sábado, 12 de junio de 2010

Batallas a sangre y fuego

Cayó al suelo recubierto de sangre. No era suya, pero pertenecía a muchos de sus compañeros. Inertes cuerpos se encontraban esparcidos por la tierra que le rodeaba. Habían sucumbido a las ráfagas de balas que venían desde el otro lado, donde el bando enemigo se hacía cada vez más fuerte. Las trincheras habían sido sus únicas defensas, pero ahora ya nada podía alojarse en ellas. La muerte se había hecho fuerte en aquellos pasillos realizados por el hombre y quien quisiera vivir, debía abandonarlas de inmediato. Se levantó y escupió la sangre que le había entrado en la boca, provocando arcadas que continuaron hasta hacerle arrodillarse y vomitar poco después sobre el cuerpo acribillado de un compañero. Contempló lleno de terror el rostro de aquel muchacho, el mismo que había estado junto a él desde el comienzo de aquel infierno de balas y sangre. Su única misión era la de protegerlo, llevaba el mensaje que debía atravesar las líneas enemigas, pero había fracasado. El muchacho había sido uno de los primeros en caer en aquella emboscada.
Sacando fuerzas de flaqueza, se levantó y tomó en sus manos un arma que se encontraba cerca de su posición. Disparó hasta tres veces antes de sentir cómo una bala le perforaba la pierna y otra se hundía en su costado. Con los brazos abiertos cayó al suelo de nuevo y cerró los ojos esperando la muerte. Pero la bella mujer de negro no hizo su aparición. Antes de cerrar los ojos, pudo ver a un soldado que tiraba de él alejándole de las posiciones más peligrosas.

* * *

-Parece que la bala haya salido –dijo una sonrisa delante del herido-. Has tenido suerte de que el soldado se encontrara cerca de tu posición. De no ser así, estarías ahora mismo muerto.
-No puedo dejar a mis compañeros –dijo intentando levantarse.
Dos punzadas de dolor volvieron al herido la tranquilidad que había tenido hasta hacía pocos minutos. La enfermera lo miraba con lágrimas en los ojos. No era raro que llorara, hasta él lloraría cuando recordara a todos los caídos. Miró alrededor y comprobó que se encontraba en una gran tienda de campaña, donde seguramente estuvieran todos los heridos. Por desgracia solamente era él el único herido.
-Los demás acabaron sus días en el campo de batalla –dijo la enfermera sentándose a su lado-. No puedes moverte. Aunque haya salido la bala de tu costado, no estás en condiciones de hacer esfuerzos.
Parecía que aquella mujer le había leído el pensamiento, el cual era levantarse y personarse ante el responsable de la división y unirse al grupo.
-Tranquilo, voy a estar contigo toda la noche. No dejaré que nada te ocurra.
-¿Qué puede pasarme? –quiso saber el soldado conociendo la gravedad de su herida.
-Nada que no pueda solucionar un buen descanso.
-No quiero dormir –advirtió el hombre, sabiendo que podrían ponerle un calmante para tranquilizarlo aquella noche-. Necesito salir de aquí.
-¿Y faltar a su promesa de volver? –preguntó la enfermera, algo que paralizó por completo al soldado.
¿Cómo sabía aquella mujer que había prometido a su esposa volver sano y salvo? Seguramente todos lo prometerían cuando eran llamados a filas para la Gran Guerra, pero él era el único que ahora podía realizar lo prometido.
-¿Por qué dices eso?

I

Dentro de poco, dos semanas máximo, iban a contraer primeras nupcias, siendo testigos los vecinos de aquella aldea que había visto nacer a los dos hacía ya dieciséis años. El joven tenía grandes proyectos para la aldea, erigiéndose como auténtico líder entre los habitantes del lugar. Ella, soñadora, pero responsable de todos sus actos, deseaba que llegara aquella mañana en la que iban a desposarse. La felicidad que invadía los corazones de todos aquellos hombres que labraban las tierras y cuidaban ganado fue truncada cuando una mañana un caballo montado por un joven apareció en el lugar.
-Por orden de nuestro señor. Se ordena que todo aldeano y villano capaz de empuñar un arma sea personado en la gran villa para ser parte del glorioso ejército que nos salvará del invasor. Todo aquel que intente desobedecer esta orden, será castigado con dureza, al igual que los que le apoyen o animen a ello.
Las palabras seguían por parte de aquel joven, pero solamente las más importantes fueron las que quedaron en los oídos de los presentes cuando leía aquel bando.

II

-Debo marchar junto a los demás hacia la gran villa. No tengo otra opción –dijo el muchacho abrazando a su joven prometida que había estado a punto de caer la tierra, víctima de un mareo producido por el dolor que estaba a punto de ocasionarles aquella guerra.
-¿Por qué algo que está tan lejos de nosotros acaba con nuestra vida? Escóndete, no vayas al encuentro de la muerte. Te lo ruego.
-Si me quedo, todos a los que quiero acabarán sus días junto conmigo. No deseo que te ocurra nada.
-Prométeme que volverás –dijo ella viendo a su padre caminar hacia el grupo, pero sin dejar de abrazar a su amado.
-Lo prometo –dijo besándola, deseando que aquel beso durara eternamente.
Pero no tuvo una duración digna de mención. Un soldado le increpó e incluso le empujó para que soltara a la joven, algo que enfureció al padre de ésta, quien se abalanzó sobre el soldado. Lo que podía haber sido el comienzo de una rebelión contra las tropas de su señor, acabó cuando el propio enamorado apartó a su futuro suegro del soldado que se encontraba en el suelo y se lo llevó hacia el grupo de hombres que días después serían convertidos en soldados.
La joven quedó junto a las demás mujeres del pueblo viendo cómo los dos únicos hombres de su vida marchaban hacia la batalla sin conocer su destino.
Los dos sabían que aquel juramento que había realizado iba a ser muy difícil de cumplir, pero de todas maneras, tuvo que dar su palabra. Ella no le hubiera dejado marchar si aquello no hubiese sucedido. Conocedor de lo que ocurría por la cabeza del chico, el padre de la muchacha lo rodeó con un brazo e insufló en él ánimos para que no decayera.
Los soldados dejaban atrás sus tierras aquella tarde de invierno. Algunos miraban por última vez las casas que les habían visto crecer, otros ni siquiera echaban la vista atrás, como si aquel pueblo fuera Sodoma y Gomorra; como si al mirar a sus espaldas se fueran a convertir en estatuas de sal. Puede que los que se giraban para observarlo cada vez más lejos esperaran convertirse en aquellas estatuas, para poder quedarse en su lugar de nacimiento, no caminar hacia un campo de batalla que nadie conocía. En una cosa estaban todos de acuerdo, en el frío que les iba entrando a través de sus ropas. Los dientes tocaban una y otra vez con sus iguales de la mandíbula contraria. Pero aquella reacción también era provocada por el miedo que les estaba infundiendo la cercanía de una carnicería donde ellos serían los animales. Una carnicería que olían ya, más cerca, a cada paso que daban. Una carnicería en la que perderían la vida muchos de ellos.

III

Los días en el campamento iban pasando penosamente y el frío se encargaba de ir carcomiendo las pocas fuerzas en los más jóvenes del ejército. Los más veteranos parecían estar bastante más acostumbrados a aquellas temperaturas gélidas. Pero tuviesen frío o no, debían acudir hasta los pinares cercanos para aprovisionarse de madera y mantener encendidas las hogueras que les ayudaban a aplacar aquella penuria.
Aquella noche les tocaba ir en busca de las provisiones para el hogar a quien debería estar ya casado y a quien debía haber sido su suegro, mas el hombre no podía dar un paso. Llevaba unos días con altas fiebres y todos temían lo peor. Decidió ir solo, dejando al padre de su amada en el campamento. El solo podría traer la suficiente leña como para mantener viva la esperanza de las llamas.
Cruzó el campamento solo, con la única compañía del recuerdo de su amada, a quien deseaba ver lo más pronto como fuera posible. Seguramente ella estaría pensando también en él o eso deseaba con todas sus fuerzas, las pocas que le iban quedando, al igual que a todo su grupo. Pero no se confundía al creer que ella pensaba en todo momento en su amado. Tras su marcha, muchos la vieron salir hacia las afueras del pueblo, buscando en el horizonte las siluetas que recortaran la luz del sol. Esperaba que todos aquellos que la guerra se había llevado de aquel pueblo, volvieran por el mismo camino por el que habían marchado. Aunque los días pasaran, los dos sentían que su reencuentro se produciría más pronto que tarde.
Recogió la leña que todos sus compañeros anhelaban mientras se acurrucaban unos a otros para mitigar el frío y miró lo que le rodeaba: el pinar se encontraba en absoluto silencio. Ningún ave nocturna, ni siquiera los lobos que solían aullar a la luna, emitían sonido alguno. Muchos de su lugar natal le dirían que aquello era un mal augurio. El no era amigo de aquellas fantasías de los aldeanos, pero en aquel momento supo que toda aquella gente tenía razón. Ante él aparecieron dos soldados del ejército enemigo, cortándole el paso. Tan rápido como le dejaron sus gélidos dedos, desenvainó la espada que llevaba en su costado y la descargó con fuerza sobre uno de ellos. Acabó con su vida e intentó también segar la del otro soldado, más fue éste quien cortó sus ilusiones. La fría hoja atravesó su corazón arrodillándose en la nieve. Sin fuerzas, solamente con el anhelo de poder volver a su amada, se incorporó y se apoyó en su propia espada. El soldado, creyendo estar viendo un demonio que se alzaba ante él, con la espada clavada en el pecho, huyó del lugar, dejando al joven soldado en el regazo de la muerte.

IV

Aunque la muerte estaba ansiosa por cobrarse aquella joven pieza, tuvo compasión del muchacho y le dejó unos momentos con sus recuerdos. Sabía que nadie iba a encontrarle a tiempo y que el frío suelo sería su tumba.
La dama de negro se sentó en una piedra cercana y contempló con serenidad cómo los ojos del soldado iban llenándose de lágrimas que al correr por sus mejillas se convertían en diamantes de hielo. Pudo ver en aquellos ojos la imagen de una joven que parecía esperar en mitad de un camino. Una muchacha que jamás se encontraría en los brazos de aquel soldado que había llegado hasta aquel lugar obligado por un señor que jamás pisaría un campo de batalla. La joven parecía moverse inquieta, como si supiera que algo malo estaba pasándole a su amado.
No pudo resistirlo más. La propia Muerte se levantó de la piedra y se acercó hasta el soldado para quitarle el poco aliento que le quedaba, posándole solamente la mano en la frente. No estaba dispuesta a que aquellas criaturas sufrieran más de lo debido por su maldita hermana la Vida.

V

Los truenos sonaron en toda la aldea y los relámpagos iluminaron la noche. No pudo saber qué era lo que la había despertado, pero el sudor que la recorría por el cuerpo la hizo saber que no solamente había sido la tormenta lo que la había desvelado. La habitación se iluminaba cada vez que un destello cubría el cielo, pero no tenía miedo a la tormenta.
Se levantó sedienta de la cama y caminó hacia la pila, donde su madre había dejado una jarra llena de agua. Bebido con fruición aquella agua sacada del pozo que tenían en el corral de la casa. Y se sintió renacer. No podía explicar el por qué, pero estaba segura de que todo iba a salir bien aquel día. Puede que por esa razón corriera por el largo pasillo hasta llegar al corral, donde las gotas de agua mojaron su cuerpo, sin que ella lo impidiera con nada. Contemplaba las nubes y se preguntaba si su amado estaría viendo el mismo cielo que ella ahora mismo. Nada más realizarse aquella pregunta, contempló cómo un haz de luz se dirigía directamente hacia el pozo abierto. Nunca lo dejaban abierto, pero por suerte o por desgracia, aquella noche la tapa se encontraba a un lado. La tapa de madera descansaba apoyada en la pared que se levantaba pocos centímetros del agujero. Era como tantas veces había soñado, un haz de luz penetrando en el pozo para ocurrir algo mágico.
Casi corriendo bajo la lluvia, llegó hasta el pozo y se arrodilló para contemplar el agua estancada que se encontraba dentro del mismo. El círculo de agua se movía por la acción de las gotas al caer sobre él, pero ella podía distinguir una imagen allá al fondo. No la veía nítidamente, pero sabía que era el reflejo de la luna con alguna de aquellas formas que tenía al pasar entre las nubes. Poco a poco, mientras las gotas dejaban de caer al interponer su cuerpo, el círculo fue parándose en su movimiento. Cuando estuvo parcialmente calmado, ella pudo ver la imagen con claridad. Horrorizada vio a su amado muerto, apoyado en su espada, pero sin vida después de haber sufrido un ataque. Una lágrima comenzó a recorrer su mejilla, pero no llegó a mojar la tierra ni a volver a remover el fondo del pozo, ahora iluminado con una extraña luz. Se quedó en su mejilla para no caer sobre ninguna superficie.

VI

A la mañana siguiente apareció como una estatua de hielo, arrodillada frente al pozo, con su mano izquierda introducida en el mismo, como si quisiera coger algo que se hubiera caído dentro. Su cara no tenía ningún síntoma de haber muerto por congelación. Parecía como si la escarcha que se había formado alrededor de su cuerpo sólo hubiera sido un manto que la intentara cubrir. Un pequeño cristal brillante incrustado en la mejilla la acompañó hasta que fue enterrada. Nadie pudo quitar aquella lágrima helada que debió haber comenzado a caer antes de morir.
Aquella batalla no fue ganada por ellos, si es que existe alguna batalla que se gana. El ejército enemigo llegó hasta el pueblo y arrasó todo, quemando, matando y dejando sin vida cada rincón del mismo. Pero existen las historias de aquellos guerreros, que mientras quemaban las casas, dicen que vieron la imagen de un joven guerrero que se acercaba a ellos para matarlos, con su espada en alto. Como si ellos fueran los fantasmas, les pasó por delante bajando el arma con fuerza, pero pasándoles sin rozarlos. Asombrados, dicen que se volvieron hacia el pueblo y escucharon una voz que llegaba desde las casas que iban quedándose transformadas en cenizas. Aquella voz dulce llamaba a alguien por su nombre y supieron de quién se trataba cuando el extraño aparecido se volvió hacia ellos y apuntándoles con la punta de la espada mostró su rostro empapado en sudor mientras decía que volvería a verlos. Corriendo se daba la vuelta y volvía al pueblo en llamas gritando el nombre de la chica que había muerto hacía unos días.
Asustados, pero a la vez sonrientes por no tener que vérselas con las fuerzas del más allá, vieron cómo el pueblo se iba reduciendo a una sola llama. La hierba que crecía en los alrededores moría y el hollín que se desprendía de la combustión comenzaba a llenar todo. Decidieron volver al ejército que los estaba esperando para arrasar otro pueblo, pero solamente aquellos tres que vieron al guerrero salieron vivos de allí, de la crecida del río, que se llevó a todos sus compañeros durante el asalto a la siguiente aldea. Pero de nuevo dijeron que habían visto a aquel joven, esta vez acompañado por una chica. Les llamó y fue aquel tiempo, el tiempo que perdieron mirándolo, el justo para que la repentina crecida no los cogiera en medio del pueblo como a la totalidad del ejército que había penetrado ya entre las casas.

* * *

-¿Cómo eran? - preguntó a la chica cuando comenzó la tormenta a sentirse cerca.
-No lo sé, ¿cómo quieres que lo sepa? -respondió sonriendo a la vez que él soplaba aliviado al escuchar aquellas palabras-. Nadie se acuerda de sus nombres. ¿Por qué lo preguntas?
-Porque fue alcanzado por una bala cuando le llamé yo- dijo un joven con armadura antigua, que entrando a la tienda se acercó a la chica para abrazarla.

Nunca recordamos que los espectros también pueden ser como los hombres, que cuando sonríen no es porque sean sinceros, puede ser solamente una manera de darte a conocer aquello que ellos saben y creen que deberías saberlo. Lo que para sus ojos debe ser obvio.

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