban en el
lugar de trabajo.
-Todo debe estar preparado para
la obra. Con eso te digo todo.
Cansado, llegó hasta el lugar y
allí lo recibió la misma joven que les había visitado aquella misma mañana;
quien su padre aseguraba que se trataba de la pequeña Julia. Ahora, ante ella,
pudo reconocerla por fin. Y fue en ese momento en el que su corazón dio un
vuelco. Quien había sido su amiga en la infancia, había desaparecido para dar
paso a la hermosa mujer que se hallaba ante él.
III
Le mostró ella misma el lugar en
el que debía actuar; aquel teatro que habían dejado los romanos en la ciudad
como fondo, acompañado por lo que él y su padre pudieran realizar como
decorado. Escuchó con total atención todas las explicaciones y prestó mucho
cuidado en parecer muy entusiasmado cuando ella le recitó lo que debía estudiar
y lanzar ante el público en la noche de la obra. Incluso le pidió que la
ayudara, dándola la réplica como pudiera, para que ella pudiera aprenderse
mejor el papel. Fue entonces cuando supo que debía conseguir el amor de aquella
joven.
-¿Eres la actriz protagonista?
-Sí, y tengo un compañero que
hace de mi gran amor.
LE hirvió la sangre cuando
escuchó aquello, imaginándose a la joven en brazos de otro hombre que no fuera
él. ¿Por qué se sentía así? Hacía solamente unas horas que la había vuelto a
ver y se sentía ya dueño de ella. Julia hablaba, pero él solamente llegaba a
ver sus labios moverse, su mente se había quedado atrapada en los sueños de
estar a su lado.
La conversación duró varias
horas. Julia pidió que le contara todo lo que había acontecido desde su marcha.
Deseó conocer lo que les había deparado la vida a todos aquellos que habían
convivido con ella en su infancia. Alfonso no quiso ni tampoco pudo negarse a
ello y explicó a la actriz los caminos que sus vecinos habían seguido a lo
largo de todos aquellos años de ausencia. A cambio, le pidió que ella contara
lo que para él debía ser una vida maravillosa en los escenarios de medio país.
Soñó despierto mientras
escuchaba la voz de la joven. Soñaba con que todas las mañanas se despertaba
con aquella voz a su lado. Pero el sueño terminó cuando tuvo que marcharse.
Se despidieron hasta l siguiente
día, regalándole ella un beso en la mejilla. Y seguía sintiéndolo en su piel
cuando llegó al taller. Había olvidado colocar unas tablas para que a la mañana
siguiente su padre pudiera cortarlas, por lo que decidió acercarse hasta el
lugar. Desde el exterior pudo distinguir que había una luz encendida dentro del
taller. ¿Se había dejado su padre, que había sido el último en marcharse,
alguna lámpara? Pensó que al final había sido buena idea el llegar hasta el
taller. Una lámpara de aceite podía haber resultado muy peligrosa en aquel
lugar: rodeada de combustible.
Cuando entró en el taller, supo
que había alguien más en el lugar. No podía explicar el porqué de aquella
sensación, pero sabía que no estaba solo. Pensó que podía tratarse de su padre,
pero paró su caminar cuando recordó que aquel hombre jamás se acercaba a la
carpintería por la noche; debía recorrer casi media ciudad y era algo que no le
agradaba en absoluto. Entonces, solamente podía tratarse de un ladrón. Tomó una
larga vara de madera y la aferró con fuerza, dispuesto a descargarla sobre
quien se encontrara en el lugar.
Pero no hizo ninguna falta
atacar a nadie. Cuando vio a la persona que había entrado en el taller, el palo
se resbaló de sus dedos. Sentado en una butaca que su padre había terminado
hacía unos días, se encontraba un apuesto joven que lo miraba, sonriéndole. Sus
vestimentas nada tenían que ver con las que llevaba Alfonso. Se trataba de un
joven de alta sociedad, un rico que parecía reírse de él.
-¿Quién sois? ¿Qué hacéis aquí?
¿Qué queréis?
-La cuestión es qué es lo que
quieres tú.
Alfonso intentó volver a tomar
su rústica arma del suelo, pero el joven negó con la cabeza una y otra vez.
-No va a hacerte falta ningún
arma contra mi persona, pues como ves, no he venido a robarte. Si así lo
hubiera querido, ¿estaría aquí esperando tranquilamente tu llegada?
Aquella pregunta dejó sin
argumentos al indefenso carpintero, pues aquel apuesto caballero estaba en lo
cierto. Podía haber huido con el botín que hubiera cogido, amparándose en la
noche. Pero no lo había hecho.
-Vuelvo a hacerte la pregunta,
Alfonso. ¿Qué es lo que quieres?
-Que se marche ahora mismo de
aquí o tendré que llamar a la guardia –dijo sin reaccionar ante las palabras
del hombre, que le habían llamado por su nombre.
-Tranquilo. Me iré si así lo
deseas, pero solamente yo puedo hacer que consigas el favor de la actriz –dijo
levantándose y dirigiendo sus pasos hacia la puerta, pasando junto al
carpintero-. Una muchacha preciosa, por cierto. Lástima que cuando era pequeña
no mostrara signos de la belleza que ahora ilumina los escenarios que pisa.
Alfonso lo cogió por el brazo,
mas tuvo que soltar aquel miembro cuando sintió un calor insoportable que le
quemaba la mano. Horrorizado por aquello, se agarró la muñeca de la dolorida
mano mirando hacia el extraño joven, quien sonreía como si aquello fuera lo más
gracioso que hubiera visto jamás.
-¿Cómo lo habéis hecho? –quiso
saber el carpintero.
-De la misma manera que puedo
hacer que tu mayor deseo se pueda hacer realidad.
IV
Cuando los gallos cantaron, un
grito se escuchó en aquella zona de la ciudad. Una joven, que prestaba su
cuerpo a cambio de un poco de dinero, salió del edificio en el que había pasado
la noche acompañada por un apuesto caballero. No llevaba más que una sábana
enrollada a su cuerpo desnudo, lo que provocó varias miradas de jóvenes varones
de la localidad.
-¡Está muerto! –gritaba una y
otra vez.
Y aquellas palabras y su
significado fueron lo que realmente pusieron en alerta a los vecinos del lugar,
quienes salieron de sus casas para acercarse hasta la joven meretriz que había
caído sin sentido sobre las piedras de la calle. Taparon su cuerpo inconsciente
con mantas y algunos entraron en el edificio del que la habían visto salir
presurosa. Allí dentro corroboraron las palabras de la joven prostituta: en una
cama, tumbado desnudo y con los ojos abiertos, se hallaba un joven sin vida.
Pocos le conocían y quienes sí, lo habían visto solamente llegar a la ciudad.
V
-Pero ¿qué es lo que has hecho?
–quiso saber Alfonso enfrentándose al extraño joven, quien le acababa de
visitar esa noche; de nuevo en la carpintería-. Esta mañana ha aparecido muerto
el compañero de …
Se quedó en blanco. Acababa de
darse cuenta de la idea que parecía estar urdiéndose en la cabeza de aquel
joven. Además, no deseaba nombrar a su amada delante de él. Pero fue el mismo
extraño quien pronunció su nombre.
-… Julia, pudiendo hacer tú el
papel y demostrarla así tu amor por ella. O lo que quieras.
-Tenerla eternamente entre mis
brazos.
-Concedido –dijo con una sonrisa
burlona.
-¿Eres el diablo?
-Por favor, ¿por qué siempre
tenéis que poner en una balanza todo lo que encontráis en vuestro camino? Bueno
o malo, blanco o negro. La vida es gris, muchacho. No existe el bien ni el mal,
solamente gente perdida que necesita mi ayuda, como tú.
Alfonso se sentó en el suelo y
lloró. Deseaba a Julia, con toda su alma, desde el momento en el que la había
reconocido. Pero no quería que aquello se convirtiera en una muerte tras otra.
-No se puede hacer una tortilla
sin romper los huevos, Alfonso –le tocó el hombro como si quisiera demostrarle
que acababa de leerle el pensamiento-. Apartando a ese actor, estarás en el
camino hacia los brazos de la chica que deseas.
-Pero no soy actor. Es más, ni
siquiera sé leer bien.
-¿Quién ha dicho que no? –se
carcajeó tocándole en la frente con un dedo que le dejó una sensación de calor
allí donde se había posado.
En su cabeza comenzaron a sonar
palabras, frases, movimientos que él jamás había realizado. Fuera como fuese,
el papel de aquel actor acababa de grabarse a fuego en su mente. Sabía que
jamás podría olvidarse de él.
-Listo. Ya te puedes presentar
ante tu amada y demostrarla lo que eres capaz de hacer por ella. Aprendiste el
papel en una sola noche. ¿No es eso lo que querías? Estar junto a ella
eternamente.
Alfonso se levantó y se encaminó
hacia la puerta de la carpintería, pero antes de salir, se giró para dejar
clara una cosa, o él eso pensaba. Por alguna razón, creía tener la fuerza suficiente
como para mandar sobre aquel joven extraño que se había presentado en la
carpintería.
-No quiero más muertes.
-Tranquilo. Vete sin cuidado.
Además, los decorados estarán listos a su hora. Conquista a tu amada.
VI
Todos, actores, director y
tramoyistas quedaron aturdidos por aquel milagro que acababan de presenciar.
Cuando todo estaba dispuesto para suspender la obra a falta del actor
principal, se encontraban con un joven que se había aprendido el papel en una
sola noche. Un milagro. No lo dudaron. Le pidieron que a la tarde siguiente se
encontrara allí para maquillarle y comenzar la obra.
La sonrisa de Julia y un beso
que buscó sus labios fue lo último que vio aquella noche cuando marchó del
teatro y lo primero con lo que se encontró al llegar al día siguiente por la
tarde, llevando en el carro de su padre todo el decorado terminado a altas
horas de la madrugada por las manos del diablo; justo a tiempo para la función.
Aunque pareciera mentira, no se
encontraba nervioso por la obra. Se la conocía a la perfección y así lo
demostró en los dos primeros actos, donde encandiló al público igual que lo
hubiera hecho el actor original. Los aplausos se sucedían y comentarios se
hacían hacia el buen hacer del nuevo actor.
Y entonces llegó el tercer acto.
El final, el único momento en el que los dos grandes protagonistas de aquella
obra se encontraban. Se buscaban durante toda la trama y justo en el momento de
su reencuentro, la joven Jacinta debía morir en los brazos de su amado, a quien
hacía años que no veía.
Julia cayó en brazos de Alfonso,
tal y como decía el papel interpretado y acto seguido, el telón bajó. Al poco,
un atronador aplauso inundó las filas de los asistentes a aquel majestuoso
teatro.
-Ya puedes abrir los ojos, Julia
–dijo el carpintero a su amiga.
Durante unos segundos, solamente
escuchó los aplausos, nada más. Le fue imposible escuchar la voz de la persona
que se encontraba ante él.
-Te he dicho que no los va a
abrir –repitió el diablo agachándose junto a Alfonso.
-¿Cómo? –gritó horrorizado el
joven.
-¿No deseabas tenerla en tus
brazos para siempre? Aquí lo tienes. Eternamente cogida en tus brazos. Muriendo
ante los ojos de todo el público que se ha reunido para ver una gran obra: mi
obra. Esta imagen quedará inmortalizada –abrió las manos como para mostrar
algo-. Imagínate, en todos los noticiarios: “actriz muere en el tercer acto en brazos de una joven promesa de la
escena” ¿No era eso lo que más deseabas? ¿Estar siempre junto a ella? Ahora
todo el mundo recordará que una joven murió en el mismo momento en el que lo
pedía su papel; una joven que acabó muriendo en brazos de su gran amor. Durante
años se recordará este final. En la mente de las personas quedará y éstas se lo
contarán a sus hijos. Y así, tu memoria perdurará para la eternidad. Hasta el
fin de los días estarás abrazado a ella; en la memoria de los demás.
* * *
-Aquella noche ardió la
carpintería por los cuatro costados. En su interior, una vez las llamas se
hubieron extinguido, encontraron el cuerpo calcinado del joven Alfonso.
-Pero ¿por qué acabó con la vida
de Julia, pudiendo terminar con el propio Alfonso?
-¿Una joven alma inocente que no
tenía pecado alguno? El diablo se frotó las manos cuando supo que iba a tener
la oportunidad de arrancar un alma como aquella. Solamente tuvo que engatusar a
un joven que había encontrado a su amor en una amiga de la infancia, a la cual
ya había olvidado. Un verdadero tesoro para el señor de los infiernos.
Sonrió y bebió de la botella de
agua que tenía en la mano. Negó con la cabeza sin borrar aquella muestra de su
rostro.
-Ya te he dicho que aquí no hay
fantasmas. La única alma en pena que podía haber estado encerrada en este
lugar, fue robada por el mismo diablo.