miércoles, 6 de octubre de 2010

La última canción

Puse los pies en aquel pueblo pasada la medianoche y lo único que encontré abierto fueron las puertas de la iglesia. Sin mirar a ningún otro lado, entré en el lugar sagrado y saludé al eco, quien fue el único en responderme. Nadie salió a darme la bienvenida y siendo el único lugar al que deseaba ir para poder descansar, me senté en uno de los bancos, cercanos al altar, lejos de la puerta para evitar las corrientes que se formaban por la diferencia de temperatura. La noche de Navidad se encontraba ya cerca y el frío se apoderaba de la noche para evitar que alguien caminara sin rumbo por las calles. Parecía ser mejor que los antiguos serenos que velaban por la tranquilidad de los habitantes.
Comencé a relajarme y a sentir el peso del cansancio en mi cuerpo, sobre todo en mis ojos, que fueron cerrándose poco a poco mientras mi respiración se hacía cada vez más profunda. El sueño estaba entrando en mi ser, pero salió corriendo cuando me desveló una voz que pude escuchar a mi lado.
Un hombre de avanzada edad se encontraba sentado junto a mí en el banco y miraba hacia el crucificado que se hallaba frente a nosotros, observándonos desde las alturas en su suplicio final. Ni siquiera giró la cabeza para poder tenerme delante suyo. Habló sin quitar la vista de su Señor.
-En estas fechas es cuando uno más se acuerda de los que no están y se encuentran junto a Nuestro Señor Jesucristo.
-No soy muy creyente señor –dije avergonzándome. Me acababa de dar cuenta de que siempre buscaba cobijo bajo el tejado de una cruz grandísima, de una iglesia, sin creer en lo que su líder deseaba inculcarnos.
-No pasa nada, muchacho. Cada uno debe creer en lo que piensa, no en lo que le dictan. Me parece perfecto.
Se levantó y me miró por primera vez y me sonrió, algo que pareció darme el calor que me estaba faltando al estar sentado en aquellos bancos de madera. Hizo un gesto con la cabeza como para que le siguiera y acto seguido, sin esperar a mi respuesta, comenzó a caminar hacia el altar sacando unas llaves que llevaba en el bolsillo del pantalón de pana. Abrió una pequeña puerta y esperó a que pasara por delante suyo para introducirme en el pequeño cuarto que acababa de aparecer ante mis ojos.
Era una pequeña habitación con una silla y un armario, algo pobre para compararlo con la ostentación que mostraban las grandes catedrales. Aquella iglesia y quien parecía su morador no se encontraba con las mismas riquezas de sus superiores, eran aquellos hombres a los que yo podía creer, a los cercanos a la gente del pueblo. ¿Quién puede creer a alguien que no sabe cómo habla la gente que alguna vez le escucha?
Junto a ese armario, un mueble viejo al que habían colocado patas de acero, seguramente por la carcoma, se encontraba otra puerta, esta camuflada por la blancura con la que alguna vez la habían pintado. Lo más seguro es que pintaran la recta pared a la vez que la puerta sin dibujo ni marcas, lo que las hacía parecer la misma cosa.
Esta vez fue él quien entró primero en la nueva estancia, de la cual salió una bocanada de calor que agradó a mi cara por ser la primera en recibirla. Me hizo entrar una vez estuvo el dentro y me indicó que me sentara en un pequeño sofá que se hallaba junto a una chimenea.
-Vivo aquí desde hace años y no suelo tener muchas visitas. Me gusta rodearme de gente que necesita ayuda, así me siento útil. Si la gente no necesitara mi ayuda, no tendría un motivo por el que continuar viviendo en este lugar. Adelante, quítese las botas, tiene que tener los pies helados.
Me dijo aquello cerrando la puerta para evitar que el calor escapara de aquella pequeña y cálida habitación. Era de mayores dimensiones que la anterior, pero estaba llena de muebles, por esa razón, parecía mucho más pequeña. El espacio libre era mucho menor que en la otra. Unas librerías llenas de libros se encontraban delante de las paredes y junto a una de ellas, una pequeña cama en la que seguramente durmiera aquel hombre. La chimenea se encontraba peligrosamente cerca de las librerías llenas de combustible celuloso, algo que no parecía preocupar al dueño de aquel lugar.
Cerró la puerta con llave y se sentó en el otro sofá, colocándose a mi derecha.
-Aunque viva en un lugar sagrado, no estoy libre de asaltos ni ataques.
-El mundo se ha vuelto loco y nosotros no podemos hacer nada.

I

-No he estado aquí solo siempre ¿sabe? –interrumpió el silencio cuando yo comenzaba a quedarme dormido.
-¿Cómo?
-Hace tiempo tuve bajo mi protección a mi sobrina. Si no se ha dado cuenta, la casa que se encuentra junto a esta iglesia era antes de mi propiedad. Bueno, era una casa que yo habitaba por hacerme cargo de esta iglesia, pero ya sabe que el dinero es el enemigo de todos. Me echaron de allí para que el obispo se pudiera comprar un buen coche y tuve que arreglármelas con este cuarto y gracias al párroco, quien me dejó quedarme en él.
-El poder…
-Pero estamos en la casa del señor, no puedo hablar mal de uno de sus hombres –dijo con una sonrisa en la cara-. Cuando vivía en aquella casa, mi sobrina estaba junto a mí. Y se sentaba en el mismo sofá en el que usted está ahora sentado.
Suspiró mirando una foto que se encontraba en la parte superior de la chimenea con nostalgia, como si le faltara algo, puede que la compañía de alguien. Gracias al resplandor de las llamas, pude vislumbrar la figura de la fotografía: una joven de unos ¿quince, diecisiete años? No podía definir la edad que tendría aquella muchacha cuando la sacaron aquella fotografía. Seguramente fuera una joven hermosa, así parecían querérmelo decir las llamas que me ayudaban a ver mejor la fotografía.
-Se llamaba Julia y era la hija de mi hermana, aunque más de una vez, ella me llamó padre –dijo con voz ronca y aunque no lo miraba, pues yo tenía los ojos clavados en las bamboleantes llamas que se hallaban en la chimenea, sabía que estaba llorando-. Cuando la hicieron esa fotografía, tenía catorce años, pero aunque murió tres años más tarde, seguía teniendo la misma cara de ángel. Perdí a una hija, no a una sobrina. ¿Hay algo peor que perder a un ser querido?
-No, no lo creo –respondí con conocimiento de causa.
-¿Sabe lo que se siente?
-Perdí a mi hermana en un accidente de tráfico. Yo conducía el coche en el que tuvimos un accidente.
Un silencio guardado por aquel hombre vino a decirme que sentía mucho lo que me había ocurrido. Otro suspiro, otra esta vez mirando a la lumbre, abrió la veda para comenzar a hablar y él se llevó la primera pieza mientras yo me acurrucaba en el sofá. Había intentado mirarle fijamente a los ojos, pero opté por posarlos en la oscuridad iluminada por las llamas que se elevaban y agachaban, como si fueran al compás de una música interpretada por el tiro de la chimenea.
-Era la niña de mis ojos y la voz de los feligreses. A alguno de ellos escuché llamarla la hija de los ángeles. Lo decían por su voz. Mi hermana fue una buena madre, pero nunca llegó a ser un ángel y creo que los que estamos en esta tierra jamás llegaremos a serlo. Usted seguramente haya cometido algún pecado, fútil, pero pecado al fin y al cabo. Lo mismo debo decir de mi persona.
Aquello me dejó en silencio. Por primera vez en mi vida escuchaba a un hombre de Dios admitir que había pecado. Aquella sinceridad me hizo apiadarme de él y escucharle con detenimiento. Puede que fuera lo único que deseaba.
-Desde que era pequeña, me acompañaba en las misas diarias y poco a poco fue conociendo las canciones que acompañan a la liturgia. Al principio se encontraba cerca de mi persona, cerca del altar, donde podía verla en todo momento. Era una jovencita, sabía que en cualquier momento podía perderla de vista y armarla por ahí – dijo con una sonrisa en los labios-. Seguro que usted mismo ha sido alguna vez así.
“Pero el día que comenzó a cantar junto a los feligreses, éstos silenciaron sus gritos para poder escuchar la voz de mi sobrina.
-Debía tener una voz muy bonita.
-Preciosa, como ella.

II

“Llegaban los domingos y ella siempre acudía a la llamada de las campanas. Se había convertido en la imagen de esta parroquia, pero a la vez, se había hecho ya una mujercita con sus problemas de juventud. Yo no lo quise ver y ese fue mi principal error. Cuando ella salía de clase, solamente esperaba que me ayudara en la parroquia. Si desde que era pequeña había estado a mi lado realizando aquellos quehaceres, no podía pensar que llegara a hacer otras cosas fuera de aquella pauta.
“¿Sabe que durante muchas fiestas le pedían que cantara algo? Aunque se hiciera esperar más de una vez, siempre acababa alzando la voz entre la multitud, que callaba enseguida para poder escucharla.
“Pero para desgracia, llegó el día del entierro. La encargada de tocar el órgano, una joven como ella con aptitudes para la música, tocó un réquiem que ellas dos habían compuesto para aquellas situaciones. Ella, atrevida como era, comenzó a cantar una canción triste, despidiéndose del difunto, diciéndole que hacia donde se dirigía, era un lugar maravilloso y que siempre estaría entre nosotros. Como le digo, aquella canción fue invención de las dos jóvenes y podía haber asegurado que le había salido del alma.
“Todos la miramos maravillados por aquella letra que nos había rodeado y abrazado con ternura, pero solamente a uno de los que nos encontrábamos allí, aquellas palabras le hicieron daño. El hijo del difunto, un joven bien parecido se levantó e increpó a mi sobrina, quien se retiró hacia la sacristía abatida. Ella lo había hecho con todo el cariño y el respeto del mundo y así se lo hizo saber la viuda a su hijo.
-¿Conocía a aquel chico? – quise saber.
-Su padre había nacido aquí, aunque el chico vivía en la ciudad. Puede que se pudieran contar con las manos las veces que había pisado este pueblo antes de aquel entierro.
“Pero parece que las palabras de su madre lo hicieron recapacitar y al día siguiente apareció en la iglesia con la intención de pedir disculpas a la joven que había cantado. No pudo hacer nada al respecto, ni siquiera supo qué decir cuando vio a mi sobrina, ya liberado de las garras de la ira que le habían atrapado el día anterior.
“Y volviendo a su pregunta… Sí. Claro que conocía a aquel muchacho, aunque ellos no se hubieran visto desde que los dos contaban con tres años, pero no recordaban aquellos años. Si se hubieran acordado de su infancia, nada de lo que pasó hubiera sucedido. Sabiéndolo, no se hubieran torcido tanto las cosas.
“En cierto modo, tuve la culpa. No tuve el valor suficiente como para presentarles como era debido: como hermanos
“Sus padres se separaron cuando él cumplió los tres años y cada uno se quedó con un hijo. Mi hermana con la niña y su marido con el niño. Me pareció tan gracioso que los dos se quedaran mirándose en aquel momento que no pensé en los problemas que aquello iba a ocasionar, puede que nadie se los figurara. En esos momentos me di cuenta de que unos mellizos habían perdido sus facciones que les hacían parecerse. Puede que fueran los años, la vida separada y hasta los diferentes lugares en los que habían crecido.
“Pensé que era como el encuentro de un padre con el hijo que había marchado hacía años, pero iluso de mí, no fue así. Se enamoraron el uno del otro. Nadie se dio cuenta hasta que ya fue demasiado tarde, una vez que ya no se podía hacer nada para cambiar las cosas. Se amaban, se querían tener el uno al otro. Eran jóvenes, los dos tenían diecisiete años. Yo mismo estuve presente durante el bautizo de los dos, que se celebró aquí, en esta iglesia. Yo fui el padrino de Leticia y puede que por aquella razón la tuviera mucho más cariño. Era mi pequeña princesa y aunque ahora mismo estuviese viva, seguiría siendo mi princesita.

III

Tras unos instantes en los que de nuevo se quedó allí sentado, quieto, sin mover un músculo, sonrió amargamente y continuó el monólogo que había comenzado y que intentaba no romperle con mis interrupciones, que eran muy pocas.
-Aquella tarde de verano, tres meses después de que ocurriera el incidente del entierro, se me quedó grabada en la memoria como un escultor hace la estatua, a golpe de martillo y no hay forma de acabar con ella, solamente el tiempo puede. Vino a verme con una sonrisa en la cara, vestida con un pantalón corto y una camiseta que yo le había regalado. Su melena corta mojada intentaba tocar sus hombros, pero la peluquera se lo había impedido. Se notaba que venía de la piscina, puesto que el biquini húmedo se le transparentaba por la blanca camiseta. Aún así, viendo que tenía ya cuerpo de mujer, todavía seguía siendo mi princesita.
“Yo me encontraba en este mismo sillón y ella se sentó en justo donde está ahora mismo usted. Me miró con sus ojos iguales que los de su madre y me sonrió. Fíjese de cómo sería aquella sonrisa que me quedé prendado nada más ver sus labios entreabrirse y dejar ver un poco los blancos dientes. Es a usted a la primera persona que se lo digo, pero créame si le digo que en aquellos momentos estuve enamorado de mi propia sobrina -no hice ningún comentario a pesar de que el hombre me dejó lugar para añadir algo-. Créaselo joven, porque así fue. ¿Se imagina a una chica de diecisiete años que ha cuidado durante toda su vida y de repente aparece ella con un cuerpo perfecto de mujer y sentándose frente a usted le muestra su sonrisa más preciosa ?
“Yo sentí un escalofrío cuando lo hizo y seguramente si usted hubiera estado en mi lugar también lo habría sentido. Mi pequeña princesa me miró de nuevo, tras ojear la estancia, hasta su foto y me preguntó si sentir amor por alguien es malo. Yo nunca creí que ella me hiciera aquella pregunta, pero no tuve más remedio que contestarla, sus ojos seguían clavándose en los míos.
“No es malo sentir amor por alguien ; es más, es maravilloso. Ella respiró profundamente aliviada y comenzó a decirme.
“Tío, como ya sabéis, sois un padre para mí y prefiero hablar de esto con usted que con alguien que no sea de la familia. Es que me gusta un chico, pero hay algo que me impide quererle. Pero es que nos amamos. Aquella palabra me entró en el oído como una bendición. Si hubiera dicho lo amo, no tanto, porque Leticia podía ser no correspondida, pero aquel tiempo verbal me hizo sentirme feliz por la mujercita que tenía ya enfrente. Yo, como hice anteriormente con su madre, cuando tenía dieciséis y yo veintisiete, intenté aconsejarla.
“No lo dejes escapar, porque pocos hombres hay así por el mundo. Y recuerdo perfectamente que la guiñé el ojo derecho como para hacerla cómplice de aquello. Y como todo el mundo dice que en los pueblos la gente quiere saber todo, puse mi granito de arena en aquella enorme verdad.
“¿Tengo la suerte de conocer a ese chico? Si sale con la cantante del pueblo, es justo que su tío sepa quién es el afortunado de llevarse ese maravilloso trofeo ¿no?. Sonriendo, comenzó a cantar una cancioncilla que parecía salir directamente de su imaginación, pues nunca había escuchado aquello. Para terminar aquellas notas, decidió poner el nombre del chico. Al escucharlo, solté un Dios mío que asustó a la chica que rápidamente se puso en pie para intentar saber algo.
“¿No le cae bien ese chico? preguntó asustada.
“Sí, si me cae muy bien, pero no es el chico que te mereces, no debes salir con él dije, y ahora que lo pienso fui demasiado duro con ella al decirle aquello.
“¿Por qué? No ha hecho daño a nadie. Casi estaba gritando y no soportaba aquello. No quería ver a mi princesita llorando y usando su maravillosa voz para gritarme, aunque no fuera muy alto.
“Porque es tu hermano grité ya casi sin paciencia. Acto seguido me eché las manos a la cara y comencé a contarla su historia entre sollozos.
“Creí que se había ido, pero una respiración entrecortada me hizo mirar a la mujer que tenía las manos sobre su tripa mientras miraba al suelo. Ahora pienso que miraba sus manos. Salió corriendo de la sacristía y yo no pude impedírselo -paró un momento para reponer fuerzas y continuó tras ese descanso con su narración-. Lo que voy a contaros ahora, me lo dijo Roberto cuando ella murió. Aquella misma tarde, se encontraron, pero la vio un poco cambiada. Ya no era tan cariñosa con él, ni siquiera le había dado el beso que siempre se daban como saludo. En toda la tarde ella no le dirigió la palabra. Estuvieron cada uno a un lado del banco en el que estaban sentados. Más de una vez pensó en irse y dejarla allí hasta que se aclararan las cosas, pero algo no le dejaba irse. Las lágrimas que ella soltaba de sus ojos, eran lo único que no lo dejaban marchar. Marchar aquella tarde, porque al día siguiente debía irse a su ciudad.
“No debimos hacerlo dijo mi sobrina sobresaltando a Roberto. Sin saber el motivo, el chico preguntó el porqué de aquello. Leticia no le respondió a aquella cuestión, solamente se limitó a repetir lo que había dicho anteriormente.
“No te entiendo. Yo te quiero, dijo Roberto.
“Yo no puedo quererte susurró mi Leticia a la vez que se levantaba. Pero no lo dejó allí así, se volvió para terminar la frase. Pero hay algo dentro de mí que te ama y se inclinó para besarle, pero esta vez el beso fue en la mejilla, no en los labios.
“Mañana me voy, ¿podré verte esta noche ? Ella no contestó con palabras. Movió la cabeza negando, pero sin dejar de mirar sus manos que volvían a estar cruzadas delante de su tripa. Se alejó de allí dejándolo sentado y solitario. Esa misma noche Leticia volvió a visitarme. Esta vez con intención de quedarse a dormir, por aquella razón preparamos otra cama para ella.
“Tío, ¿puedo contarte algo? Yo la dije que sí y entonces comenzó a relatarme escuetamente todo lo que había ocurrido. Cuando conocía a Roberto, nos enamoramos el uno del otro y me acosté con él la misma noche que vino a pedirme disculpas. Los dos deseábamos hacerlo, por lo que ninguno de nosotros tiene toda la culpa. Y ahora me decís que es mi hermano. Y yo os digo que dentro de mí llevo al hijo de mi hermano.
“Comenzó a llorar y se arrodilló en el suelo mientras yo la tocaba la cabeza para tranquilizarla, aunque ni yo mismo estaba tranquilo. Toda la noche, hasta que se durmió, le pasé intentando tranquilizarla. Mi pequeña princesa ahora sí que se había convertido en una mujer, pero al día siguiente se iba su hermano, el padre de la criatura que ella tenía en su ser.
“Fue demasiado tarde cuando por la mañana fui a hablar con el chico, ya se había ido. Y no le volvería a ver hasta después de la muerte de Leticia. Hasta entonces, ella y yo intentábamos que su embarazo no se notara, hasta que fuera imposible de ocultar. Las tardes las pasaba haciendo los deberes junto a mí, cantando canciones. Pero ya no eran alegres, la tristeza siempre estaba presente en la letra. Yo era uno de los culpables de que aquello hubiese sucedido. Lo podía haber impedido cuando se vieron por primera vez o lo podía haber dejado seguir, sin haberle contado la verdad. No hacían daño a nadie, pues sólo sabía yo la verdad de su parentesco. El resto del pueblo ni siquiera se acordaba de que mi hermana tuvo otro niño.
“Les había destrozado la vida, sobre todo a Leticia y por aquella razón, intentaba cargar con todo lo que podía. Se me rompía el corazón cada vez que una lágrima bajaba por una de las mejillas que tantas veces había visto guardar sonrisas.
“Llegó el día de Nochebuena -dijo el hombre suspirando con fuerza-. Y cómo no, Leticia quería cantar su villancico preferido Adeste Fideles. Le gustaba porque era en latín. Debía cantarlo en la misa del gallo y allí estaba, dispuesta a comenzar la misa con él y su voz. Yo estaba en primera fila y pude ver cómo las lágrimas caían por sus mejillas a cada sílaba que soltaba su garganta. De repente, vi cómo abría los ojos y miraba al frente para comenzar a sonreír. Me volví para intentar saber a quién había mirado mi princesita, pero no veía a nadie. Un murmullo comenzó a llenar la iglesia y yo pude ver a la persona que ella había sonreído. Roberto había aparecido, pero en su cara no había alegría, sino miedo. Me giré de nuevo y vi a mi pequeña princesa en el suelo.
“Me levanté y la cogí en brazos ante la desesperación de todos los allí presentes, que no sabían qué hacer. Roberto se acercó a mí y le pasé el cuerpo inerte de Leticia. Su carita de ángel estaba llena de lágrimas, pero tenía una pequeña sonrisa grabada. Con el cuerpo en brazos, se arrodilló y comenzó a llorar gritando que la quería, que la amaba. Yo no tenía fuerzas como para decirle lo que en realidad era aquella chica, por lo que nunca lo supo. Me arrodillé a su lado y le quité el cuerpo de mi sobrina. Mientras la sacaba de la iglesia, sentía retumbar en las paredes del edificio el villancico que no había acabado. Atrás dejé al chico que nunca más he vuelto a ver. Muchas noches, en las que estoy solo en la iglesia, creo escuchar a Leticia cantar su canción.

IV

-No se culpe por ello. Ella no le culpará a usted, donde quiera que esté -dije bostezando.
Como ya había acabado su relato, el hombre se quedó en su sillón mientras yo intentaba conciliar el suelo. Y al final lo hice.
Cuando desperté, por la mañana, lo primero que vi fueron las ascuas del fuego, pero no al compañero que había tenido por la noche. Seguramente se hubiera marchado. Quería quedarme a darle las gracias, pero no tenía tiempo, debía seguir mi viaje. Cogí un papel y busqué un bolígrafo para dejarle una nota. Así lo hice y salí de la sacristía para cruzar toda la iglesia. Tarareaba una canción, pero frené de golpe cuando me di cuenta de la canción que estaba casi silbando. Era el Adeste Fideles.
Callé y escuché el villancico en labios de una joven que de pie frente al altar lo cantaba. Su voz era maravillosa, pero su cara no expresaba lo maravilloso que era aquel trino, porque estaba triste. Muy triste, por lo menos eso veía yo desde aquella distancia, yo al lado de la puerta de salida y ella frente al altar. Me hubiera quedado allí toda la eternidad escuchándola, pero otras voces me llamaban, menos maravillosas, pero igual de importantes.
-Adiós, pequeña princesa -dije a la chica.
Ella siguió cantando, pero dejó de llegar a mis oídos cuando salí de la iglesia. Sin cerrar la puerta, ni siquiera me llegaba la voz de Leticia.
Caminé por todo el pueblo hasta que me topé con un grupo de chicos, que parecían querer asustar a un cuarto más pequeño que ellos. Como quien no quiere la cosa, me acerqué a ellos y escuché un poco la conversación de quien parecía el mayor.
- … Se ahorcó en la sacristía después de subirse a su sillón preferido, atormentado por lo que había hecho y harto de escuchar en las paredes el villancico que cantaba su princesita cuando murió. Y dicen las gentes que a todo el que pasa la noche en la iglesia, el espectro, le cuenta la historia de Leticia, su sobrina.

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